Brindis festivo
La fiesta de Navidad que Estados Unidos celebraba todos los años era un evento alegre y ostentoso que reunía a un gran número de países. Daba igual cómo fuera su relación con el anfitrión o que entre los presentes hubiera algunos a los que no soportaban, nadie quería perderse el evento. Lo importante era disfrutar de la fiesta.
No obstante, había quien no estaba disfrutando demasiado, y no porque no quisiera, sino porque su malestar se lo impedía: España. Durante meses había tenido que soportar una situación insostenible y, cuando por fin se estabilizó todo y el español se relajó, todo el estrés que había acumulado en ese tiempo se manifestó en forma de gripe, justo a las puertas de la Navidad, qué oportuno.
Así que allí estaba el español con una copa de champán en la mano a la que no le había dado ni un sorbito y con un incipiente dolor de cabeza mientras escuchaba hablar a sus dos mejores amigos, Francia y Prusia.
―Mon ami, sabes que nos encanta salir contigo de juerga, pero no parece que tengas muchas ganas de fiesta hoy.
―Sí, tío, tienes peor cara que el Ecce Homo ese que restauró una vieja en tu país.
―Gracias, chicos. Y yo que pensaba que sólo teníais halagos para mí.
―Te los damos cuando los mereces, mon ami. Ahora mismo tu aspecto es lo que menos nos importa, nos preocupamos por tu salud.
―Estoy bien, chicos.
―Bien enfermo querrás decir ―dijo Prusia―. ¿Qué pasa? ¿No podías dejar a tu italianito solo ni una noche o qué?
―No tiene nada que…
―¿Acaso temes que alguien lo seduzca? ―dijo el francés con una sonrisa de lado.
―Por supuesto que…
―¿Tú por ejemplo, gabacho?
―No se me ocurriría ―dijo Francia ante la enferma pero aun así amenazadora mirada que le dedicó España―. Tengo otras conquistas en mente.
―Quizás nuestro querido amigo tema que el anfitrión de esta asombrosa fiesta sea el que intente algo con su amorcito. Después de todo vivieron juntos durante un tiempo.
―Tiempo en el que Romano me llamaba todos los días y hablábamos durante horas ―replicó España, su dolor de cabeza iba en aumento―. Y además Lituania también vivía con Estados Unidos y… ¡Chicos! Confío plenamente en Romano y si he venido aquí esta noche ha sido para disfrutar de la fiesta y pasar un buen rato, que buena falta que me hacía, ¿no creéis?
―Pero no te enfades, mon ami.
―Sabes que nos gusta tomarte el pelo, nada más. ¡Mira! ―Prusia señaló hacia la entrada, los hermanos italianos acababan de entrar a la fiesta―. ¡Acaba de llegar tu amorcito! Corre, ve a saludarle. Ahora iré yo a recibir al bueno de Ita.
Prusia le dio un empujoncito a España que lo echó hacia adelante, casi se cae porque le dio un mareo. Sus amigos ni se coscaron, siguieron a lo suyo.
―Dale un buen beso con lengua cargado d'amour.
―D'amour y de gérmenes, tío, que acabará pegándole el gripazo al pobre chaval.
España negó ligeramente con la cabeza y caminó despacio hacia donde se encontraban Romano y Veneciano, que saludaban a Estados Unidos. El americano les dio a cada uno una copa de champán y brindaron. A continuación, el anfitrión de la fiesta fue a seguir saludando al resto de sus invitados.
―Hola, Roma. Hola, Italia.
―Vee… Ciao, hermanito España.
―Hey, bastardo.
España le sonrió a Romano y le dio un beso en la mejilla. El italiano se apartó inmediatamente mientras sus mejillas adquirían un tono rosado intenso. Italia se rio por lo vergonzoso que se mostraba su hermano con su propio novio y se acercó al español para darle un abrazo como saludo. Romano gruñó al ser testigo del gesto.
―¿Hace falta que os paséis tanto rato pegados como lapas, maldita sea?
España e Italia se separaron.
―Vee… Sólo nos estamos saludando, fratello.
―¿Y no podéis hacerlo con un apretón de manos como todo el mundo?
―Mi Roma también quiere un abrazo del jefe~…
―¡Claro que no, bastardo! ―negó Romano muy sonrojado impidiendo el acercamiento de su novio con una mano estirada. No se sentía cómodo mostrándose cariñoso en público.
