A todas las que les gustan los Edward POV en especial a danisachez, cunuqui y Taste - me . Sunamy, aquí si que es re-tierno nuestro Edward.


Capítulo 6. La realidad y la añoranza. (Edward POV)

Edward se encontraba en su habitación a oscuras, no podía dejar de pensar en la niña que dormía a su lado. Cómo una cosita tan pequeña podía causar tantos sentimientos en él. Verla llorar le rompía el alma, aunque ahora después de haber calmado sus sueños todo se sentía bien. Esperaba que la pequeña no volviera a despertar en toda la noche.

No fue muy consciente de cuando se quedó dormido, sólo el pitido intermitente del odioso despertador hizo que empezara a despertar. Salió de la cama pesadamente, se dirigió al baño se lavó los dientes, se duchó y se vistió, unos vaqueros, una camiseta gris ajustada y una camisa blanca, sería su atuendo de esa mañana junto con unas zapatillas negras. Edward se aburría de sí mismo y de su vida. Era tan predecible todo lo que iba a vivir hoy.

Cuando bajó a desayunar vio a su hermano comiendo magdalenas a dos carrillos, y bebiendo leche de tal manera que parecía más un cerdo puesto en pie que un humano... ese pensamiento le hizo sonreír. Se puso a desayunar. Cuando bajó su madre la saludó con un beso en la frente, le hacía gracia desde hacía un par de años era más alto que ella y parecía una niña a su lado, al menos físicamente.

Al terminar el desayuno Edward y su hermano subieron a por las mochilas a sus habitaciones. Antes de bajar Edward coló, una nota que había escrito ayer por la noche, bajo la puerta de la habitación Rosa. Esperaba que la pequeña Bella la leyera y no se asustara.

Cogió su moto y espero a que su hermano cogiera la suya. Ambos fueron al instituto haciendo una carrera en el tramo que llevaba desde la casa Cullen hasta el principio del pueblo. Cuando llegaron al instituto, las mismas miradas de siempre se posaron sobre ellos. Su hermano a pesar de estar en los primeros cursos era todo un Don Juan que hacía suspirar a más de una quinceañera, y él... bueno él estaba demasiado acostumbrado a los suspiros de sus compañeras y de los halagos de sus compañeros. A veces deseaba no ser "popular" era agobiante y agónico ver como todo el mundo o intentaba hacerte la pelota o intentaba ligarte... y allá venía su peor pesadilla... Jessisca Stanley.

Se acercaba a él meneando las caderas, Edward no sabía que le resultaba más desagradable de ella si esos trajes que la hacían parecer una salchicha a punto de explotar o esa sonrisa envuelta en tanto maquillaje que era difícil ver la cara real de la muchacha.

- Hola Eeedward, cómo ha ido tu fin de semana? - Dijo ella intentando ser "sensual". - Hola Jessica. - Saludó monótonamente él.

Cuando la charla insulsa acabó se dirigieron hacia las clases, por suerte él estaba en las clases avanzadas, así que se libraba de todas esas personas que sólo estaban en el instituto para vivir una vida de juerga y diversión y podía centrarse en sus clases o en este caso en esa pequeña que se había quedado en su casa.

Era la clase de biología, quizás la más aburrida para él, con su padre médico sabía mucho más, seguro, que ese profesor que se esforzaba por explicarles la mitosis. Puso un video así que eso le dio tiempo a perderse en sus pensamientos.

En su cabeza seguía sonando la nueva nana que Isabella había inspirado. Sacó discretamente su diario negro y comenzó a escribir el boceto de esa nueva nana. Mientras escribía dos imágenes llegaron a su cabeza, la de la Leticia y la de Isabella. Tan iguales tan distintas y sin embargo con tanta necesidad de ambas, a una la echaba de menos tanto que su corazón dolía con sólo pensar en ella, a la otra a penas las conocía y sin embargo se veía en la necesidad de protegerla y hacerla feliz.

Se pasó la mañana entre clases, ejercicios y algún que otro apunte en el diario. Cuando llegó la hora del almuerzo se reunión con su hermano Emmet, su amigo Jasper y la alocada novia de este Alice. Era divertido comer con ellos siempre estaban gastando bromas riendo, jugando, aunque eran más pequeños que él nunca sintió la necesidad de alejarse, estaba muy unido a su hermano y esos amigos locos que tenía, desde pequeños los había tenido a su alrededor así que, para Edward estar con ellos era como respirar.

Cuando se sentaron a comer Emmet y Jasper empezaron una tonta pelea por un refresco y Alice disimuladamente se acercó hacia él.

