Capítulo 5

Añorarte me ha vuelto casi loca de pena.

—¿Has perdido la chaveta, muchacha? — gimió Anna sentándose en una bala de heno—. Simplemente no puedes ir y casarte con un desconocido.

Jimmy golpeó los puños en el destartalado banco en que estaba sentado a horcajadas.

—¡No puede! — exclamó—. Porque yo soy el hombre de esta familia y no lo voy a permitir, maldita sea.

—No digas palabrotas, Jimmy — dijo Candy automáticamente. Dower se acercó a darle un suave tirón de orejas a Jimmy.

—Ya has oído a tu hermana, muchacho. No digas palabrotas; no es cristiano. Además, si alguien aquí va a impedirle que se case con ese cabrón sinvergüenza, ése seré yo.

Candy exhaló un suspiro. Teniendo en cuenta la tendencia de Jimmy a sobreprotegerla, la incapacidad de Carolyn de hablar en voz baja y el colorido vocabulario de Dower, había decidido celebrar la reunión familiar en el corral granero, lo más lejos posible de los oídos del tema de discusión. Después que les explicó someramente su plan, con una perfecta mezcla, en su opinión, de brillante ingenio e irrefutable lógica, todos estallaron en gritos de incredulidad y horror en diversos grados, demostrándole que su intuición no se había equivocado. Incluso la vieja vaca lechera que asomaba la cabeza fuera de la puerta del corral en que estaba apoyado Dower, la miró con sus acuosos ojos entrecerrados y emitió un mu de reproche. Desde el nido que se había hecho con sus gatitos en el altillo para el heno, Carolyn comenzó a sorber por la nariz, señal precursora de ruidosos sollozos.

—¿Qué nos ocurrirá si descubre que le hemos mentido? ¿Y si llama a las autoridades y nos hace colgados?

—Colgar — corrigió Candy amablemente.

Dower soltó un bufido.

—¿Y cómo va a traer a las autoridades cuando seguro que él es un fugitivo de la justicia? Un caballero listo como él no se va a arriesgar a que lo cuelguen.

—No nos creerá — predijo Jimmy, sombríamente.

—Pues sí que nos creerá — insistió Candy—. Sólo tenéis que entrar en el espíritu del asunto. No se diferenciará en nada de las funciones de teatro que lady Eleanor nos ayudaba a montar para los niños de la aldea en Navidad. Vamos, todos han dicho siempre que la representación de Carol del Niño Jesús bebé era tan conmovedora que hacía brotar las lágrimas hasta a los paganos más firmes.

—A mí me hizo brotar lágrimas — dijo Dower—, sobre todo cuando tuve que cargar hasta el pesebre a un bebé que pesaba casi un quintal. Desde entonces no me ha abandonado el lumbago — añadió, friccionándose la parte baja de la espalda.

—Por lo menos tú no tuviste que convencer a los críos que eras una virgen — terció Anna—. Cuando hice ese discursito acerca de que nunca había conocido hombre, Abel Grantham se rió tanto que se cayó del burro dentro del pesebre y casi mató al pobre Niño Jesús.

Candy recordaba muy bien el incidente, pues fue ella la que tuvo que correr a sacar a Abel de encima de Carol, uno farfullando y la otra llorando. Ninguna cantidad de incienso podría haber disimulado el apestoso aliento a whisky de ese Rey Mago.

No queriendo recordarles otros desastres ocurridos durante esas actuaciones de aficionados, como cuando la pipa encendida de Dower le incendió el turbante a Jimmy o cuando las ovejas se escaparon de sus pastores y entraron balando por los pasillos de la iglesia del pueblo, Candy se puso una alegre sonrisa en la cara.

—Exactamente así es como tenéis que considerar nuestro plan. Nada más que como una simple representación inofensiva.

Anna agitó la cabeza tristemente:

—Lo que nos propones no es una representación, muchacha. Es una mentira. Y nada bueno puede resultar de mentirle a un hombre. — Miró inquieta hacia la puerta—Sobre todo a un hombre como ése.

Se desvaneció la alegre sonrisa de Candy.

—Puede que eso sea cierto, Anna. Pero estoy firmemente convencida de que menos bueno aún puede resultar decir la verdad.

Todos se quedaron mirándola desconcertados por el acerado filo de su voz.

Candy comenzó a pasearse por entre los corrales; al suave ruido de sus pasos sólo se unía el del aleteo de las golondrinas posadas en los aleros.

