Todos los personajes pertenecen a Hidekaz Himaruya, sin ánimos de lucro.
Capítulo VII
Heracles estuvo observando al turco por un buen rato, para asimilar lo que le acababa de decir. En realidad, no estaba muy seguro de haberlo escuchado muy bien. ¿De verdad quería pasar la noche recostado junto a él? ¿O eran sus ansías tan grandes que oía lo que quería? No quería decir una insensatez por temor de que el otro se molestara.
Por supuesto, él no tenía ningún problema en hacerlo.
—¿Vas a…? ¿Vas a acompañarme esta noche? —Sadiq reiteró su pregunta, mientras que intentaba evadir con mucho esfuerzo la mirada inquisitiva del griego. Por supuesto, el rubor no se lo quitaba nadie, por más que lo quisiera.
—¿Es lo quieres? —El griego tenía sus dudas al respecto. No era por el hecho de acostarse y sentir su respiración tan de cerca o que tal vez pudiera ocurrir algo entre ellos, sino más bien porque se preguntaba qué era lo que el turco buscaba con todo eso.
—Por algo te lo estoy pidiendo, idiota —le reclamó. Se rascó la nuca y de reojo, observó la reacción de su huésped. Sabía que después de los tratos que había recibido de su parte, era capaz de rechazarlo y lo comprendía perfectamente. Sin embargo, esperaba que no fuera así.
De repente, el otro le agarró de la mano. Simplemente, el griego había sentido el impulso de hacerlo, sin pensar realmente las consecuencias.
—Entonces, vamos —respondió Heracles, luego de ladear su cabeza. Aunque todavía había un enorme trecho entre ellos, parecía que esa noche el turco había decidido zanjarlo o al menos, dejar los problemas que los mantenían separados hasta que llegara el amanecer del día siguiente.
Entraron al dormitorio y Sadiq directamente se sentó sobre la cama, precisamente, en el lugar dónde solía acostarse cuando aún era pareja de Heracles. Dejó escapar un profundo suspiro, ya que no sabía qué decir ahora. De vez en cuando, miraba de reojo al otro.
Éste, por el contrario, no dudó en lo que iba a hacer. Se acomodó justo detrás del otro y comenzó a darle masajes. Nada de preguntas, nada de respuestas, nada de conversación que no venían al caso. Se limitó a un simple contacto físico, tan necesitado y deseado por ambos.
Ninguno habló del asunto; Sadiq sólo cerró sus ojos para disfrutar de los suaves frotes que el otro le daba contra su espalda y Heracles se concentraba únicamente en dicha actividad. Éste, de inmediato se percató de lo tenso que se hallaba el primero. Se cuestionaba si había algo más que podría hacer para que aquel pudiera relajarse.
Fue entonces que al griego se le dio un antojo. No estaba seguro de cuál sería el efecto sobre el turco, si lo golpearía e inclusive, si lo echaría del apartamento. Sin embargo, sabía que no podía aguantarlo por más rato, así que mientras que el otro disfrutaba plenamente del masaje, le dio un suave y cálido beso en la nuca.
Luego se apartó del otro. Pero no reaccionó en lo absoluto. Es decir, no respondió cómo lo esperaba. Así que continuó con las caricias que le estaba dando por la espalda desnuda, como si nada hubiera pasado. Sin embargo, quería saber qué le había parecido.
No obstante, al turco le había agradado bastante aquella demostración de afecto. Sonrió levemente, le daba la impresión que era una noche más junto a él, antes de que se hubieran separado. Y tras unos minutos en completo silencio, éste decidió hablar.
—¿Me contarás qué ocurrió después? —preguntó el dueño del piso después de un rato. Movió su cabeza de un lado a otro y se dio media vuelta, colocando una de sus manos sobre la rodilla del otro. Estaba intentando ser un poco más… Amable, tal vez.
Heracles casi se sorprendió por el tono que empleó. No le ordenaba o exigía, sino más bien parecía pedirle en forma, como se debía. Luego de acariciar la barbilla del otro, asintió y se acomodó a su lado. No sabía cuánto podría decirle, porque la ducha que se había dado anteriormente y el estar ahora acostado sobre la cómoda cama, le estaban dando bastante sueño.
Sadiq se acostó a su lado, guardando un poco de distancia. Con cierta timidez, tomó la mano del griego, haciéndolo parecer un "accidente". Por supuesto, ambos sabían que no lo era, que estaba lejos de serlo. No obstante, ninguno de lejos quiso decir algo al respecto.
