SNAPE'S POCIONES & BREBAJES

CAPITULO VII


Severus había estado muy ocupado durante los últimos días. Como si la época en que había ejercido como doble espía hubiera regresado, tenía su mente dividida en varios frentes, ninguno de ellos menos relevante que otro. Por supuesto uno muy importante era el trabajo, que no podía descuidar porque de él dependía su subsistencia y la de Draco.

Por otro lado, estaba pendiente de las noticias de McGonagall. La subdirectora se había puesto en contacto con él una semana después de su encuentro en Las Tres Escobas. Había buscado en la Sección Prohibida de la biblioteca del colegio sin mucho éxito. Dos de los libros que hubieran podido verter alguna luz sobre el asunto que les preocupaba, habían sido sacados de la biblioteca, aunque Madame Pince fue incapaz de encontrar el registro de dicha salida. Lo cual la dejó bastante desquiciada. Uno era Magia, pérdida, limitación y restricciones; el otro Consecuencias y secuelas de la pérdida de magia, accidental o inducida. McGonagall sospechaba que debían estar en poder de Dumbledore. Prometía husmear en su despacho a la menor oportunidad. Severus sabía que no sería fácil, dado que el Director de Hogwarts, como él mismo en otros tiempos, tenía la costumbre de colocar hechizos de protección en sus cosas para evitar el fisgoneo.

El título del segundo libro había hecho meditar a Severus. El hecho de que Harry no hubiera sufrido una sola migraña, ni tan solo un ligero dolor de cabeza durante los casi tres meses que llevaba con él, le llevó a enviar una lechuza a la medibruja Rowell, preguntándole si conocía el libro en cuestión o, en todo caso, si existía un decálogo de síntomas identificados, asociados con los casos de restricción o pérdida temporal de magia. Rowell le había respondido que no era ninguna experta en ese campo, pero que conocía el libro que mencionaba. Le prometió darle noticias al respecto.

Por último y no por ello menos importante, el cuarto y último frente al que Severus no dejaba de darle vueltas era Harry. Su relación cada día era más... ¿cómo decirlo?... amigable. A veces tenía la sensación de que Harry le miraba de una forma un tanto especial. Como si con su mirada quisiera decirle algo con lo que sus palabras no se atrevían. En otras era su cuerpo el que hablaba. Un brazo pegado al suyo mientras observaba cualquier indicación que Severus le daba o una mano que rozaba la suya al coger cualquier cosa. En esos momentos el ánimo de Severus aleteaba como el de un colegial al que le habían dado el primer beso, a pesar de que su rostro siguiera mostrando una expresión reservada y seria. Y se preguntaba si su piel estaba tan necesitada de roces y caricias como para que ardiera bajo sus ropas con aquellos simples contactos. Deja de llamarme, señor, había dicho Severus en algún momento, me haces sentir viejo, mocoso. No eres viejo, le había respondido Harry, sólo refunfuñón. Severus había pretendido molestarse. Pero se había quedado en una mera escenificación que estaba seguro no había convencido al descarado jovencito en el que se estaba convirtiendo de nuevo Harry. Y en el fondo se alegraba de ese cambio. Porque prefería esos ojos verdes brillantes y vivos, a los del muchacho demacrado y asustadizo que había entrado en la botica la primera vez.

-Cuando termines de abrir el correo, necesito que te acerques a Slug & Jigger y recojas el pedido de ingredientes. Sobre todo, asegúrate de que tienen el polvo de garra de grifo y la sangre de salamandra.

-Bien.

Severus señaló la bolsita de cuero que había dejado encima de la mesa, frente a la taza de té de Harry.

-Ahí hay trescientos galeones. Comprueba que hayan descontado el hígado y las escamas de dragón, porque no nos lo entregaron en el anterior pedido.

-De acuerdo.

-Y Harry... -éste alzó los ojos mientras le daba otro mordisco a su tostada- ...Florean Fortescue no te queda de camino.

El joven sonrió.

-¿No te apetece un poco de helado de postre hoy?

-No.

-¿Pastel de limón?

Severus alzó una ceja con aire irónico.

-No -negó nuevamente.

-¿De manzana? -insistió Harry.

-No.

El joven hizo una pequeña mueca de hastío.

-¿Un poco de cicuta, tal vez?

