CAPÍTULO SEIS
«―[…]Aún no conociste que soy una deidad, y no cesa tu deseo de alcanzarme».
Homero, La Ilíada
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Hacía varias noches, exactamente desde la llegada de Shiva, que los pensamientos de Nessa se centraban a menudo en Marín de Águila y su alumno. Aunque eran momentos difíciles dentro del Santuario, le costaba imaginar a la amazona pelirroja como la traidora infeliz que Shiva había descrito.
Lo único que podía asegurar a ciencia cierta es que su antigua compañera había tomado partido en una guerra que no podía ganar sola y que sus elecciones le habían cambiado la vida para siempre. No era ajena a esto, pensó, pues si Nessa tuviera que enumerar cuántas etapas habían supuesto una inflexión decisiva en su propia y corta existencia, al menos nombraría cuatro. El período de la infancia temprana, en Irlanda; muy pronto, siendo aún una niña pequeña, la llegada a Grecia y por lo tanto su comienzo como aprendiza de Shaka; después, el final de su etapa como discípula y el comienzo como amazona de propio derecho y, finalmente, este nuevo período en su vida de servidumbre y deshonor.
A excepción de la primera, que había estado marcado por la necesidad material pero también por la simpleza de una vida común y ordinaria en el seno de una familia desclasada, todas las etapas posteriores habían supuesto un giro de ciento ochenta grados en su vida, como ocurre al vender niñas a hombres extraños. Muchas noches, aquella pequeña había permanecido despierta y quieta en su cama, pensando que quizá todo aquello era un sueño y que despertaría en breve.
Le había costado adaptarse a una realidad que parecía sacada de un libro de ficción fantástica.
Pero los años pasaron, el sueño no terminó y, aunque nunca había visto con sus propios ojos a aquella diosa misteriosa, el poder que crecía en su interior sí era cierto y verdadero como que el día era el día y la noche, noche. Lo podía tocar, lo respiraba y en su día a día, era ancla y prueba de que aquella vida era real.
Su relación con Shaka había comenzado con miedo, pero pronto se había transformado en un sentimiento mucho más complejo que mezclaría, durante muchos años, aflicciones ambivalentes. Había llegado a amarlo perdidamente entre el miedo y la admiración, naturalmente, a medida que se había hecho mayor.
El maestro, en aquellos tiempos, era dorado como un dios y sabio como un filósofo, no caprichoso o temperamental como aquellos dioses que hasta entonces no habían sido suyos y sobre los que aprendía incansablemente en clase de historia clásica bajo la estricta batuta de las doncellas del templo.
El maestro constituía su pilar real, lo que se toca y es cierto, como mental lo era el cosmos, y era un ejemplo a seguir. Con él estudiaba otras artes más centradas en los ejercicios bélicos y entrenaba. Pasaba horas en su juiciosa compañía y aunque era sobrio y distante, podía sentir su mano guiándola a través del camino de la vida.
Pero entonces, aquella vida terminó. Nessa había conseguido su armadura y terminada su tarea, se alejó y la dejó sintiéndose desamparada, como si el sol de repente se hubiese escondido; como si la noche hubiera ensombrecido su existencia por el resto de sus días. Hubo de mudarse al Santuario amazona para entrar a formar parte de un mundo marginal e invisible dentro de un universo que aún lo era más.
Había sido un bofetón de realidad.
La camaradería que había experimentado con sus compañeros en el templo de Virgo, en el Santuario Amazona no existía. Muchas mujeres habían crecido entre las sombras de los árboles que las separaban del resto del mundo y se les enseñaba que para poder obtener el respeto de sus semejantes debían ser doblemente duras, masculinas y crueles que los hombres y que estos eran enemigos de una.
Allí, Shaka no era precisamente apreciado. Su hieratismo y desafección para con el resto de los mortales y en especial hacia las mujeres, a las que abiertamente consideraba seres de segunda categoría, no lo habían convertido en un favorito. Se mofaban de su virtuoso estilo de vida y, en ocasiones, cuando su nombre aparecía en las conversaciones era seguido de chistes sobre genitales atrofiados y anos atravesados por objetos cilíndricos de considerable largura. Que hubiese tutelado a aquella criatura espantable, delicada y maternal era motivo de duras y crueles burlas.
Entre aquellas guerreras de acero no existía la rendición y quien era débil no obtenía sus gracias en una batalla cotidiana que a veces amenazaba la integridad física de algunas y la supervivencia de otras. Un gran problema para Nessa, quien siempre había sido blanda ella misma y con sus semejantes y que con tan sólo trece años comprendió que no le estaban destinadas las mieles de la gloria, sino el sufrimiento.
