Disclaimer: Seamos francos, si Harry Potter me perteneciera nunca habría sido un libro para niños, de hecho, ni siquiera se llamaría Harry Potter.


"Es indecente y mala, nada puedo decir a su favor, salvo que es mi mejor amiga."

Oscar Wilde.


Mágicas soluciones.

Volvió a removerse, incómoda, dándole una patada por debajo de la mesa a Millicent sin querer. Su compañera chasqueó la lengua y rodó los ojos, sacudiendo la cabeza con desidia.

—Quieres hacer el favor de estarte quieta —imploró, en un susurro, al ver el tachón que le había hecho al pergamino por su culpa… y ya iban tres.

—¿Por qué diantres hace tanto calor en esta clase? ¿Tú no lo sientes? —inquirió Tracey, abanicándose el rostro con las manos después de aflojarse el nudo de la corbata.

Millicent arqueó una ceja y miró a su alrededor: todos los alumnos, incluida ella y hasta la profesora McGonagall, estaban bien arrebujados en sus túnicas y con las bufandas envueltas entorno a sus cuellos. Y no era para menos, estando en pleno febrero y teniendo en cuenta que la clase de Transformaciones estaba en la sexta planta del castillo, la corriente fría que les llegaba podía dejarlos como cubitos de hielo por mucho que la habitación también tuviera hechizos que regularan la temperatura. Por supuesto no sentían la misma humedad que tenían que sufrir en las mazmorras, pero eso siempre había hecho que los Slytherin fueran los que mejor soportaban el frío en comparación al resto; claro que de ahí a llevar la camisa remangada, los primeros botones desabrochados y estar pasándose el bote de tinta por la frente había un largo trecho.

—Milli-buh, creo que estoy en mis últimas —se quejó, dejando el bote de tinta y apoyando la frente en el pupitre, soltando un suspirito de alivio cuando al parecer el tacto fresco de la madera firme le consoló—. Me muero —afirmó, con un puchero compungido.

—No te estás muriendo —rechazó, por decimosexta vez en lo que llevaban de día, colocando una de sus manos en la frente de Tracey y la otra sobre la suya para comparar—. Estás destemplada, pero no tienes fiebre.

—¿Cómo puedes estar tan segura? Tengo sofocos y escalofríos. Voy a morirme y a ti te importa más apuntar cómo convertir un dedal en una de tus ratas que escribir mi testamento —le reprochó, con un nuevo puchero, dándole golpecitos con el dedo en el brazo.

—Cuando te pones melodramática no te aguanto —aseveró, removiendo su brazo para que dejara de darle con el dedito—. ¿Quieres que después de clase volvamos a ver a Pomfrey?

—No —refunfuñó Tracey, haciendo un mohín infantil y escondiendo la cara entre sus brazos—. Esa vieja inútil volverá a darme ese jarabe asqueroso para el estómago y me mandará de vuelta, no tiene ni idea de por qué me estoy muriendo.

—¿Qué te hace pensar exactamente que te estás muriendo? Hemos ido a ver a Pomfrey cuatro veces en los últimos dos días y siempre es lo mismo: no tienes nada más que cansancio y nervios Merlín sabe por qué. Llevas muy rara desde que volviste de la biblioteca el domingo. ¿De verdad que no vas a contarme qué núcleo se te ha roto en la cabeza?

El de ser una mala persona y, por si no fuera poco, Pucey me contagió su versión mortal de la mononucleosis al robarme mi primer beso, ¡el cual ni siquiera puedo sacar de mi cabeza por unos míseros cinco minutos! Tracey esgrimió una sonrisa ácida al pensarlo, tragándose el gemido que le trepó por la garganta cuando el estúpido cosquilleo volvió a aflorar por su estómago. Y así llevaba dos puñeteros días en los que no tenía la menor idea de por qué su mente se empecinaba en revivir una y otra vez el recuerdo de estar acorralada por esos ojos azules y el abrasivo toque de aquella sonrisa torcida, con todas las nefastas consecuencias que eso le provocaba. Se iba a volver loca. Acabaría perdiendo la razón a medida que lo que fuera que ese desgraciado le había contagiado le consumía por dentro. ¡Era tan humillante morir así! ¡Y siendo tan joven!

