QUIEN JUEGA CON FUEGO…
A la mañana siguiente no pude devolverle la ropa a Edward antes de clase porque no vino, ni a literatura inglesa ni a ninguna otra asignatura, y eso que su moto estaba aparcada fuera. Después de la pausa del mediodía lo esperé delante del aula de física.
No apareció. Eric, que iba a la misma clase, me miró con frustración y enojo al verme esperando, aunque luego me dijo que si lo veía, le diría que lo andaba buscando. No me gustó el tono en que lo dijo.
Eric nunca pudo ver a Edward, pero desde el día anterior parecía tenerle verdadera manía. Entré en clase de historia con una sensación desagradable en el estómago, y encima, el señor Taylor me dijo que la semana siguiente debía presentar mi trabajo sobre los templarios. No pude ponerle ninguna excusa.
En clase de química me senté frustrada en mi sitio, al lado de Lauren. La señora Squires llegó con una bandeja llena de probetas y aparatos de laboratorio. Nos saludó con una sonrisa y preparó el primer experimento. Se le torció el gesto cuando llamaron a la puerta. La señora Thompson, la secretaria, asomó la cabeza y le pidió por favor que saliera. Le dijo algo en el pasillo y se fue. Meneando la cabeza ligeramente volvió a su mesa.
-Como sabéis, la hija del señor Harlen no se encuentra muy bien –dijo, y asentimos con un leve murmullo.
El señor Harlen daba matemáticas y física y era uno de los profesores más queridos.
Claro que sabíamos qué pasaba, aunque decir que "no se encuentra muy bien" era casi un eufemismo. Su hija pequeña tenía leucemia y estaba en fase terminal. Además, estaba solo, su mujer había fallecido el año anterior en un accidente de tráfico. Desde hacía más de medio año, iba del instituto al hospital y del hospital al instituto. La señora Squires ordenó silencio.
-Ha recibido una llamada urgente y ha tenido que salir. Como no hay sustitución y aquí hay muchos espacios libres, me han pedido que les hagamos un sitio, así que vamos a invitados. Por favor, dejad las dos filas de atrás libres, y apretaos un poco aquí delante. Vamos a dar clase de todos modos.
Obedientes, recogimos nuestras cosas y nos sentamos en las primeras filas. Llamaron a la puerta y entraron todos con caras largas. De los últimos entró Edward Masen, y
nuestras miradas se cruzaron. Apretó los labios y pasó de largo a las filas de atrás. Como no cabían todos, algunos se sentaron en los escalones, entre ellos Edward.
La profesora no se había distraído ni un segundo y ya tenía todo listo para comenzar. Un tiesto con un agujero en la base colgaba de un trípode sobre una bandeja de porcelana llena de arena. Una mecha salía del tiesto, donde había mezclado productos químicos. Enchufó el mechero Bunsen al conducto de gas y se dirigió a nosotros.
-Como ya les dije a mis alumnos, voy a dar clase de todos modos –dijo dirigiéndose a las filas de atrás-. Veo que muchos de vosotros sois de mi otra clase de química, así que la daremos juntos. ¿Alguien quiere salir voluntario? –prosiguió, pero no se movió ni una
mosca-. ¿Nadie?
Cometí el error de mirarla, pero en vez de invitarme a su mesa, fijó su atención en otra víctima.
-Edward, haznos el favor –dijo.
-Preferiría no ir –dijo sin moverse.
Un chico de su clase de matemáticas, por lo visto también iba con él a química, y estaba sentado justo detrás de nosotras suspiró y murmuró.
-No se da por vencida.
-¿A qué te refieres? –dijimos dándonos la vuelta.
-En la clase de primera hora le pidió que se quitara las gafas y él no quiso. La ha tomado con él, pero no parece importarle. En cualquier momento le cae la gorda –susurró inclinándose hacia nosotras.
Lauren y yo nos miramos. La señora Squires era amable siempre que no le llevaras la, contraria, pero si lo hacías, ya podías ir preparándote.
-Edward, no me importa lo que tú prefieras –dijo, y parecía que esta vez no lo iba a dejar escapar-. Sólo tienes que abrir el gas, encender el mechero y prender la mecha – prosiguó, y le dedicó una sonrisa que me revolvió el estómago.
Edward se levantó por fin y se acercó a la mesa. Miró desconfiado la instalación de los productos químicos.
