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.:VI:.
"La Tormenta"

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A partir de ese momento, las caminatas de regreso a casa no volvieron a ser lo mismo de antes. El tañido de la campana que ponía fin a la jornada escolar era el momento del día que más esperaban Hyung y Kim Ly.

— ¿Se puede saber por qué llevas tanta prisa? — preguntó Maricela, viendo cómo su compañera miraba hacia ambos lados del pasillo donde estaban los casilleros con semblante inquieto.

— Estoy buscando a alguien.

— ¡Ah…! ¡¿Vas a irte de nuevo con él…?!— exclamó indignada Xiao Mei — ¡Pasas más tiempo con tu novio que con nosotras!

— En primer lugar, Mei: Hyung NO es mi novio. Nos hemos estado llevando bien este último tiempo, es todo— explicó la vietnamita sin modificar ni un poco la neutralidad de su voz — Y respecto a lo segundo, también te equivocas. Todas las clases me siento con ustedes, todos los trabajos de la escuela los hago con ustedes, y todos los recreos los paso con, ¿adivinen quién? ¡Ustedes!

— ¡Pero ya no almorzamos juntas…!— protestó la taiwanesa dándole una patadita al suelo — Vas y te sientas con él.

— Y caminan juntos a casa todos los días— acotó la filipina con preocupación — Creo que te obsesionaste con él en muy poco tiempo, y eso me asusta.

— ¿Por qué no le dan una oportunidad? — inquirió la vietnamita, y sus dos amigas dieron un respingo — ¡Vamos! Les digo que es un chico agradable… al principio cuesta hablar con él, pero si hacen que se sienta en confianza…

— Lo siento, Kim, pero él no me da buena espina. Su sola presencia me inspira algo… raro. En el sentido desagradable de la palabra— objetó Maricela, siendo secundada por Mei:

— No puedes obligarnos a que nos caiga bien de un día a otro…— suspiró apenada — Aunque nosotras tampoco podemos obligarte a que no te juntes con él…¿en serio estás haciendo esto porque te agrada? ¿O es porque le tienes lástima…?

— ¡Me ofendes, Mei! — exclamó levemente irritada la surasiática — En un principio tal vez sí sentía algo de compasión por él. Cuando comenzamos a caminar juntos, me comentó que a menudo se sentía solo y despreciado sin ningún sentido. Pero ahora… puedo asegurarte que me simpatiza por lo que es. Si tan solo la gente se detuviera a escucharlo alguna vez sin juzgarlo, descubrirían que es un chico muy listo, alguien común y corriente que tiene las mismas necesidades que todos nosotros.

— ¿Y esas "necesidades" cuáles son?

— Ser aceptado y sentir que no está solo en medio de la multitud.

— Ay, Kim… eres una santa.

En el otro extremo del pasillo, Kim Ly pudo distinguir entre el gentío a su compañero, que estaba esperándola, mirando fijamente hacia el lugar donde ella charlaba con sus amigas, sin atreverse a interrumpirla para que se apresuraran en salir. Una leve seña con la cabeza le indicó que ya estaba listo.

— Debo irme. Las veré mañana.

— ¡Eh, Kim! — llamó la filipina — ¿Te apetece que salgamos el viernes por la tarde? Mei y yo hablamos durante el almuerzo, y nos dimos cuenta que hace mucho tiempo no vamos por un helado.

— Suena bien.

— ¡No hagas planes para después de la escuela! — advirtió Mei, tratando de sonreír como siempre lo hacía. Se hicieron señas con la mano para despedirse, antes de que la joven vietnamita se reuniera con su compañero.

— ¿Te hice esperar mucho?

— No, descuida… ¿nos vamos? Ha empezado a nublarse y hoy no traje impermeable. No quisiera que la lluvia nos sorprendiera a mitad de camino.

La muchacha echó un vistazo al cielo y asintió con la cabeza.

— Vamos.

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Soplaban las gélidas brisas del otoño con la fuerza suficiente para desnudar las ramas de los árboles que circundaban la preparatoria. Un manto de hojas en tonos castaños y pajizos cubría casi la totalidad del camino, siendo pisadas y pateadas por los estudiantes que avanzaban distraídamente rumbo a sus hogares.

