Hola! no actualizaba, literalmente, desde el año pasado. Pero aquí está el final de los finales... tarde, pero espero que les guste. Me disculpo, egreso pronto de la universidad y mi Tesis me tenía absorbida, luego dormí mucho intento volver a la vida y bueno... aquí estamos. Agradezco desde ya sus comentarios aquí en la cajita, y como última cosa, mi otro fanfic será actualizado dos veces antes del viernes (porque estoy de vacaciones y porque soy la peor del mundo por dejar tanto tiempo botado este espacio :C )

gracias, y a leer!

D~


7.

Comieron en silencio en el pequeño comedor de la forense, Molly picaba de sus papas y miraba de vez en cuando a Irene, que lucían tan elegante como siempre, y pese a estar comiendo algo tan común le daba un aire de perfección y sofisticación al ambiente.

-¿De todos estos, cuál es tu libro favorito? – habló Irene de repente con su voz firme de siempre. Molly la quedó mirando como si volviese de un mundo aparte y pestañeó un par de veces antes de procesar la pregunta y dar la respuesta requerida. Irene señalaba hacia su biblioteca.

-Sé que tengo cara de amar la saga Crepúsculo… -ironizó Molly. Irene le dio una media sonrisa- pero mi libro favorito es Harry Potter y el Cáliz de Fuego.

La Mujer abrió los ojos como si se sintiese sorprendida, mientras se echaba otro poco de papas en la boca. Esperaba que Molly continuara hablando.

-Los leí entre que estaba en la secundaria y estudiaba en la universidad. Sobre todo cuando estaba en la universidad… me sentía niña cuando los leía la verdad. Y me gustaba el personaje de Hermione, creía que podría llegar a ser como ella… eventualmente. –Molly terminó de hablar comiendo otro poco de su porción. Luego se puso de pie y caminó hacia la cocina desde donde habló.

-¿Jugo? ¿Gaseosa? Creo que no tengo alcohol… -ofreció.

-Jugo está bien, gracias. –contestó Irene, despreocupada.

-¿Y cuál es tu libro favorito? –preguntó Molly con la cabeza dentro del refrigerador, sacando un jarro con jugo al parecer, de naranja.

-Cuentos de Eva Luna… -murmuró Irene mientras Molly le acercaba un vaso y le servía un poco de jugo, agradeció con una inclinación de cabeza y Molly volvió a su puesto.

-¿Qué tiene de interesante ese libro?

-Son cuentos con mujeres protagonistas. Mujeres inteligentes y atractivas.

-Como tú. –se le escapó a Molly con naturalidad. Irene le sonrió coqueta y Molly se sonrojó un poco, pero salió del paso- no me pongas esa cara, Irene. Ambas sabemos que además de que eres la más bonita de este cuarto eres muy inteligente… Hablas cosas acertadas, sabes cómo hacer sentir bien a otra persona sin dejar de sentirte bien tú misma y tienes habilidades que cualquier chica quisiera tener y… bueno, eso principalmente. Creo que eres genial, y muy valiosa…

Molly volvió a comer un poco de su plato con su tenedor desviando la mirada de La Mujer, mientras esta se había quedado de piedra. Si alguna vez alguno de sus clientes había destacado su belleza o su astucia, era envuelto en palabras sucias o peticiones desesperadas por continuar manteniendo la relación sexual como tal activamente. Eran palabras siempre rodeadas de lascivia. Pero Molly acababa de decirle lo mismo que ella sabía y había oído tantas veces con una naturalidad e inocencia que ella no conocía. Y no solo eso. Le había dicho era valiosa. ¿Valiosa para quién? No lo sabía, pero Molly se lo había dicho con la misma sencillez de palabras que tenía siempre.

-Muchas gracias Molly… no… no sé qué decir… - titubeó La Mujer.

-No tienes que decirme nada Irene… es lo que creo de ti solamente. –interrumpió Molly.

Irene dejó su plato a un lado, aún le quedaba un poco por comer, pero con el jugo había terminado de sentirse satisfecha. Molly entendió la señal.

-Puedes…hay un balcón afuera, es pequeño, pero se alcanza a ver el London Eye que está muy lejos –rió Molly como intentando volver todo a su cauce natural- el baño está por allá y bueno, si quieres que ponga algo de música, puedes hacerlo, siéntete como en casa…

Molly comenzó a recoger los platos y las bolsas de comida para llevar acumuladas en la mesa, e Irene la imitó.

