Salutaciones, gente~ Confío que hayáis pasado una bonita semana. Una pequeña anotación sobre este capítulo: puede que os resulte un poco más aburrido que los anteriores, pero estos enfoques en personajes secundarios son necesarios y más adelante entenderéis por qué. Así que apelo a vuestra paciencia y confianza y espero que esto no os haga perder el interés. A no ser que el título de este capítulo no haya sido suficiente para manteneros la intriga :P
PD: Anotación! Para quien no se acuerde/no lo sepa, os dejaré un pequeño recordatorio sobre cierto personaje de la saga FFVII: Cait Sith (el gatito robot, sí, ese plasta con el megáfono) está siendo controlado todo el tiempo por Reeve Tuesti, director del Departamento de Desarrollo Urbanístico de Shinra, inicialmente en calidad de espía, pero luego miembro convencido de AVALANCHA. ... ¿Qué pasa? Hay gente que no lo sabe. Pues por si acaso ;)
Una furiosa lluvia caía implacable sobre Midgar, azotando la ominosa ciudad con viento y relámpagos. Dos siluetas buscaban resguardo mientras se planteaban el siguiente paso a seguir. Al amparo de un tejado bajo, observaban la imponente figura del Edificio Shinra que acaban de dejar atrás. La menor de las dos miraba con angustia contenida, alternando sus ojos entre la enorme edificación y su compañera.
—¿Qué hacemos?
Su voz sonaba impaciente. Buscó la mirada de la mayor, pero ésta tenía la suya clavada en las ventanas del último piso, sobre las cuales se reflejaba la tormenta, ocultando su interior.
—Tifa…
La joven volvió en sí. Frunció los labios, consternada, y murmuró una difícil decisión.
—Alejémonos de aquí…
—¿Qué? —Anonadada, Yuffie intentó encontrarse con sus ojos, pero Tifa ya se giraba con intención de marcharse— ¡No podemos! No podemos dejarles ahí, ¡tenemos que volver!
—No hay nada que podamos hacer, Yuffie —La luchadora miró a su amiga con aflicción e intentó que comprendiera—. Tú y yo solas no podemos… No ahora mismo. Debemos reorganizarnos y averiguar qué está ocurriendo. No podemos volver a precipitarnos —murmuró con amargura. Tomando su brazo, la instó a seguirla—. Ven… Vamos. Confía en mí.
Yuffie finalmente se rindió y obedeció. Su mirada se volvió una vez más hacia el edificio, mientras se internaban por las calles del Sector 8.
—¿Por qué nos habrá soltado? —La ninja se colocó a la altura de su amiga, buscando sus atención con insistencia— ¿Crees que tiene algo que ver con lo de Aeris? ¿Crees que…?
No terminó su pregunta. Tifa se detuvo en seco. Ninguna de las dos había tenido valor para expresar esa duda en voz alta. Una fuerte presión estrangulaba su corazón desde que Shinra sembró la duda en él con aquella terrible aseveración.
—No lo sé… —reconoció la luchadora— Pero me da la sensación de que tiene que ver con Cloud.
—¿Con Cloud?
Tifa no comentó más. Sus dudas y conjeturas eran demasiado complejas para sí misma como para planteárselas a la ninja. Ante su silencio, Yuffie buscó la resolución de su principal duda.
—¿Y… a dónde vamos? —La menor se notaba inquieta, encogiéndose con resquemor por cada trueno que rugía sobre ellas— ¿Volvemos al Séptimo Cielo?
Tifa la miró de repente como si su pregunta la hubiera golpeado cual rayo. Su rostro mostró turbación.
—No —caviló para sí unos instantes, mirando en derredor con sospecha. No había un alma en la fría calle. Aun así…—. No podemos arriesgarnos, ya no estamos ocultos a los ojos de Shinra. Podrían seguirnos.
—¿A dónde entonces? No nos encontrarán los demás si no saben dónde estamos…
Tifa bajó la mirada, pensando. Necesitaban ponerse a salvo y esperar a trazar un nuevo plan. Pero Yuffie tenía razón… En una ciudad tan grande, ¿dónde, sino en su bar, pensarían como escondite?