-La que deslizaré en tu té si no te callas.

-Pero entonces tendrías que buscar otro ayudante.

-Ponme a prueba -dijo Severus, dedicándole una mirada amenazadora.

Harry pareció pensárselo durante unos momentos.

-Pero no encontrarás a otro que te aguante como yo -concluyó por fin con una pequeña mueca- Aparte de Malfoy, claro. Y él no está...

Severus gruñó. Cualquiera diría que un par de meses antes, mandar a Harry a hacer cualquier recado al Callejón Diagon, era como mandarle a la guerra otra vez. Casi había que suplicarle, si él fuera una persona dada a suplicar, claro está, para que fuera a comprar a la tienda de calderos un simple cucharón. A veces, a Severus le había parecido estar viviendo otra vez aquella angustia de Draco que no había dejado al joven pisar la calle durante largo tiempo. Sólo que con Draco había sabido el motivo.

A pesar de todo, el ritual que el muchacho realizaba antes de salir, era digno de ver. Y para Severus, muy significativo. Por encima de su cazadora, Harry se arrebujaba en una vieja capa negra de cuello alto que había descubierto en el armario de Draco y de la que abrochaba hasta el último botón, de forma que barbilla y boca desaparecían bajo la cálida tela. Después se colocaba un horroroso sombrero con orejeras de color verde oscuro, que Severus no tenía ni idea de dónde había sacado, aunque sospechaba que probablemente de la tienda de trastos de segunda mano, y se calaba la pequeña visera hasta los ojos, prácticamente ocultando sus gafas. ¿De qué te has disfrazado, Potter?, le había preguntado Severus la primera vez que le había visto con aquella pinta. Harry le había dedicado una sonrisita irónica. De mago, había respondido. El pocionista se preguntaba qué haría el ex Gryffindor cuando llegara el buen tiempo.

-Esta carta es de la medibruja Rowell -dijo de repente Harry que, terminado el desayuno, había retomado su tarea de abrir el correo.

El joven volvió a dejarla encima de la mesa, sin abrir, porque iba a la atención expresa de Severus Snape. Éste la tomó, sin que le pasara desapercibida la mirada de recelo que Harry le dedicaba, lejos ya de la actitud bromista que hasta ese momento había mantenido.

Severus abrió el sobre sin demostrar un especial interés, tratando de restarle importancia al asunto. La misiva era bastante larga y le llevó unos minutos leerla. Todo lo que Rowell explicaba tenía bastante sentido. Además, la medibruja lo había verificado en el ejemplar de Consecuencias y secuelas de la pérdida de magia, accidental o inducida que había consultado en la biblioteca del hospital. Severus dobló las dos hojas de pergamino cuidadosamente y miró a Harry. Era evidente que el joven se estaba muriendo de ganas de saber qué decía la carta que Severus tenía en sus manos, porque sospechaba que trataba sobre él.

-Te ahorraré los detalles e iré directamente a las conclusiones -dijo Severus conteniendo una pequeña sonrisa-. Tus migrañas han desaparecido porque ahora estás rodeado de magia. Una permanencia en el mundo muggle demasiado prolongada, las hará regresar.

-¿Por qué? -preguntó Harry, todavía sin entender muy bien aquel razonamiento.

-Somos magos -empezó a explicar Severus, tratando de encontrar las palabras adecuados para hacerlo entendible-. Nuestra magia está ligada a nuestro cuerpo. Está en nuestra carne, en nuestra sangre, en nuestros fluidos, ¿comprendes? Magia y cuerpo no pueden ser separados, porque la magia forma parte intrínseca de nosotros de una manera también física, no sólo espiritual. Si muere el núcleo mágico del mago, también éste acaba muriendo.

Harry asintió, dando a entender que comprendía lo que Severus había explicado hasta ese momento.

-Hay maneras oscuras de arrebatarle la magia a un mago -aseguró el ex profesor-, de forma que éste no pueda sobrevivir durante demasiado tiempo.

-¿Pociones? -preguntó Harry.

-Entre otras -afirmó Severus-, acompañadas de conjuros que es mejor no mencionar. Magia negra -puntualizó.

Harry había dejado de abrir el correo y escuchaba atentamente al pocionista, sus manos desmayadas sobre la mesa y los ojos ávidamente concentrados en el hombre que hablaba de pie frente a él.