- Tienes algo distinto en la mirada... ha pasado algo que deba saber este fin de semana? - Preguntó la suspicaz Alice. Edward se sonrojó levemente pero no entendió muy bien el porque del sonrojo. Empezó a contarle a Alice lo que había pasado, la pequeña que había irrumpido en sus vidas ese fin de semana, y lo extraña que era. Alice sonrió y pensó que tenía que ir a ver a esa niñita que tenía a su amigo "el frío" tan descentrado y con ese ligero rubor en las mejillas.

Alice era una de las pocas personas que conocían toda la historia Cullen, quizás porque Esme la trató cuando era joven y convivió muchas cosas con todos ellos y es de las pocas que conoce la verdad acerca de Leticia. Tal vez por eso es una persona agradable que tener cerca. Porque era la única que no les dijo mil veces cuanto lo sentía todo y sin embargo lloró en silencio la muerte de la que ella consideraba su hermanita.

Terminó el almuerzo y volvieron las clases. Edward entró a su clase de matemáticas avanzadas. Le gustaban las matemáticas siempre cuadraban, nunca había sorpresas en ellas, siempre era todo tal cual y el resultado final era el esperado. Que diferentes eran las matemáticas de los asuntos del corazón.

Edward a veces tenía miedo de no sentir, cuando Leticia les dejó su corazón se detuvo hacia todos. Ya no volvió a sentir, ni tan siquiera lloró por ella como hubiera tenido que hacerlo, eso siempre es algo que le martiriza en su fuero interno. Intentó centrarse de nuevo en la clase de derivadas y alejar de él esos pensamientos que le llevaban a sufrir. Además era su última hora y eso le llevaría de vuelta a casa con unas cuantas horas por delante sin Emmet. Ese pensamiento le alegró, porque quizás, sólo quizás, podría conseguir volver a compartir un tiempo de música y silencio con la pequeña Isabella.

La clase de matemáticas terminó con el recordatorio del examen del jueves por parte del profesor. El examen... Tanya. Como era de esperar Tanya se acercó a él:

- Edward recuerdas nuestras citas de estudios verdad? Quedamos esta semana después de las clases para repasar el examen. Sabes que las derivadas me están trayendo de cabeza y necesito tu ayuda. - Soltó Tanya sin respirar y con esa carita de cordero degollado que a cualquiera enternecería.

- No lo he olvidado Tanya, pero hoy tengo un asunto que resolver, mañana quedamos después de clase, nos vemos en la biblioteca y te ayudaré con tus problemas, que no son tantos como crees. - Tanya hizo un puchero ante sus palabras, pero sabía que con Edward Cullen las cosas debían ser como él imponía.

- De acuerdo! Pero no te olvides de mi... - le guiñó un ojo. - Nos vemos Cullen! - Edward suspiró inapreciablemente. Sus citas de estudios de esta semana serían un fastidio. Curioso pensamiento el que se le había pasado por la cabeza. La semana anterior le parecieron la mejor noticia del mundo. Tanya, la guapa e inteligente Tanya le había pedido ayuda y podría pasar un rato a solas con ella... Edward pensó que sólo era cuestión de organización. Hoy no podía dejar a la pequeña Isabella, pero desde luego mañana no podría dejar a Tanya de lado.

Salió del instituto y cogió su moto para dirigirse hacia casa. El camino se le hizo interminablemente largo y eso que tan sólo había 15 minutos entre el instituto y su casa en su rápida moto. Al llegar aparcó en el garaje, parecía que iba a llover y no quería su moto embarrada mañana por la mañana.

Cuando se acercó a la casa escuchó llorar a su pobre piano, seguro Esme estaba limpiándolo de nuevo. Ya no sabía como decirle que él se encargaba de ello. Edward era muy posesivo con su piano, odiaba que alguien diferente a él lo tocara. Su familia ya lo sabía bien, pero Esme de vez en cuando no podía resistir la tentación de limpiarlo. Ese piano llegó a su vida cuando era tan joven... hace ya más de 10 años. Aún recuerda la cara de su abuelo cuando le dijo que era para él.

FLASBACK

Edward acaba de cumplir 6 años, llegaba de la escuela con su padre y cuando entró en la casa su abuelo estaba ahí para recibirlo.

- Te he traído un regalo Edwi, se que te gustó cuando lo viste en mi casa y te vi mirarlo con adoración, así que he pensado que debes tenerlo. Aunque deberás aprender a utilizarlo. - sonrió su abuelo.