— ¡Uh! Vaya que está helando…— comentó la vietnamita, sobándose los brazos por encima del blazer negro del uniforme.

— ¿Quieres tomar el autobús?

— No, no. No es necesario.

El viento helado que pasó por entre sus piernas abrigadas únicamente por unas delgadas pantimedias grises la hizo reconsiderar la sugerencia. Cruzó ambos brazos delante del pecho, buscando generar un poco de calor. Hyung descolgó momentáneamente su mochila del hombro, y sacó del compartimiento más grande una bufanda de lana con líneas horizontales negras y rojas. La enroscó en torno a su cuello, y miró a su compañera sonriendo con travesura.

— Envídiame.

La joven fingió un gesto de indignación girando agresivamente la cabeza hacia el lado contrario a donde se encontraba su compañero, mascullando un fuerte "¡Jum!". Escuchó al coreano soltar una breve carcajada. Tenía una risa simpática… hasta encantadora. Kim Ly no pudo evitar sentirse un poco avergonzada cuando por su mente cruzó la idea de que le gustaría poder oírlo reír con más frecuencia.

— Me perdí parte de la clase de matemáticas cuando el inspector me sacó de la sala. ¿Dejaron algo para mañana? — preguntó el de la trenza.

— No, nada de deberes.

— ¿Y ese milagro?

— Tal vez lo olvidó. Terminamos de revisar los ejercicios del libro que nos había dejado para hoy, y dio por terminada la clase— explicó la muchacha — Así que hasta donde recuerdo no hay nada para mañana, y los exámenes comienzan recién en dos semanas más. Esta tarde por fin podré continuar con el juego de computadora que inicié el fin de semana.

— ¿El de zombies que me estabas comentando el lunes?

— Ajá.

Se pasaron las nueve cuadras de distancia entre la escuela y la calle donde Hyung dejaba a la chica continuar con su camino, hablando sobre cosas banales. Algo que se había vuelto una costumbre. En esas pláticas habían conseguido descubrir cosas fascinantes el uno sobre el otro.

Se sentían cada vez más cercanos. Más unidos.

— Hasta mañana— se despidieron, agitando suavemente las manos. Kim Ly continuó caminando de frente mientras su compañero doblaba en el pasaje que le correspondía.

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A mitad de la décima cuadra, la chica se encontró con que una buena parte de la acera estaba ocupada por un grupo compuesto por cuatro jóvenes, cuyas edades debían de ir entre los veinte y veinticinco años, que reían a carcajadas. Dos de ellos aspiraban cigarrillos. Cuando Kim Ly estuvo a unos cinco metros de ellos, quiso bajar un momento a la calle para evitar tener que pasar por entre medio de los muchachos. Sin embargo, ellos se desplazaron.

— ¡Oye!

La vietnamita volvió a subir a la vereda, buscando un espacio libre para pasar, pero nuevamente los jóvenes le cerraron el paso.

— ¿A dónde vas, guapa? — preguntó uno de ellos, abriendo sus brazos como si quisiera recibir a la chica entre ellos — No es bueno que las señoritas anden solas por estos lados.

— Con lo mala que se ha puesto la gente del barrio últimamente— ronroneó otro, esbozando una sonrisa ladina.

— ¿No sabes que las colegialas son las presas preferidas de los hombres que buscan carne fresca? — uno de los individuos que sujetaba su cigarrillo encendido tiró la colilla muy cerca de los zapatos de la asiática, y relamió desagradablemente sus labios. Kim Ly se tensó, y bruscamente cambió de rumbo. Regresó sobre sus pasos e intentó atravesar a la acerca del frente, pero uno de los hombres la detuvo enroscando su brazo por la cintura y la empujó de regreso hacia donde el primer individuo, el de los brazos abiertos, la apresó y descaradamente tocó sus posaderas por encima de la falda del uniforme.