-Desconozco todavía la forma de sellar la magia. Pero imagino que tiene que ser un proceso complicado que no está al alcance de cualquier mago -de Dumbledore sí, evidentemente-. Al hacerlo, la magia del mago no desaparece. Queda latente dentro de él, replegada en su núcleo, imposibilitada de recorrer su cuerpo y de exteriorizarse, canalizada por una varita y manifestada mediante hechizos.

-Y el cuerpo lo resiente -dijo Harry.

-Digamos que necesita un tiempo de adaptación -Severus guardó un pequeño silencio-. Todo el mundo piensa que estuviste ingresado en San Mungo debido a las heridas que tenías después de tu enfrentamiento al Señor Oscuro. Pero la verdad es que no estabas herido -hecho que la misma Minerva había constatado a través de Poppy-. No al menos como para necesitar ese ingreso. Te llevaron al hospital mágico desde Hogwarts, después de sellar tu magia, porque tu cuerpo había sufrido un brusco desequilibrio que necesitaban estabilizar.

-No lo recuerdo apenas -murmuró Harry.

-Es lógico -afirmó Severus-. Todavía estabas agotado y te habían drogado.

A Harry le pareció notar que la voz de su ex profesor había dejado su tono académico y había pronunciado la última frase de forma mucho más cálida y suave. Un pequeño escalofrío de algo recorrió su espalda.

-Supongo que después, estuviste bien mientras te mantuviste rodeado de alguna fuente de magia, como la que desprendemos magos y brujas o los objetos mágicos que utilizamos, que permitía a tu cuerpo seguir impregnándose de la magia a la que estaba acostumbrado. Pero cuando, por la razón que sea, te trasladaste al mundo muggle -en este punto Severus miró inquisitivamente a Harry y éste apartó la mirada-, perdiste toda posibilidad de embeber el fluido que lo rodeaba y ayudaba a tu cuerpo a seguir adelante sin ninguna molestia.

Harry sólo pudo pensar que, después de todo, decidir aceptar la propuesta de Severus no había sido una de sus peores ideas.

-Tu cuerpo reaccionó resintiendo la parte de él que siempre ha sido más vulnerable -continuó Severus-. Tal vez por culpa del Señor Oscuro y esa conexión que tuvisteis durante años. O simplemente en tu familia había antecedentes de propensión a los dolores de cabeza y migrañas, como podía haber sido a tener la tensión alta o a alguna enfermedad respiratoria.

Severus observó a Harry, que parecía mirar sus manos, todavía sobre la mesa, con la barbilla casi pegada a su pecho. Tenía los hombros un poco encogidos, los brazos pegados al cuerpo de una forma casi forzada, como si se hubiera replegado en sí mismo. El pocionista no podía saber que esa era una postura que Harry había adquirido de sus tiempos de alacena. Y que a veces adoptaba inconscientemente, cuando se sentía muy vulnerable o afligido.

-Es cruel -susurró el joven pasados unos instantes en los que ambos habían permanecido en silencio-. Sin magia, pero dependiendo de ella.

-O seguir tomando la poción para el resto de tu vida-dijo Severus suavemente-. Pero no creo que sea la mejor idea.

Y no lo era porque él quería que Harry se quedara. Aún cuando Draco hubiera acabado la maestría y vuelto a casa. Tal vez todavía era pronto para hablar de ello. Pero estaba seguro de que tenía que haber algo que a Harry le gustaría hacer; algo a lo que pudiera dedicarse que no necesitara magia y que él gustosamente le ayudaría a conseguir. Aunque fuera algo muggle que le retuviera fuera del mundo mágico durante un tiempo razonable, que no afectara su salud. Porque en su hogar encontraría toda las dosis de magia que necesitaba cuando regresara a él. Y en ese momento, Severus Snape, se dio cuenta de que jamás había pensado en la casona que contenía su negocio y su vida como en ese tipo de hogar.

-¿Por qué te preocupas por mí?

Sumido en sus pensamientos Severus no se había dado cuenta de que Harry se había levantado y ahora estaba de pie frente a él. Bajo la luz de las antorchas del sótano sus ojos siempre se veían más oscuros, como si el verde desapareciera de sus pupilas. Si hubiera querido abrazarle, la cabeza de Harry habría quedado debajo de su barbilla. Y su pelo, tan negro como el suyo propio, la habría rozado suavemente, cosquilleando contra su piel. Y Severus podía recordar perfectamente esa sensación porque la había disfrutado una noche entera. Aunque hubiera sido en un incómodo sofá.