—Tal como yo lo veo, se nos han agotado las opciones. Puesto que no tengo la menor intención de casarme con uno de los hombres de la aldea para ser desgraciada el resto de mi vida, sólo nos queda la opción de dejar nuestro futuro en las manos de Terrence Graham. No creo que lo llamen el Diablo de Grandchester por nada. Lo último que desearía sería meteros miedo, pero ¿alguno de vosotros se ha parado a pensar qué tipo de «colocaciones» podría buscarnos un hombre como ése? — Apoyando una mano en el poste lleno de astillas, alzó la vista hacia el altillo; los brillantes ojos de su hermana la miraban desde las sombras—. Carolyn, no creo que sea insólito enviar a niñas de tu edad al asilo de los pobres, a trabajar del alba a la medianoche hasta que se les rompa el alma igual que la espalda.

—No me importaría — repuso Carolyn enérgicamente— Con tal de que no tengas que casarte con ese troglodita de mal genio.

—Pero ¿qué será de tus manos tan finas y suaves? ¿Y de tu pelo?

Carolyn se tocó sus rizos con una mano trémula. Todos sabían que lo único que recordaba de su padre era que él la llamaba su Ricitos de Oro.

—Podría peinármelo en trenzas, supongo.

Candy negó con la cabeza, odiándose casi tanto como odiaba a Terrence Grandchester.

—Creo que eso no será posible. Cuando los piojos se apoderen de tu cabeza, no tendrás más remedio que cortártelos bien cortos.

Jimmy se incorporó de un salto.

—A mí no se atreverá a mandarme a ese lugar. Ya tengo edad para huir y entrar en la armada.

Candy se giró hacia él con expresión apenada.

—Por mucho que te guste creerte un hombre, Jimmy, aún no lo eres.

Jimmy volvió a sentarse en el banco, sin mirarla.

Candy fue a arrodillarse ante Anna y le miró la afligida cara.

—¿Y qué será de ti y de Dower? ¿Cuánto tiempo crees que este duque os tendrá a su servicio? Si lady Eleanor no os hubiera considerado miembros de su familia, hace años que os habría despedido.

—A este viejo carnero todavía le queda mucha energía en sus cuernos — proclamó Dower.

Candy le cogió una de sus nudosas manos.

—En los meses de verano tal vez. Pero ¿qué pasará en esas frías noches de invierno cuando se te hinchan y agrietan tanto los dedos que te sangran y casi no puedes doblarlos? Tú sabes a qué me refiero, ¿verdad, Anna? Lo he oído pasearse toda la noche porque no puede dormir de dolor.

Anna desvió la vista para evitar su mirada, y Dower la hizo ponerse de pie.

—No me importa que todos acabemos en el asilo de los pobres, con los lomos rotos y los dedos sangrando. Seguimos pensando que «usté» vale demasiado para dejar que se venda a un desconocido por nosotros.

Candy retiró la mano de la de él, con creciente desesperación.

—Eso es justamente lo que os estoy pidiendo, que penséis en mí. ¿Os habéis parado a pensar qué será de mí si este duque reclama Graham Manor para él?

Dower se rascó su canosa cabeza.

—Es una muchacha educada, ¿no? Podría ser una de esas institutrices que enseñan a los críos de los nobles.

Candy suspiró.

—Sé que lo que voy a decir os va a horrorizar a todos, en especial a Carol, que siempre se ha creído la Beldad Incomparable de la familia, pero hay un motivo para que todos los hombres de la aldea deseen casarse conmigo.

Todos la miraron como sin comprender.

—Soy atractiva — continuó Candy, en un tono que daba a entender que ése era el más grave de sus defectos—Demasiado atractiva para ser institutriz. Aun en el caso de que una señora me acepte en su casa, lo que dudo, sería sólo cuestión de tiempo que uno de los hombres de la casa, su hermano, su hijo, o incluso su marido, me arrinconara en la escalera de servicio. Entonces perdería no sólo mi puesto sino también mi reputación. Y en este mundo, una vez que una mujer pierde su reputación se convierte en presa para todo tipo de sinvergüenzas y libertinos. — Miró sombríamente a cada uno—. Y eso no es lo peor. Existe otra posibilidad que debemos tener en cuenta. ¿Y si el propio duque me toma afición y decide convertirme en su amante?