La chica empujó fuertemente con ambas manos el pecho del hombre, y se liberó. Los cuatro individuos se rieron al unísono, de una manera idéntica y espeluznante. Ya entrada en pánico, Kim Ly decidió recurrir a la casi-siempre efectiva técnica de pasar rápidamente por entre los dos que se vieran más débiles, sin embargo, volvieron a detenerla. Antes de que pudiese pensar en su próxima maniobra, el cuarteto comenzó a acorralarla contra el enrejado de la casa más cercana, sobándose las manos como quien va a zamparse un delicioso festín.

— Ven con nosotros, preciosa. Tenemos en nuestra guarida lo necesario para que la pasemos bien.

— Todos los cigarros y cervezas que puedas imaginarte.

— Claro, y otras cosas más…

El hombre que aún no se deshacía de su cigarrillo extendió su mano y apretó el busto de la chica. En un repentino y totalmente justificado acceso de rabia, Kim Ly asestó un puñetazo en la cara del atrevido y lo hizo retroceder gruñendo de dolor.

— ¡Agh…! ¡Maldita ramera!

Los otros tres patanes reaccionaron al instante, abalanzándose sobre la joven para reducirla contra la verja. Por más que la asiática pataleó y movió sus brazos, no logró golpear de forma efectiva otra vez a ninguno de sus asaltantes, así que comenzó a gritar para alertar a los vecinos. De pronto, la mano de uno de ellos tapó bruscamente su boca, haciéndola golpearse en la nuca contra los barrotes que estaban tras ella. La dejaron aturdida. Comenzó a resbalar, descendiendo lentamente. Fue entonces cuando entre dos hombres la sujetaron para evitar que se fuera al suelo, y el tercero abrió el blazer del uniforme tirando de las solapas hasta que los botones salieron disparados. Las manos del atracador apretaron sus senos por encima de la tela del vestido; prontamente descendieron hasta la falda de este mismo, y comenzaron a subirla dejando al descubierto sus piernas abrigadas por las pantimedias grises.

Kim Ly volvió a gritar, esta vez desde el estómago, luchando por oponer la resistencia necesaria para no ser ultrajada hasta que alguien llegara en su auxilio.

Si es que alguien llegaba…

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Las mujeres que desde sus casas habían oído los clamores de la chica comenzaron a dar voces de alarma y a pedir ayuda. El marido de una de ellas salió a intervenir.

Pero no fue aquél bondadoso caballero quien le quitó de encima al abusivo que estaba manoseándola.

— ¡¿PERO QUE MIERDA…?!

El hombre que tapaba su boca salió corriendo despavorido junto con el que se había llevado el primer golpe. Solo quedaban dos. Kim Ly, con sus fuerzas parcialmente renovadas, forcejeó contra los brazos de uno de sus captores y consiguió golpearlo antes de que el esposo de la vecina más alarmada lo agarrara y comenzara a zamarrearlo y a reñir con él. La vietnamita se incorporó, e instintivamente, reacomodó las partes del uniforme que habían sido removidas por sus asaltantes.

El hombre que la había tratado de desvestir tuvo que vérselas con Hyung.

— ¡Oye, oye, tranquilo…! ¡COMPADRE, TE JURO QUE NO ÍBAMOS A HACERLE NADA!

Con un gruñido, el coreano tomó por el cuello de su camiseta al individuo y lo tiró al suelo. Tratando desesperadamente de levantarse antes de que el chico fuese a lastimarlo, sus súplicas sonaban como los chillidos de un cerdo en el matadero

— ¡TODO ERA UN JUEGO…!

Tras propinarle una patada en la cara, unos cuantos puñetazos y arrancarle de un sopetón algunos dientes, el joven de trenza tomó al degenerado por la abundante cabellera y azotó su cara repetidas veces contra la verja de metal. Al tercer impacto lo había noqueado. Sin embargo, no estaba satisfecho. Siguió aventando al delincuente contra la cerca hasta que la sangre brotó con fuerza de sus labios, su nariz y de las heridas que se abrieron en su frente. No parecía tener intenciones de detenerse hasta haberlo desfigurado por completo. Kim Ly contó ocho impactos antes de que los mechones de cabello se desprendieran de la cabeza del hombre y quedaran entre los dedos de su compañero, dejando que el resto de su cuerpo cayera como peso muerto.