-Lo que te han hecho no es justo, Harry.

Su ex alumno siguió mirando a Severus con una persistencia que, en otro momento, el pocionista habría considerado que rayaba la insolencia.

-Tampoco tú fuiste justo conmigo durante mucho tiempo, creo recordar.

-Es cierto -admitió.

Harry no esperaba un reconocimiento tan rápido y un pequeño cambio en su expresión demostró su sorpresa.

-Y tú fuiste irritante e insolente. Un desbocado en demasiadas ocasiones -dijo Severus.

Tampoco él se esperaba que Harry sonriera.

-Es cierto -admitió también el ex Gryffindor-. Pero te preocupas por mí.

Esta vez no fue una pregunta, sino una afirmación en toda regla. Ese habría sido el momento adecuado para lanzar un buen gruñido y que Severus zanjara el tema con alguna frase demoledora. Pero Harry seguía con el rostro alzado hacia el suyo, mirándole como si estuviera esperando. Como si realmente supiera lo que Severus secretamente deseaba. El joven dejó escapar un pequeño suspiro antes de decir:

-Así que... ¿cuánta impregnación mágica crees tú que necesito para evitar esas molestas migrañas? De un mago, por ejemplo...

Severus alzó una ceja, eludiendo lo que no quiso creer podía ser una insinuación.

-Seguramente ya tienes la suficiente, porque has estado bien durante todo este tiempo -razonó.

Harry suspiró de nuevo y entrecerró los ojos, haciendo que Severus frunciera un poco el ceño.

-¿Y si de todas formas las migrañas volvieran? -insistió.

Severus negó con la cabeza, preguntándose si su explicación no había sido lo suficientemente obvia.

-Si llegara a suceder, tenemos la poción que...

-¡Joder Severus! -exclamó Harry, exasperado.

¡Ese hombre no podía ser tan idiota! Harry se volvió hacia la mesa y cogió uno de los gruesos volúmenes sobre pociones que Severus en ocasiones consultaba y lo dejó caer al suelo con un gran estruendo.

-¿Pero qué coño crees que estás haciendo? -se horrorizó el pocionista.

Sin hacerle el menor caso, Harry cogió otro de los tomos y lo colocó encima del que ya estaba en el suelo, antes de que Severus pudiera recogerlo. Seguidamente se subió encima de los dos libros y tomó a Severus firmemente por el cuello de su camisa. Ahora sus rostros estaban frente a frente, sin ninguna diferencia de altura.

-Repetiré la pregunta -dijo suavemente-, por si no la has entendido la primera vez -Severus tragó con dificultad y Harry tuvo que contenerse las ganas de reír-. ¿Cuánta impregnación mágica crees tú que necesitaría, por ejemplo de un mago, si es que hubiera alguno a mano, para que mi cuerpo gozara -Harry hizo una deliberada pausa- de una excelente salud?

Severus ni siquiera parpadeó cuando el joven humedeció sus labios, sin dejar de mirarle con esa expresión ansiosa que el pocionista no había querido reconocer minutos antes. Un firme tirón a su camisa y esos labios que tanto había deseado en las últimas semanas estaban sobre los suyos. Severus se apartó con brusquedad.

-No sabes lo que haces -jadeó.

-¡Claro que sí!

Desbocado, así es como se sentía Harry desde que se había levantado aquella mañana. Como muchas mañanas. Aunque estaba seguro de que cuando Severus había utilizado esa palabra minutos antes, no pensaba precisamente en el delirio hormonal que apretaba su pantalón en ese momento. Harry ni siquiera había querido plantearse el porqué de su atracción hacia el hombre que había sido su profesor. Como había dejado de plantearse tantas cosas, una vez comprendió que jamás nada sería como él quería o esperaba que fuera. Y que, para su desgracia, algunas personas tampoco habían sido lo que le habían hecho creer. ¿Iba a preocuparse ahora de que fuera precisamente Severus Snape quien hubiera atrapado su afecto? Y su deseo. Severus todavía ignoraba lo que era capaz de hacerle su voz profunda y resonante. Seductora. La que le envolvía en una ensoñación sensual indescriptible. Bate los huevos de ashwinder y después frota con ellos el cuerno de bicornio antes de echarlo al caldero, pero despacio, utilizando sólo los dedos para no desperdiciar una gota. Cuando había terminado con la tarea, había tenido que subir corriendo al cuarto de baño para terminar él también.