Dower se tragó una blasfemia y Anna hizo la señal de la cruz para evitar el mal de ojo, como si ella hubiera dicho que se convertiría en concubina del propio demonio.

—¿Quién puede evitar que un hombre de su riqueza, poder y conexiones sociales obligue a una muchacha de campo sin un penique a aceptar sus atenciones? Vamos, incluso en la aldea hay quienes asegurarían que yo debería agradecer su protección. — A pesar del rubor que le coloreaba las mejillas, alzó el mentón, desafiadora—. Puede que con este plan me venda a un desconocido, pero por lo menos será a un desconocido elegido por mí.

Sus orgullosas palabras quedaron flotando en el aire, avergonzándolos a todos. Dower se pasó la mano por la garganta.

—Si es ese joven carnero el que quiere tener, entonces supongo que lo único que puedo hacer es ayudarla a meterlo en el redil.

Candy le echó los brazos al cuello y le besó la picajosa mejilla.

—¡Dios te bendiga, Dower! No podría hacerlo sin ti. Mañana a primera hora saldrás para Londres, para consultar ahí con tus viejos amigos. Quiero que trates de descubrir si estos últimos días se ha comentado la desaparición de un caballero.

—O si ha escapado algún convicto — masculló Dower en voz baja.

—Yo espero que resulte ser un hijo segundón de un hijo segundón sin herencia y aún menos perspectivas de futuro— dijo Candy y reanudó el paseo por entre los corrales, con el paso más ligero que antes—. Si hemos de casarnos antes de mi cumpleaños, las amonestaciones se han de leer en la iglesia en tres domingos sucesivos, empezando pasado mañana. Eso significa que tengo menos de tres semanas para verificar que no tiene ya una esposa por ahí.

Dado el poco tiempo que lo conocía y la naturaleza de su relación, la sorprendió lo mucho que le dolió esa idea.

—Me alegra que te queden escrúpulos para no rebajarte a cometer bigamia — dijo Jimmy con voz arrastrada—. Pero ¿qué harás si Dower encuentra a la familia de este hombre, o a su esposa?

—Entonces supongo que mi única opción será devolverlo a su legítima propietaria — suspiró Candy.

— Como a una oveja extraviada — dijo Dower.

—O un cerdo perdido — añadió Carolyn, despectiva.

— ¿Y si te casas con este individuo y luego llega a Arden alguien de Londres y lo reconoce? — preguntó Jimmy—Entonces, ¿qué?

—¿Y cuando fue la última vez que nuestra humilde aldea recibió una visita de Londres?

Esta pregunta de Candy silenció incluso a Jimmy. La verdad, ninguno de ellos recordaba eso. Pero su hermano parecía resuelto a demostrar que podía ser tan implacable como ella.

—¿Y qué pasa si firma el registro de matrimonio con un nombre falso? ¿Estaréis casados verdaderamente a los ojos de la Corona?

Candy se detuvo en su paseo; no había considerado ese punto. Tragándose toda una vida de instrucción espiritual, encaró a su hermano con la cabeza en alto.

—Estaremos casados a los ojos de Dios, y por lo que a mí respecta, los ojos de Él son los únicos que importan.

Sin decir palabra, Anna se levantó de la bala de heno y echó a andar hacia la puerta.

Candy había logrado mantener la serenidad ante las protestas de Dower y el escepticismo de Jimmy, pero si la bondadosa Anna volvía a manifestar su oposición, temía que simplemente se echaría a llorar.

—¿Adonde vas?

—Si tengo que coserte un vestido de novia antes de tu cumpleaños, no puedo estar todo el día holgazaneando en el corral con las vacas y gallinas. Creo que lady Eleanor dejó un poco de crepé blanco guardado en el ático, para este día.— Se secó las mejillas mojadas con el borde del delantal—. Ojalá nuestra querida señora estuviera aquí para verte ante el altar con ese apuesto cervatillo. Ése era uno de sus sueños más acariciados, ¿sabes?

Candy se tragó sus propias lágrimas. Para lady Eleanor había solamente un sueño más acariciado que ése: el sueño de que algún día su hijo llegara a largas zancadas por el camino a arrojarse en sus brazos.

Se cogió del brazo de Anna.

—¿Crees que le importaría si sacáramos un poco del encaje de Bruselas de las cortinas del salón para adornar las mangas?

