LA MEMORIA DE LOS PECES
VII
Lucy
La primera mascota
Lucy Weasley es una niña que no parece gran cosa. Es pequeñita y flaca, tiene el pelo y los ojos oscuros y no se parece en nada a nadie de su familia paterna. De hecho, es la viva imagen de mamá a su edad. Por si eso fuera poco, también ha heredado una buena parte de su personalidad: las dos son parlanchinas, inquietas y mucho más cabezotas de lo que ningún Weasley será jamás. Por eso, cuando un día Lucy anunció que quería tener un gatito, Percy supo que lo tendría, aunque él se negara a comprárselo y hubiera obligado a prometer a Audrey que ella tampoco lo haría.
Pero Lucy es una niña de recursos. Por supuesto que sí. Y tiene un montón de tíos a los que intentar convencer para conseguir su primera mascota. Debe reconocer, eso sí, que una buena parte de la familia paterna no se muestra muy receptiva o está muy lejos para pedirles nada. Los abuelos, que van a visitarla casi todos los días, no ceden a sus deseos alegando que no deben interferir en las decisiones de sus papás. Aburridos. Y eso que Lucy los creía enrollados. ¡Qué decepción!
Con tío Charlie, que está en un país muy lejano, y con tío Bill, que vive en la costa, ni puede intentarlo. A tío Charlie lo ve muy pocas veces al año, aunque está segura de que le compraría el gatito encantado, y al tío Bill lo ve algunos domingos en la Madriguera, un mal sitio para intentar confabular a espaldas de papá y mamá.
Tío Ron es una buena opción, pero seguro que tía Hermione no le dejaría. Y con tío Harry más de lo mismo, así que sólo le queda tío George. Y Lucy tiene la sensación de que aquello puede salir muy bien.
Aprovecha la tarde en que mamá y papá llevan a Molly al Callejón Diagon a comprar sus cosas para Hogwarts. Su hermana empezará el colegio ese año y a Lucy no le gusta pensar que van a estar lejos durante tanto tiempo. Aunque Molly sea tan seria como papá y siempre le pida que se quede quieta y callada y no la moleste, Lucy la adora porque muchas veces juegan a las muñecas juntas y porque a ella no le parece que sea una tontería eso de que le gusten los aviones y suela hacer multiplicaciones con decimales en cualquier rincón de casa. Quizá por eso, porque sabe que la echará mucho de menos, Lucy cree que ha llegado el momento de tener un gatito.
Mientras mamá y Molly van a comprar las túnicas nuevas, papá sugiere que ellos dos pueden ir a por los libros y el instrumental para las clases de pociones y Lucy sabe que ha llegado el momento, así que tironea de la túnica de papá y lo mira fijamente, señalando una de las tiendas cercanas.
-Papá. ¿Puedo quedarme un ratito con el tío George, por favor?
Aunque papá considera que tío George es una pésima influencia para cualquier mago o bruja menor de cien años, se da cuenta de que hará más rápido las compras solo que con Lucy, así que afirma con la cabeza y la lleva a la tienda de su hermano. Hay bastante gente por todos sitios, pero tío George saca tiempo para sonreírle, acercarse a ellos y prometer a papá que la cuidará hasta que vuelva. Papá no tiene pinta de fiarse mucho, pero no es la primera vez que deja a sus hijas con uno de sus hermanos y supone que el mundo no se hundirá por eso. En cuanto sale de la tienda, la sonrisa de Lucy es casi maléfica.
-Tío George. Tienes que ayudarme.
George alza una ceja, preguntándose en qué momento esa pequeña criatura se ha convertido en un ser de risita maliciosa y gesto confabulador. La encuentra absolutamente encantadora y no puede dejar de reírse cuando la niña le dice que tiene que comprarle un gatito porque es lo que más quiere en el mundo, porque lo cuidará como si fuera la cosita más especial todas y porque no dejará que moleste a papá jamás. George reconoce que no le importaría molestar a Percy si con eso hace feliz a ese monstruito, pero acepta que a la niña le preocupe su padre. Aunque sólo sea un poco.
Con un gesto indica a sus empleados que va a salir. Se dirige directamente a la tienda de animales, asegurándose de que ni Percy ni Audrey los ven. No puede estar conspirando en su contra y permitir que esos dos los descubran a las primeras de cambio. Lucy parece totalmente fascinada entre tantas futuras mascotas y después de un rato de ardua deliberación elige un gatito tan diminuto como ella y de pelaje oscuro y le pide por favor al dependiente que si pueden enviarlo a casa con alguien más tarde. George señala que será un regalo y el hombre de la tienda sonríe y le guiña un ojo a su sobrina, suponiendo tal vez que aquello es una encerrona para alguien y no equivocándose en absoluto.
Varias horas después, cuando todos en casa de Percy y Audrey han terminado de cenar y se disponen a ver un rato la televisión, alguien llama a la puerta y Lucy da un saltito de entusiasmo. Mientras papá va a abrir, mamá la mira con sospecha. Finalmente, los había descubierto, al tío George y a ella, mientras salían de la tienda de animales y había hecho unas cuantas preguntas. Después, lo dejó estar, aunque Lucy está segura de que ella ya lo sabe todo. Cuando papá vuelve al salón con una caja entre las manos y anuncia que el tío George envía un regalo para las niñas –a Lucy le agrada que Molly sea incluía en el complot aún en medio de su absoluta ignorancia- parece tan desconcertado que a la niña casi le da pena.
Casi, porque cuando vuelve a tener al gatito entre sus manos y salta por todas partes enseñándole a todo el mundo su primera mascota, compartiéndolo con Molly, con mamá e incluso con papá, y éste último frunce el ceño y se pone a estornudar como un loco, algo en su cabeza le dice que la felicidad no dudará para siempre.
De hecho, sólo dura hasta el primer día de septiembre, cuando Molly se lleva al gatito a Hogwarts y papá la despide con los ojos hinchados y la nariz aún un poco húmeda. ¡Maldito y estúpida alergia! La única cosa capaz de hacer que Lucy Weasley no tenga lo que quiere.
