Seis:

"Frida"

—¡Basta Quinn! Levántate y no quieras hacerme sentir culpable, cuando aquí la que menos ha dañado soy yo—le ofreció su mano. No pudo evitar mantener oculta una sonrisa enternecida— La única definición de dramática es Rachel Berry.

Se sentó de nuevo en su lugar pidiéndole con la cabeza que ella también retomara el suyo.

—Lo siento, pero no podía dejar que te fueras, aún falta una parte—agregó más calmada— Hay otra razón que me une a Biff, no sólo es mi hijo.

— ¿Más? ¡Joder Quinn qué diablos has hecho! ¡Cómo más puedes destruirme! —gritó dolida.

Había aceptado un error, dos errores, pero ¿Tres? Eso era demasiado. Aunque la amara no le perdonaría otro más. Nadie cuerda la perdonaría.

— No quiero más mentiras Rachel, por eso te diré toda la verdad de una vez—bajó la mirada— Hay otra mujer más en mi vida, además de mis otros dos hijos y Biff. Se llama Frida—colocó su mano en la frente y se recargó en la mesa esperando a que la furia de Rachel saliera a flote.

La conocía a la perfección, conocía su escasa paciencia y el control de sus emociones. Rachel podía ser la chica más amable, tierna y adorable pero cuando la hacías enfurecer, podía convertirse en la más huraña, detestable y desesperante.

— ¿Quién es Frida? —preguntó con labios temblorosos.

—Es mi hija más pequeña.

—Al diablo con todo Quinn, hasta aquí. Estás enterrada en lo más profundo de mis recuerdos a partir de ahora.

Allí está, su falta de entereza para afrontar algo que no le gustase haciendo uno más de sus acostumbrados berrinches.

La chica golpeó la mesa y se puso de pie para empezar con la huida antes de que la rubia la viera destruida. No le daría el derecho para verla así. No después de haberle llorado por tanto tiempo. Tenía que mostrar un poco de dignidad, si es que le quedaba.

—Espera Rachel. No es lo que tú crees—la aprisionó de la mano— Ella no es mi hija biológica. Ella no es mi hija biológica—repitió desesperada.

No podía permitir que se fuera sin siquiera darle una oportunidad y un poco de confianza. Había esperado más de doce años poder contarle su verdad.

— Te lo juro Rachel. Te juro que no es lo que tu cabecita está maquinando ahora mismo. Por favor, sólo escúchame.

—Dime de una vez entonces quién es—respiró volviendo a su lugar. Su paciencia estaba llegando a su límite permisible— ¡¿Quién demonios es Frida, Quinn?!

—Es mi hija adoptada, Rachel. La adopté cuando apenas tenía un año de edad—se masajeó la frente— Quizá no lo entiendas, pero tenía que hacerlo Rach, no podía dejarla en ese horrible lugar

Rachel no dijo nada. Quería poder entender la situación. Se sentía en una dimensión paralela donde todo estaba fuera de control. Eran muchas cosas por asimilar.

— Todo comenzó cuando Biff y yo tuvimos que viajar por un negocio respecto a la industria familiar. Ellos querían llevar más allá su producción de uvas y viajamos a Los Ángeles. Allí conocí a Frida. —guardó silencio recordando el momento.

Hace 5 años atrás. Orfanato North Hollywood, Los Ángeles, California.

—Quinn, cariño, si no te apuras llegaremos tarde—le anunció Biff desde la puerta invitando a que su esposa terminara de arreglarse su maquillaje— Recuerda que también debemos ir a ese orfanato para dejar parte de las ganancias del año al lugar con menos recursos.

La familia McIntosh-Fabray no era como las demás familias poderosas del país. No, por supuesto que no, ellos eran conscientes que también estuvieron en lo más abajo, por ello, siempre que podían dejaban una considerable donación en lugares necesitados. Esta vez se trataba de un orfanato que se localizaba en Los Ángeles, en donde estaban sus principales viñedos y habían viajado para promocionar su producción de ricas uvas, aquellas deliciosas uvas de Pensilvania, que cada vez que estaban listas para ser cosechadas, podrían producir 100.000 botellas del más caro y selecto vino. ¿Saben qué es eso? millones de dólares para sus cuentas bancarias al año.