-¿Qué hay en el tiesto?
-Enciende la mecha –contestó sonriendo con dureza-. Luego te daré la ecuación y tendrás que explicarnos qué procesos químicos se han dado.
Tardó un momento en reaccionar y encendió el mechero.
-Edward, ponte las gafas de protección –dijo.
-Ya llevo las mías –contestó.
-Haz el favor de ponerte esas gafas ahora mismo –prosiguió apoyándose en la mesa-, y no se hable más. Las reglas también se hicieron para ti, acátalas como todos.
Edward se puso tenso. Luego nos dio la espalda y de un movimiento se quitó las gafas y se puso las de plástico.
-Ponte detrás de la mesa para que tus compañeros puedan ver –le ordenó la señora Squires.
Masen apenas dio un paso y encendió la mecha. Se prendió una luz blanca y brillante, que adquirió con rapidez más potencia e intensidad. Se oyó un grito y se rompieron cristales; Edward salió de la clase tambaleándose, dejando atrás los productos químicos desparramados en el suelo.
Lo miré tan sorprendida como los demás hasta que entendí lo que había pasado. ¡Dios mío! No sabía qué iba a pasar y había mirado directamente a la luz. Sin dudarlo me levanté y salí corriendo detrás de él. La señora Squires me ordenó que volviera a mi sitio, pero no le hice caso. Encontré a Edward de cara a la pared y su jadeo resonaba en el pasillo vacío. Estaba de rodillas y se tapaba la cara con las manos. Al acercarme se puso tenso.
-¡Déjame! –dijo enfurecido.
-Soy Bella –contesté sin dejarme intimidar, y me agaché a su lado.
-¡Que te vayas! –insistió, y quiso empujarme, pero no veía nada.
-Ven, te llevaré a la enfermería –dije viéndolo temblar, y así del brazo.
-¡Suéltame! –exclamó, y se puso de nuevo contra la pared.
Por fin creí entender qué le pasaba. Lo tomé de nuevo del brazo e intenté levantarlo.
-Ven, conozco un lugar oscuro –insistí-. ¡Venga va! Estarás tranquilo, me aseguraré de que nadie te moleste.
Por fin cedió, se levantó, y lo llevé al cuarto de limpieza. Sólo estaba una rendija de luz.
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Me costó acostumbrarme a la oscuridad. Era tan estrecho que apenas podíamos movernos. Aparte de su respiración acelerada estaba más calmado. Lo acomodé en un rincón entre una vieja mesa y la pared, y de nuevo lo tomé del brazo para sentarlo.
Verlo avanzar indefenso, palpando con una mano, me dejó sin palabras. Sin resistencia se quedó apoyado en la pared, se le notaba una mejoría. Dudé un poco antes de apartarle las manos de los ojos y abrirle los párpados con delicadeza. Incluso la poca luz fue suficiente para ver que tenía los ojos tan inyectados en sangre que no se distinguían ni el iris ni la pupila.
-Olvídate de la enfermería, ahora mismo te llevo a un médico –dije.
-¡Ni se te ocurra! –dijo levantándose y golpeándose la cabeza contra el canto de la mesa.
Alargó los brazos, buscándome, con los ojos cerrados fuertemente.
-No seas… -dije, desvelando mi posición, lo que le permitió agarrarme del brazo con agresividad.
-Nada de médicos, ¿vale? Largo de aquí –me ordenó, y me empujó.
-¿Por qué no? Tienes los ojos muy mal.
-Un médico no sabría ayudarme –me aclaró tras una dura pausa-. Si quieres echarme una mano, mantén alejadas a la profesora Squires, a la enfermera y a todos los demás.
Por el tono advertí lo mucho que le costaba pedirme un favor.
-Bueno –contesté-, pero luego te llevo a casa.
Apretó los labios.
-¿Y la Blade?
-Se queda aquí.
Salí del cuarto antes de que pudiera responderme. Lauren estaba en el pasillo y me vio salir.
-¡Con que ahí estabas! ¿Está ahí Edward? ¿Qué le ha pasado? La señora Squires está como loca –dijo sin pausa-. Los ha buscado por todas partes, pero no ha querido dejarnos solos más tiempo y le dije que yo los buscaría.