Después estaban sus manos. Eran delgadas, muy estilizadas. Sus dedos, extremadamente largos, eran increíblemente ágiles. A Harry le fascinaba observar la seguridad con la que trabajaban sin cansancio durante todo el día. Aunque él solía imaginarlos lejos de calderos, frascos o utensilios. Fantaseaba sobre lo flexibles y hábiles que podían llegar a ser en otros menesteres, más íntimos y complacientes.

Por último, pero no menos importantes, estaban sus ojos. Eran tan negros. Tan penetrantes. Insondables, a veces. En ocasiones los ojos de Severus le cortaban la respiración. Cuando su mirada se volvía turbia y enredada, con ese punto de amargor que volvía su negrura todavía más oscura. La soledad que enclaustraba su alma se hacía más patente entonces, y Harry podía percibir la aceptación que la acompañaba. Una soledad y una aceptación que él también conocía. Harry creía haber desarrollado un sexto sentido que le permitía saber cuándo Severus le estaba mirando. Bien pensado, tal vez ya lo había desarrollado en Hogwarts. Sólo que entonces no sentía la parte de su cuerpo sobre la que los ojos de Severus se posaban calentarse y casi abrasar si permanecían sobre ella demasiado tiempo. No importaba si era su nuca, su rostro o su trasero. A veces seguían poniéndole tan nervioso como entonces. Cuando le atravesaban como un afilado cuchillo que intentara rebanar sus secretos. Aunque a Harry ya no le quedaban muchos secretos. Pero los pocos que tenía era vital para él que siguieran siéndolo.

Esta vez fueron las mejillas de Harry las que empezaron a arder cuando se dio cuenta de que su impetuosidad no iba a ser correspondida, tal como él había esperado. Como deseaba. Severus seguía mirándole como si estuviera a punto de infligirle el más duro de los castigos por su atrevimiento. Y el estómago de Harry se encogió mientras sus dedos empezaban a aflojar la tela que había mantenido convulsamente arrugada entre ellos. Desbocado y precipitado, fue su siguiente pensamiento. Y gilipollas, añadió. Tendría suerte si su ex profesor no le mandaba de una patada al mundo muggle para que se hundiera en la miseria de las jodidas migrañas.

-Yo... lo siento -murmuró. Miró avergonzado hacia abajo, a sus pies-. Siento haber... pisado tus libros.

Con el corazón martilleando contra su pecho a mil por hora, Severus detuvo a Harry cuando se disponía a bajar de su pequeño montículo, asiéndole con fuerza por ambos brazos. Con demasiada fuerza a tenor por la pequeña mueca de dolor que cruzó el rostro del joven.

-Harry -era difícil encontrar las palabras que quería decir-, sólo tienes... diecinueve años. No quieres esto realmente -No conmigo, habría podido añadir.

Sin que los perturbadores ojos verdes perdieran contacto con los suyos, Harry liberó uno de sus brazos del agarre de Severus y, tomando su mano con inusitada fiereza, la puso sobre su entrepierna y la apretó con fuerza sobre ella.

-Lo quiero, Severus.

El pocionista cerró los ojos unos segundos, reconociendo la inutilidad de negarse lo evidente. Porque él también lo quería.

-Irritante e insolente -murmuró.

Y a Harry le pareció que su voz había sonado más profunda que nunca. Esta vez, esperó. Dejó que Severus le apartara la mano y abandonara la necesitada prominencia que cubría. A pesar de su ansiedad, permitió que se tomara su tiempo, porque parecía que Severus precisaba ir despacio, como si tuviera que asumir que realmente Harry le estuviera reclamando. Esos largos dedos que el joven tanto había imaginado se enredaron en los cabellos de su nuca y la acariciaron lentamente mientras la empujaban hacia delante. El aliento de Severus rozó sus labios antes de que los del pocionista se posaran sobre ellos. Un escalofrío de excitación recorrió el cuerpo de Harry cuando el beso se hizo más profundo y su cuerpo fue cercado en el abrazo más estrecho que hubiera recibido jamás. La boca de Severus abandonó la suya para recorrer despacio cada una de sus mejillas y su garganta. Eran toques cuidadosos y gentiles, que hacían que Harry fuera consciente de cada poro de su piel bajo el roce de la húmeda lengua.