Miró los ojos celestes de Millicent y las ganas de contárselo le quemaron la garganta, para ser rápidamente evaporadas cuando se la imaginó frunciendo el ceño y arrugando la boca en esa mueca suya de desaprobación. Escuchó perfectamente su voz esgrimiendo la retahíla de «te dije que no debías juntarte con los mayores» y sus «no sé en qué estabas pensando para creerte que ibas averiguar quién anda detrás del monstruo», eso por no obviar el discurso de «¿mala persona? Déjate de chorradas y céntrate en lo que te tienes que centrar, que parece que vienes al colegio de juerga en vez de a estudiar».

Sí, a veces Millicent parecía la madre que apenas recordaba, así que no podía contarle nada de aquello sin esperar que no se pasara horas regañándola y le prohibiera definitivamente acercarse a Terence. Porque para ella todo era culpa de Terence. ¿Que quería colarse en una fiesta? Culpa de Higg por mal influenciarla. ¿Que se pasaba la noche despierta terminando un trabajo que no había querido hacer antes y Millicent tenía que despertarla al día siguiente? Culpa de Higgs, por pasar tanto tiempo con él que descuidaba sus estudios. ¿Que se acababan los panqueques en el desayuno? Culpa de Higgs también, que le había visto atiborrándose con ellos. ¿Que el gato de Berenice había estado apunto de comerse a una de sus ratas y Tracey no había hecho nada por impedirlo? Aún no sabía cómo, pero Millicent acabó zanjando la discusión con que aquello también era cosa de Terence. Y conociéndola, poca excusa necesitaba para partirle algún hueso a Higgs si así conseguía que se alejara de sus vidas.

No, Millicent no hacía ni el más mínimo esfuerzo por ocultar el hecho de que no tragaba al Slytherin de cuarto. Por usar sus palabras: para ella no era más que un chulo pedante y roñoso con aires de bohemio libertino que además tenía el estigma de ser un exhibicionista. Tracey se mordió el labio para evitar reírse al recordar el espanto desfigurando la cara de su amiga cuando Terence se quedó en calzoncillos en la fiesta de Halloween al perder a las cartas, y acabó por quitárselos también ya que, total, para dejar las cosas a medias mejor se quedaba desnudo del todo y así poder inspirar a los demás la gracia del hedonismo. «Mala hierba ese Higgs, un auténtico despropósito de ser humano», le había dicho, antes de sisearle un «aléjate antes de que te infecte a ti también». Millicent no parecía ver que ella venía infectada desde la cuna y había sido Pucey, no Terence, el que se lo había recordado.

Negó con la cabeza y, apoyando la cara en una de sus manos, se quedó con la vista perdida por una de las ventanas, esforzándose en no volver a recordar ese momento y evitar así que ese calor infernal la desquiciara más. Pero era imposible porque todo parecía llevarla una y otra vez al mismo tema. Si trataba de pensar que Pucey no tenía razón, esa vocecita ponzoñosa en su cabeza le espetaba el por qué entonces no se lo había quitado de encima. Eso la llevaba a maldecirle y odiarle por ponerla enferma al robarle su primer beso, lo que la alteraba aún más, y si trataba de enumerar las razones de por qué aquello no fue para tanto acababa exactamente en el mismo punto que le daba la razón a Pucey: ella era un mal bicho.