-¿Qué haces?

-Dijiste que me sintiera como en casa así que te ayudaré a mantener el orden… -razonó Irene mientras recogía otro poco de cosas. Molly le sonrió a modo de agradecimiento.

Ambas fueron a la cocina de Molly, donde esta lavó los pocos platos sucios y luego ordenó la mesa, recogiendo lo que quedaba. Salieron al balcón y conversaron durante otro rato acerca de la ciudad y comentando, de vez en cuando, cosas personales de ambas. Molly no sabía que Irene había sido una de las mejores estudiantes de su generación de secundaria y bachillerato, o que su comida favorita era efectivamente, el pescado con papas aunque casi no lo comía, o que le gustaba el invierno por sobre cualquier otra estación ya que podía disfrutar más del Earl Grey. Volvieron a entrar al apartamento cuando la noche ya había caído completamente sobre la ciudad. Entonces prepararon un poco de té para ambas. Molly, que ya sabía cómo Irene lo prefería, se lo sirvió y ella le agradeció por ello.

Irene no quería decir nada, pero nunca se había sentido tan apreciada y ¿querida? como se sentía en ese preciso momento con Molly. Tenía con ella detalles que nadie había tenido antes, quizás Jane, pero si Irene no le pagara por ser su mucama sabía que sería completamente diferente. Molly en cambio parecía hacer y actuar sencillamente porque sí.

Estaban a mitad de la taza de té, cuando Irene habló entonces, para expresar su gratitud hacia Molly.

-Eres admirable, Molly.

La castaña dejó su té a medio camino hacia su boca y la miró con cara de pregunta.

-Cuando te conocí…bueno, vi que eres una chica honesta, buena y amable. Admiro que seas así, que te hayas sobrepuesto a las cosas malas que te han ocurrido no dejando de ser como eres.

Molly le dio una sonrisa tímida.

-No sé que decir Irene, yo…

-Nada. No digas nada. –la cortó ella- es solo que… no estaba acostumbrada a conocer gente como tú, solo es eso. Y lo siento por lo del otro día…

-Está bien. –se apresuró en responder Molly.

-¿Qué? –Irene esperaba dejar el tema hasta ahí, pero se sorprendió al oír eso.

-Que está bien… Creo que nunca había besado a una chica antes… - dijo ella con soltura.

-¿Y eso qué significa? –Irene pensó en algo, pero prefería recibir la confirmación de la castaña.

Molly no respondió, pero la miró de una manera muy particular y tomó otro sorbo de té. Irene comprendió el mensaje de inmediato. Después de todo, era una experta en las artes de la seducción.

-¿Estás…segura…?

-Ya me acabé mi té, con permiso. –se excusó Molly poniendo cara de circunstancias y se dirigió a su habitación.

Irene dejó su brebaje a medio beber y siguió a la forense hasta su cuarto. Molly estaba sentada en su cama. Si su vestíbulo era pequeño, su cuarto lo era aún más. La cama cabía apenas en el cuarto junto con el clóset y un espejo.

-Como verás mi cuarto es la mitad de tu guardarropa… -comentó ella con inocencia.

Irene la miraba aún desde la puerta. Estaba complicada, no sabía si ponerse en su lugar de Dominatriz, o qué. Pero mientras Molly la miraba con sencillez desde su cama, entonces Irene se dio cuenta de cuantos años habían pasado sin que ella hubiese dormido una sola vez con alguien porque simplemente quería. Sin tener ningún rol. Molly implícitamente le pedía que sencillamente fuese ella, y La Mujer no sabía cómo era Irene Adler en la cama.

-Es un bonito cuarto, Molly. –Irene se acercó a ella y se sentó a su lado. El silencio reinaba en la habitación. Molly tampoco estaba muy segura de lo que pretendía hacer, pero entonces simplemente se recostó en la cama, dejando su espalda apoyada en el cabecero. Después de todo, era su casa.

-¿Puedes responderme con honestidad lo qué te voy a preguntar? – Irene miró a la castaña en un gesto de afirmación- ¿Por qué me buscaste…? ¿Al comienzo de todo esto, cuando comentaste en mi blog por qué querías hablarme?

-Porque Sherlock y John confiaban en ti. –contestó La Mujer, segura- y luego decidí que quería seguir viéndote porque me parecías interesante… -para entonces ya estaba sentada frente a Molly que solo la miraba con sus ojos muy abiertos y llenos de curiosidad.

