7
Ese día sería su quinto día de trabajo en Gringotts, su primera semana laboral. Y Fleur la sentía como si ya hubiese pasado un mes.
Nunca había imaginado lo agotada que se sentía cada tarde tras haber estado usando magia casi toda la jornada. Se admiraba de sus compañeros, quienes no parecían más cansados que el resto de magos y brujas del banco. Sabía que ya se acostumbraría, que a todos les pasaba igual al principio, pero Fleur no podía dejar de verlo como algo que jamás sucedería.
Bien, quizá estaba siendo dramática. Sólo llevaba cinco días. Y ella había elegido el trabajo, nadie la había obligado. Es más, ella había deseado trabajar. Nunca lo había necesitado y nunca lo había hecho, así que además del agotamiento por el uso de magia, día a día luchaba por encajar en un ritmo que nunca había seguido. Estaba siendo todo un reto; pero por lo mismo no iba a ceder.
Cada mañana se despertaba, pasaba unos segundos con los ojos cerrados y se levantaba cuadrando los hombros. Se duchaba, se vestía con la ropa que había elegido la noche anterior, desayunaba y se dirigía al Callejón Diagon, repitiendo mentalmente distintos hechizos y encantamientos por si los llegara a necesitar.
En la oficina, Hookner les indicaba qué sector les correspondía y cada uno se marchaba por direcciones distintas. Almorzaba con sus compañeros en el Comedor y luego continuaba con la limpieza. La tarde era el momento que más le exigía, porque a diferencia de la mañana, en que todo estaba casi como lo habían dejado el día anterior, en la tarde Gringotts estaba cargado de la magia efectuada por los oficinistas, duendes, clientes y el mismo edificio. Ya desde el segundo día Fleur estaba trabajando sola, lo que por un lado agradecía, pero por otro le había llevado a situaciones bastante engorrosas, ya que muchas personas olvidaban sus pertenencias y debía llenar largos formularios detallando incluso el olor de los objetos, o al parecer olvidaban los límites del uso de magia en el banco y se encontraba con cúmulos electrizantes de magia que se formaban tras absorber los residuos de distintos hechizos, mezclando los efectos y complicando su desaparición.
Terminada su jornada laboral, se iba caminando hasta el departamento que arrendaba fuera del Callejón Diagon, en el Londres muggle. Llegando al lugar, se duchaba nuevamente, si Gabrielle o sus padres le había escrito les contestaba y se ponía a estudiar o leer otras cosas hasta que el sueño le ganaba y se acostaba a dormir.
Y así por cuatro días ya. Fleur seguía sorprendida por lo largos que le habían parecido sus primeros días, pero al mismo tiempo lo rápido que habían pasado.
Ese viernes llegó puntual como siempre y Hookner la designó al Sector G, el tercer piso del subterráneo que albergaba las bóvedas. Para ello debía ir acompañada de un duende, el cual no se mostraba muy feliz por la tarea.
Fleur no se mareaba con facilidad, por lo que el viaje en el carrito fue sólo incómodo y le permitió observar el lugar, oscuro y lúgubre, con las paredes y suelo de rocas húmedos y a veces goteantes. Era la segunda vez que se encontraba ahí, ya que había acudido a la bóveda de su familia (algunos pisos por debajo) por primera vez cuando había llegado a Londres.
El duende no le dirigió la palabra en ningún momento, y se sentó en un banquillo que sacó del carrito, esperándola.
Fleur comenzó primero asegurando las barreras protectoras de la construcción y luego se dispuso a eliminar rastros de magia externos. Pared por pared, puerta por puerta, cada centímetro de suelo y cielo.
Se detuvo frente a una de las puertas del medio, frunciendo levemente el ceño. Tenía un mal presentimiento, pero no percibía ni magia ni nada extraño. Alargó la varita despacio, tanteando el aire alrededor de la puerta, y demasiado tarde sintió el campo invisible que la tiró al suelo con fuerza, quitándole el aire por unos segundos.
Soltó un quejido mientras se levantaba con dificultad. Miró al duende que se había puesto de pie, quien no parecía preocupado por lo que le había ocurrido, sino que estaba atento a la bóveda, como si esperara que Fleur la hubiera dañado.
– ¿Qué le sucede a esta puegta? – le preguntó la joven con enojo.
– Ese es tu trabajo, ¿no? – le respondió desdeñosamente.