— ¡Hyung, para! ¡Lo vas a matar…!— gritó Kim Ly al ver que el coreano se aproximaba nuevamente al hombre para seguir apaleándolo. El joven se volteó, y la vietnamita apreció con horror que el uniforme y la cara del chico estaban manchados con la sangre que había salpicado de la cara de su víctima. Quedó paralizada. Su compañero lucía aterrador. Todos sus músculos estaban tensos por la adrenalina, como los de un felino que se apronta a saltar sobre una presa, y sus ojos tenían un brillo colérico que le causó escalofríos.

Sin embargo, en menos de un segundo, todo eso se esfumó.

— Kim Ly…— susurró con en un tono grave y tranquilo, acercándose cautelosamente a la muchacha — ¿Estás bien?

Casi recuperada de la impresión del momento, la vietnamita asintió. Y en ese preciso instante los ojos se le empañaron. Todo se volvió borroso. Creyó que iba a desmayarse por el cúmulo de emociones que había experimentado en esos pocos segundos; sintió todo el cuerpo cubierto de sudor frío, temblando sin control.

Comenzó a sollozar.

Avergonzada y todavía muy asustada, tapó su rostro con ambas manos y lloró con una voz tan aguda que casi no reconoció como la suya propia. Como una niña pequeña. Casi cayéndose de rodillas. Dio un gritito furioso y volvió a tiritar con violencia. El llanto la estaba sacudiendo sin que ella pudiese hacer nada para evitarlo.

De pronto, dos brazos la rodearon.

Una prenda de lana roja y negra le hizo cosquillas en la nariz.

El aroma varonil y embriagador que impregnaba el gakuran de su compañero la envolvió como una nube protectora, a la vez que una de las manos del joven acariciaba con delicadeza su despeinado cabello negro.

Con la cara hundida en el pecho de Hyung, Kim Ly siguió sollozando.

— Ya, ya… todo se acabó— le susurró al oído, provocándole nuevamente espasmos a la muchacha, que no podía dejar de gimotear.

— ¡Llamaré de inmediato a la policía para hacer la denuncia! ¡Esos sinvergüenzas frecuentan el vecindario para molestar a las alumnas! ¡No es la primera vez que los veo hacerlo…!— bramaba la vecina gritona — ¡Alberto! Sujeta al bastardo mientras los llamo.

— Sí, querida— asintió el buen hombre — ¡Vamos, imbécil, muévete!

El varón se retiró, empujando al abusivo que había inmovilizado mientras sujetaba con fuerza sus manos a la espalda. El otro degenerado aún yacía inconsciente en el suelo, manchando el pavimento de rojo.

— Tu padre llega a las siete, ¿verdad?

La vietnamita asintió con la cabeza, sin despegarse del torso de su compañero.

— Esta es la última vez que caminarás sola hasta tu casa— sentenció el coreano — Vamos. Yo me quedaré contigo…

Cuando emprendieron la marcha, el amenazador cielo gris soltó por fin la tormenta que había preparado desde la mañana.

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Notas de la Autora:

¡Eh, qué tal!
Otra semana que inicia, y qué mejor para celebrarlo con un nuevo capítulo de su fanfic favorito(?).

Para quienes se lo estén preguntando (y para quienes no, también): el suceso acontecido en este capítulo está basado en una experiencia REAL muy cercana a la autora, debido a que fuera de su colegio solía suceder que aparecían ciertos "graciosos" (odiosos degenerados) les gustaba acechar a las chicas que caminaban solas, y acorralarlas contra los muros para correrles mano (aprovechando que había largos tramos de enrejado que cercaban unas canchas públicas y que había pocos vecinos en el sector). Defenderse no lo arreglaba mucho, ya que algunos se ponían agresivos...

Ojalá alguien se hubiese aparecido cuando las alumnas más lo necesitábamos, como Hyung (y Alberto, ¡no olviden al marido de la vecina gritona!) hizo con Kim Ly *-*

¡Queridas mías, gracias una vez más por leer! Especialmente, agradezco a las personas que comentaron el capítulo anterior: Kayra Isis, Julchen awesome Beilschmidt y Softlavender.

¡Hasta el miércoles!