—Ya sé…
Tifa levantó la mirada con decisión. Yuffie la observaba expectante. Otro lugar que todos ellos conocieran y relacionaran con AVALANCHA…
—… La iglesia de Aeris.
Hace dos semanas.
Domingo.
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Sentía el corazón latirle en la garganta. Nunca se había puesto tan nervioso por el simple hecho de deambular por el edificio en el que él mismo trabajaba. Claro que nunca se había hallado en el punto de mira de casi toda la alta esfera de La Compañía. Cualquier acción por su parte levantaba sospechas, incluso, simplemente, dejarse caer por los pasillos del Departamento Científico.
Oyó pasos cercanos y se parapetó tras una esquina oscura, fundiéndose con las sombras. Un par de SOLDADOs de Tercera Clase pasaron por delante de él sin verle, charlando entre sí. Cuando doblaron la siguiente esquina, se atrevió a salir. No creía que fueran a decirle nada si le veían ahí, desde luego, pero prefería no dejar testigos de su paseo. Hojo tenía ojos y oídos en todas partes.
Reeve Tuesti no era un hombre cobarde. Se consideraba, de hecho, bastante valiente por lo que estaba haciendo. Aunque debía reconocer que le había costado decidirse a dar ese paso y adentrarse en aquellos dominios. Pero la dosis de iniciativa que le faltaba se la había aportado Tifa cuando, después de que les trasladaran a las nuevas celdas, le hiciera aquella petición tan rogada: «Encuéntrales pronto. Por favor». Eso había bastado para darse a sí mismo una bofetada de valor y decirse que, si realmente se consideraba un miembro pleno de AVALANCHA, era hora ya de que demostrara su audacia.
Sin embargo, las cosas se veían desde otra perspectiva cuando era a personas como el profesor Hojo o Rufus Shinra a las que se enfrentaba uno…
Había alcanzado al fin la zona de experimentación. El aire que emanaba de aquel sitio era sin duda desagradable. Sintió compasión de los pobres sujetos que acababan allí metidos, a merced de la enferma mente del científico. Asomó la cabeza por la puerta; el laboratorio parecía vacío. Sin tiempo que perder, se adentró y recorrió el lugar ojo avizor, en busca de cualquier indicio de que Aeris o Cloud estuvieran allí. Pasó varios minutos registrando puertas, documentos en las mesas y diversos aparatos cuya función le era completamente desconocida, sin hallar nada relevante. Tan sólo había jaulas repletas de animales y monstruos medio atolondrados. Empezó a respirar nervioso. Tal vez fueran rehenes lo bastante valiosos para el presidente como para no dejarlos en manos de Hojo. No del todo convencido pero sin ganas de permanecer ahí ni un segundo más, se dispuso a salir cuando escuchó pasos resonar por el pasillo. El corazón se le detuvo y congeló todo su cuerpo.
—Mierda… —murmuró. Tenía que salir de ahí.
Raudo, cruzó el laboratorio hasta lo que parecía el despacho de Hojo, gracias a los dioses, abierto. Cerró la puerta y se agachó tras una mesa. El pulso le golpeaba en las sienes. Si alguien le encontraba allí dentro, no tenía ninguna explicación o excusa que dar… Las sospechas hacia él crecerían.
Vio su salvación al recaer en que la puerta por la que había entrado al despacho no era la única. Había otra que salía al pasillo. Dando gracias al cielo, fue hasta ella y tomó el picaporte, comprobando que estaba abierta. Aguardó pegado a ella mientras escuchaba los pasos del desconocido. El sudor le resbalaba por la frente. Cada vez se oían más fuertes. ¿Y si entraba por esa puerta? El sonido se fue acercando más y más… Reeve se preparó para empujar con la puerta al individuo si osaba entrar. Al menos así ganaría tiempo para salir corriendo sin ser reconocido. Aguardó, tragando saliva; apretó fuerte el picaporte. Los pasos estaban a su altura…
Pero no se detuvieron. Pasaron de largo continuando por el pasillo. Reeve acababa de ver toda su vida pasar por delante. Soltó en un hondo suspiro todo el aire que había estado reteniendo. Ahora comprendía mejor la expresión «sentir los huevos de corbata». Se aflojó el nudo de la misma y, más calmado, abrió la puerta despacio, comprobando que no había nadie en el pasillo antes de salir. Se secó el sudor de la frente y se alejó del laboratorio con premura. No había hallado nada, pero creía poder descartar el lugar como prisión de Cloud y Aeris. Sólo habría que seguir buscando… Si tenía aguante para hacerlo.