¿Lo era? Una gran parte de ella tenía que serlo porque no era exactamente normal que, una vez que supero sus palabras, le sobreviniera semejante rebote con él por robarle. Porque era eso lo que le fastidiaba, la humillación de que Pucey le hubiera robado su moneda de cambio. ¡Y encima con un beso tan malo! O puede que tal vez eso fuera culpa suya, después de todo quedarse estática con la boca semiabierta no se podía llamar el apogeo de una femme fatal. Soltó un gruñido molesto y cabeceó para darse un golpe con el pupitre al pensar aquello, ya era lo bastante malo no poder sacárselo de la cabeza como para que encima dejara que esa mierda de sensación auto-humillante la devorase. Seguro que era eso lo que ese bastardo quería. No, vale que Tracey no tuviera con qué compararlo y definitivamente no podía fiarse de las revistas que empapelaban la mesita de Parkinson o las novelas de fantasía erótica que leía Greengrass, pero el beso había sido horrible porque no tenía que haber sido para Pucey.

Y ahí volvía otra vez con esa sensación de ser una mala persona, ¿por qué? Porque nunca le había dado por soltar suspiritos estúpidos como Millicent cuando la aficionó a las películas y resultó que sus favoritas eran las de comedia romántica. O dejar la vista en el infinito recreándose con el momento perfecto como hacía Moon cuando hablaba de lo que sería su cita perfecta con su pareja de ensueño. No es que a Tracey no le hubiera dado por pensarlo alguna vez, pero siempre se había sentido más… práctica en todo ese asunto. No le interesaban los principitos ni los caballeros oscuros ni cualquier minima alusión al tipo ideal, mucho menos alguien que había conseguido que se pusiera enferma con algún tipo de virus que aún no se había ni descubierto. A Tracey le interesaba alguien de quien pudiera aprovecharse y ese beso habría sido el sello del acuerdo, un pago por alguna promesa valiosa o una situación interesante. Así de simple y fácil. ¡Y Pucey se lo había quedado a cambio de nada!

No, se lo había robado y le había dejado a cambio una enfermedad mortal. Puto diablo disfrazado de serpiente del averno. Tracey nunca había deseado tanto mal a una persona, pero a él le encantaría verlo hecho papilla entre los dientes del monstruo de Salazar. Y la sensación de triunfo que le invadía al pensarlo le volvía a carcomer el estómago porque en su colegio anterior no habían parado de repetirle que odiar así estaba muy mal, que debía ser un alma bondadosa y perdonar para estar en paz consigo misma. Pero Tracey debía de ser una persona más horrible de lo que creía, porque la única forma que tenía de imaginar el volver a estar en paz era disfrutando con que Pucey acabara sufriendo algún tipo de enfermedad corrosiva que le produjera una muerte lenta y agónica.

McGonagall dio por finalizada la clase cuando estuvo apunto de volver a golpearse la frente con el pupitre. Tiró el libro que ni siquiera había abierto dentro de la mochila junto al par de pergaminos y resto de enseres que tampoco había utilizado, ya le pillaría los apuntes a Millicent. Ahora sólo quería una solución mágica para que su cabeza dejara de ser semejante avispero. Le parecía ridículo que hubiera tantos hechizos para cosas tan absurdas como convertir un pájaro en un cáliz y sin embargo no existía nada que la ayudara a resolver de un plumazo sus dilemas.

—Ponte también la bufanda, que al final con la tontería vas a acabar enferma de verdad —indicó Millicent, haciéndole un lazo a la prenda mientras bajaban las escaleras, antes metérsela por la cabeza pese las protestas de Tracey.

—Me la pienso quitar dentro de diez minutos —rezongó, recolocándosela para que las pelusillas dejaran de hacerle cosquillas en la nariz, sin atreverse a quitársela de inmediato cuando su compañera le alzó el dedo como advertencia.

—Vamos a dar un paseo por los terrenos, tal vez lo que necesitas es un poco de aire fresco. No sé por qué no quieres contármelo, pero mi madre siempre dice que si pensamos demasiado en las cosas al final es el cerebro el que se pone malo, y eso sí que no puede curarse fácilmente, ¿sabes, Tracey? —aleccionó, girándose a mirarla… para ver que la había dejado hablando sola.

Millicent hizo un gesto de desesperación con las manos al tiempo que alzaba la vista al techo, clamando paciencia, para acabar poniéndose de puntillas y así tener una panorámica del pasillo de la quinta planta y descubrir dónde leches se había escondido esta vez. Soltó un suspiro de hartazgo cuando la vio agazapada tras la estatua de Boris el Desconcertado.

