Esta historia no me pertenece solo me adjudico la traduccion y adaptacion

Capitulo 7: Exigencias


Bella apartó el plato de papel y anotó algo más en su lista. Edward tenía razón. Tenía que buscar exactamente lo que necesitaba para no volver a equivocarse. Si quería tener hijos como para formar un equipo de fútbol, no había tiempo que perder.

—¿Más ensalada? —preguntó Diego.

—Si como más, explotaré.

Alex empezó a dar saltos en el banco, haciendo los efectos especiales de una explosión.

—Gracias por la merienda —le dijo a su joven vecino—. Has hecho una ensalada de patata deliciosa.

—¡Y perritos calientes! —gritó Alex.

Diego la señaló con el dedo mientras se levantaba de la mesa.

—He tenido una buena maestra.

Bella estaba tan orgullosa de él como si fuera su hermano pequeño. Su deseo de aprender lo llevaría lejos en la vida. Pero cuando intentó ayudarlo a quitar la mesa, él se lo impidió.

—Eres mi invitada. No te muevas —ordenó el joven con una sonrisa—. Además, necesito aprender a hacer las cosas por mí mismo.

Bella sonrió. Sus fraternales críticas por el estado de su apartamento empezaban a dar resultado. Orgulloso, Diego había aprendido de las críticas y estaba dispuesto a rectificar. Había pasado menos de una semana, pero su apartamento parecía otro. Además, era demasiado orgulloso como para permitir que su condición física lo limitara. Aunque necesitase ayuda para pelar patatas.

Eso era algo que Diego y Bella tenían en común. Que su vida no hubiera ido en la dirección que ella esperaba no significaba que tuviera que aceptarlo. Debía disfrutar de lo que tenía y olvidarse de lo que no estaba a la altura de sus deseos. Como Edward Cullen. Después de todo, él mismo le había dicho que no perdiera el tiempo con alguien que no era para ella.

Y lo primero que debía hacer era cancelar la cita para ir al baile benéfico.

Después de limpiar la mesa, Diego se dirigió hacia el borde del lago, donde había instalado una tumbona, y se colocó unos auriculares para escuchar música.

Relajarse bajo el sol un domingo por la tarde parecía una buena idea, así que Bella entró en la casa para buscar una manta. Cuando volvió, la extendió bajo un roble en la que Alex se quedó dormido casi inmediatamente. Bella acababa de tumbarse a su lado cuando el ruido de unas ruedas en la gravilla del camino le dijo que Edward estaba en casa.

Un momento después, se dirigía hacia ella ataviado con unos pantalones grises que realzaban la fortaleza de sus piernas.

Si quería concentrarse en su objetivo, lo sensato sería eliminar aquella distracción en su vida, pensó Bella. Y la ayudaría mucho estar de pie en lugar de tumbada y decidió levantándose de un salto y acercándose a la mesa para no despertar al niño.

—No tenías que levantarte —dijo Edward, con una sonrisa traviesa—. Me habría encantado tumbarme contigo en la manta.

—Para alguien que insiste en mantener las distancias, envías mensajes muy contradictorios.

—Distancia emocional —corrigió él—. Nunca he dicho nada sobre distancia física.

Bella recordó entonces uno de sus comentarios, que "no podría amarla como ella necesitaba". Tenía razón. Ella necesitaba no solo amor físico, algo que Edward podría darle más que de sobra, sino un alma gemela, un hombre que quisiera lo mismo que ella de la vida.

Edward se sentó a su lado en el banco. Su proximidad hacía que le resultase difícil respirar. ¿Qué había estado a punto de decir?

Ah, sí. Lo del baile benéfico.

—Sobre el baile... —contra su voluntad, Bella clavó la mirada en su barbilla, en su poderoso cuello y en la sombra de barba, evidencia de un afeitado a primera hora de la mañana que estaba perdiendo la batalla.

—De eso era de lo que yo quería hablarte. No tienes que comprar un vestido nuevo. Si tienes uno negro, servirá.

—Ese no es el problema.

—¿Es que hay un problema?

Edward parecía sorprendido.

Bella se apartó todo lo que le era posible y empezó a jugar con la cadenita de oro que colgaba de su cuello.

—Creo que no voy a asistir al baile. Me sigue doliendo la rodilla y no creo que pueda bailar. Deberías llamar a otra persona antes de que sea demasiado tarde.

—No —dijo él. La firmeza del monosílabo no daba lugar a discusión—. El sábado te encontrarás mejor. Si no, no bailaremos. O solo bailaremos canciones lentas.

Eso sería aún peor. Estar tan cerca de él, sintiendo sus brazos musculosos y la dureza del torso masculino apretado contra su pecho solo la incitaría a olvidar sus planes de boda con un candidato adecuado para convertirse en padre a Alex.

—Edward, tú mismo dijiste que no debería perder el tiempo con alguien que no es para mí. ¿No recuerdas lo que hablamos anoche? Soy como esa novia que quería que tus besos significaran algo.

Él la miró, con los dientes apretados.

—Tú no eres como ella. Tú eres independiente y ella no. Tú eres...

Bella golpeó la mesa con la mano.

—Sabes de qué estoy hablando —dijo entonces. Después se calló, preguntándose de qué valía discutir con él. No necesitaba su aprobación para decirle que no pensaba ir al baile, sin más—. ¿Por qué me haces esto... por qué te lo haces a ti mismo?

Edward sacudió la cabeza, pero no apartó la mirada.

—No lo sé —murmuró, con una confusión evidente en sus ojos verdes. Entonces, como si acabara de tomar una decisión, se inclinó hacia ella—. Pero sé que me gusta mucho estar a tu lado.