Era normal que la profesora estuviera como loca. Aunque no conociera el problema de Edward, eso no era excusa para soslayar su responsabilidad. Si volvía a clase, seguramente querría llevar a Edward a la enfermería, aun en contra de su voluntad.
-Voy a llevar a Edward a su casa, ¿puedes sacar sus cosas? –dije-.
Mientras tanto voy a por el coche. Y si te pregunta la profesora Squires, le dices que no sabes bien qué le pasa. ¡Ah! No olvides sus gafas.
Miró la puerta del cuarto y salió a paso ligero. Tuve que dar la vuelta al instituto para llegar hasta el ala de los laboratorios. Lauren estaba dentro del cuarto con Edward, que se tapaba los ojos con algo claro. Verlos tan juntos me revolvía el estómago. Dios mío, ¿acaso eran celos?
-¿Qué tal? –pregunté.
Lauren se levantó, por lo visto demasiado rápido, porque se tambaleó un poco, y parpadeó un par de veces.
-Bien, le he dado un pañuelo húmedo, le sentará bien.
¡Claro! Cómo no se me ocurrió antes.
-Tengo el coche ahí delante, pero hay que caminar unos metros –dije mirando a Edward-.¿Crees que podrás?
-Aunque no vea bien, mis piernas están perfectamente –respondió levantándose-. No hace falta que…
-Te llevo a casa –interrumpí-. Ya sé que no es necesario, pero lo haré igualmente.
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Tomé a Edward del brazo. Iba con una mano delante y me seguía de mala gana. Apenas salimos del cuarto, volvió a ponerse tenso.
-¿Estás bien? –pregunté preocupada.
Me respondió con un gruñido, bajamos la escalera a duras penas y por fin se subió al coche como un convaleciente. Lauren dejó las cosas en el asiento trasero, arranqué y me despedí de ella rápidamente con la mano e hice como que no escuchaba se "¡Llámame!".
Edward no abrió la boca en todo el camino, apoyó la cabeza en el cristal y no se movió.
Con una mano aguantaba el pañuelo de Edward, y con la otra se agarraba a la puerta. Por fin llegamos a su casa.
-¿Dónde está la llave? –pregunté.
Mis palabras lo sobresaltaron como si hubiera metido los dedos en un enchufe; luego resopló.
-En el bolsillo izquierdo de la chaqueta –contestó.
Me di la vuelta y me incliné para acceder al asiento trasero. Volví a oír a Edward resoplar con fuerza; estaba tenso, tan alejado de mí como le permitía el coche, e intentaba abrir la puerta.
-¿Estás bien? –pregunté, y se quedó helado, apretó las mandíbulas y asintió tenso.
-Tú date prisa.
¡Qué se pensaba que hacía! Preferí no contestarle y seguí buscando su chaqueta. Las llaves estaban donde me había dicho, salí del coche y di la vuelta para ayudarlo. Me asusté al verlo a la luz del sol, se veía lo pálido que estaba. Le agarré el codo e hice como que no me daba cuenta de que quería soltarse de mí al principio.
-Gracias por traerme –dijo como despidiéndose, y entendió la mano pidiéndome las llaves.
-Ni lo sueñes –dije-, no me voy de aquí hasta que no sepa que estás bien.
-No hace falta…
-Ya sé que no hace falta –interrumpí fríamente-, pensé que ya había quedado claro antes. O eso o te llevo a un médico.
-Eso es chantaje –dijo con enojo, pero sin fuerzas.
-Seguramente –respondí impasible-. ¿Dónde está tu cuarto?
-No sabes lo que haces –me advirtió, y bajó ligeramente la cabeza.
Caminaba a duras penas y me acerqué para ayudarlo.
-Tienes razón, aparte de un curso de primeros auxilios no he…
-No me refiero a eso –interrumpió impaciente.
-Ah, claro, perdona –dije con su mismo tono-. Se me olvidaba que era mejor para mí no acercarme a ti. ¿Sabes qué? Mejor que te quites eso de la cabeza de una maldita vez – dije con agresividad, y respiré hondo para no acabar estrangulándolo-. Y ahora dime adónde te llevo.
No se movió ni dijo nada durante unos segundos.
-Al salón –dijo con resignación.
Todo estaba como la última vez que lo vi. Lo ayudé a sentarse en el sofá, bajé las persianas y corrí las cortinas.