—Te parecerá bonito —la sobresaltó, cruzándose de brazos—. En algún momento tendrás que explicarme por qué parece que estés más loca que de costumbre. ¿De quién se supone que te estás escondiendo? —exclamó, cuando la otra se puso a chistarla llevándose el dedo índice a la boca.

—Son tres galeones por grill, pero te dejaré la pinta en cinco si me dices la nueva contraseña. Es malta pura, chaval, no suelo rebajar el precio pero hoy tengo un buen día…

Y Millicent lo entendió al oír aquel trozo de conversación: Higgs estaba junto a un grupo de alumnos haciendo uno de sus chanchullos al lado del baño de los prefectos. Sabía que ese pervertido iba a terminar por hacerle perder la cabeza, Tracey siempre había sido rarita pero lo de estos días se llevaba la palma. Ella no podía permitir que las cosas siguieran saliéndose de madre, tenía que atajarlas ya: muerto el perro se acaba la rabia.

—Voy a partirle esa cara de zorrillo pasota —sentenció, remangándose la túnica.

—¡Millicent, no! Terence no tiene la culpa, creí que estaba con Pucey —confesó Tracey, agarrándola del brazo para impedir que avanzara dispuesta a desmembrar al anterior buscador de Slytherin.

—¿Pucey? ¡Oh, no! —Se lamentó Millicent, sujetándola por los hombros—. Dime que no has cometido la estupidez de enamorarte de ese idiota. ¡Entra en tus sentidos, Tracey! —Le exigió, sacudiéndola como si fuera una maraca—. Eres demasiado joven para ese degenerado, puede destrozarte la vida.

—¿Quién se está poniendo ahora melodramática, eh? ¡Y deja de vapulearme, por los Cuatro Fundadores! —le espetó, revolviéndose entre las manos de su amiga hasta que consiguió agarrárselas—. Yo no he dicho nada de… de… ¡eso! —renegó. El sólo intento de pronunciar esa insinuación consiguió que un sudor frío le recorriera la espalda.

Millicent la miró fijamente, entrecerrando los ojos, evaluando el grado de veracidad en sus palabras mientras Tracey se recolocaba la ropa y trataba de conseguir que su respiración volviera a la normalidad después del forcejo para liberarse de los bamboleos.

—Estás demasiado perjudicada para darte cuenta, pero no te preocupes, puede que un par de huesos rotos y una semanita en la enfermería le enseñen a ese perturbado a no acercarse a las niñas. Y quizás verlo con la cara rota te libre de su embrujo.

Tracey parpadeó, estupefacta, ¿acaso había adivinado Millicent lo que había pasado? No era posible, ¿verdad? Tal vez solo había hecho una suposición teniendo en cuenta la reputación de Pucey y todo se había desmadrado al creer que ella podría estar enamo… encaprichada de ese idiota. ¿Había dicho que le enviaría a la enfermería?

—¡Millicent, no! —Repitió, apresurándose a detenerla, siendo arrastrada en el proceso—. ¿Quieres parar de una vez?

—Alguien tiene que enseñarle a ese pervertido que no puede jugar con quien le dé la gana. ¡Y después le escribiré a tu abuelo para decirle que has perdido la cabeza! —Amenazó la robusta chica, deshaciéndose del agarre de un solo tirón—. ¡Tú! —bramó, señalando a Higgs.

—¡Te he dicho que no es lo que piensas! —gritó la otra, terminando por saltarle a la espalda en un intento desesperado por hacerla parar—. ¡Cuando te pones bruta pareces un jodido Colacuerno! ¿Vas a detenerte ya? —imperó, aferrándose con brazos y piernas a la espalda de su compañera.

—¡Bájate de mi espalda! ¡Tracey, no estoy jugando! —avisó, dando vueltas entorno a sí tratando de desengancharla—. Al final te harás daño, ¿es que no puedes verlo?