Cuando entró en el comedor Edward no lo podía creer, su abuelo le había regalado su piano, ese gran piano de cola negro, su madre lo había colocado donde anteriormente se encontraba la zona de lectura de ella. Edward se acercó corriendo y comenzó a acariciar el piano y a tocar las teclas al azar, con cuidado como temiendo dañarlo.

- Este regalo está acompañado de otro. – Edward le miró con curiosidad, otro regalo? No era su cumpleños... - Clases de piano!

Así fue como Edward comenzó a tocar con 6 años aquel instrumento que con los años se convertiría en su mejor amigo y compañero.

FIN FLASBACK

Entró pesadamente en la casa, intento respirar profundo y tranquilo para no discutir con su madre, cuando de repente la vio parada mirando hacia el piano. No era ella quien estaba haciendo que el piano sonara. Esme se volvió hacia su hijo y lo miró nerviosa, suplicando con la mirada que no dijera nada, pero Edward, no iba a decir nada, sólo se quedó mirando maravillado a Isabella. La pequeña estaba sentada en el gran banco del piano y tocaba las teclas de manera aleatoria, suavemente, como acariciándolas. Una sonrisa estúpida se dibujó en el rostro de Edward. La niña parecía tan feliz como él la primera vez que pudo juguetear con un piano. Miró a su madre para tranquilizarla y Esme al fin respiró tranquila. Estuvieron unos minutos más observando como Bella jugaba con el piano, se notaba que le gustaban las teclas agudas, aunque procuraba que no sonaran mucho, seguro por la alegría que transmitían estos sonidos.

Parecía que nada pudiera romper la magia de ese momento, todo era perfecto, pero una incómoda tos salió de la garganta de Edward, no había notado que se había quedado sin respirar. Cuando el sonido voló a través de la habitación todo ocurrió a cámara lenta, Bella se tensó y cayó de espaldas de la banqueta del piano. Asustados Esme y Edward corrieron a socorrerla, no parecía que se hubiera hecho mucho, pero no tenía buena cara. Esme la tomó en sus brazos y se dispuso a llevarla a la habitación para comprobar que estaba bien, pero la pequeña tenía otros planes y de nuevo con su dulce voz los dejó paralizados. Edward se asombró, la pequeña le estaba pidiendo perdón por tocar su piano. Que estúpido se le hacía eso en su cabeza, cómo iba a enfadarse... pensamiento extraño en él, tuvo la revelación de que esa pequeña era especial, la quería sin conocerla, sino nunca habría pensado que, que tocase su piano no lo iba a enfadar. Fue como una epifanía, que asustó a Edward sobremanera.

Antes de que nadie pudiera reaccionar a las palabras de Isabella, Edward la invitó a escuchar su música y de nuevo ella aceptó. Esta vez Esme estaba preparada y había cogido el gran cojín de juegos de los niños del trastero y lo había limpiado para que la pequeña no se sentara en el suelo.

Nuevamente la mágica atmósfera del día anterior volvió. Cuando Edward tocaba e Isabella escuchaba se formaba una burbuja alrededor que los tenía atrapados y alejados del mundo. Edward tocó sobre todo nanas, algunas conocidas otras las compuestas por él para Isabella y para Leticia... tocó a Debussy compositor que le encantaba e incluso se atrevió con alguna pequeña y alegre pieza de Mozart de la "Flauta Mágica".

Cuando el reloj marcó las 6 de la tarde, Edward paró de tocar. Sintió la tristeza de la pequeña sentada en el suelo y se levantó de la banqueta. Se acercó dos pasos y de nuevo estiró los brazos hacia ella mostrándole las palmas, para que supiera que nada le iba a hacer. Notó la tensión en el ambiente, pero informó, muy a su pesar a Isabella que su hermano Emmet llegaría en breve y que si no quería encontrarse con él, debía irse. Bella se levantó despacio y se dirigió hacia las escaleras para subir a la habitación. Edward de nuevo lloró por dentro un poquito al sentir el vacío que esa pequeña dejaba dentro de él. Al menos había conseguido tenerla de nuevo un rato sólo para él. Curioso pensamiento ese que le pasó por la mente.

Cómo había pronosticado su hermano entró por la puerta a los 5 minutos, riendo y gritando fuertemente, venía emocionado, le habían nombrado capitán. Con sólo 14 años era todo un logro, pero claro si no sabías su edad por su físico nunca lo imaginarías. Sólo cuando hablaba demostraba su inocencia.

