Capítulo 6: Persecución Real (Royal Pursuite)

Le entregaron para su viaje una preciosa capa bordada de flores de lis en dorado, así como unas botas de piel y una casaca blanca acorde con el carruaje, bastante ostentoso para una travesía tan complicada, pero al ser un presente el pequeño Yura no iba a rechazarlo ni despreciarlo. Al contrario, no sabía cómo agradecerles su generosidad y su comprensión, y los príncipes sólo le pidieron que regresase a visitarlos cuando encontrase a su querido Yuuri.

Pese a todo, el pobre pequeño Yura seguía como al principio, sin ninguna pista, y el cochero tenía que parar cada dos por tres, ya que el menor insistía en preguntar a todo aquél que encontraban.
Para su desgracia, la carroza llamó la atención de gente nada agradable, y en plena travesía fueron atacados por un grupo de bandidos, que mataron al cochero y soltaron a los caballos, llevandoselos aparte.
Muerto de miedo, el pequeño se hizo un ovillo en el interior del carruaje, pero no le sirvió, ya que un gigante abrió la puerta y con su manaza le sacó, alejandole del vehiculo con unas risas nada agoreras. Aquellos tipos no tenían ni una buena intención.
-Es un hada!-exclamó uno, riendo bobalicón, mientras otro le tomaba fuerte del brazo a la espalda y jugaba con su daga cerca de su cuello.-Huele como un rey, y viste como tal.

-Entonces, fuera ropa!- dijo otro, todos eran altos y robustos, pero aquél lo aparentaba mucho más. Yura forcejeó para zafarse de su agarre, cuando aquél le arrancó la capita y con la daga rasgó sus vestiduras.
Alguno que otro babeaba, lo cual le producía temor y repugnancia. Pese a todo, propinó una patada a aquél que lo sostenía, aunque sin éxito. Solo consiguió enfurecerle.
-Yo nunca lo he hecho con un hada- gruñó, y bajó sus manos hacia una zona demasiado íntima del niño. Casi al instante el hombre se apartó profiriendo un grito y llevándose una mano hacia su muñeca derecha, donde Yura pudo ver que ya no había mano y solo quedaba un reguero de sangre. Lo patearon tirándole al suelo con violencia, gritándole algo, cuando una voz firme sobresalió de las demás y todos se detuvieron.
-Alto, basta ya, todos!- la voz era de una mujer robusta y alta, con una daga ensangrentada en las manos, pero bastante anciana, que se acercó al menor y tomándole de la mejilla le observó detenidamente, con una expresión que mezclaba desdén y condescendencia.
-Mis hombres se cansarán enseguida de jugar contigo… así que te recomiendo que mueras lo antes posible, para hacerlo...más llevadero, al menos para ti.-le advirtió, soltándole con brusquedad mientras uno de los hombres ya comenzaba a prepararse para tomarle, cuando la zona íntima de ése tipo comenzó a sangrar con una daga incrustada allí mismo. La mujer anciana no dijo nada y solo observó al resto apartarse al ver venir a otra mujer, mucho más joven, de rasgos fuertes pero hermosos y un cabello rojizo recogido.

Observó a Yura con la mirada muy interesada y con una fuerza tremenda lo puso en pie, tomándole de la mejilla también para inspeccionarle ignorando los quejidos de los tullidos. Con una sonrisa le soltó la cara y miró a la anciana.-Me lo voy a quedar yo. -declaró convencidisima. Pese a los reproches de los bandidos, nadie le llevó la contraria, pues ella era Mila, hija de la jefa de la banda, y la más despiadada de todos ellos. -Me lo voy a quedar yo y me hará compañía, algún problema? -aunque sabía que no habría ninguno, y con el consentimiento de su madre tomó la capita de Yura y al propio niño y se apartó del grupo de siete maleantes. Ya alejados, le arrancó toda la ropa y le inspeccionó de un modo en que nadie jamás lo había inspeccionado, haciéndole sonrojar muchísimo, más que nunca en su vida. -Vaya!- suspiró desilusionada la muchacha- Pensaba que las hadas tenían alas en su espalda para poder volar!

-Pero… pero yo no soy un hada! -reprochó el niño, con miedo y vergüenza.
-Entonces eres un rico?-preguntó ella, a lo que él negó con la cabeza.