—No lo haré si dejas de revolverte como un dragón enjaulado, ¿por qué tienes que ir amenazando con pegarle a la gente? ¿Y cómo te atreves a amenazarme con escribir a mi abuelo? —se ofendió Tracey, golpeándole el hombro, aunque eso casi consiguió que se cayera de culo al suelo.

—Porque alguien tiene que imprimirte un poco de sentido común en esa cabecita alocada que tienes. ¿¡Te quieres bajar ya!? —forcejeó Millicent, intentando soltar el agarre de sus piernas enroscadas entorno a su cintura.

—Chicas… ¿qué coño estáis haciendo? —les cuestionó Higgs, testigo de tan estrafalario espectáculo, acercándose a ellas cuando se despidió de aquellos con los que negociaba.

—¡A ti quería yo verte! ¿Dónde está ese enfermo que tienes por amigo? —Le espetó Millicent—. ¡Tracey, eso es mi nariz! —protestó, manoteando la mano de su compañera cuyos dedos habían estado apunto de meterse por sus orificios nasales.

—¿Cuál de todos? —Inquirió Higgs a su vez, metiéndose las manos en los bolsillos, con la carcajada bailándole en las comisuras de la boca mientras pasaba la vista de una a otra.

—¡Encima no te cachondees! —Resopló, funesta, sabiendo que estaba resultando poco intimidante por culpa de tener que evitar que la otra loca le dejara tuerta o sorda mientras seguía encaramada a su espalda, cosa que le hostilizaba aún más—. ¿Dónde… Pucey… y qué…?

—¡Vete, Terence! Ahora no es un buen momento —comandó Tracey, luchando por conseguir taparle la boca a Millicent ahora que había encontrado la posición adecuada y evitar que su humillación fuera mayor—. ¿Se puede saber por qué tienes tanto empeño en pegar a la gente por mí? Se supone que eres pacifista.

—¿Tú qué crees, pedazo de merluza empanada? ¡Una cosa es que tenga que aguantarte siendo una atolondrada y otra es dejar que estos dos zoquetes te vapuleen como si fueras su juguete! —dictaminó Millicent, logrando que ambas dejaran de forcejear en el mismo instante, llevándose las manos a las caderas para tratar de recuperar el aliento cuando notó a Tracey envararse.

—Me han llamado muchas cosas a lo largo de mi vida, pero creo que es la primera vez que zoquete es una de ellas. ¿Ese apelativo no está ya desfasado?

—Terence, no la comprometas —aconsejó Tracey, bajándose de la espalda de Millicent y poniéndose entre ambos, de cara a la chica—. Mira que eres… ¡joder, Milli! —Suspiró, doblándose un poco por el cansancio.

—Eso —asintió la aludida, empujándola, sonriendo al ver el desaguisado que estaba hecha la otra—. Tienes un aspecto horrible.

—¡Pues anda que tú! —Señaló Tracey, recomponiéndose un poco, aún jadeando por el altercado. Inspiró hondo y se irguió, volviendo a mirarla directamente a los ojos—. Yo...

—Lo sé —desestimó Millicent, rehaciéndose la coleta—. Por muy descarriada, cabezota e insoportable que puedas llegar a ser, estaré aquí y haré lo tenga que hacer para que tú también lo estés.

Tracey tragó saliva, notando un nuevo nudo en la garganta que deshizo lentamente ese malestar que le punzaba el estómago desde el domingo. Puede que, con semejante alboroto mental que traía, no se le había ocurrido pensar que había personas a las que no les importaba dejar que los demás hiciesen huella en ellos. Y, sobre todo, que había subestimado a Millicent.

—Trataré de no olvidarlo —prometió, recogiendo las bufandas de ambas que se habían caído por el ajetreo.

—Y si lo haces, simplemente volveré a recordártelo —Millicent se encogió de hombros, enroscándose la bufanda entorno a su cuello—. Pero puede que la próxima vez no te baste con saltar encima de mí —desdeñó, echándose la mochila al hombro—. Bajaré a por algo de comer, ¿te pillo algo a ti también?