—Hola, Reeve.
Se llevó la mano al pecho y notó toda su sangre abandonarle, poniéndose pálido del susto cuando, al doblar la esquina que llevaba a los ascensores, se topó de frente con una persona. Abrió los ojos con sobresalto y se creyó morir al ver de quién se trataba.
—¡Scarlet! —exclamó. La directora del Departamento Armamentístico le miró con una expresión malévola, sonriéndose desdeñosa mientras comprobaba el efecto que su presencia había causado en él. Reeve se apresuró a disimular, esbozando una sonrisa torcida— Que susto me has dado…
—¿Qué hacías aquí?
Casi le cortó su frase al formular esa pregunta. No vio en ella rastro alguno de preocupación. Al contrario, le miraba con una postura relajada, apoyando una mano en sus voluminosas caderas mientras le taladraba con sus afilados ojos. Reeve se dio cuenta de que no había oído sus zapatos de tacón avanzar hacia él, lo que le hizo sospechar que ella le esperaba tras la esquina.
—Yo… —Trató de sobreponerse y mostrar la mayor calma posible—… Buscaba al profesor Hojo.
—¿Tú? —Ella frunció el ceño con extrañeza, pero sin dejar de sonreír— Jamás has hablado con él. ¿Qué asuntos pueden relacionar al Departamento de Desarrollo Urbanístico con Hojo? ¿Hm?
Reeve se sentía a punto de empezar a temblar. La incisiva voz de Scarlet le estaba poniendo nervioso. La altiva mujer de vestido rojo siempre le había inquietado, pero ahora le parecía la mismísima Parca.
—Es… por otro asunto, ¿Y tú?
—Daba un paseo —contestó la mujer con soltura, intensificando su sonrisa. Reeve no pudo menos que admirar la simpleza de su respuesta.
—¿Un paseo?
—Sí… No tengo por qué tener una razón de peso para pasearme por el edificio, al fin y al cabo… —Juntó las manos, mirándole con desdén—… yo no tengo nada que ocultar.
Reeve sintió esas palabras como una puñalada en su pecho. Miró serio a la mujer, poniéndose firme.
—¿Es eso algún tipo de insinuación, Scarlet?
—No lo sé… ¿Te ha sonado a insinuación? —Ella continuó con su melosa voz, clavándole unos ojos que parecían capaces de atravesarle— A lo mejor es porque no tienes la conciencia demasiado tranquila.
—Yo la tengo muy tranquila —murmuró Reeve con firmeza, lanzándole una severa mirada—. La que no sé cómo dormirá por las noches, eres tú.
—Como un bebé, gracias —replicó mordaz. Cruzó los brazos por debajo de su generoso escote y adoptó una postura más relajada, pero clavándole unos ojos que destilaban maldad— ¿Sabes? Me das mucha pena, Reeve. Puede que con el viejo tuvieras una posición inmejorable, pero desde que Rufus adoptó el cargo parece que has decaído un poco —Sonrío con burla—. A él no se le ve muy contento últimamente contigo. Se rumorea incluso que has podido cambiar de bando…
Sus acusaciones comenzaron a incomodarle severamente. Apretó los puños y alzó el mentón, mirando a la arrogante mujer con semblante osado.
—Quien rumoree eso es un ignorante. Mi lealtad hacia Shinra es absoluta —mintió descaradamente, aunque no le tembló la voz un ápice—. Por eso se me confió esta misión a mí.
—Oh, sí, el grandioso espía infiltrado entre las filas enemigas… Debo decirte que me sorprende que AVALANCHA aún no te haya cazado, querido —Scarlet acercó su rostro al de él mirándole con desdén.
—No sospechan nada —volvió a mentir—. De lo contrario, ¿por qué se trataría sino a mi espía como un prisionero más?