—Ya voy cariño—lo abrazó por la cintura— No sabes lo orgullosa que me siento que sean parte de mi familia. Es hermoso esto que hacen con esos pequeños.

—Ya sabes que a papá siempre le ha gustado poder ayudar—le dio un beso en la frente— Además, no nos quita nada, más bien nos da más felicidad y beneplácito.

—Lo sé Biff, lo sé—le dio la mano para poder irse y no hacer esperar a los demás empresarios.

Luego de la aburrida junta de negocios, donde Quinn no hacía más que sonreír y saludar a las demás personas —porque ella desconocía completamente el negocio— Era una más, ella sólo era una simple Ama de casa. Ella sólo era como un maniquí detrás de un aparador.

¡Y hey! No es que Quinn Fabray no haya terminado sus estudios, porque sí los concluyó, aunque cambiara de último momento su carrera de Artes Dramáticas y dejara su gran sueño de ser fotógrafa para estudiar Abogacía, todo como deseo y capricho de su esposo y de su familia. A veces sólo se sentía un adorno más, pero esas eran las consecuencias que conllevaba decidir aceptar ser esposa de Biff McIntosh y ser parte de su familia recatada y refinada. Su familia estaba acostumbrada a no ser el centro de atención de chismes que los pudiese desacreditar ante la sociedad.

Por eso amaba la última parte de los viajes, ayudar a las personas, así se sentía útil.

Al salir, se propusieron a ir al orfanato. El orfanato que cambiaría de nuevo sus vidas y su forma de verla. Entraron e inmediatamente se encontraron con una de las cosas que ninguna persona en toda su vida quisiera ver. Un lugar sucio, descuidado y muy alejado de ser digno para poder albergar a todos los niños que vivían allí. Tan horrible que tan sólo poner un pie adentro, te producía repugnancia, algo que en ningún instante Biff ni Quinn hicieron notar en su expresión, de por sí que vivieran allí era bastante tormento como también agregarle tener que ver a dos personas bien arregladas y elegantes observándolos con asco.

Caminaron hacia la recepción para entregar el cheque e irse así como llegaron, rápido y sin decir mucho. Tocaron la puerta y un hombre castaño con profundos ojos azules, atractivo y no muy amable, los recibió. Stephen Brooks. El hombre que se encargaría de arruinar la vida a miles de pequeños.

—Buenas tardes señores McIntosh—saludó con una sonrisa ladeada que parecía más bien la del Joker— Sé que vienen para dejarnos una considerable donación para este pobre y abandonado lugar.

—Así es señor Brooks—Biff saludó lo más seguro posible— Ella es mi esposa Quinn McIntosh—señaló a la rubia.

Ella le aprisionó la mano con fuerza por el miedo que le originaba el escalofriante hombre.

—Es muy linda su esposa señor McIntosh o mejor ¿lo puedo llamar Biff?

Se aproximó hasta ellos para acariciar el cabello dorado de Quinn.

—Sí… claro—Biff la alejó colocándola a su otro lado— Ahora creo que nos retiramos—se despidió volteando hacia la salida.

Quinn estaba demasiado incómoda y se lo hizo notar desde el inicio. No quería exponerla de más.

— ¿No les gustaría ver el lugar? —Insistió Stephen interponiéndose en su camino— Regularmente las personas que dejan donativos les gusta recorrer el lugar y asegurarse que lo están dando para pequeños que en verdad lo necesitan.

—No se preocupe, nosotros creemos que usted hará lo mejor que puede con el dinero.

Refutó con el mismo miedo recorriendo su cuerpo. No sólo Quinn estaba asustada.

— ¡Oh vamos! No me harán el feo—imploró con una mirada aún más tenebrosa que su mismo semblante— O es que no son educados y no tienen corazón.

—¡Por supuesto que no!

Biff giró su cuerpo para enfrentar al hombre. Que le dijeran que no tenían corazón, eso estaba prohibido para su educación y para todos sus antepasados.

— De acuerdo pero que sea lo más rápido posible—entre dientes aceptó Quinn.

— Vamos cariño, será muy rápido.

— ¡Así se habla! —caminó también hacia la entrada— Yo los guiaré.