-¿Y por qué me besaste? – preguntó Molly directamente, inclinándose sobre la cama. Irene se sintió incómoda ante la pregunta tan directa que Molly le acababa de hacer y por la repentina cercanía que creaba entre ellas.

-Eso fue porque ya te conocía Molly, como te dije, tenía curiosidad. – Se hizo un breve silencio entre las dos.

-¿Te gusto? –Molly ahora hablaba muy cerca de Irene, quien notó como nuevamente sentía algo raro en el pecho ante las preguntas directas y las señales que Molly le estaba enviando. ¿Cómo de pronto la introvertida chiquilla de pelo castaño se había vuelto tan coqueta?

-Claro… -respondió Irene en voz baja. La forense tenía las pupilas dilatadas y dejó su boca entreabierta. Irene seguía intentando aclarar para sí misma el cómo llevar la situación, mientras que Molly hacía sencillamente lo mismo que había hecho siempre que lograba llegar a este punto con los chicos. Seguir el impulso.

-¿Todo bien? –preguntó Molly nuevamente. Irene asintió en silencio- si te hace sentir mejor ser dominante… no tengo problema…

Irene rió y agachó la cabeza. La situación se había vuelto completamente surrealista.

-Creo que la última vez que estuve así con alguien fue hace más de quince años…

-¿Así como? –susurró.

-Con alguien con quien sencillamente quería estar –un quejido salió de la boca de Irene al decir eso- normalmente me piden asumir un rol, o me pagan por hacer cosas…

Molly entonces se acercó lentamente al cuello de Irene, dejando un sutil beso junto a su garganta.

-Siéntete cómoda. Eso quiero que seas, Irene. Que seas Irene Adler y te sientas cómoda…

Entonces Irene simplemente se acercó a Molly y volvió a besarla como hace una semana, pero ahora con mucha más confianza. La castaña también recibió el beso mucho más abierta, mientras Irene comenzaba a subirse sobre su cuerpo. Sabía que Molly nunca había estado con una chica, y ella tenía la experticia de saber lo que había que hacer para llevarla al cielo y traerla de vuelta. Una vez que Molly ya estaba recostada nuevamente contra el cabecero, Irene la miró por un momento, porque aún tenía la duda de cómo debía comportarse, sin embargo, Molly omitió la mirada cargada de duda de La Mujer y siguió besándola e invadiendo su boca con su lengua en un beso que si bien era demandante, al mismo tiempo era suave y cargado de ternura. Bien, al parecer Molly también sabía cómo manejar los impulsos, y a Irene no le sería difícil seguir adelante por sí sola.

Molly desabrochó lentamente la blusa de Irene, dejando un brazier negro al descubierto que contrastaba con su piel pálida y la carne pegada a los huesos. Le pareció muy delgada, pero al mismo tiempo, la criatura más hermosa que había visto, con ese cabello negro cayéndole por los hombros, perdiéndose entre la pálida piel. Irene le sonrió coqueta al mismo tiempo que le sacaba por la cabeza la camiseta a Molly, dejándola despeinada y con su ropa interior rosada expuesta.

-Pareces una leoncita… – murmuró Irene acariciando el desordenado cabello de Molly. En respuesta ella solo mostró sus dientes y rió por lo bajo. A Irene le tomó menos de quince segundos quitarse los zapatos y los pantalones, pese a lo ajustados que le quedaban, mientras la castaña imitaba su actuar y también se desvestía con apuro, sin detenerse a pensar una sola vez en lo que pasaba, sino que solo disfrutando el momento.

Cuando ambas ya quedaron solo en bragas, Irene se detuvo. Tenía que reconocer lo hermosa que le parecía Molly, con el pecho lleno de pecas y los pezones claros apuntando directamente hacia ella. Sonrió, sintiéndose más emocionada por el hecho de compartir un momento como aquel con Molly, que por el hecho de que ella era una Dominatriz al mando de algo. Molly en tanto, insistía en buscar su cuello para repartir besos por toda su extensión, alzando disimuladamente su mano buscando llegar a uno de los firmes senos de Irene.