Durante todos aquellos años y hasta que decidió escapar, había suplicado su readmisión al templo de Virgo y la respuesta había sido siempre no.
El maestro ya no era divino e inmaculado. Ahora ya no le odiaba, pero tampoco le quería. Algo de bueno tuvo aquella parte de su vida y es que había conseguido que Shaka se volviese mundano, porque el dolor le había dado una nueva percepción de su entorno.
Oír cómo Shiva cantaba alabanzas a su figura la desesperaba. Los ojos de su compañero, sin embargo, brillaban con fuerza bajo la luz de media tarde que caía sobre la jungla.
Habían pasado todo el día juntos, el uno con el otro. Esa misma mañana, sin ir más lejos, entrenaron como en los viejos tiempos y les había sentado bien.
Aún podía recordar cómo le había picado la cara.
Esa mañana, el sol había elegido salir de entre las montañas con intensidad y lo había sentido tanto en la piel expuesta como en la que permanecía cubierta. Bajo la máscara, la nariz y los pómulos se le abrasaron a fuego lento en tierno contacto con la superficie metálica.
Shiva cayendo desde el mismo cielo era una visión que no olvidaría, pero había logrado pararlo con los antebrazos y rechazarlo en la otra dirección varios metros a su derecha. No cayó sino graciosamente y cuando ambos pies se afianzaron en el suelo, la había mirado a los ojos con determinación y frialdad. Qué parecido era todavía al muchacho de antaño, había pensado. Tenía el mismo espíritu competitivo que lo había llevado a lo más alto entre los de su generación.
No había sido fácil enfrentársele, ya que tenía una fuerza física superior y más experiencia en el combate, pero tal posibilidad no la había distraído de su cometido. Se había decido a romper la barrera del sonido al echarse a correr y arremetiendo en un instante con los miembros insuflados de cosmo. El golpe había resultado brutal, pero los nervios de sus puños estuvieron ausentes de dolor, dormidos, y no registraron la inmensa violencia con la que se los trató. Lo abrumó con su despliegue, obligándolo así a retroceder un paso tras otro entre una nube de polvo que comenzaba a acumulársele alrededor de los tobillos. Desesperadamente, había intentado recuperar su posición a través de su propio cosmo pero fue inútil, porque ella ya le había arrinconado y atacaba sin piedad sus antebrazos y su torso.
Al final, fuerza y experiencia se habían impuesto. Shiva pateó su coxis con tanta fuerza que salió despedida hacia atrás rodando por el suelo y ya no había podido levantarse. No había acabado de escupir tierra y hierba, pero pudo darse cuenta de que había adoptado la postura de las Mil manos, un ataque rápido y feroz que sólo aquellos poseedores de la velocidad de la luz podían esquivar. Nessa no tenía aquel don y el combate se decidió muy pronto, con Shiva como último vencedor.
Ahora permanecía tranquilamente sentada a su lado mientras le escuchaba. La derrota no la había herido en su orgullo, pero ahora se sentía incapaz de seguir seguir en su compañía sin contener las palabras irritadas que le quemaban en la boca, cuando horas atrás sólo había tenido felicitaciones.
—Es un dios —aseguró él intensamente.
—Sólo es un hombre.
—No, no es como tú y como yo —despreció su comentario sin mirarla, lo despachó tan sólo con un gesto de la mano.
—Sangra como tú y como yo —apuntó con un tono que dejaba claro que consideraba aquel hecho una obviedad que hablaba por sí sola.
—¡Es puro! —contraatacó—. Capaz de sostener el universo entre sus manos —hizo un gesto con las suyas, como si abarcase el mundo mismo, y la miró con el fervor pintado en las pupilas—. Cuando pienso en él lo imagino inmenso. Le hemos visto hacer cosas imposibles.
—Es un hombre poderoso —estuvo de acuerdo—, pero estoy aún por conocer a un hombre puro. Puros son los niños… o los animales —filosofó titubeantemente, no muy dispuesta a entrar en la disputa que se avecinaba.
—No doy crédito a mis oídos —dijo él y negó con la cabeza honestamente sorprendido—. ¿Cuándo lo has visto hacer algo deshonroso o visceral?
Los pelos de los brazos de Nessa se irguieron cuando el enfado le nubló la cabeza. Desvió la mirada con rapidez hacia el suelo incapaz de guardarse la respuesta.
—Muchas veces. Ha sido visceral y cruel, innecesariamente cruel —dijo, pensando en el altercado de hacía un par de días— ¿Acaso es eso puro?