- Edi! - Edward odiaba ese apodo. - Soy capitán, capitán, capitán... y sabes qué? Rosalie vino a darme la enhorabuena – una estúpida sonrisa recorrió el rostro de aquel niño grande. - Un beso Edi, me dio un beso en la mejilla, huele tan bien... - Edward rodó los ojos ante los comentarios de su hermano, si no hubiera sido tan grande de seguro estaría flotando en el aire.

- Enhorabuena chiquitín – contraatacó Edward – ya era hora de que te hicieras un hombre... y bueno cuando vas a decirle a esa bonita muchacha lo que sientes?

- A Rosalie? NUNCAAAAAAA! Imposible ella es mayor que yo nunca me haría caso... me felicitó sólo porque soy el mejor amigo de su hermano, pero se sintió taaaaan bien.

Esa charla se alargó unos minutos y después cada uno subió a sus cuartos a hacer las tareas del día. Alrededor de las 9 bajaron a cenar, parece que todo había vuelto un poco a la normalidad, volvieron a charlar mientras cenaban, cada uno de sus cosas, Edward estaba ausente como siempre pero de una nueva forma, había algo diferente en él que tanto Esme, que ya había cenado un poco antes con Bella, así que ahora sólo les acompañaba, cómo Carlisle, habían notado.

De todos ellos él es quien más necesitaba de la pequeña Bella. Esme miró Edward y luego a su marido y sonrió agradecida por haber traído a esa pequeña, él comprendió sin necesidad de palabras y le sonrió de vuelta. Carlisle era sabio y todo lo que hacía lo hacía por el bien de los demás.

Tras darse las buenas noches todos se dirigieron a sus habitaciones o quehaceres nocturnos. Edward tras subir al piso de arriba apoyó su mano en la puerta de la habitación Rosa y susurro un buenas noches casi más para él mismo, que para la ocupante de esa habitación.

Se acostó pensando en esa tarde y en Tanya, de alguna manera tenía que ayudarla rápidamente para poder volver pronto a casa, necesitaba su tiempo con Isabella, sin Emmet. Con Emmet cerca era imposible tenerlo. Eso tendría que solucionarlo de alguna forma. En su cabeza comenzaron a bullir cientos de ideas de como pasar tiempo con esa pequeña, de todo lo que le podía enseñar, quizás le podría enseñar a tocar el piano, parecía que lo disfrutaba, al menos cuando tocaba las teclas al azar sin orden ninguno. Pero para enseñarla tendría que estar cerca de ella y eso ahora era algo que sólo había conseguido la noche anterior cuando ella dormía.

Era alrededor de la una de la madrugada y aún no había conseguido conciliar el sueño así que se levantó de la cama, abrió despacio la puerta, escuchó que todo el mundo estaba dormido y se dirigió a la habitación continua. Abrió la puerta muy despacio y de nuevo se encontró a Isabella aovillada en la cama, llorando silenciosamente. Cuando se acercó la escuchó hablar, eso lo dejó paralizado, ¿estaría despierta?

- No … no quiero más … no … suéltame … ya no te quiero – esas palabras salían de los labios de la pequeña, lo que le indicó que tenía una pesadilla y si no se equivocaba estaría soñando con aquel que tanto daño la infringió. Se acercó y como la noche anterior se tumbó a su lado y comenzó a tararear su nana mientras acariciaba su pelo.

Haciendo esto notó de nuevo que la pequeña se calma y volvía a respirar tranquila. Las lágrimas habían cesado, su cuerpecito se volvía a relajar y algo para lo que Edward no estaba preparado salió de su boca..

- Edward … no … no te vayas … tú … tu música … Gracias – La voz infantil y adormilada hizo que esas palabras sonaran más dulces de lo que eran.

Edward quedó paralizado, más que eso, congelado. Ella le decía que no se fuera y hablaba de su música, y le daba las gracias? Gracias por qué? Mil preguntas se arremolinaron en la cabeza del joven. Cómo esas pocas palabras habían hecho que su corazón latiera desbocado. Era una niña pequeña y sin embargo despertaba en él tanto instinto de protección, de amor... Sin duda alguna debía hablar con su madre urgentemente.

Cuando notó que la pequeña se había relajado por completo, con tiento besó su cabello, un olor tan dulce le inundo que durante unos segundos quedó extasiado. Salió de aquel cuarto y volvió a su habitación, entonces recordando esa voz, oliendo su perfume, pensando en esas palabras que Isabella había pronunciado, sabiendo que estaba a salvo y en paz, por fin Edward pudo dormir tranquilo.


Gracias por darle una oportunidad a mi historia, por estar ahí, por seguirla día a día, espero no defraudarlas.

Un beso y un fuerte abrazo desde España... Lena.