Capítulo 6: La prueba

Hoy no teníamos entrenamiento, en su lugar tocaba la evaluación individual. La mañana fue la habitual de siempre: me despertaba, me vestía, desayunaba y bajaba al sótano. Pero hoy nos confinaron en una sala aparte, con asientos de piedra. Había tres filas con doce asientos en el centro; y a ambos lados, tres filas (cada una coincidía con una fila del centro) consecutivas. Así, a mi lado estaban los del Distrito 8; enfrente, en el centro, los profesionales; y enfrente, en el otro asiento pegado a la pared, los chicos del 10.

Empezaron a llamarnos, Jeremiah fue el primero.

La prueba duraba un máximo de diez minutos. En ese tiempo, debíamos hacer gala de nuestras habilidades, e impresionar a los Vigilantes porque, después de 3 días, harían públicas las valoraciones con las que nos puntuaron.

La sala ya estaba medio vacía cuando me llamaron. Amber me dio un apretón de manos y me deseó suerte. Le sonreí y me levanté.

Atravesé un escueto pasillo acompañado de dos agentes de la paz. Una verja metálica ascendió lentamente, y me encontré en la sala de entrenamientos. La tenía todo para mí, cualquier arma, muñeco u objeto que necesitase. Mientras me acercaba, conté los Vigilantes. Eran 12, más Seneca Crane. Uhm, interesante. Charlaban de cosas sin fundamento, carraspeé fuerte y me miraron.

-Davo Wright, Distrito 7 –saludé.

-Oh, madera y papel –oí comentar, pero no volví la cabeza-. A ver qué barbaridad comete este chico. He oído decir que los habitantes del 7 son unos salvajes.

Sonreí, por dentro y por fuera. Así que nos tomaban por unos salvajes, ¿eh? Pues bien, si quieren salvajismo, lo tendrán.

Miré a mi alrededor, y encontré justo lo que nos caracterizaba. Madera. Con una de las hachas, corté un trozo del árbol, y con un cuchillo de caza, empecé a tallar. Era un árbol falso, así que fue mucho más fácil de tallar que uno real. Me mantuve todo el tiempo de espaldas a ellos, escondiendo mi obra de arte. Todo el tiempo con una sonrisa macabra en el rostro, pero concentrado en lo que hacía. Contaba el tiempo que me quedaba, y cuando apenas me quedaba un minuto, volví a llamar su atención. Cogí un trozo de madera empapado en savia, le prendí fuego y se lo lancé a los Vigilantes. Al instante, se fijaron en mí.

Entonces me levanté, dejándoles ver el enorme taco de madera… tallado. Era una representación del Capitolio, a escala, de todo lo que se veía desde mi balcón. Algunos se maravillaron, uno soltó unas palabras de asombro. Ésa era la parte artística. Ahora venía la salvaje. Con el mismo método que utilicé para quemar el trozo de madera que les lancé, empapé la talla con savia y le prendí fuego.

Me miraron con miedo y escepticismo. Uno de los Vigilantes incluso se desmayó. Sonreí, hice una pequeña reverencia y me marché.

Me hicieron salir por la puerta trasera, de nuevo me escoltaron hasta el piso donde estaban los ascensores. Hasta que no me vieron coger uno y subir hasta mi planta, no me dejaron en paz. Me sentía agotado. Estaba harto, y ansioso. Tenía ganas de que todo esto acabase, quería ir a la Arena de una maldita vez y empezar con la acción de verdad. Y que todo acabara. Pero a la vez tenía miedo. ¿Y si el plan no funcionaba? ¿Y si moría en la Arena? Había hecho tantas promesas… era más el dolor de incumplir mi palabra que la de morir. Al fin y al cabo… ¿es que acaso duele morir? Te atravesarían con un cuchillo, una lanza, una flecha o un hacha. Podrías morir quemado… o congelado. De un golpe de calor, de deshidratación. Septicemia. Veneno. Falta de aire. Destrozado por unos mutos. Había tantas formas de morir, que no pensaba en ello.

Cuando llegué a mi planta, lo primero que vi fue el cuerpecillo menudo y extravagante de Nemesia abrazándome. Me hacía decenas de preguntas, pero con su voz chillona, que además estaba entre emocionada y preocupada, me costaba entender. Martin y Johanna consiguieron quitármela de encima, y tranquilizarla.

Me fui al balcón, necesitaba aire fresco después de pasarme hora y media esperando mi turno, inquieto en un incómodo banco esperando para mi evaluación. Johanna me acompañó, trayéndome una manzana verde de regalo. Se sentó enfrente de mí.

-¿Qué tal ha ido? –me preguntó, mirándome fijamente. Intentaba ocultarlo, pero una sonrisilla adornaba su rostro.

-He quemado el Capitolio –respondí, antes de darle un bocado a la manzana. Estaba muy ácida. Genial, mis favoritas-. No sabía qué hacer… hasta que oí un comentario. Entonces corté un árbol de mentira que tienen por ahí, y tallé el Capitolio.

-Pero lo malo de nuestro Distrito es que ya han visto a 12 tributos mostrar sus habilidades… ¿cómo les llamaste la atención?

-Recogí la savia, y como es un buen combustible, la incendié. Con un trozo de madera que me sobró, le prendí fuego y se lo lancé para que mirasen. Y lo hicieron –y ambos empezamos a reír. Di un par de mordiscos más, y continué-. Había algunos que se maravillaron por mi talla, diría que hasta les gustó.