-Puedes tocar… -ronroneó Irene tomando a Molly por el cabello. Nada de lo que había hecho antes era comparable con darle permiso a la castaña para que le tocara y recorriera libremente. Tenía la garantía de que Molly no sabría qué hacer, por lo cual La Mujer terminaría al mando de todos modos. Pero descubrió su error en el momento preciso que Molly apretó suavemente uno de sus pezones mientras buscaba su mirada. Soltó un pequeño gemido que no alcanzó a reprimir, y entonces algo en su interior le dio la alerta de que debía comenzar a empoderarse como siempre lo había hecho, y mientras Molly seguía contemplando y tocando el cuerpo de Irene, esta la empujó suavemente en la cama, situándose lentamente sobre el cuerpo de la castaña. Molly se dejó caer, dejando también su cabello castaño esparcido por toda la almohada. Irene volvió a besarla y recibió una buena acogida en la boca de la forense, en esos labios tiernos pero demandantes. El sentido común de Molly llevaba ya un buen rato bloqueado, de no ser así, ni siquiera hubiera podido invitar a Irene a su casa aquella tarde, y menos aún permitir que pasara la noche ahí. Pero terminó de perder la cordura completamente cuando Irene le quitó las bragas y luego de unos momentos de contemplación, puso sus dedos sobre aquel botón nervioso que la llevaba a la gloria. Molly cerró los ojos y ahogó el gemido que comenzaba a brotar de su boca. Irene desvió la mirada del bajo vientre de la castaña. Molly la miró asustada, pues la cara de Irene era una mirada predadora y una sonrisa cómplice que le causaba algo extraño en el pecho.

-No por favor Molly. Necesito oírte... –le pidió en un susurro- ¿puedes hacer eso por mí? ¿Puedes gemir cuanto quieras por mÍ?

-S…sí. –respondió en un susurro ahogado. Irene le sonrió con las pupilas dilatadas y las mejillas rosadas, y volvió a presionar el mismo punto en Molly, quien ahora soltó un largo y dulce gemido. Irene cerró los ojos, fascinada ante el sonido que acababa de oír. Entonces apretó nuevamente con sus dedos índice y corazón en el mismo punto, recibiendo nuevamente otro gemido cargado de placer por parte de Molly, quien yacía con los ojos cerrados y los labios entreabiertos.

-Bien, podemos ir hasta el siguiente nivel entonces… -comenzó a mover sus dedos en el sentido de las agujas del reloj mientras que con su mano libre acariciaba uno de los senos de Molly, quien ahora le miraba fijamente. Irene estaba recostada junto a ella, cargando su peso sobre una parte de su cuerpo.

-Bésame, Molly. –demandó La Mujer. Molly no se hizo el rogar y nuevamente volvió a probar de los labios carmesí de Irene, en un beso lento y dulce, pero cargado de deseo. ¿Por qué Molly nunca había besado a una chica? Jamás se le había presentado la oportunidad, pero ¿Besaría a cualquier mujer? ¿O era Irene en particular de quien le gustaría continuar recibiendo estas expresiones de pasión? Molly apartó la larga lista de preguntas que asomaban por su mente, concentrándose en la boca de Irene, en el tacto de su lengua, de sus respiraciones acompasadas y de esas manos que la estaban empujando lentamente al borde de la locura. Molly sencillamente se dejaba hacer, mientras en algún lugar remoto de su mente consciente pensaba en qué hacerle a Irene como retribución por todo lo que hacía ahora.

-Bien, ¿más relajada? –inquirió Irene. Molly asintió en silencio con una sonrisa bobalicona. La Mujer tomó una de las almohadas de la castaña y en un rápido movimiento dejó posicionada esta en su espalda baja- veamos si esto te agrada también…

Molly pensó en qué era lo que pensaba hacerle Irene ahora, pero la cabeza le dio vueltas cuando sintió a Irene posar la misma boca con la que le había besado anteriormente justo en su entrada. Irene la miraba entre sus muslos pálidos, con la misma mirada vivaz y sonrisa depredadora. "pero mira que húmeda estás" le comentó, pero Molly estaba algo ida por lo que no pudo saber si realmente lo había dicho o lo había imaginado, hasta que La Mujer hundió su cara entre su intimidad comenzando a trabajarla con su lengua. La castaña exclamó una maldición con un gemido ahogado, mientras buscaba donde aferrarse. Irene continuó su labor sin quitar la mirada de los ojos de Molly, quien tampoco le quitaba los ojos de encima, sorprendida de lo que estaba viendo y sintiendo. No le cabía duda de que lo que Irene estaba haciendo en ese preciso momento con ella no era nada menos que el mejor sexo oral que había recibido en mucho tiempo. Irene en tanto, se deleitaba mientras degustaba de la esencia de la castaña, que le pareció casi tan dulce como ella misma. Se regodeaba en sí misma de verla hecha una maraña de gemidos y ojos entre cerrados, como buscando liberarse de algo. Pero era evidente lo mucho que lo disfrutaba. Prosiguió en su labor unos cuantos minutos, mientras que de la boca de Molly seguían saliendo los mismos dulces sonidos. Irene se alejó un poco de la entrada de Molly y se pasó el dedo medio por su labio inferior, limpiándose los restos de la esencia de la castaña.