Simplemente se miraron por un buen rato y luego el mayor apartó sus ojos, como quien no quiere la cosa, mientras que le apretaba un poco más fuerte la mano al otro.
—Bueno, voy a seguir en donde me quedé —El griego se tocó la barbilla, ya que no recordaba exactamente en dónde había dejado la narración. Después de un rato, se puso a hablar sobre ello.
Ambos se dirigieron al fondo del autobús y ya que Francis se había distraído con un par de chicas que acababa de ver, Heracles pudo sentarse del lado de la ventana. Puso su mochila y maleta en el compartimiento superior, para luego recostarse. Aunque no era precisamente de lo más cómodo que había, pensó que pudo haber sido peor.
Miró por un buen rato por la ventana. ¿De verdad estaba a punto de emprender un viaje por todo el país sin decirle una sola palabra a Sadiq? ¿Realmente iba a dejar a su pareja de tantos años por una alocada aventura con Francis, sin tener la certeza de que era lo que necesitaba? Sacudió su cabeza, como si de ese modo pudiera despejarse de las dudas que estaban invadiéndolo.
No podía evitar pensar en la cara que pondría el turco cuando descubriera que se había ido. ¿Se enfadaría? Bueno, de eso estaba completamente seguro. La cuestión era qué tanto. ¿Lo buscaría por la ciudad? ¿O se haría del que no le importaba en lo absoluto, aguardando a que regresara? Bueno, tal vez podría llamarle por teléfono, una vez que llegara a la nueva ciudad… Aunque sabía que era una pésima idea.
La voz de Francis, finalmente, consiguió sacarle de todos esos pensamientos.
—Espero que no estés pensando en él —dijo en voz alta a la vez que le ponía una de sus manos sobre su hombro. Sabía que estaba completamente en lo cierto, por lo que tenía que distraerle de inmediato —. Ya encontré un lugar donde podremos quedarnos por unos días —explicó con orgullo.
—¿De verdad? —Éste abrió sus ojos ampliamente, sorprendido por la rapidez del otro.
—Ajá —Señaló a un par de chicas que estaban sentadas un poco más adelante y quiénes le saludaban de forma coqueta —. Acabo de hablar con esas bellezas y me dijeron que podíamos estar en su piso sin tener que pagar nada —comentó contento de lo que había obtenido.
No obstante, eso no fue suficiente para que le sacara de su cabeza a su pareja o ex o lo que ahora fueran. Tendrían que ser más que dos chicas con linda cara para conseguir olvidar el hecho de que había abandonado al turco. Sin embargo, pensó que lo mejor que podía hacer en ése momento era cerrar sus ojos y dormir hasta llegar a la otra parada.
—No sé por qué no me extraña —comentó Sadiq tras escuchar sobre la siesta del griego.
—Bueno… —Se encogió de hombros y luego le miró con sus brillantes ojos verdes, como si no tuviera la culpa de amar la siesta.
El otro se incomodó un poco por la mirada, se ruborizó y miró hacia la puerta, con tal de no hacer contacto visual. ¿Acaso pensaba derretirlo? Respiró profundamente, intentando resistirse, pese a que, conforme pasaba los días con él, le resultaba cada vez más difícil estar enojado con él.
—Continúa… —le pidió el hombre de tez oscura, ya que no sabía por cuánto tiempo más su fuerza de voluntad podría dominar a sus impulsos. Apenas estaba resistiendo aquel torso perfectamente moldeado que estaba a su lado.
—Está bien —Asintió, aparentando no darse cuenta de ciertas señales que el otro le enviaba.
Después de llegar a la ciudad, comenzaron a seguirle a esas dos chicas, cuyos nombres eran Elizabetha y Bella. Heracles, en realidad, no estaba prestando demasiada atención a lo que ellas decía y menos mal, era Francis quien hacía toda la plática. Solamente les había saludado como correspondía y se puso a mirar los alrededores.
La ciudad no estaba nada mal. Nada mal. Era evidente que había llegado el verano, había una inmensa cantidad de personas rondando por las calles, con muy escasa ropa y divirtiéndose a lo lindo. No podía negar que Francis había elegido un buen sitio por dónde empezar el viaje. Le parecía hasta emocionante y esperaba poder explorarlo en cuanto pudiera.
Llegaron al piso en cuestión. Francis le mostró ambos pulgares arribas para indicarle que todo estaba bien y para que se animara un poco más. Heracles se limitó a sonreír un poco mientras que seguía al trío que iba delante de él. A él le habían encargado llevar el equipaje del resto y con agrado había aceptado.