-Pero entonces rociaste la savia y le prendiste fuego –adivinó ella, con aire triunfal. Asentí-. Chico… eres un fenómeno. Te felicito. Los habrás dejado impresionados con tu desparpajo. A lo mejor te ponen otro mote y todo… -comentó.

-¿Otro mote? ¿Es que acaso ya tengo uno?

Ella asintió, mirándome con cara divertida. Intentó parecer seria, pero poco a poco la mueca de una sonrisa, y luego una hilera de dientecillos blancos dieron paso a una carcajada que resonó en casi toda la planta. La miraba con gesto serio, impaciente y a la vez temeroso, cualquier cosa podría nacer de las mentes huecas de los capitolinos.

-Te llaman el leñador –respondió después de un rato, aún sufriendo espasmos de su carcajada-. El leñador del 7. Tienes a muchas… chicas loquitas por ti… y tu… hacha.

Vale, lo comprendí. Me puse rojo como un tomate y agaché la cabeza entre los brazos. Sentí mucha vergüenza, y aparté la mirada. Recordé entonces el anterior modelito que me propuso Martin. Si hubiera llevado ese…

Por suerte, la puerta se abrió, y apareció una asustada Amber. Parecía ida, como cuando eres niño y te ponen una inyección, que no sabes donde meterte. Nemesia la recibió igual que a mí, claro que ella fue un poco menos efusiva, el rostro de Amber la hizo frenarse un poco.

-¿Qué le ha pasado? –oí preguntar a lo lejos.

Me ausenté de todo lo relacionado con Amber. Quería tener el menor trato posible con ella. Ya tenía lo que necesitaba, ¿para qué formar lazos familiares si después tendré que matarla? Estos tres días serían una pequeña tortura, al menos, el tiempo que estuviese en esa planta.

El día siguiente no salí en todo el día de mi habitación. Nemesia se pasó horas llamando a la puerta, hasta que se cansó. Me pasé toda la mañana tumbado en la cama, mirando el techo, fingiendo ser una serpiente, saltando como un niño pequeño. Cualquier cosa para distraerme. Comía cuando tenía hambre, dormía cuando tenía sueño. Al final de la tarde, hastiado ya de todo, saqué de debajo del colchón el cuaderno de dibujos de Elena.

Había visto ya miles de veces estos dibujos. Conocía cada trazo, cada claro y cada sombreado de memoria. Los retratos, los paisajes, los animales, los bodegones. Todo. Y aún así, me seguía sorprendiendo cada vez que posaba mi vista en ellos.

Nadie, excepto yo, había visto sus trabajos. Y quería que así fuese siéndolo. Así que conseguí una pluma y en la primera hoja que vi en blanco le escribí. Decía así.

"Cuando esto llegue a tus manos, posiblemente yo ya esté muerto. Pero quiero que sepas, que aunque sólo compartimos un beso, mi corazón es tuyo para siempre. Pero no me pertenece, sólo lo que sientes por mí."

Un escrito escueto y corto, sí, pero nunca fui muy bueno con las palabras. Me volví a tirar en la cama, y supuse que me quedé dormido, porque la siguiente vez que abrí los ojos, estaba tapado. Apenas amanecía, me duché y fui a desayunar. Las chicas parecían asombradas por mi cambio de actitud, aún así no dijeron nada. A las doce, anunciarían las valoraciones de las pruebas individuales.

Empezaron con el Distrito 1; Jeremiah obtuvo un 10 y Alice un 9. Sus aliados, John y Lavinia, un 8 y un 10, respectivamente. Como siempre, serían un hueso duro de roer. Presté más o menos atención a los demás tributos, especialmente a Jude, con un 7, y Beth, con un 8. Poco después, nos tocaba a nosotros.

-Davo Wright, del Distrito 7, ha obtenido una puntuación de… -Caesar Flickermann guardó silencio durante unos segundos, típico en él, para crear tensión-… 10.

Sonreí, satisfecho, y Johanna y Martin me abrazaron y me felicitaron. Nemesia era un caso aparte. Amber me sonrió.

-Amber Morrison, del Distrito 7, ha obtenido una puntuación de… 8 –y los abrazos y gestos se repitieron, ahora tocaba prepararse.

Esa noche era la presentación en público, iríamos al plató de la televisión capitolina, y Caesar Flickermann nos entrevistaría. Sería nuestro primer, y para 23 de nosotros, último encuentro con nuestros "seguidores".

Volví a sufrir el suplicio de la preparación a manos de Martin y su equipo. Baño aromático, pelado, recorte, depilación y cremas. Al menos, esta vez el traje no era tan minúsculo, y mucho más elegante.

Martin me eligió un traje azul marino, de manga larga y de un tejido bastante ligero y cómodo. Debajo llevaba un chaleco de cuello vuelto, gris ceniza, y unos zapatos negros. Me abrochó la chaqueta, un par de botones casi en el costado. Me revolvió el cabello, peinándolo de forma casual pero conservando su corte clásico.

-Ahora sí –dijo orgulloso-. Mírate al espejo.

Y tenía razón. Esto no tenía comparación con el ridículo del desfile. Me gustaba este traje, esta pose. Sonreí, y a través del reflejo, vi la felicidad de Martin.

-Gracias, de verdad –le agradecí-. Éste es tu verdadero tú, no el disfraz de aquella vez. Lo sé.

-Oh, no seas tan halagador –me riñó levemente-. Vamos, que ya casi te toca.