-Eres tan dulce… -murmuró con voz profunda. Molly soltó una risita- ¿todo bien? - la chica asintió en silencio- déjate ir, Molly querida… -sugirió Irene aún con la voz cargada de deseo y dándole una traviesa sonrisa- déjate ir… -reiteró antes de volver a hundir su boca en la intimidad de la forense.

Ella no había entendido a que podría haber hecho referencia Irene con aquello de "dejarse ir" hasta que de pronto, y mientras Irene besaba sus labios al mismo tiempo que hundía los dedos en su húmeda entrada mientras que con el pulgar seguía acariciando su clítoris, comenzó a sentir un frío en la altura del sacro. Luego en su bajo vientre. Sentía que quería llorar y reír al mismo tiempo y reprimió un chillido antes de que saliera de su boca. Irene notó esto y se alejó solo un poco mientras volvía a murmurar "déjate ir". Molly entonces comprendió a lo que Irene se refería y entonces el gemido que había omitido recién, salió de sus labios mientras sentía que en su interior algo se contraía, al mismo tiempo que la invadía un calor que le venía desde donde Irene estaba justo en ese momento, hasta el último de los cabellos de su cabeza. Sentía todo el cuerpo sensible y frágil; si le hubiesen pasado sobre la piel un pluma, hubiese sentido que todo en ella explotaba de una forma que no recordaba haber sentido antes. Era ese mismo orgasmo prolongado lo que Irene había esperado obtener de Molly. La Mujer se sentía contenta de haber logrado llevar a la castaña justo donde quería, y de sentir los músculos internos de la forense contraerse entre los dedos que tenía dentro de ella buscando precisamente eso: llevarla a la gloria. Lentamente salió del lugar donde había estado los últimos minutos y volvió a recostarse junto a Molly, mientras esta aún se encontraba sensible por todas las sensaciones que acababa de vivir. Puso una mano sobre el pecho de la forense al tiempo que le daba un delicado beso en los labios. Molly sonrió ante el contacto.

-¿Te quedarás a dormir, no? –inquirió con un dejo de preocupación. Irene se recostó sobre su espalda y se quedó mirando el techo- ¿Irene?

Se hizo un silencio. Irene miró el techo otros pocos segundos. Estaba contenta, pero al mismo tiempo, confundida. ¿Qué acababa de hacer? Ahora era cuando las personas insistían por más, o le pedían que saliera del cuarto porque sucumbían a la vergüenza de lo que acababan de hacer. En cambio Molly ofrecía su techo y su cama para pasar la noche.

-¿Quieres seguir haciéndolo…? –tanteó La Mujer. Molly ahora apoyó su peso sobre un lado de su cuerpo, volteando para ver a Irene que seguía mirando al techo. Se acomodó el despeinado cabello detrás de su oreja y buscó la mirada profunda de La Mujer.

-No… no lo sé la verdad. Si quieres podemos dormir, o ver la tele… o puedo hacer té…

Irene rió. Se sentía aliviada. Aún tenía ese dejo de confusión producido por todas las otras veces que se enfrentaba a la situación post-coital, pero Molly parecía bastante relajada.

-Quisiera dormir…

-bien.

Se movieron perezosamente. Molly aún desnuda, mostrando las pecas y lunares que adornaban su pecho y su espalda, e Irene aún con las bragas negras puestas. Parecía muy normal para ambas estar así, como si lo hubiesen estado haciendo desde hace tiempo. Quitaron el edredón y las sábanas y se metieron debajo de las mantas, cubriéndose con toda la ropa de cama en la pequeña cama de Molly.