-Gracias –masculló.
Pero cuando me senté a su lado y me incliné para mirarle a los ojos se puso tenso de nuevo.
-¿Dónde está el baño? –pregunté.49
-¿Para qué? –replicó alterado.
-Para humedecer esto –contesté, y le quité el pañuelo de los ojos.
Inmediatamente se cubrió con la mano.
-Junto a la puerta de entrada está la cocina.
Parecía que no quería que fuera al baño; probablemente lo tuviera tan desordenado como Eric, sólo que Edward no tenía unos padres que lo obligaran a recoger de vez en cuando. Aunque la cocina pareciera un poco anticuada, con los armarios de madera y los agarraderos de otra época, era acogedora. No estaba descuidada, pero se notaba que apenas la utilizaba. No pude evitar preguntarme si sabría cocinar o se alimentaría de comida precocinada. Humedecí de nuevo el pañuelo y volví a la sala.
Edward se había estirado en el sofá, un brazo le tapaba la cara. De nuevo se puso tenso cuando me acerqué a él, aunque dejó que le retirara el brazo y le colocara el pañuelo.
Me senté a su lado y él se apartó de mí todo lo que le permitió el apoyabrazos.
-¿Puedo hacer algo más por ti? –dije después de unos minutos de incómodo silencio.
-Si te digo que no, ¿te marcharás? –preguntó sin mucha esperanza de recibir una respuesta positiva.
-No.
Edward apoyó la cara contra el sofá y el silencio se apoderó de la sala. Sin embargo, no estaba tranquilo, apretaba los puños o las palmas de la mano contra la piel del sofá. Me daba la impresión de que le dolía mucho, aunque intentaba disimularlo delante de mí. Puse la mano en su brazo.
-¿Quieres que…? –empecé.
Edward me agarró de la muñeca con fuerza y se reincorporó con un rápido movimiento.
Grité del susto. Él también parecía sorprendido, como si se hubiera tratado de una reacción inconsciente. Poco a poco soltó mi muñeca como si se estuviera obligando. De la misma manera que se había reincorporado se dejó caer y se volvió dándome la espalda. Sentí miedo por un momento.
-Si no piensas irte, puedes hacerme un favor –dijo con la voz áspera y rota- y prepárame algo.
Aunque me costara reconocerlo, sentirme útil y guardar un poco de distancia en ese momento con Edward Masen me parecía buena idea.
-Claro, ¿qué quieres? –pregunté.
-En el frigorífico hay una caja de metal; pon dos cucharadas de la pasta en agua hirviendo –contestó con muy mala cara-. ¡Y date prisa, por favor! –añadió afónico.
Alarmada por su tono de voz, me apresuré en prepararle la bebida. Después de buscar un rato encontré una tetera, una cucharilla y una taza. No tenía ni una pieza del mismo juego en los armarios o en los cajones, y el bote de metal era lo único que había en la nevera. El contenido parecía miel azucarada, sólo que de un rojo muy oscuro, casi marrón. Puse las dos cucharadas en el agua hirviendo. Se deshizo de maravilla. El resultado era espeso como un batido y no olía nada mal.
Se lo llevé, se incorporó y se lo bebió de un trago con manos temblorosas. No pareció importarle que estuviera ardiendo. Agarraba la taza con las dos manos, como si quisiera calentarse con ella. Con cada trago que daba se relajaba más. Acabó, dio un suspiro y se volvió a recostar todavía con la taza en las manos, aliviado.
-Gracias –dijo.
Parecía haberse tranquilizado de una extraña manera… No me gustó lo que me vino a la cabeza. Parecía un yonqui después de su dosis. Lo examiné. ¿Era una alucinación, o su cara empezaba a tomar color?
-¿Qué era esa bebida? –dije sin estar segura de querer oír la respuesta.
-Sopa instantánea –dijo tenso, y supe que no era cierto.
No sabía qué decir o qué pensar. Quizá mi silencio le advirtió de que algo no iba bien.
Alargó el brazo en mi dirección a ciegas, y aunque quise apartarme, me agarró de la muñeca, esta vez suavemente, pero no dejaba que me soltara.
-¿Qué te pasa? –preguntó.
-Nada –respondí.
-¿Nada? No sabes mentir.
-Igual que tú –contesté sin pensar.
Me tapé la boca con la mano, pero ya estaba dicho.