Recorrieron los oscuros pasillos de las habitaciones, que parecían más bien jaulas, donde los niños estaban descuidados, desnutridos y con sus rostros tristes y desesperanzados.

Hasta que todo cambió para Quinn.

Entraron a la habitación donde albergaban los más pequeños.

Y entonces sucedió.

Sus ojos quedaron maravillados cuando vio a una adorable rubia con los ojos color avellanas como los suyos, intentando comer un racimo de uvas. Soltó a Biff, dejándolo desconcertado, y se arrodilló su altura.

—Hola bebé ¿Cómo te llamas? —saludó amigable.

—No pierda el tiempo con esa niña, señora McIntosh, nunca habla. Parece un ente. Es un ser extraño y raro— Stephen estudió con detenimiento la interacción entre las rubias.

— ¿Y por qué no habla? —se interesó girando su rostro.

—No lo sabemos—frunció su ceño.

—Bien—se alzó y la cargó entre sus brazos— Biff, cariño, debemos hablar—le pidió unos minutos a su esposo. Biff seguía analizándola con desconcierto.

—De acuerdo—aceptó— ¿Podría dejarnos un momento a solas señor Brooks? —le solicitó educadamente.

El joven asintió con el ceño aún más fruncido.

—No podemos dejar esta pequeña aquí, ya viste el lugar. Es horrible—susurró para que sólo Biff pudiera escucharla— Lo cierto es que también este hombre no me da mucha confianza.

—Lo sé cariño, a mí tampoco ¿Pero qué quieres que hagamos? —acarició a la pequeña que lo veía con miedo— No sé qué deseas que hagamos.

— ¿Y si la adoptamos? —manifestó apresurada.

—Quinn, sabes perfectamente que este tipo de trámites son muy tardados y difíciles de llevar. Pueden pasar incluso años para que nos den la patria potestad. Ya deberías de saberlo, eres abogada. También sabes perfectamente que yo estoy viajando constantemente.

—Eso no me interesa. Yo lucharé hasta el final, así sea toda la vida—La abrazó con fuerza— Además, obsérvala Biff, está comiendo uvas McIntosh, eso quiere decir que es una conocedora de lo mejor, ya sabe que quiere ser parte de la familia.

Finalizó con ojos de una tierna oveja. Biff sólo negó divertido por las palabras de su esposa.

Sabía perfectamente que la que se haría cargo totalmente de la pequeña, sería ella. Pero estaba en sintonía con Quinn, él también se había enamorado de ella.

— ¿Y cómo la llamaremos? Porque tiene que tener un nombre muy bonito y especial para ser parte de nuestra hermosa familia—Biff tomó una de las uvas y le cortó una para que pudiera comerla con más facilidad.

—¡Frida! Se llamará Frida como la pintora mexicana Frida Kahlo— besó la cabecita rubia que tenía entre sus brazos.

Allí está, las artes que salían del interior de Quinn.

—De acuerdo cariño, si tú lo pides, ya sabes que lo tienes—les dio un beso a ambas en la frente para salir con el hombre y anunciarle sus intenciones. Esas de tener una hija más. Una más a la que adoraría más que a su propia vida.

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Actualidad...

—Y así es como llego Frida a nosotros, Rachel—sonrió retomando la conversación.

Rachel la contempló conmovida por su gran corazón. Y es que quién no lo haría, si era una gran muestra de amor por parte de una persona. Ella lo había vivido en carne propia, sus padres la habían adoptado y vivía agradecida eternamente con ellos. Porque un padre o una madre no son los que engendran, sino aquellos que dan todo de sí por cuidarte, por brindarte felicidad y amor. Eso es lo que realmente importaba.

— Por eso no podía dejar a Biff, no hasta que no nos dieran su custodia, porque no se la darían a una mujer sola, de hecho, hasta hoy en día aún no la tenemos completamente—añadió tristemente— Pero lucharé hasta el final. Lucharé hasta que Frida sea mía y no tenga que volver a ese horrible lugar—sonrió con los ojos brillantes.

— ¡Wow Quinn eso es realmente hermoso!

Acarició con sutileza la mano de la rubia que ahora estaba más feliz que antes. El ver la adoración y el apoyo de su amor era lo que le bastaba.

—Lo sé Rachel, lo sé. Frida es una parte más de mí, una parte importante de mi vida, así como lo son mis otros dos hijos. A todos los amo por igual.