Después de acomodarse en el lugar, fue a ducharse mientras que los otros tres hablaban animadamente. En su camino a la ducha, se encontró con el teléfono de la residencia. Lo miró fijamente por un buen rato. ¿Qué se suponía que debía hacer? Se sintió tentado en llamar a Sadiq en ese preciso instante y contarle acerca de dónde se encontraba. No obstante, sabía que sería un craso error por lo que siguió con su camino.
Esa misma noche, se acostó sobre el sofá para poder descansar tras esa jornada extenuante emocionalmente. Francis se sentó a su lado, para conversar un rato. Aunque había pasado casi todo el día con ambas mujeres, no había olvidado a su amigo por nada del mundo. Simplemente había esperado el momento correcto para conversar con él.
—Es la primera noche. Te puedo asegurar que si consigues no llamarlo hoy, luego no sentirás más esa tentación —explicó el francés, cual guía sentimental. Lo había dicho de una manera tan convincente, que parecía vendedor de esos que salen en la televisión.
—¿De verdad? —preguntó el griego, pues esperaba que fuera así. Miró el techo, con los brazos abiertos, pensando en qué estaría haciendo Sadiq. Por más que procuraba desviar esos pensamientos hacia otro lado, le resultaba imposible. Realmente deseaba que lo que le acababa de decir el rubio fuera cierto.
—¡Claro sí, mi amigo! —exclamó con una brillante sonrisa que podría dejar ciego a cualquiera que la viese —.Tú seguro que conseguirás a alguien en nuestro viaje y te olvidarás por completo de él. Y él se buscará otro y no te recordará más —respondió, intentando animar al griego. Aunque ése no fue el efecto que provocó en él.
Después de un buen rato de conversar, el francés se recostó y se quedó dormido por completo. El hombre le miró por un buen rato, casi envidiándole por su forma de pensar tan ligera, tan libre. Deseaba… Deseaba realmente no sentir esa atadura que tenía con el turco, por más distanciados que ahora se hallaban.
Heracles estaba intentando dormir, pero no podía hacerlo. Estaba imaginándose lo que Sadiq estaría haciendo o lo que haría más adelante. ¿Se buscaría alguien más, como lo había dicho Francis? ¿Lo borraría para siempre de sus recuerdos? Aunque no le culpaba si lo hiciera…
—Eres más estúpido de lo que pensaba —dijo repentinamente el turco, interrumpiéndole. Estaba con demasiado sueño como para seguir escuchando la historia, pero no lo suficiente para reprenderle —. Yo… —. No había pensado exactamente qué le diría, además de que le daba bastante vergüenza. No obstante, ya que había empezado a hablar, supuso que debía terminar —. Yo… Yo creí que ibas a regresar así que te esperé —. Acto seguido, se tapó la cara con la almohada, ya que no soportaba la mirada del griego.
Éste sonrió y comenzó a reírse. Parecía que Sadiq estaba comenzando a ablandarse lentamente, cosa que realmente le gustaba. Estaba harto de esa maldita muralla con la cual se había rodeado. Sabía que no era algo fácil de derribar por lo que estaba bastante satisfecho con lo que había logrado.
No quiso decir nada para no arruinar el momento. Se arrimó al turco y se recostó encima de su pecho, para escuchar lo rápido que le estaba latiendo el corazón. El otro se destapó la cara, dejando ver su suave rubor. Se quedó en completo silencio. Lo único que hizo luego fue abrazar al griego, disimulando un poco.
—¿Estás bien? —indagó Heracles después de un rato. Le daba la impresión de que estaba un poco acalorado, a pesar de que no hacía más de una hora desde que se había duchado y la temperatura no estaba muy alta en aquella noche.
—¿Y por qué no lo estaría? —le respondió, queriendo evadir la respuesta. Ambos la sabían, era absurdo ponerla en palabras.
Transcurridos unos minutos, Heracles volvió a tomar el impulso y volvió a besarle. Ésta vez, fue directo a los labios. Y ahora, sintió cómo el turco le correspondía.
—Mañana… —Después de aquel suave y cálido beso, Sadiq había tomado una decisión. No sabía si más adelante se arrepentiría de ello, pero en aquel momento, no le importaba en lo absoluto —. Mañana iremos a traer tus cosas —comentó, para luego cerrar sus ojos.
Cinco capítulos más~
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