—Sí, es lo más lógico, ¿verdad? —su voz volvió a sonar incisiva. Se echó de nuevo hacia atrás, cambiando el peso y evaluándole como si tratara de hacer ver que sabía mucho más— Esperemos que no te nos hayas vuelto un idealista redomado por andar con malas compañías, aunque sea a través de tu gatito robot. Quién sabe, has pasado mucho tiempo con tus nuevos amigos… —ladeó la cabeza y le miró enarcando una ceja— ¿Seguro que no es a nosotros a quienes espías ahora?
—Sólo busco información, nada más —Reeve se notaba cada vez más tenso.
—Escondiéndote tras las esquinas como un criminal —puntualizó Scarlet. Él no supo qué responder. La mujer relajó su expresión y soltó una risa desdeñosa—. Ah, pobrecito Reeve…
Se acercó, alzando una mano hacia él y levantándole el mentón bajo su corta barba con la afilada uña del dedo índice. Reeve tragó saliva, permaneciendo inmóvil.
—… El Presidente ya no confía en ti y tienes que andar husmeando como las ratas. Debe ser frustrante no formar ya parte de su círculo de confianza… y que no te cuenten nada…
La manera en que lo dijo le hizo sospechar. Frunció el ceño, inquiriéndole con la mirada.
—¿Acaso sabes algo? —No creía que Rufus hubiera mantenido oculta la ubicación de Cloud y Aeris solamente a él, pero de no ser así…— ¿De los prisioneros, Gainsborough y Strife?
—Yo sé muchas cosas, cielo —Scarlet deslizó la uña por su barba, arañándole al soltarle, y empezó a girarse con intención de marcharse, mas sin quitarle los ojos de encima—. Rufus no tiene secretos para mí. Pero, si los tiene para otra persona, no soy quién para cuestionar sus motivos, ¿no te parece?
Las caderas de Scarlet comenzaron a alejarse con voluptuosidad por el pasillo. Se detuvo, mirándole por encima del hombro y enarcando notoriamente una ceja.
—Ten cuidado, Reeve —advirtió—. Tu ansiedad te delata. Pronto, el Presidente se dará cuenta, y no habrá ventana por la que no te resulte atractivo saltar.
Reeve no se atrevió a añadir nada. Scarlet tomó uno de los ascensores, volviéndose a mirarle mientras se cerraban las puertas y despidiéndose con un socarrón «ciao». Reeve se quedó mirando las puertas con profundo rencor.
—… Zorra —maldijo por lo bajo.
Le tenían harto. Ella, Heidegger, Hojo, Rufus… Todos. Pero no podía abandonar ahora. Debía luchar por AVALANCHA, serles útil desde ahí. Aunque… No podía asegurar cuánto más duraría dentro de la compañía.
Las cosas se le iban a poner muy complicadas.
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La lluvia seguía cayendo fuera, pero ni una gota llegaba hasta la diminuta ventana embarrotada de la celda. Cid aspiró, tratando de captar el aire húmedo del exterior, en vano.
—Aaaahh… —suspiró con frustración, echando la cabeza hacia atrás hasta golpearse el cogote contra la pared— Lo que daría por un jodido cigarrillo…
Nadie en la celda contestó. La suya era, de hecho, la primera voz que se oía desde hacía un buen rato. Se habían quedado mudos desde aquella mañana, cuando se llevaran a las chicas y una aterradora noticia les cayese como una bomba encima. Ninguno quería creerlo y ninguno quería comentarlo en voz alta, para no dar pie a más dudas. Pero todos habían escuchado a Shinra, la forma en que lo dijo y su explicación. Podía ser tan cierto que daba miedo.
El piloto se separó de la ventana y paseó por la pequeña estancia. Sus pies pasaron por delante de Red XIII, que yacía desde hacía horas con la cabeza entre las patas delanteras y mirando al vacío con expresión abatida. No era el que peor lucía. Barret estaba sentado en uno de los camastros y alternaba su posición constantemente: acodándose en las rodillas, resoplando, cruzando los brazos tras la cabeza… Vincent, por el contrario, parecía una estatua, en silencio en un rincón, con los ojos cerrados y sin moverse. Y en cuanto a Cait Sith, se mantenía en standby, con su conciencia muy lejos de ahí como tantas otras veces, lo que daba a entender al resto que su verdadero yo andaba de nuevo investigando sobre el paradero de Cloud y Aeris… O, al menos, el de Cloud.