—Por supuesto, acabo de sobrevivir a mi primera doma, guárdame doble ración de todo —pidió, sonriendo, antes de volver a tensarse cuando la vio acercarse a Terence.

—Tú sí que no deberías olvidarlo, puede dolerte bastante si tengo que recordártelo —aseguró Millicent, de cara a Terence, palmeándole el pecho con más fuerza de la debida y de la que el chico esperaba.

Sonrió complacida al verle poner una mueca de dolor, y se perdió satisfecha por las escaleras.

—¿Acaba de amenazarme? —se aseguró Terence, frotándose la zona golpeada, aún con la mueca.

Tracey asintió, recogiendo su mochila.

—¿Y tendría que tomármela en serio?

—No lo dudes ni por un segundo —reiteró Tracey, sonriendo ampliamente.

—¿Por qué parece que te hace feliz que tu amiga esté dispuesta a romperme en pedacitos?

—No lo parece, lo cierto es que me alegra bastante saberlo…

—Bien por ti, pero deberías aclararle que fuiste tú quien me buscó. No me parece justo por tu parte dejar que tu perro guardián me ladre por algo que ni siquiera he hecho… aún —se indignó el muchacho.

—¿Acaso no lo he impedido? Deberías estar más atento, Terence —señaló Tracey, haciéndose un moño con la varita antes de recolocarse la corbata—. Tú tampoco deberías subestimarla, Millicent puede llegar a ser mucho peor que un perro guardián, es amiga mía después de todo. —Tracey sonrió, marcando los hoyuelos pese a la mueca del chico—. Y, hablando de amigos, dile al tuyo que la próxima vez no le dejaré llevarse algo tan caro a cambio de un favor tan nimio, supongo que sabes de lo que estoy hablando.

—Tengo ligeras nociones, sí —asintió el chico, volviendo a meterse las manos en los bolsillos y a esgrimir su sonrisa perezosa—. Supongo que tuviste el fallo de los novatos, los negocios a veces son así de imprevisibles.

Tracey aumentó la sonrisa. Con todo aquel lío había estado apunto de olvidarse de algo tan básico, tan intrínseco a ella, como que había sido educada para llevarse siempre la mejor parte en todos sus tratos. Haber perdido de vista esa perspectiva la había desequilibrado: no importaba si era buena o mala, lo importante era llevarse la mejor tajada. Y si ya existía alguien dispuesta a aceptarla así, a quedarse a su lado, ¿por qué debería ponerse en duda?

—Por suerte ese fallo sólo se comete una vez.

Al fin y al cabo, puede que ella no quisiera que los demás le dejasen huella, pero nunca había dicho nada de no querer dejar la suya.


Nota: Para empezar, he de aclarar que cuando escribí esto estaba bajo los efectos de muchos analgésicos y alguna que otra décima de fiebre. En condiciones normales no soy capaz de idear situaciones tan absurdas y, lo que es peor, que las mismas me molen tanto cuando las releo estando "curada". Os puede parecer un jodido despropósito viniendo después de un capitulo serio como fue el anterior, pero oye, a mí me moló imaginármelas así: tan crías en medio del caos.

Para seguir, la clase de transformación la he ubicado en la sexta planta, ya que no tiene un lugar exacto y no todas las aulas están cerca de los despachos de quienes imparten la asignatura. De hecho lo único que sabemos de ella es que está a millas del despacho de los profesores de DCAO (información del sexto libro) y como en ese piso parece que no hay mucho... pues así aprovechamos espacio.

Y para finalizar: puede parecer una gilipollez, pero a mi me hace ilusión estar tan cerca de los 50 Reviews (sobre todo con la fobia que he tenido siempre a dejar que otros me lean). Así que gracias por comentar, en especial a Silvers por el megareview y a lunitadicembre por hacerlo capitulo a capitulo a pesar de lo fácil que es leerlo todo de un tirón y comentar al final. Y, en fin, que sois todas unas hadas molonas.

Oh, se me olvidaba: feliz año nuevo de la Serpiente.