-Muy bien, entonces dime por qué crees que te he mentido y cuándo.
-Ahora mismo –dije sabiendo que estaba en la boca del lobo.
No tenía sentido poner excusas, en parte porque era verdad: ambos habíamos mentido.
-¿No te crees que fuera sopa? –Dijo frunciendo el entrecejo-. ¿Por qué? ¿Nunca has visto un preparado que se disuelva en agua?
Claro que los había visto, hasta Sophie los utilizaba para las salsas o las sopas.
-¿Entonces? –insistió al no recibir respuesta.
-Parecías un… -dije sin atreverme a acabar la frase.
-¿Parecías un…? –perseveró.
Me mordí los labios e intenté liberarme de su amarre, pero no me soltó.
-¿Parecías un…? –repitió.
-Un yonqui –murmuré, y bajé la cara.
Edward se quedó en silencio unos segundos y luego empezó a reír. Primero fue una risa tímida, luego una carcajada descarada. Dios, como amo su risa. Lo miré sonrojado. Le costó unos minutos recuperar la compostura.
-Me han dicho muchas cosas en la vida –dijo meneando la cabeza-, y algunas eran ciertas, pero ¿esto? No soy un niño bueno, pero nunca tuve que ver con drogas, te lo juro.
No sé por qué, pero le creí, por lo menos en lo que a las drogas se refería, por más que aún conservara mis dudas acerca de la sopa. Antes de que pudiera decir nada me dio la taza.
-¿Me preparas otra, por favor? –me pidió.
En la cocina olí la pasta intentando averiguar qué era. Sin duda olía bien, pero no lo había visto en mi vida. Después de dudarlo chupé la cucharilla. Era salado, tenía un ligero sabor a metal y a la vez un toque dulce. Si realmente era sopa instantánea, era la mas exótica que había probado nunca. Me recordó un poco a mi té, sólo que este sabor era más intenso y me hizo recuperar mi dolor de encías y dientes, como si le hubiera dado un mordisco a un cubito de hielo.
Edward seguía sentado en el sofá con los ojos cerrados; me quedé mirándolo sin que lo advirtiera. Lo había visto sólo un par de veces sin sus gafas oscuras y en ese momento tuve todo el tiempo del mundo para observarlo. Cuando las llevaba puestas se apreciaba su belleza, clásica y peligrosa a la vez, pero sin ellas no me pasó desapercibido lo guapo que era. No, más que guapo. Me quedé sin aliento. Quizá se debiera a la luz de la sala, pesada y cálida, o a que el pelo le caía sobre la frente, todavía sin color. Era un ángel oscuro y pálido. Nada de arpas y aureolas, no, era uno de esos ángeles que luchan contra demonios con espadas de fuego, un ángel cruel de la venganza.
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-¿Bella?
Me estremecí.
-Dime –respondí.
Como la última vez, sostuvo la taza con las dos manos, pero no tuvo tanta prisa y sopló antes de sorber. Me pregunté si se habría dado cuenta de que lo observaba.
-¿Todo bien? –me preguntó.
-Claro –repliqué en seguida.
-¿Seguro?
-Sí, claro –respondí sonrojada-. Voy al coche a por tus cosas.
Parecía sorprendido, pero no dijo nada y siguió sorbiendo de la taza.
Esperaba por lo menos que mis pasos en el pasillo no sonaran a huida. Respiré hondo, el intento de quitarme a Edward Masen de la cabeza había sido un fracaso total. Estaba enamorada punto. ¿Y él? ¡Ni en sueños! Pero ¿qué esperaba? ¿Qué cayera a mis pies y me jurara amor eterno? Esas eran chorradas romanticonas, ¡tenía que abrir los ojos! Él no me pidió que lo llevara a casa, más bien todo lo contrario. Tampoco me invitó a entrar en su casa, más bien no le dejé otra salida. Además, no se me había ocurrido nada mejor que llamarlo mentiroso y yonqui. Le di un golpe al capó del Audi con frustración. Le tendría que haber dicho a Lauren que lo llevara ella.
Tomé aire. Le llevaría sus cosas, también las que me había prestado el sábado, me aseguraría de que estaba bien y me iría.
Seguía tumbado en el sofá, con el brazo tapándole los ojos. Me acerqué silenciosamente. No quería despertarlo si estaba dormido.