Fleur se mordió la lengua para no comenzar a gritarle al duende. "Una dama decente no grita" la voz de su abuela, su guía de sociedad, sonó en su cabeza. Siempre le había costado controlar su carácter, pero nunca había habido mucha gente que la pusiera a prueba, ya que en general todos eran excesivamente complacientes con ella. Respirando profundamente unas cuantas veces, se arregló la cola de caballo alta y se dispuso a descifrar la fuerza que la había hecho caer.
Con cuidado y trabajando con minucia, comprobó que sus sospechas eran ciertas; era un escudo de magia muy avanzada y tras él parecía haber una serie de otros hechizos atrapados entre la puerta y el escudo. Pero había algo más que no sabía cómo describir. Después de largos minutos, suspiró resignada y se volvió de mala gana hacia el duende.
– No puedo deshaceg esto sola – le dijo mirándolo con la barbilla alzada. La verdad era que no podía deshacerlo de ninguna manera.
El duende la miró unos segundos con dureza y esbozó una retorcida sonrisa.
– Bien – le dijo – Entonces ve a buscar ayuda.
Fleur pasó por su lado con paso firme y se asomó al carrito. Estaba claro no podía ser manejado por alguien que no fuera un duende.
– ¿Podguías llevagme? – le dijo de manera desafiante. Sabía que el duende lo estaba pasando de maravilla al verla complicada.
La miró sin dejar su sonrisa socarrona por unos instantes. Luego, lentamente, se subió al carrito, seguido por la joven.
Al llegar al primer piso, Fleur tomó la delantera dirigiéndose a su oficina, sintiendo que al duende tras ella. Encontraron a Hookner sentado en la gran mesa anotando concienzudamente en un pergamino.
– Señog Hoogneg – Fleur lo llamó mientras entraban en el despacho. El duende levantó la mirada con cara de pocos amigos – En el sectog G hay un cúmulo de magia que no puedo deshaceg sin ayuda.
Hookner la miró brevemente y luego miró al duende tras ella.
– Así que realmente fue un caos anoche, ¿eh? – le dijo alzando las cejas.
– Humanos – le respondió el duende alzando los hombros con desprecio, como si eso lo explicara todo.
– Señorita Delacour, yo no le puedo hacer su trabajo, y tampoco le permito que moleste a sus compañeros en su horario – le dijo Hookner con aire aburrido – Vea si alguien en el Departamento de Maldiciones está desocupado. Ellos deberían poder hacer algo.
El Departamento Administrativo de Maldiciones. Gracias a Merlín lo conocía; no le habría hecho ninguna gracia tener que pedirle indicaciones al duende que la seguía en silencio y con sonrisa burlona. Estaba furiosa, pero no dejaba que se notara en sus facciones.
Al llegar a la oficina que había conocido en su primer día de trabajo, su primera impresión fue que con los dos escritorios ocupados se veía mucho más abarrotada. Además del joven al que había conocido aquel día – Patrick? – había otro joven sentado en el escritorio de más al fondo que se le hacía vagamente familiar. Tenía el cabello pelirrojo de color intenso cogido en una cola de caballo baja y Fleur se preguntó cómo sería enredar los dedos en él. Y tuvo pensamientos del mismo tipo cuando se fijó en el pendiente de colmillo que tenía en una oreja. Cuando alzó los ojos, castaños, y su mirada se topó con la suya, Fleur sintió un deseo urgente de revisar su apariencia en un espejo, y esto fue lo que la hizo reaccionar. Ella nunca necesitaba mirarse en un espejo. Era casi unos de los principios de su vida.
– Buenos días – dijo con voz segura, mirando también a Patrick, quien le devolvió el saludo.
Bill aprovechó el momento para pestañear varias veces. La conocía. Obviamente era ella la chica–medio–veela según su compañero de la que todos hablaban, por lo que tuvo que admitir que valían los comentarios repetitivos sobre el tema en las horas de colación. Y que era comprensible que el estómago le hubiese dado un vuelco cuando sus ojos se habían topado.
– Soy del Depagtamento de Mantención de Hechizos y Embgujos paga el Guesguagdo del Edificio – se presentó la joven – Tenemos un… obstáculo en el Sectog G y mi jefe me dijo que pgueguntaga en su depagtamento si podían ayudognos.