-Gracias Irene… -murmuró Molly rodeándola por la cintura y volviendo a besarla en el cuello- me ha gustado mucho compartir esta experiencia contigo…

Irene suspiró, dejándose rodear por los brazos de Molly, y como nunca, cayó rendida lentamente ante el sueño en los brazos de la mujer con la que acababa de tener sexo oral.

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No supo cuantas horas habían pasado realmente, pero alguien había apagado la luz y ahora solo se colaba la luz de los primeros rayos de sol entre las cortinas. ¿Sol? ¡Era tardísmo! Irene se movió apenas un poco del lado de Molly, quien seguía durmiendo plácidamente a su lado. Buscó su ropa en algún lugar del suelo, pero solo encontró una camiseta de la forense. Se la puso encima y salió descalza y aún en bragas, rumbo a la cocina. En el camino encontró su teléfono con algunas llamadas perdidas de Jane y notificaciones de e-mails por responder de algunos clientes. Revisó con aire distraído las notificaciones, pues aún era temprano. De pronto el estómago le rugió de hambre y apuró un poco la búsqueda de comida. Abrió el refrigerador, pero no se le antojó nada de lo que había ahí. Hurgó otro poco en los muebles de la alacena y le pareció ver un jarro de leche en uno de ellos. Era justo lo que necesitaba, y recordó que había visto una caja de galletitas cerca de donde estaba. Tomó la caja de galletas y la dejó en la mesa de la cocina, para luego tomar el frasco de leche. Desagradable sorpresa se llevó Irene al ver que no era nada menos que un frasco con un pequeño cerebro bastante pálido dentro. Irene hizo una mueca de asco, y mientras intentaba encontrar una explicación lógica a porqué había un cerebro en la alacena de Molly, esta apareció por la cocina con el cabello tomado en una desordenada coleta y con un camisón de manga corta que le cubría hasta los muslos.

-Buenos días… -saludó soñolienta. Irene abrió la boca para articular la respuesta, pero Molly le ganó –Dios, viste a Kevin, lo siento… -tomó el pequeño frasco y lo llevó de vuelta a la alacena de donde lo había tomado- ¿por qué lo tomas…?

-Creí que era leche. –argumentó Irene. Molly soltó una risita- hasta había servido unas galletas a modo de desayuno… -Molly soltó una carcajada más sonora e Irene sintió que se sonrojaba.

-Te traeré leche, espera un poco… -Molly rebuscó un poco en otro mueble y momentos después le servía a Irene en un vaso. Esta le agradeció en silencio, mientras Molly tomaba asiento junto a ella. – ¿Tienes que irte ya…?

Irene notó el tono de tristeza en la voz de Molly, pero prefirió omitirlo. En una situación normal para ella, estaba bien omitir el apego, decir algo cruel y marcharse, o echar al susodicho en cuestión. Mas ahora, no podía pues era Molly quien le hacía esa pregunta. Y era cierto, tenía otros asuntos (clientes) que atender, pero seguramente todo eso podría esperar un poco, con tal de quedarse con Molly un ratito más.

-Tomaré una ducha, luego debo irme, querida…

-¿Clientes? –insinuó Molly mientras daba un sorbo a su vaso de leche. No hubo respuesta por parte de Irene- bien… el baño está junto a mi cuarto…

-Molly, yo…

-No hay problema Irene. –la cortó la castaña- Está bien… yo… agradezco haber compartido este momento contigo, fue bastante… bien. Sí, estuvo bien…

La situación se había vuelto incómoda. Irene apuró un poco su vaso de leche y se puso de pie, excusándose para dirigirse al baño. Molly no le dijo nada, pero miró un rato al pasillo, una vez que Irene cerró la puerta del baño.

Podía oír el agua de la ducha correr, y seguramente debía ser un bonito espectáculo ver el cuerpo de Irene así, pálido, húmedo, con las pestañas largas goteando agua sobre los intensos ojos verdes. Pero además de darle vueltas a esa imagen mental, Molly pensaba en que realmente había estado bien, y había disfrutado lo que había hecho con Irene la noche anterior, y que de ser por ella, le gustaría seguir haciendo.

Fue entonces cuando abrió lentamente la puerta del baño, la cual afortunadamente, estaba sin seguro. Una vez dentro, Molly se movió despacio hacia la cortina que separaba la ducha del resto del cuarto, y se quedó de pie un segundo. Respiró hondo mientras omitía cualquier pensamiento represor que acudiera a su mente en aquel entonces.