—Ya sé sobre la historia de Beth, todos conocimos esa parte en el instituto pero, Y la de ¿Cómo se llama? —cuestionó curiosa.

Aun faltaba conocer el nombre del último Fabray. Quizás del más especial, y aunque hubiese sido la razón del porqué su Quinn se había alejado de ella, no podía sentir odio hacia él, y menos, sí le daba ese aire de luz y amor a la chica.

— ¿Cómo sabes lo de Beth? —se adelantó desorientada— Bueno, lo que los demás no saben.

—Por Shelby, te recuerdo que aunque no quiera, ella es mi madre y me contó sobre ella —Confesó ruborizada.

Beth había sido adoptada pero compartía parte de su vida con su madre biológica, quien fue la única que hizo lo imposible para seguir en contacto con su hija, no así Noah.

— También sé que está viviendo ahora contigo, porque quiere entrar a Julliard, y lo mejor es que entre a un instituto reconocido en New Haven, para que la acepten con más facilidad.

—Wow, estás mejor enterada de lo que pensé—se recargó en su silla— Y se llama Anthony, Rach. Pero mejor conocido para la familia, como Tony. Como los premios que tanto hacen gala al gen Berry. Una brillante estrella.

— ¿Enserio?

—Por supuesto ¿Por qué crees que le puse así? Porque me hacía recordar a la más grande estrella que ha nacido en esta vida, me hace recordar a Rachel Barbra Berry—confesó sonrojada y mordiéndose el labio— Es un Berry sin siquiera saberlo.

—Quinn, no sé qué decir—la morena copió la acción de la rubia.

—No tienes que decir nada. De hecho, no tendrías que decir más—sonrió tristemente regresando a la cruel realidad.

— ¡Basta Quinn! Deja de arruinar el momento.

—Lo siento Rachel, pero aun me muero por todo lo que te hice. Pero te prometo que lucharé hasta que me perdones, lucharé hasta que me quieras de nuevo en tu vida—sentenció cambiando su mirada ridiculizada a una con más seguridad— Y escúchalo muy bien Rachel Berry, no descansaré hasta que estés de nuevo a mi lado así tenga que hacer lo que sea, así tenga que mover montañas o tenga que cruzar los océanos. Tienes que estar completamente segura que te traeré de nuevo a casa ¿Qué dices Berry? ¿Aceptas la sentencia? —cuestionó con más seguridad que antes.

Regresando el orgullo Fabray a sus venas. El orgullo de la capitana, lo había perdido por tantos años, pero cuando estaba a un lado de Rachel, le brindaba esa confianza, esa arrogancia y perdía el miedo. Regresaba a ser la misma adolescente del instituto. Ella era su razón de ser y su guía.

— Ahora mismo no sé qué pensar. Tengo la mente confusa. Tengo que reflexionar e intentar comprender todo. Por favor, no me presiones. Aunque que sinceramente esto creo que no va a ningún lado.

—Entiendo—le dedicó una sonrisa resignada.

La atención de Rachel se fue a su celular que sonaba con la canción de Call me maybe de Carly Rae Jepsen.

— Tienes todo el tiempo del mundo Rach.

—Por ahora preferiría que no me llames así—pidió amablemente— Y si no tienes más que decir, me gustaría poder retirarme, Quinn—enfocó su mirada en el mensaje que le había llegado.

—De acuerdo, sé que quizás estés incómoda y lo que menos quiero es que te sientas así. Yo no te voy a molestar más, no por ahora—prometió— ¿Pero prometes no irte muy lejos?

—Para mí las promesas no existen, sino los hechos—se despidió y acarició sutilmente su mano.—Luego nos vemos Quinn. Y recuerda, no la tendrás para nada fácil, me oyes ¡PARA NADA FÁCIL! —gritó teatralmente saliendo del restaurant.

—Aceptó las dificultades Berry. Sin duda Rach, nos veremos más veces de las que tú crees. Como te lo prometí, así tenga que subir todas las montañas y gritar en lo más alto que te amo o buscar el Titanic en lo más profundo del mar y encontrar el corazón del océano para regalártelo.

Se percató de como la morena se subía a una camioneta negra, seguramente la de una actriz reconocida.