Shiva la miró como si no comprendiese pero, ¿cómo lo iba a entender él de entre todas las personas? Era una clase de hombre muy diferente a ella que se había mantenido aparentemente disciplinado y en forma a pesar de estar lejos de la tutela del templo de Virgo. El maestro nunca había tenido que reprocharle su ligereza en el vestir o la flojura de sus músculos.
Se hizo un silencio breve y pesado mientras ambos comprendían con pesar que ninguno de los dos estaba de acuerdo y que el otro no iba a cambiar su parecer.
—La pureza es otra cosa. Puede ser cruel —opinó—. Es un hombre excepcional —dijo al fin mientras la miraba con el semblante inalterado—. Tienes suerte de que te tutele de nuevo, mataría por volver.
—Sí, es excepcional, pero tú también —respondió ella sin perder su calma habitual y luego añadió, intentado reconducir la conversación—: Has mejorado mucho.
—Sin lugar a dudas —respondió. La seguridad que parecía tener en sí mismo le arrancó un suspiro de entre unos labios que no podían contener una lenta sonrisa.
—¿Por qué eres tan presumido?
La comisura derecha del joven se levantó en un gesto de arrogancia.
–Porque me lo he ganado, soy un caballero de plata sobresaliente, el favorito del Pontífice y el discípulo más poderoso de Shaka de Virgo. Lo he demostrado una y otra vez ante la orden y Atenea. Mi estelar ascensión es inevitable, ¿no? —le guiñó un ojo.
—Así que inevitable, ¿eh? —abrumada por su vehemencia, Nessa sonrió sin saber muy bien qué responder.
—Tú tampoco has estado mal. Tu poder mental es fuerte, el más intenso que he visto hasta ahora —sonrió como si hubiese dicho algo gracioso— a excepción del de el maestro, claro —y añadió con cierta petulancia juvenil, mientras depositaba las manos en las magras caderas–: tu destino era perder, pero así son las cosas.
—Quizá —repuso ella, pero tenía los labios apretados.
Shiva la miró atentamente. Poco a poco, su mirada orgullosa y petulante fue adoptando un brillo de tierno afecto al recorrer las depresiones tan conocidas de su máscara.
—Aprovecha esta oportunidad, Nessa, no todos podríamos contar con ellab—alzó la mano y le rozó la piel blanca tras el borde metálico, donde la máscara daba paso al cuero cabelludo.
Contuvo la respiración y lo miró hasta embeberse de sus rasgos queridos, pero tan cambiados que apenas reconocía en ellos al muchacho que una vez había sido. Este hombre que la acariciaba era el hermano que había compartido su cama en Virgo, pero tampoco lo era. El calor surgió en su interior. La quemaba en la base del estómago y provocaba que sus dedos hormiguearan. Nessa conocía bien aquellas sensaciones porque las había sentido con Shaka de niña, pero éstas eran también diferentes en cierta forma.
Se retiró hacia atrás con nerviosismo. Ahora agradecería dulcemente que la algo, cualquier cosa, se interpusiera entre ambos y lo que parecía haber surgido, débil como la llama de una cerilla pero igualmente peligroso.
—Y se lo agradezco, ha tenido piedad de mí cuando todo estaba en mi contra —concedió, y era verdad—, pero lo veo tal y como es. ¿Por qué lo veneras de este modo? —dijo.
—¿Venerarlo? —pareció ofendido.
–Oh, Shiva –los ojos de Nessa adoptaron una triste dulzura pesarosa, aunque él no pudo verlo–. No es un Dios, tan sólo un hombre, igual que tú.
–¡Qué obcecación! —dijo irritado.
–Lo idolatras, pero ya somos lo suficientemente mayores y no tenemos por qué seguir mirándolo con los ojos de un niño.
–Tienes un problema. Siempre te has creído demasiado especial y demasiado digna.
–¡Digna! ¡Todo lo contrario!
–¡La dignidad no es fuerza! —ante la expresión incrédula de sus ojos, protestó de nuevo— Por supuesto que es importante, no me malinterpretes, pero yo hablo de otra cosa. Proyectas esa superioridad moral tuya como si fueses una mártir y ya está bien, no me interesa.
—¡Shiva! —exclamó herida.
—El Maestro –dijo solemne pero firme– es un ser de extraordinaria pureza. No existe hombre ni dios sobre este planeta que sea como él.
Aquello rompió de nuevo el momento y los devolvió a una discusión que hacía unos segundos no había estado dispuesta a afrontar.