Dejé sus cosas al lado de la chimenea y me acerqué a él. Apartó el brazo de la cara, había recuperado el tono de siempre. Abrió un poco los ojos, todavía estaban algo rojos, pero no tanto como al principio, se distinguían el iris y la pupila. Pestañeó. Parecía que podía enfocar la mirada, me miró en silencio y me sonrojé. Tragué saliva.
Cuando iba a decirle que me iba, Edward se incorporó y, apoyándose en un codo, llevó una mano a mi nuca y me besó. Su boca era suave y firme a la vez, saboreé de nuevo lo salado y metálico con un toque dulzón. El tiempo dejó de correr hasta que poco a poco se apartó de mí.
-Ya te encuentras mejor –me oí decir.
¿EL chico del que estoy enamorada me besa y no se me ocurre nada mejor que decir?
Me sentí como una tonta. Me miró con los ojos rojos y advertí lástima en su gesto.
Suavemente acarició mi hombro.
-Bella… yo… -balbuceó.
Sabía lo que iba a decir y no quería oírlo. No quería oír "Lo siento, Bella", no ahora.
-Tengo que irme –dije levantándome del sofá.
-Bella…
-¡No! –exclamé, le di la espalda y me retiré a toda prisa.
Me pareció oír sus pasos detrás de mí cuando salí y cerré de un portazo. Gritó mi nombre. Llorando, arranqué el Audi y me esfumé. Por el espejo retrovisor lo vi protegerse los ojos del sol con la mano y volver dentro de la casa tambaleándose.
Conducía como si me persiguiera el mismísimo diablo.
Como las noches pasadas, soñé con Edward, sólo que esta vez me miraba sentado en mi cama mientras yo dormía. Me apartó con cariño un mechón de pelo de la cara y entreabrí los ojos adormilada; estaba sola.
52
La sed lo sacó de su escondite. Desde que se había puesto el sol, el cazador vagaba por la ciudad sin rumbo, harto del mundo y de sí mismo. En la otra acera vio a un hombre paseando a su perro. Estaba desprevenido, hubiera sido una presa fácil, pero lo dejó marchar.
Se oía música, los bajos resonaban en el callejón. El volumen aumentó y volvió a su fuerza anterior, amortiguado por una puerta que se cerraba. Se le cruzaron un par de adolescentes que salían entre risas del local. Dudó un instante, miró hacia donde venía la música, se metió las manos en los bolsillos y se dirigió hacia allá. La discoteca gótica del final de la calle llamada Bambuda. A medida que se acercaba, los bajos vibraban con más intensidad. En la puerta, un grupo de jóvenes de distintas edades se amontonaban esperando a que los dejaran entrar. Levantó la mano, como haciendo una señal, y el portero lo dejó entrar con una sonrisa. Una música ensordecedora le dio la bienvenida, cruzó un pasillo poco iluminado, abriéndose paso entre la multitud… La sala de baile estaba a rebosar. Los peldaños de la escalera de acero que ascendía a la galería servían de asiento para muchos. El lugar más iluminado era la barra, y estaba tan llena que quien quería pedir algo tenía que abrirse paso. Cada segundo que pasaba, la sed del cazador aumentaba. Los jóvenes lo dejaron pasar inconscientemente cuando bajó la escalera, de igual manera que se apartaban en la galería a medida que avanzaba. Los viejos instintos de supervivencia seguían vigentes sin que ellos lo advirtieran. Miró la pista de baile desde lo alto, sus ojos ya se habían acostumbrado a la luz parpadeante. Apretó las mandíbulas, su víctima estaba en algún lugar de la
ciudad, quién sabía si estaría en ese momento bailando allí mismo. Aunque las últimas semanas había dejado de lado la misión del príncipe, la iba a retomar y haría lo posible para restituir el honor de su familia.
Se arrepintió de haber ido a la discoteca, podía calmar su sed sin llamar la atención en cualquier otro lugar. Se dirigía a la salida cuando se topó con una chica que le sonrió.
El Vamdame le devolvió la mirada y la cogió de la mano para llevarla a un rincón apartado y oscuro. A la chica apenas se le escapó un grito de sorpresa cuando sintió la pared a sus espaldas. El cazador le apartó un mechón de pelo que le tapaba el cuello.