—¡Esto es una mierda! —masculló Cid, dándole una patada a su jergón, clamando la atención de sus compañeros— No soporto más esta pocilga. ¡Necesito un puto cigarro!
—Pues fúmate tus putos gayumbos y cállate —gruñó Barret lanzándole una irritada mirada. Cid siguió paseando por la celda con crispación, maldiciendo por lo bajo. Barret resopló por enésima vez—. No eres el único que no quiere estar aquí encerrado… y en esta compañía.
—¿No dirás eso por mí? —Se volvió el piloto con los brazos en jarras.
—Por ti entre otras cosas —farfulló Barret, mirándole con el ceño fruncido—. Si dejaras de quejarte todo el puñetero tiempo, esto sería más fácil de llevar…
—Quejarme es lo único que puedo hacer aquí dentro —gruñó Cid— ¡A parte de mear!
Red levantó un segundo la cabeza del suelo por sus gritos, pero volvió a apoyarla con desinterés. Sus ojos rodaron hasta el otro extremo, posándolos sobre el hombre de capa roja, que desde hacía horas parecía tener la cabeza en otra parte. Red notó que su postura era más tensa que antes.
—¿Vincent?
El pelinegro dio señal de oírle al abrir los ojos, aunque no volvió su cabeza inmediatamente. Red no quería interrumpir sus pensamientos, pero necesitaba saber de qué se trataban. Se levantó del suelo y se acercó a él; Vincent no tuvo más remedio que mirarle entonces de refilón. El cuadrúpedo se sentó frente a él, con las orejas hacia atrás, y le inquirió.
—¿Crees que es cierto?
—Lo que yo crea no resolverá tus dudas, Nanaki —musitó sin rudeza con su voz de ultratumba—. No conozco lo bastante a Rufus Shinra para saber cuándo miente.
Dirigió sus ojos entonces al inerte gato robot, que lucía sentado y con la cabeza gacha como un muñeco de trapo. Red lo miró también.
—¿Dónde está ahora? —inquirió Nanaki, señalándolo.
—Buscando la verdad. Pero parece que, ciertamente, le cuesta hallarla aquí dentro.
—¿Tú confías en él?
—Su preocupación parece tan sincera como la nuestra. Y no ganaba nada ocultándonos la evidencia si la sabía. Por lo pronto, creo en su palabra. Sé de primera mano que, si la compañía Shinra quiere encubrir algo, lo hace con celo. Incluso a sus propios miembros.
Red XIII observó a Cait Sith con duda. Él era desconfiado por naturaleza y la condición inicial de espía del muñeco le hacía recelar. Pero creía en el juicio de Vincent y sus palabras eran convincentes. Bajó a cabeza con decaimiento.
—Sé que pensarlo aquí encerrados no aporta nada —musitó por lo bajo. Vincent le miró con interés—… Pero no puedo dejar de planteármelo… Si es verdad… No… No habremos podido despedirnos… No volveremos a verla…
El pelinegro sintió una punzada de lástima. No se le olvidaba que, a pesar de tratar de aparentar mayor edad, Red XIII no era más que un adolescente aún. Alargó la mano y le acarició con suavidad la cabeza, removiendo su cresta con consuelo. Pero antes de que pudiera decirle nada, Nanaki murmuró:
—Y Cloud… ¿lo sabrá?
Vincent congeló su mano y su expresión. Llevaba pensando en ello el día entero. Lo último que vio de Cloud fue su desesperación por salvar a Aeris. Las últimas palabras que cruzó con él fueron sobre la viabilidad de hacerlo. Y la expresión que recordaba en su rostro estaba llena de rabia. De ser cierta su muerte… Vincent no quería imaginar el horror por el que estaría pasando. Y ninguno de sus amigos estaría con él para consolarle…
—Red, no creas una sola mentira que salga por la boca del mamón de Rufus Shinra —La voz de Barret llegó hasta ellos, haciéndoles volverse. Su corpulento compañero les miraba con resquemor—. No os dejéis engañar. Aeris está viva.