-Entonces, tal parece que tenemos un problema ahí abajo -susurró Severus levantando la camiseta de Harry para poder alcanzar más piel con sus manos.

El joven afirmó frenéticamente.

-Lo tenemos -jadeó-, te juro que lo tenemos...

Severus se inclinó y su nariz restregó suavemente por el pecho de Harry y descendió por su estómago. La piel era suave y tibia hasta llegar al ombligo, a partir del cual una irregular tira de vello negro y rizado bajaba hasta perderse bajo los pantalones. Severus empezó a desabrocharlos. Las manos le temblaban un poco y sus huesudas rodillas resentían que hacía demasiado tiempo que no estaban en esa posición. ¡Merlín bendito! ¡Ni siquiera recordaba la última vez que le había hecho una mamada a alguien! Oía la respiración rápida y agitada de Harry por encima de su cabeza. El joven había buscado apoyo en la mesa, a sus espaldas, porque las manos de Severus no eran lo único que temblaba. Cuando el pocionista le bajó los pantalones, llevándose con ellos sus calzoncillos, el cuerpo de Harry dio un respingo. Su pene saltó alegremente, balanceándose delante del rostro de Severus. La boca del pocionista salivó. Sus manos se movieron ansiosas hacia las nalgas que había dejado al descubierto y las acunó, comprobando con satisfacción que encajaban perfectamente en ellas. Eran suaves, duras. Severus las apretó con ganas mientras sus labios se cerraban con deseo alrededor de la cabeza hinchada y enrojecida de la verga de Harry. Deslizó la lengua suavemente hacia el tronco y Harry dejó escapar una mezcla de gruñido y gemido que llevó a Severus a apretar un poco más los labios y engullirle hasta donde pudo. Harry gimoteó, empujando sus caderas con ímpetu y agarrándose al pelo de Severus con fuerza. El pocionista gruñó al sentir el tirón, pero aumentó el ritmo de los vaivenes y deslizó los labios lo más posible hacia la base, como si aspirara el sexo del joven. Cuando su lengua giró alrededor del glande, como si lo estuviera puliendo y golpeó después ligeramente, Harry jadeó como si le faltara el aire. Estaba tan duro que Severus aflojó la presión de la boca y siguió con caricias más suaves y leves que hicieron lloriquear al joven.

-Por favor, por favor, por favor...

Severus sujetó las fervorosas caderas y alzó los ojos hacia el rostro enrojecido y sofocado de Harry. Sacó el pene de su boca y besó la punta haciendo una ligera presión.

-Como antes -suplicó Harry-, como antes, por favor...

Severus sonrió. El placer de Harry se solazaba preferiblemente en la parte superior de su erección, en detrimento de caricias que abarcaran más espacio.

-Paciencia, mocoso -dijo el pocionista con voz ronca- todavía no he terminado contigo.

Harry tragó con fuerza. Sus dedos se crisparon en los mechones lacios y oscuros con un pequeño jadeo.

-Severus... -rogó de nuevo.

Durante los siguientes segundos, Harry enloqueció sumergido en las sensaciones que los labios y la lengua de Severus le prodigaron. Cuando finalmente estalló en su boca, creyó que nunca más podría volver a sostenerse sobre sus piernas. Severus pensó que sería incapaz de volver a poner en posición vertical las suyas. Lo consiguió tragándose el resoplido que pugnaba por escapar de su boca.

-Y ahora que hemos acabado de desayunar -dijo-, más vale que espabiles y salgas zumbando a recoger el pedido de ingredientes.

Todavía con los pantalones por los tobillos, Harry parpadeó con una sonrisa bobalicona asomada a sus labios, mientras observaba a Severus, ya en pie, dirigirse de nuevo hacia los calderos. Se subió rápidamente los pantalones y después tomó la bolsita de cuero de sobre la mesa y la guardó en su bolsillo.

-No olvides el polvo de garra de grifo y la sangre de salamandra -le recordó el pocionista, sin volverse.