La miró con intensidad y, entonces, su voz restalló con sequedad.
—¿Qué te pasa? No logro entenderte. Nos lo ha enseñado todo. ¡Has visto lo que es capaz de hacer! ¿Por qué dudas de su santidad? Tú más que nadie tienes que estar agradecida por los dones que te ha ayudado a desarrollar.
—¿Y qué dones son esos? —preguntó en voz baja.
—Te ha dado el Nirvana, lo ha puesto delante de ti y no lo has tomado porque…
—¡Porque nunca ha estado a mi alcance! –le interrumpió. Estaba indignada, ¿cómo se atrevía?
Shiva cerró la boca con fuerza y calló, mordiéndose las palabras que parecían atragantársele, pero a ella no le importó lo más mínimo. La habilidad sobrehumana de desprenderse de lo cotidiano estaba reservada a los más fuertes y disciplinados y como Nessa y Shiva no era ni lo uno ni lo otro, no la poseían.
Esperó sentada en el suelo a que él dijera algo más, pero se mantuvo estoicamente callado hasta que se levantaron y así permaneció hasta llegar a la cabaña donde el maestro esperaba.
Nessa se detuvo en el dintel de la puerta y echó un vistazo nostálgico a la habitación que había sido testigo de un encuentro tan feliz días anteriores. Ahora albergaba el mal humor de ambos y, también, la antigua hostilidad del maestro que aún perduraba en el ambiente aunque se había atenuado con la presencia de una tercera persona.
Sus ojos se posaron en el motivo de su discusión. Su dorado ceño, casi delicado sobre unas facciones exquisitamente esculpidas, no estaba fruncido por la concentración sino por la extrañeza. Se encontraba de pie, al lado de la mesa donde solían comer, y tenía un libro cerrado en la mano.
–¿No piensas entrar? —preguntó. Giró levemente el cuerpo en su dirección, los ojos cerrados pero consciente de las inmediaciones a través de su cosmo.
La joven no respondió. Entró y fue a tomar asiento sobre sus talones frente el fuego de la chimenea, donde comenzó a afanarse en preparar la cena para los tres sin que nadie le dijera que era tal su responsabilidad.
Shiva hacía ya varios segundos que había desaparecido por la puerta que daba al pasillo, probablemente a la habitación que compartían. Las noches anteriores habían pasado sin pena ni gloria para ambos, pero sospechaba que ésta iba a ser más dura, dada la animosidad que podía notar con claridad incluso al otro lado de la cabaña.
–¿A qué se debe tal perturbación? –apuntó Shaka desde su emplazamiento—. Puedo sentir el aire crepitar a su alrededor —Nessa giró el rostro hacia el sonido de su voz, que provenía no de muy lejos y parecía en calma.
Shaka no parecía realmente interesado en conocer los detalles de su desencuentro, pues había abierto los ojos sobre el manual entre sus manos y se dedicaba a escanear los párrafos con calma, aunque no sin cierto esfuerzo. La luz, como siempre, hería su retina durante los primeros minutos.
Nessa sopesó un momento antes de responder, aunque lo hizo sin mucha energía.
–Hemos discutido.
Levantó la mirada hacia ella bajo las sombras que lo protegían de la luz del fuego y guardó silencio, como si meditara detenidamente sobre sus palabras.
—No ha sido nada —mintió con algo de nerviosismo. Agradecía tener que devolver su atención a donde sus manos ocupadas trabajaban y así poder escapar de su expresión desaprobadora.
—¿Sobre qué?
—Nada en particular —contestó evasivamente—. No ha sido más que una discusión sin importancia, apenas nos hemos dichos unas palabras el uno al otro, maestro, no tiene de qué preocuparse.
—No me cabe duda de que no eres capaz de afrenta mayor —acordó.
No parecía precisamente un halago. Las aguas habían estado calmas entre ellos por algunos días, pero de vez en cuando le hablaba de aquella manera y toda ella se encendía.
—¿Una discusión entre hermanos que no se han visto hace largo tiempo ha levantado estas ampollas? Temo qué ocurriría de compartir más tiempo en mútua compañía.
La zanahoria escapó del filo del cuchillo y fue a aterrizar en las brasas tras un vuelo veloz pero corto.
—Exagera —dijo sin aliento, un poco herida y mirándolo por encima del hombro.
Shaka chasqueó la lengua.
—¿Me consideras obtuso? —arqueó las cejas, curioso apenas pues volvió a su lectura—. Normalmente soy capaz de darme cuenta de los pequeños entresijos de las relaciones sociales —ironizó—, pero supongo que la ira es una respuesta muy humana y terrenal a problemas sin transcendencia, como sugieres.