Bill notó que la joven estaba molesta y se fijó por primera vez en el duende que estaba tras ella, sonriendo con socarronería.
– Por supuesto – respondió rápidamente Patrick, mirándolo. Estaba mucho más compuesto que la primera vez que le había hablado, no tenía la apariencia de un enamorado estúpido – ¿Qué es lo que sucede?
– Bien… – Fleur pasó el peso de su cuerpo a un solo pie, incómoda – Es algún tipo de hechizo que no domino.
Bill y Patrick se miraron unos instantes. Bill sabía que su compañero debía manejar un gran campo de conocimiento sobre el tema, ya que había revisado los requisitos para el puesto, y suponía que no sería una maldición como las que se demoraba días en romper, por lo que no dudaba que estaba tan capacitado como él para ayudar a la joven. Y él estaba ocupado con sus papeles, no quería perder tiempo. Pero eso no quitaba que quería correr a ayudarla, aun cuando no supiera qué era el Sector G. "Porque es una veela, por supuesto" se dijo.
– ¿Quieres ir tú? Así recuerdas tiempos pasados – le dijo Patrick. Realmente parecía tranquilo ante la presencia de la joven, aun cuando había aceptado solícitamente en ayudarla.
Bill lo miró, luego miró a la joven, que los miraba expectante, y asintió. Se puso de pie sintiéndose enormemente torpe, golpeándose con la esquina de la mesa y se encaminó a la puerta.
– Cuando vuelva seguiré con… – no terminó la oración mientras señalaba con la cabeza los pergaminos sobre su escritorio. Patrick le guiñó un ojo con expresión divertida y le hizo un gesto para que se fuera.
– Bill Weasley – se presentó extendiendo la mano mientras emprendían rumbo al sector de los carritos.
– Fleur Delacour – le respondió la joven estrechándole la mano. Tenía la piel suave y fría.
– Lo sé – le dijo Bill metiendo las manos en los bolsillos; si no, le ganaría el impulso de cogerle las manos y calentárselas, y no precisamente con las suyas. Fleur lo miró sorprendida, por lo que agregó:– Fuiste la campeona de Beauxbatons en el Torneo de los Tres Magos hace unos años, ¿cierto?
– Oh, sí – Fleur asintió mientras empezaba a recordar de dónde lo conocía – Cgueo… que también te vi allí. ¿Estudiabas en Hoggagts?
– Sí, pero salí antes del Torneo. Quizá me viste en la visita de los familiares de los campeones, con mi madre acompañamos a Harry Potter – le explicó.
– Haggy Potteg… – entonces Fleur lo recordó, claro. Vaya que había visto a Bill aquel día. Sintió que las mejillas se le coloreaban – ¿Egues paguiente de él?
– Casi – le dijo mientras algo dentro de él caía al ver cómo Fleur se sonrojaba al nombrar a Harry – Es el mejor amigo de uno de mis hermanos pequeños.
Habían llegado al carrito y el duende subió por su lado, carraspeando. Bajaron al tercer subterráneo, lo que Bill dedujo que era el Sector G.
– Está pog aquí… – Fleur lo guió por el pasillo.
Bill sintió la magia antes que Fleur se la señalara. Acercó la varita y la paseó un par de veces en un amplio arco. Luego, tras unos "mmh" para sí mismo, murmuró las palabras adecuadas y el campo se volvió de un leve color azulado. Sonrió.
– ¿No intentaste hacer nada? – le preguntó a la joven.
– Sólo lo toqué con la vaguita y… me tigó al suelo – admitió avergonzada.
– ¿Estás bien? – le preguntó Bill frunciendo el ceño y buscando heridas con la mirada.
– Sí – Fleur se sonrojó ante la mirada y preocupación del joven.
Mentalmente, Fleur se pateó el trasero. ¿Se había sonrojado dos veces? ¿Qué venía ahora? ¿Suspirar y reír tontamente? Haciendo una mueca de desagrado, se concentró en Bill que interpelaba al duende.
– ¿Qué diablos es lo que sucedió aquí? – le preguntó Bill con mala cara – Esto no es un hechizo cualquiera.
– Desháganlo y ya está, chico – le respondió el duende.
– No me hables así – le espetó Bill – Si Fleur se hubiese acercado más, ahora estaríamos una situación grave. ¿Quieres que esto desaparezca? Pues entonces parte por tratar mejor a quienes lo harán.