La rudeza de su voz, por contundente que tratara de sonar, no resultaba en absoluto convincente. Nanaki volvió a buscar los ojos de Vincent de soslayo, pero éste se había arrebujado de nuevo en su capa y miraba al vacío, sin contestar a su pregunta.
—Se está poniendo feo ahí fuera —murmuró Cid para cambiar de tema, mirando por la ventana cómo caía la recia lluvia—. Espero que las chicas estén…
La voz de Cid se vio interrumpida. Los prisioneros giraron sus cabezas todas a una hacia la esquina más apartada de la celda, donde Cait Sith había vuelto de pronto en sí. El gato robot se levantó de golpe y miró a todos con aspecto alarmado.
—Más feo se va a poner aquí dentro, chicos… —musitó con voz inquieta— Una patrulla de SOLDADO viene para acá. Rufus Shinra va con ellos.
—¿Shinra otra vez? —Barret se levantó de su camastro, poniéndose en guardia. El resto hizo lo mismo— ¿Dos veces en el mismo día? ¿Qué quiere ahora?
—No lo sé, no he podido escucharlo, pero pinta mal… Parecía furioso…
Todos cruzaron miradas de inquietud entre sí. Dado que aún desconocían la razón por la que éste había decidido dejar libres a Tifa y Yuffie, no sabían qué esperar de lo que Shinra pretendiera hacer con ellos.
Vincent sintió un escalofrío. Sus ojos miraron el ventanuco y la tormenta del exterior. La temperatura había bajado, pero le daba la sensación de que no se debía sólo a la lluvia. Tenía un mal presentimiento que le había erizado toda la piel, igual que ya lo tuvo el día que se infiltraron en el edificio. Algo malo se tramaba en la mente de Rufus Shinra.
En una celda muy distinta a aquella, Cloud descansaba completamente ajeno a lo que ocurría a varios pisos bajo sus pies. La ventana de su prisión era lo bastante grande para poder sentarse en su alféizar con las piernas flexionadas, rodeadas por sus brazos, y apoyar la cabeza contra el cristal para notar sobre su frente el frío del exterior y ver la lluvia a través de los regios barrotes.
El cerrojo de la puerta le sacó de su ensimismamiento. Volvió la cabeza con intriga, entrecerrando los ojos. Creía haber conseguido librarse de Shinra por hoy, convencido de que el presidente no querría verle ni en pintura después de su discusión de esa mañana, de modo que no imaginaba quién y para qué vendría a buscarle.
—Arriba —ordenó la voz de la silueta oscura que le miraba desde la puerta. Cloud no se inmutó.
—¿Para qué? —gruñó.
—Ven con nosotros —dictaminó el guardia—. El Presidente lo ordena.
—¿Y a dónde quiere que vaya? —Cloud no trató de ocultar el fastidio en su voz. Pero la respuesta le dejó tan sorprendido que borró de su cara toda irritación.
—A las celdas de prisioneros.
Pasos firmes resonaban por el corredor. Un total de seis pares de pies hacían bramar el suelo con su caminar. Cinco de ellos lucían el característico uniforme de agentes de SOLDADO. Y sólo uno se distinguía en esa comitiva por su atuendo trajeado.
El grupo aguardó mientras el capitán de la escolta sacaba un manojo de llaves y abría la puerta de las dependencias de celdas de larga estancia. Los agentes dejaron paso al presidente Shinra para que ingresara primero. Su semblante expresaba la sobriedad habitual, pero con un extra de frialdad. Ni una sola palabra cruzó el aire mientras, una vez en el vestíbulo, la cohorte rodeaba al presidente en perfecta alineación. Rufus Shinra miró hacia una de las puertas, la única que albergaba prisioneros, con las manos cruzadas a la espalda y talante regio.
—Abridla.
A su orden, tres SOLDADOs se aproximaron a la robusta puerta de metal. Dentro de la celda, los prisioneros se pusieron en guardia, observando cómo aparecían ante ellos los uniformados amenazándoles con sus espadas. Vincent, el último en levantarse, era el más próximo a la puerta. Y esta fortuita circunstancia le valió ser el escogido. Dos agentes le agarraron por la fuerza y, gritando órdenes y advertencias, lo arrastraron al exterior, conteniendo los intentos del resto de AVALANCHA por impedirlo.