Nessa enrojeció de vergüenza y tragó saliva. A veces, muchas, Shaka no parecía del todo humano él mismo. Su enfado creció. Tuvo que admitir ante sí misma que no sólo la desquiciaba que Shiva no fuese capaz de ver que este hombre era tan sólo otro ser humano más, sino que Shaka alentara esa impresión entre los que le rodeaban. ¿Acaso la veneración de un ídolo no era también una respuesta muy humana y poco transcendental a los problemas e inquietudes de la vida? Se preguntaba con malvada ironía qué respondería el maestro a eso.
Aunque este nuevo nivel de intensidad en sus sentimientos le resultaba incómodo, Nessa se mordió la lengua y no dio voz a sus pensamientos. Sospechaba que el mismo maestro se consideraba a sí mismo alguna clase de Dios.
—Hemos discutido a causa del entrenamiento de esta mañana, está muy pagado de sí mismo —mintió de nuevo, esperando que a Shiva no le importara ni se enfadara más de lo que ya estaba cuando supiese cuáles habían sido sus palabras exactas.
Esperaba, de hecho, que no se enterase nunca.
—No ha habido alumno más obediente –añadió medio distraído, como si le hablase al aire. Giró sobre sí mismo, se encaminó al frente y miró hacia abajo, donde las manos de ella permanecían congeladas en el gesto de cortar.
Cerró el libro en un gesto que hablaba de finales. El sonido de las hojas al chocar las unas con las otras la sobresaltó.
—Déjalo —le arrebató el cuchillo de la mano con medida tranquilidad—, esta noche no comemos—dijo y, tras pensarlo unos segundos, añadió:— quizá habría sido mejor esperar hasta mañana, de hecho, pero tenemos que aprovechar el momento.
Shiva sobresaltó a Nessa al carraspear. Apoyaba el hombro sobre el dintel de la puerta que conducía al pasillo y tenía los brazos cruzados sobre el pecho. Aún podía sentir la agitación emanando de él, pero había logrado serenarse.
—¿Para qué? —preguntó.
—Para iniciarse en la meditación inducida.
La mandíbula de Shiva se apretó hasta que un músculo hizo aparición a lo largo de su rostro juvenil y bello.
—¿Qué es la meditación inducida, maestro?
—Es una suerte inesperada que estés con nosotros —dijo este dirigiéndose a él—, bien podríamos aprovecharla. Esperar hasta mañana habría sido lo oportuno, pero si tienes intenciones de irte pronto no podemos perder el tiempo.
Nessa no sabía qué decir. Hacía varios segundos que había perdido el interés en la figura de Shiva junto al arco de la puerta y centraba toda su atención, intensa y terrenal, en el maestro.
Shaka caminó hacia el pequeño armario que hacía las veces de despensa y botiquín y abrió las puertas. No rebuscó entre los botes y saquitos de piel como aquellos que no están familiarizados con la disposición de un armario concreto; muy al contrario, su mano no vaciló ni un instante en la dirección recta que la llevaba hasta una pequeña bolsa que Nessa reconoció al instante.
—Esto que sostengo en mis manos —dijo mientras la agitaba— funciona como un pasaje hacia el plano espiritual.
Nessa lanzó una breve mirada a Shiva, que había pasado de la inopia a la comprensión. El rostro de su compañero estaba transfijo por el deseo y la anticipación.
El maestro no se había detenido a observar las reacciones de sus alumnos y proseguía con su explicación.
—Nessa, será beneficioso para ti.
La muchacha abrió la tensa boca para hablar, pero las palabras se perdían antes de poder pronunciarlas. Shaka le sostuvo la mirada, sopesando sus reacciones como un cazador acechante, hasta que por fin pudo manifestar lo que pensaba. Cuando habló, las palabras salieron de su boca cuidadosamente dictadas.
—No me siento preparada —le dijo con toda la calma que fue capaz de reunir.
Los rasgos aristocráticos de Shaka se endurecieron, aún observador sin piedad de sus reacciones, pero Nessa no esperaba una reacción distinta.
—No te sientes preparada —repitió irritado. La recorrió de arriba a abajo lentamente.
—No, maestro —se humedeció los labios, que de repente notaba secos—. Si me lo hubiese dicho hace años, quizás… —vaciló un instante— quizás sí —admitió—, pero ahora apenas puedo concentrarme al meditar, usted mismo lo ha visto.
—Qué lástima que no tengas elección.