Se miraron a los ojos desafiantes por un momento. Fleur estaba inmóvil; nunca había visto a alguien enfrentarse a un duende, y éste en particular parecía muy hostil e intimidador. Finalmente, el duende soltó un resoplido.
– Bien – dijo, cruzándose de brazos – Bien. Anoche entró un ladrón. Esto fue lo que dejó.
– ¿Y el ladrón? – Bill había recuperado el semblante amable.
– Encontró sólo su merecido – el duende esbozó una gran sonrisa retorcida.
– Habría sido bueno saber qué hizo – Bill se encogió levemente de hombros.
A continuación volvió sobre sus pasos y retomó el análisis que hacía del cúmulo de magia. Fleur no podía dejar de mirarlo, por lo que se apretó la cola de caballo y asió la varita con fuerza.
– ¿Cómo puedo ayudag?
– Puedo hacerlo solo – Bill sonreía sin mirarla. No eran hechizos complicados, pero sí poderosos y estaban mezclados, atrapados por el campo protector. Claramente el ladrón había intentado hacer el escudo sobre él y atacar la puerta con los otros hechizos, pero no le había resultado – Hay que estar loco para intentar robar en Gringotts – soltó en voz alta.
– Quiego ayudag. – repitió Fleur ignorando las últimas palabras del joven.
Ante la insistencia, Bill levantó la mirada y se sorprendió al ver su dura expresión.
– Es que me gusta hacer esto; no es que crea que no puedes hacerlo – aclaró de inmediato mientras bajaba la varita – Pero si quieres ayudarme, me vendría bien una mano.
Ahora Fleur fue quien se sorprendió, ya que era precisamente lo que estaba pensando. La gente que no la conocía solía pensar que no era capaz de hacer las cosas. Que era hueca. Aun cuando en el colegio siempre fue una de las mejores estudiantes, ahí y durante las vacaciones, en las reuniones sociales de sus padres, en el tiempo que llevaba fuera del colegio y en algunos rumores que había escuchado al pasar por el banco, el comentario siempre había estado presente.
– Necesito que abras este escudo, pero no que lo destruyas; así podré deshacer los hechizos que hay dentro sin que se dispersen por el lugar – luego le indicó qué contrahechizo utilizar (uno que Fleur conocía, pero que nunca había usado antes) y se situó a su lado – Cuando quieras.
Fleur realizó el contrahechizo de manera perfecta y Bill comenzó una letanía acompasada por el movimiento de la varita, destruyendo uno por uno los hechizos dentro del campo. Les tomó varios minutos, y al terminar Bill se encontraba algo cansado, pero exhibía una sonrisa amplia y feliz. Fleur no pudo evitar devolverle la sonrisa.
– Genial – Bill se pasó una mano por la cabeza, aplastando los mechones que se le escapaban de la coleta – Terminamos mucho más rápido de lo que lo habría hecho sólo. Gracias por ayudarme.
Fleur reprimió una risa tonta y se alisó la falda, dándose su segunda patada mental.
– Gacias a ti pog molestagte en venig – le dijo evitando su mirada.
– Yo…
– ¿Ya están listos? – la voz del duende interrumpió a Bill, quien asintió – Te llevaré de vuelta, Weasley.
Fleur y Bill se miraron unos instantes, sin saber qué decir. La joven abrió la boca, pero Bill estiró una mano.
– Iba a decir que me llamaras cuando lo necesites – le dijo mientras volvían a estrecharse la mano – Estaré encantado de ayudarte.
Fleur observó cómo se subían al carrito y se marchaban por los rieles irregulares. Debía estar animada porque el duende la había dejado sola, demostrando que confiaba en ella, pero no podía dejar de pensar en la sonrisa de Bill y su mano envolviendo la suya.
dejar de pensar en la sonrisa de Bill y su mano envolviendo la suya.
Hola! Primero que todo, quiero pedir disculpas por la demora del capítulo, tuve una crisis de escritura. Son poquitas las personas que me siguen, pero de verdad las aprecio muchísimo.
Igualmente, quería agradecer a los dos reviews que me dejaron! Al fin entiendo por qué siempre lxs fickers están agradeciendo en cada entrada, es emocionante saber que a alguien le gusta lo que escribes.
Espero corresponderles con la historia.
Besos!