Cuando Candy y Anna salieron del corral hablando de ramilletes y tartas de boda, Dower las siguió meneando la cabeza, disgustado.

—Deberían haberse quedado en el corral, de donde son. No hay nada como una boda para hacer poner ojos de ternera a una muchacha perfectamente sensata.

El corral quedó en silencio un largo rato después que se marcharon los otros. Finalmente Jimmy se levantó de un salto y dio una fuerte patada a un balde lleno de alimento. Los granos salieron volando por el aire en un dorado arco. El balde aterrizó con un ruido metálico que sonó como el latigazo de un rayo en el silencioso corral.

—¡Dice que lo va a hacer por ella, pero eso no es cierto! — exclamó—. Lo va a hacer por nosotros. Lo va a hacer porque yo soy demasiado niño para mantener a mi familia. — Se apoyó en el poste, con las manos apretadas en impotentes puños—. Dios de los cielos, si fuera por lo menos la mitad de un hombre.

En el altillo, Carolyn seguía sentada con las piernas cruzadas sobre el heno, sin dar señales del histrionismo que él había esperado. Tenía pálida y quieta la carita redonda, y habló con voz extrañamente tranquila:

—Simplemente no podemos permitir que lo haga. No podemos permitir que sacrifique su virtud por nosotros. Se merece algo mejor que soportar un destino peor que la muerte a manos de un desalmado.

—No te fijaste en cómo lo miraba — dijo Jimmy sombríamente—. Era casi como si pudiera gustarle el tipo de muerte que le producirían esas manos.

—Para ti es fácil decir eso. No eres una mujer.

—Tú tampoco.

Carolyn apoyó la barbilla en una mano.

—Si Candy se casa antes de cumplir los veintiún años hereda la casa.

—Ése parece ser el motivo de toda esta locura — concedió Jimmy, receloso de la expresión calculadora de su hermana.

—Pero no hay nada en el testamento de lady Eleanor que diga que tiene que continuar casada.

—Sabes tan bien como yo que Candy no sobreviviría jamás a la deshonra de un divorcio.

—¿Quién ha dicho nada de divorcio? — dijo Carolyn, acariciando la bolita de piel gris que tenía en la falda—. En las novelas de la señorita Radcliffe, el villano que pretende comprometer la virtud de la heroína siempre se encuentra con una muerte intempestiva antes que lo logre.

Jimmy se plantó las manos en las caderas y la miró fijamente.

—Vamos, Carolyn Anne White, no estarás pensando en asesinar a ese pobre diablo, ¿verdad? Al margen de lo que leas en esos estúpidos libros, no puedes ir por ahí matando personas porque no les gustan los gatos. O porque no les caes bien tú.

—¿Y por qué no? — replicó Carolyn—. Considera las ventajas. Como viuda, Candy cosecharía todos los beneficios del matrimonio sin sufrir ninguna de sus obligaciones. Y si ocurriera que su novio sufre un accidente intempestivo después de la boda, pero antes de la noche de bodas, entonces no tendría que soportar la vergüenza de que él le ponga sus asquerosas manos encima.

Jimmy no pudo dejar de abatirse ante eso último. Fue hasta la puerta esperando que la brisa le disipara la niebla de rabia del cerebro. Los escombros quemados de la casa parroquial donde antes vivieran con sus padres estaba en una distante esquina de la propiedad, pero los días ventosos y calurosos como aquel él habría jurado que sentía en las narices el olor acre del humo y en la lengua el sabor amargo de las cenizas.

—Si estuvieran aquí papá y mamá, sabrían qué es lo mejor para Candy — dijo, con la cara vuelta hacia el sol matutino—. Sabrían qué es lo mejor para todos.

—Pero no están. Estamos nosotros.

Él suspiró.

—Los tres hemos estado tan bien durante tanto tiempo. Supongo que pensé que podríamos continuar así eternamente.

—Y podemos — dijo Carolyn en voz baja—. Si aceptas ayudarme.

Jimmy cerró los ojos, pero no pudo borrar la imagen de su hermana en los brazos de un desconocido. Durante un momento eterno le pareció que incluso el viento retenía el aliento, esperando su respuesta. Cuando por fin volvió a la penumbra del corral, sus labios estaban curvados en una triste sonrisa.

—El negro siempre le ha sentado muy bien a Candy.

Los dientes de Carolyn brillaron, cuando le sonrió desde el altillo.

—Exactamente lo que quiero decir.

Continuara...