Sobresaltado, Severus sintió unos brazos envolverle desde la espalda y darle un fuerte apretón.

-Traeré pastel de limón.

En lugar de protestar y requerir que obedeciera las instrucciones que le había dado, Severus se encontró sonriendo.

o.o.o.O.o.o.o

Definitivamente, Potter no dormía en el sofá. ¡El muy hijo de su madre! Draco lo había sospechado cuando al levantarse el sábado por la mañana, no había encontrado rastro de la almohada, sábanas y mantas que habitualmente permanecían allí hasta que Potter las recogía después del desayuno. Blaise le había dicho que si Potter ese día se había sentido hacendoso, tampoco era como para empezar a recelar. Pero a Draco no se la daba, no señor. Se pasó observando a Potter el sábado entero. Y también a Severus. No supo a qué conclusión llegar. Se llevaban bien. Cosa que ya no era ninguna novedad, porque por lo visto habían limado diferencias durante todas aquellas semanas de forzosa convivencia. Aunque Potter no parecía sentirse nada forzado por extender su horario de trabajo y tener que quedarse a dormir allí. Ni había visto a Severus de tan excelente humor desde... no podía recordar desde cuándo.

Eran las cinco de la madrugada del domingo cuando a Draco le despertó una irrefrenable necesidad de orinar. Después de aliviarse fue a la cocina a por un poco de agua, porque tenía la boca pastosa del pequeño festín de vodka que él y Blaise se habían dado con la botella que uno de los compañeros de piso de Draco le había regalado. Al salir de la cocina, asomó distraídamente la cabeza al salón-comedor. El sofá estaba vacío. No había rastro de sábanas, mantas o de Potter. Draco volvió a su propia habitación con una expresión de malicioso triunfo pintada en el rostro. Sacudió a Blaise, que dormía apaciblemente y no paró hasta despertarle. El pobre aspirante a medimago, le miró con los ojos entrecerrados y sobresaltado por el brusco despertar.

-Potter no está en el sofá.

Blaise trató de parpadear y después enfocar a su novio, al que en esos momentos sólo tenía ganas de ahogar con la almohada.

-Draco, duérmete por el amor de Merlín.

-Pero, ¿has oído lo que te he dicho?

Blaise estiró la sábana que Draco le había arrebatado y se abrazó a su propia almohada, dándole la espalda.

-Te aseguro que me importa un cojón donde duerma Potter, Draco. Lo que quiero es dormir yo.

Draco escuchó con pasmada incredulidad lo siguiente que salió de boca de Blaise: un ronquido. Enfadado, también se tumbó en la cama, pero ya no volvió a dormirse, dándole vueltas a la cabeza. No podía entenderlo. Lo mirara por donde lo mirara. Poco antes de las siete no tuvo compasión en sacudir de nuevo a su novio que esta vez se dejó zarandear con resignación. Más dormido que despierto, Blaise siguió a Draco hasta el salón-comedor, donde éste quería demostrarle que el sofá estaba vacío y quería esperar a Potter y a Severus antes de que se levantaran. A ver qué excusa eran capaces de dar. Sin embargo, al pasar por delante de la cocina Draco se detuvo bruscamente y retrocedió, haciendo que Blaise tropezara con él y estuviera a punto de soltar una imprecación. Draco le calló poniendo una mano rápidamente sobre su boca.

La luz de la cocina estaba encendida y la tetera ya estaba en el fuego. Del horno salía un delicioso olor a panecillos calientes. Una bandeja con platos, cubiertos y tazas para el té estaba preparada encima de la pequeña mesa, lista para ser llevada al comedor. Justo al lado había un tarro de mermelada abierto. De albaricoque, la preferida de Severus. En ese momento, el ex profesor estaba untando con uno de sus largos dedos los labios de Potter, dejando una generosa cantidad de mermelada en ellos. Cuando terminó, introdujo el dedo en su propia boca para limpiarlo. A continuación, tomó el rostro de Potter entre sus manos y lamió despacio, de una forma casi impúdica, cada dulce centímetro de los labios del joven. Después hundió la lengua en su boca y Potter gimió de una forma que debería estar prohibida a las siete de la mañana. Draco y Blaise se miraron. Sin mediar palabra, ambos volvieron a su propia habitación.

Continuará...