Desgraciadamente, a ella le pasaba lo mismo. Sin decir nada más, Edward la tomó por la cintura y, tontamente, Bella no se resistió, ni siquiera cuando él inclinó la cabeza para besarla. Como una nutria entrando en el mar, lo dejó hacer mientras tomaba su boca y acariciaba su corazón.

Cuando la soltó, Bella solo pudo mirarlo, atónita. Pasaron unos segundos hasta que Edward rompió el hechizo acariciando sus labios. Fue entonces cuando ella volvió a la realidad. ¿Por qué tenía Edward Cullen tanto poder sobre ella?

Un pájaro voló sobre sus cabezas, con un insecto en el pico. Observándolo volver al nido, Bella decidió que debía romper aquel ciclo de besos frustrantes. Aquella mañana le había costado levantarse para ir a misa, después de pasar la noche recordando cada detalle del día anterior. Y la torturaban las visiones de dónde podrían haberla llevado aquellos besos.

—Yo quiero un hombre... —empezó a decir. Pero le dolía el pecho con un deseo que él había encendido y que nunca podría saciar— un hombre con el que hacer un nido. Un hombre que quiera tener hijos.

—A mí no me mires —dijo Edward, apartándose.

—¿Y quién ha dicho que estuviera pensando en ti? Además, tú no cumples los requisitos.

No era cierto, pensó Bella, recordando lo bien que se sentía en sus brazos, el consuelo que le había ofrecido cuando creyó haber perdido a Alex...

—Me alegro. Tú tampoco cumples los míos —dijo él. Un golpe de viento movió el papel en el que Bella había estado escribiendo y Edward lo sujetó con la mano—. ¿Qué es esto?

—Dámelo.

Bella intentó quitárselo, pero él fue más rápido.

—¿Estás haciendo una lista de exigencias para encontrar marido?

—Dámelo. Es mío.

Después de leer la lista, Edward se volvió, perplejo.

—Tú no quieres un marido, quieres una máquina de hacer niños.

La mirada del hombre la mantenía inmóvil, como si la retara a contradecirlo. Segura de que él no entendería, Bella permaneció en silencio durante unos segundos.

—Es lo que me dijiste que hiciera.

—En esta lista falta algo —dijo entonces Edward con suavidad—. Un hombre que adore a la madre de los niños y a quien la madre adore también. Alguien a quien pueda amar con todo su corazón. Una alma gemela.

Ella apartó la mirada. En otras circunstancias, eso sería lo ideal, pero la realidad era otra. Y si tenía que elegir, elegiría un hombre que fuera bueno para su hijo. Y que quisiera tener más. En cuanto a sus cualidades como marido, estaba dispuesta a aceptar a alguien que la respetase y se preocupara por ella.

—Eso es secundario —dijo por fin. Edward respondió con un gesto de incredulidad—. ¿Por qué estás tan seguro de que me equivoco?

—Si yo me casara algún día, que lo dudo, sería con una mujer de más de cuarenta años —murmuró él, tocando sin darse cuenta el alfiler que llevaba en la corbata. Entonces, como si eso le hubiera recordado su condición de soltero de oro, se estiró tranquilamente—. Me casaría con alguien que no quisiera tener hijos.

Eso significaba: "con cualquiera menos contigo". Aunque tampoco ella estaba interesada. A pesar de todo, le dolieron sus palabras. Levantándose del banco, Bella empezó a pasear frente al hombre que sabía por instinto cómo meterse bajo su piel.

—Eso es ridículo. Tu corazón debería tener algo que decir. ¿Y si te sientes atraído por alguien que tenga menos de cuarenta años? No estoy hablando de mí, por supuesto.

—Por supuesto.

Edward se levantó. La estaba poniendo nerviosa y Bella tenía tendencia a tartamudear cuando se ponía nerviosa.

—Alguien que haga que tu corazón... empiece a latir más deprisa —dijo, sin mirarlo y sin saber qué hacer con las manos. Entonces, para aparentar que mantenía cierto control sobre sus movimientos, se puso en jarras.

Edward la miró de arriba abajo con una expresión que no dejaba dudas sobre lo que estaba pensando.

—Yo me siento atraído por ti, pero no estoy interesado en casarme contigo. Y desde luego no quiero tener hijos. Así que, en este caso, mi cabeza pone el veto —dijo, dando una palmada—. Caso cerrado.

Después, apoyó una cadera en la mesa y se cruzó de brazos, esperando la réplica. La brisa movía los rizos castaños de Bella y el dobladillo de su falda. Ella le había ofrecido una oportunidad perfecta para no llevarla al baile. Lo único que tenía que hacer era mostrarse preocupado por su rodilla y pasarlo estupendamente con una mujer que no estuviera interesada en tener hijos. Esa sería la solución perfecta. Y la más sensata.

Pero algo le decía que no lo hiciera. Si él fuera la clase de hombre que buscaba el camino más fácil, nunca se habría arriesgado a convertir la centenaria granja de sus abuelos en un club de campo. Pero había seguido su instinto, convencido de que no podría descansar si no lo intentaba. Tenía que tener éxito o comprobar por sí mismo que era una aventura imposible.

Afortunadamente para él, el club de campo había sido un éxito.

Pero en el caso de Isabella Swan, sabía que tendría que soportar el fracaso antes de que pudiera apartarla de su mente.

—El sábado vendré a buscarte a las ocho —dijo con firmeza.

Después de eso, se alejó.


Ufff... al fin lo termine. Ojala que les guste.

Nos leemos pronto

Moa