-Solo soy un chico normal….estoy buscando a alguien importante para mi… por eso estaba de viaje…-balbucea, temeroso y temblando por su desnudez. Aquello despertó la curiosidad de la bandida, que le tapó con la capita, subiéndolo a uno de los caballos, sentándose ella detrás y sosteniendole. El resto de la banda se les unió casi al momento, algunos a pie y otros a caballo. Las miradas que le echaban al menor eran peor que las miradas de los asesinos, pero ella intentó calmarle.
-No te harán nada a menos que yo me enfade.-sentenció, y tras un día entero de viaje llegaron a lo que parecía su campamento. En él, lo metió en una tienda, dándole ropas de nuevo grandes y pidiéndole que le contase su historia.
Yura le explicó todo, desde el principio, con todos los detalles que recordaba, y mientras le explicaba comenzó a llorar, pues era mucho el tiempo que había transcurrido desde que vio a Yuuri y a su abuelito Nikolai, desde que había partido de casa, sin noticias de su querido amigo.
Mila le escuchó con atención, concentrada y en silencio, y aunque se había emocionado un poco al oirle, permaneció serena e impasible. Aún y así esbozó una pequeña sonrisa que intentaba ser amable.
-Nadie te hará nada, incluso si yo me enfado. -le dijo, tomándole de las manos. Luego le ayudó a vestirse y lo peinó, como si fuera una muñeca, y se le abrazó para dormir, con un puñal bajo la almohada.

-Siempre duermes con un arma encima? -le preguntó con temor y curiosidad, a lo que ella respondió que cuando se vivía en la miseria, cualquier defensa era buena tenerla cerca.
También quiso tener el arma cerca por si alguno de aquellos depravados trataba de mancillar a Yura durante su sueño.

A pesar que el menor le había contado su viaje, el grupo de bandidos lo retuvo durante casi otro otoño, ya que Mila se había encariñado con el pequeño y temía que al dejarlo a solas el resto lo atacara.
Una tarde en que Yura estaba con ella en la linde de un río, ambos mirando pasar las truchas, una pareja de tórtolas pasó cerca de ellos, hablando de algo "horrible, horrible", que les había sucedido. Como estaba en su naturaleza, el niño les preguntó por tal terrible acontecimiento, bajo la atenta mirada de la pelirroja.
Las tórtolas se acercaron con cierto recelo, pero el rubio les inspiró confianza, y le explicaron, que hacía tiempo, no sabían bien cuánto, pues ellas no tenían esa noción como concepto, había pasado cerca de su bandada el carruaje de La Reina de Las Nieves, la cual llevaba el frío y el invierno, y que todas las tórtolas habían muerto salvo ellas dos. Dijeron también que en el carro de oro de la reina había un joven como nunca se había visto, que no era Ella quien conducía, sino el otro chico.

A Yura el corazón le dio un vuelco en el pecho al escucharlas. Era Yuuri! Ésta vez estaba convencido de ello! Miró con tristeza a Mila y supo que nunca podría ir en su búsqueda.

La bandida suspiró rascándose la nuca y tomando a Yura de un brazo y a una de las tórtolas del cuello sin apretarla, se los llevó a la parte trasera del improvisado campamento, donde tenían guardados a los caballos y a un reno, el cual se llamaba Jean-Jaques y a los bandidos les gustaba molestar. En un principio el reno pateó a la mujer, pero ésta lo abofeteó con la mano que había soltado al rubio y dejando a la tórtola en el suelo, montó al pequeño sobre el lomo del gran animal.
-Oye. -le dijo con sequedad.-Tú sabes llegar al Reino del Hielo?
Al escuchar ese nombre, el reno casi dio un salto de alegría y asintió. Mila dio dos besos en las mejillas a Yura y le quitó la capita. -Esto me lo quedo como recuerdo.
Quiero que lleves a este pequeño al reino del hielo. Allí lo llevarás al castillo de la reina de las nieves y te asegurarás de que no se marcha sin su querido Yuuri, ha quedado claro? Y tu les vas a guiar!-le dió una palmada en el trasero al reno, que echó a trotar por los montes con su preciada carga encima, y la tórtola voló lejos, guiandoles, seguida de cerca por su pareja.
Yura miró hacia atrás, pero ya no pudo ver a Mila. Estaba en camino, hacia el Reino del Hielo. Y a medida que pasaban las lunas y se acercaban, un fuerte recuerdo se apoderó de él, un recuerdo primigenio y puro, como un copo de nieve.