Una vez fuera le arrojaron al suelo, gritándole que se pusiera de rodillas. En cuanto levantó la cabeza, Vincent se encontró con una afilada hoja presionándole la garganta. Y su mirada se topó con una presencia distintiva frente a sí. Rufus Shinra le observaba frívolo desde su imponente postura.
—Shinra… —La grave voz de Vincent acompañó su fulminante mirada carmesí— ¿Dónde está Cloud?
—Cómo os gusta preguntar eso… —rezongó el presidente con cansancio— No te molestes, en seguida lo sabrás —miró a uno de los SOLDADOs y le hizo una seña con la cabeza—… Traedle.
Valentine miró de un lado a otro desconcertado, mientras el agente aludido salía de la sala y se internaba por el pasillo. El resto mantuvieron sus armas en ristre. Vincent trató de conservar la calma, a pesar de la tensión que suponía sentir el frío del acero contra su piel y los bramidos de sus compañeros desde la celda. Rufus Shinra mantenía su mirada apartada, aguardando con aspecto contrariado y aburrido, sin prestarle atención. El pistolero de ojos escarlata no aguantó más aquel irritante silencio.
—¿Qué vas a hacer con nosotros?
—Preferiría que te mantuvieras callado —musitó Shinra ignorando la pregunta y sin mirarle una sola vez—. No eres más que un instrumento de sugestión, así que mantén la boca cerrada, las manos quietas y conservarás la cabeza.
Vincent no pudo añadir nada, antes de que la puerta se abriera. No había entendido una palabra de lo que había dicho Shinra, pero no tardó mucho en descubrir a qué venía aquella escena. En cuanto aparecieron en la sala más agentes de SOLDADO… con Cloud entre ellos.
Las miradas de ambos se cruzaron, llenas de desconcierto. Los ojos azules del ex-SOLDADO se abrieron con estupor, igual que los del pistolero.
—Vincent…
—¡Cloud!
El moreno le miró entre aliviado y confuso, rogando con su mirada una explicación a lo que estaba ocurriendo. Pero en lugar de eso, los ojos de Cloud se volvieron hacia Rufus con un intenso rencor brillando en ellos.
—¿A qué viene esto? ¿Qué estás haciendo?—inquirió entre dientes.
—Tan sólo incentivarte un poco —musitó el presidente con calma—. Dijiste que no tenías nada que pedirme ¿verdad?... Pero yo sigo insistiendo en que sí —Ladeó la cabeza con dramatismo para mirarle a los ojos y sonrió—. Tu podrás creerte más listo que yo, Cloud, pero ni por un segundo se te ocurra pensar algo tan ingenuo —Su voz sonó siseada, más amenazadora. Y por su expresión, el ex-SOLDADO pareció comprender la naturaleza de tal amenaza.
Shinra volvió su mirada hacia Vincent, clavando en éste sus ojos de hielo. El hombre de capa roja le devolvió una expresión de inquietud. Mientras tanto, Cloud alternaba su asustada mirada de uno a otro.
—No…Rufus… Suéltale…
—Me parece que no has usado las palabras correctas —masculló Shinra con absoluta calma.
Sus ojos se cruzaron con los de Cloud por unos escasos segundos. En ellos, el ex-SOLDADO pudo leer la ignominiosa maldad que emanaba desde el negro corazón de Rufus Shinra. Y supo, con terrible impotencia, cuál iba a ser su siguiente orden antes de que abriera la boca.
—Matadle.
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Fin del séptimo capítulo
Bueeeeno, espero no haberos aburrido demasiado. Si es así, mis disculpas, ya sabéis que podéis dejar vuestras quejas, amenazas de muerte, cartas-bomba y demás opiniones en forma de review. Me interesan mucho, de verdad ^3^ Gracias otra vez a los que ya lo habéis hecho.
Y si he logrado que el final de este capítulo os deje con ganas de saber más, ya sabéis qué hacer. Estad atentos al póximo Jueves~ Bye bye!