Sintió la presión de siempre en los colmillos. Sin prisas acarició el cuello de la muchacha con los labios buscando el lugar donde le palpitara más fuerte el pulso. Sophie emitió un leve suspiro y dejó caer la cabeza, primero hacia atrás, luego a un lado.
Cuando él hundió los colmillos en su cuello se puso tensa un instante y luego se dejó caer en sus brazos. Le corrió la sangre, oscura y densa, por la garganta. Bebió lentamente, concentrado en el sabor salado y dulce, como de cobre, sin importar lo amargo de la droga. Podía estar tranquilo, nadie sospecharía lo que estaba pasando excepto los que eran como él.
Dejó de beber cuando la sintió flaquear. La chica emitió un mudo quejido cuando el cazador, después de lamerle las dos pequeñas heridas que habían dejado sus colmillos, separó los labios de su cuello. Las heridas se cerraron de inmediato, dejando apenas un par de marcas, que al día siguiente ya habrían desaparecido. La chica se dejó caer con un suspiro en sus brazos y él la llevó a una mesa que había quedado libre sin que ella opusiera la más mínima resistencia. La sentó y se aseguró de que no resbalara.
Quien la encontrara pensaría que había bebido demasiado o había tomado drogas.
Cuando despertara no se acordaría de nada, de eso ya se había encargado.
Una joven pálida lo miró, él inclinó la cabeza, interrogante, y ella se encogió dehombros.
-Mi señor quiere hablar con usted, Vamdame, lo espera en su despacho –dijo, y señaló una pesada cortina al lado de la barra.
El despacho tenía una luz tenue y cálida. De las paredes colgaban bonitos tapices y el parquet había tupidas alfombras. El cazador avanzó hacia el escritorio de metal y vidrio y el amo del local que estaba trabajando en el ordenador se levantó para recibirlo. Su pálido rostro tenía facciones demasiado juveniles para su mirada calculadora y fría.
-Esperaba que nos honraras con tu visita, Vamdame. Come stai? (Como estas? En italiano –lo recibió el hombre, y lo invitó a sentarse-. Quizá sepa algo que te interese: se rumorea que el creado que buscas va a volver a Ashland Falls en breve.
-¿Cómo lo sabes? –dijo el cazador inclinándose hacia delante en el sillón.
-Nunca revelo mis fuentes –respondió el hombre resoplando-, pero te garantizo que son de fiar. Vieron a dos de los suyos, lo que significa que va a venir.
-¿Y tú nunca lo has visto? –dijo reclinándose.
El hombre negó con la cabeza.
-Siempre deja que otros hagan el trabajo sucio.
-Y entonces ¿cómo sabes que es él?
El hombre lo miró con detenimiento, se levantó de repente y dio la vuelta a la mesa.
Meneó la cabeza incrédulo.
-Per dio. ¡no me lo creo! Ahora entiendo… Sé quién eres –dijo sonriendo-. Has engañado a toda la ciudad, seguro que no me equivoco si afirmo que los príncipes aún no te dejan volver del exilio –prosiguió-. Si no, ¿por qué tanto misterio? ¿Qué ha pasado con tu hermano?
-Ha desaparecido –respondió el Vamdame.
-Supongo que el creado que andas buscando tiene que ver con lo sucedido, ¿cierto? – dijo el hombre.
-Es bastante probable –contestó.
-¿Eres consciente de que a los príncipes les gustaría saber que has vuelto?
-¿Y quién se lo va a decir? ¿Tú? –dijo el cazador sin inmutarse.
-Per dio, no, claro que no. Prefiero que quites de en medio al creado. Además, tengo una deuda con tu hermano.
El Vamdame lo miró durante un rato, asintió y se levantó, preparándose para salir.
-Ahora soy yo el que te debe algo.
HOLA CHICAS.. AQUÍ ESTOY. POR FIN REGRESE. LO SE LO SE MATENMEEEE. DE VERDAD DISCULPENME POR TANTO TIEMPO SIN ACTUALIZAR.. ESPERO QUE LES HAYA GUSTADO EL CAPI.. SE PONE INTERESANTE MUAHAHA .. DEJEN SUS REVIEWS… ASI ACTUALIZO MAS PRONTO DE LO Q ESPERAN :D YA ESTOY EDITANDO EL OTRO CAPI.. XOXO BESOS MUAKK