-¿Irene? –musitó apenas.

El ruido del agua cayendo cesó entonces y La Mujer corrió la cortina, mostrándose completamente desnuda frente a Molly.

-¿Me tardé mucho?

Molly enrojeció ante la vista que tenía frente a ella, pero aún así la miró de arriba a abajo, sin censurarse a sí misma nada del cuerpo de Irene, quien permanecía de pie frente a ella, aún dentro de la ducha, sin maquillaje y con el cabello mojado cayendo en diversos mechones sobre sus hombros. La Mujer miró a Molly con gesto curioso y una media sonrisa en sus labios, al tiempo que sus pupilas se dilataban. Molly se acercó un poco y sin más, besó lentamente a Irene en los labios de manera lenta y casi sin pedir nada, pero no era así. Para nada. La Mujer tomó a Molly por el cuello y salió de la ducha, aún desnuda y con el cuerpo mojado. Caminaron sin separarse por el pasillo hasta llegar a la habitación de Molly, donde las sábanas aún desechas, esperaban.

Momentos después, Irene estaba con el cuerpo cargado hacia un lado, mirando a Molly quien estaba extendida a lo largo de la cama, mirando el techo. Irene acariciaba de vez en cuando el cuerpo de la castaña, como si estuviese conociendo un nuevo paisaje. No sabía, ni quería enterarse, de qué era exactamente lo que sentía por ella, pero Molly se sentía igual, sin ganas de pensar en el futuro o en cosas que parecieran importantes, pues se sentía feliz en el aquí y ahora. Ya era pasado el mediodía, e Irene Adler y Molly Hooper ya habían concretado satisfactorias actividades sexuales dos veces en la mañana.

-Te estás retrasando para volver a casa… -susurró Molly mientras Irene la seguía tocando despreocupadamente. La Mujer negó con la cabeza.

-Está todo bien, no te preocupes.

-¿Te quedas a almorzar…? –titubeó Molly.

-Me quedaría hasta el lunes si pudiera… - Irene soltó un suspiro grave mientras besaba a Molly brevemente en los labios. La castaña solamente rió, halagada por la sugerencia de la pelinegra.

-Hagamos algo… -prosiguió Irene- vístete y ven conmigo a mi casa por esta tarde y mañana…

Molly pestañeó, confundida por la sugerencia.

-Tengo ganas de hacer tantas cosas contigo Molly… -susurró Irene con voz grave. Molly estaba por articular una pregunta, pero Irene se le adelantó- sí… solo contigo… -hundió su boca en el cuello de la forense y comenzó a darle pequeñas mordidas que hicieron gemir a la castaña- ven, vamos… podemos estar la semana completa si quieres en mi casa, te trataré como te mereces…

Molly sintió que solo con esas palabras comenzaba a sentir la conocida y plácida humedad en su entrepierna, momento preciso en el que Irene a su vez, comenzaba a bajar lentamente su mano hasta ese punto que probablemente la tendría gimiendo en unos minutos más.

-Bien, de acuerdo… - Molly habló con la respiración entrecortada- pero el lunes debo ir a trabajar temprano…

-También yo… -Irene se alejó del cuello de Molly y la miró a los ojos- pero no te preocupes querida mía… podemos seguir haciendo esto por todo el tiempo que quieras, no es un trato, es una promesa…

Molly miró fijamente a Irene a los ojos, buscando si había mentira. Era cierto que Irene hacía este mismo tipo de cosas con otras personas, pero diablos, se sentía tan bien estar con ella así… que en las últimas doce horas solo había llegado a la conclusión de que quería más de Irene Adler.

-¿Lo es? – preguntó nuevamente para asegurarse de que tendría su palabra.

-Es una promesa, Molly. Con los otros firmo acuerdos y papeles, pero tú eres única. Para ti, es una promesa.

Una hora más tarde, un automóvil de vidrios cromados pasaba a por dos mujeres que esperaban fuera de un edificio. Ambas eras distintas como el día y la noche, pero cualquiera que las hubiera visto ahí esperando al frío de la tarde londinense se hubiera detenido a admirar y ver a dos mujeres tan opuestas en su mirada, en su andar y su vestuario, tomarse las manos desnudas con tanta confianza y con los ojos brillantes de expectación. Sin preocupaciones, como si solo existiesen la una para la otra.

Fin.