España hizo un pucherito, pero el italiano volvió la cabeza hacia un lado para evitar así caer en su juego. España aprovechó que no miraba para abrazarlo igualmente.
―¡Que me sueltes, joder!
Romano se revolvió hasta que su novio lo soltó. España se reía disimuladamente mientras Italia contemplaba la escena divertido. Romano les echó una mirada mortífera a ambos y se bebió el resto de su champán de un trago.
―No te enfades, Roma ―le pidió España―. Sólo quería darte un abracito, hace días que no te veo.
―Ya ―gruñó el italiano por lo bajo volviendo a sonrojarse, porque realmente le apetecía estar con el español en un lugar menos concurrido.
España sonrió ampliamente, tratando de disimular su ya fastidioso dolor de cabeza, y cogió una copa de la bandeja que llevaba el camarero que pasó por su lado, cediéndosela a Romano.
―¡Brindemos!
Italia aceptó la propuesta sin pensarlo. Romano, aunque algo más reticente, también accedió. Los tres levantaron sus copas, las chocaron produciendo un suave tintineo y bebieron, al menos los hermanos italianos, porque el español tan sólo se mojó los labios. Aquel maldito dolor de cabeza estaba empeorando, no aguantaría mucho tiempo más en la fiesta.
―Vee… España, ¿te encuentras bien? ―preguntó Italia―. No tienes buen aspecto.
―Tranquilo, Ita, no es nada ―mintió―. Sólo estoy un poco cansado.
―Seguro que te has pasado la semana poniendo al día trabajo atrasado para que no te pille el toro por las vacaciones.
―Sí, Roma, tienes razón…
No le había dicho a Romano que estaba enfermo, sabía que el italiano se preocuparía en exceso y se volcaría con todo su ser en hacer que mejorara (como aquella vez que se enfrentó a la mafia por él, qué chico, era imposible no quererlo).
―Como si no te conociera ―dijo con orgullo Romano. El español sonrió al escucharlo―. Oh, mirad, allí están Belgio y Hungría, vamos a saludarlas.
―Id vosotros, ahora os alcanzo.
Los hermanos Italia se dirigieron hacia donde se encontraban las chicas. España los observó alejarse y cerró los ojos un momento, el dolor de cabeza resultaba insoportable. Viendo que no aguantaba más, se encaminó hacia las escaleras que conducían a las habitaciones que el americano había preparado para sus invitados. Necesitaba acostarse y dormir, le apenaba perderse la fiesta y el brindis, pero no le apetecía acabar desmayado delante de sus amigos.
Así que en cuanto entró en la habitación que el americano le asignó al llegar, España se metió en la cama, ni siquiera se molestó en desvestirse, y se quedó dormido de inmediato.
Despertó un par de horas después con la sensación de que alguien lo estaba mirando. No era una simple sensación, efectivamente había alguien mirándolo desde el otro lado de la habitación sentado en un pequeño sillón en la esquina.
―¿Roma?
―¡Por fin te despiertas, bastardo! ―dijo molesto el italiano levantándose y yendo hacia la cama―. ¡¿Por qué demonios no me dijiste que estabas enfermo?!
―No quería que te preocuparas…
―¿Y te parece que desaparecer como si nada en mitad de una fiesta no iba a hacer que me preocupara, bastardo idiota?
―Lo siento… No quería aguarte la fiesta.
―Eres un completo idiota.
Romano se sentó enfurruñado al borde de la cama dándole la espalda a su novio.
―¿Me he perdido algo importante?
―No, a no ser que consideres importante el discursito típico y el brindis de Estados Unidos.
―Entonces mejor.
―De mejor nada, bastardo, ¡me he pasado más de media hora buscándote! ―replicó Romano girándose hacia su novio―. Al principio, cuando no viniste a saludar a las chicas, me puse a buscarte con la mirada por todas partes y al no verte pensé que te habías ido con tus amigotes del alma para reíros de las tonterías de Estados Unidos, pero cuando terminó su estúpido discurso fui con ellos y me dijeron que estabas enfermo y que seguramente te habrías acostado.
―Acertaron.
―Joder, ¿por qué no me contaste nada?
―Ya te lo he dicho, no quería aguarte la fiesta ni que te preocuparas. Y ahora te he aguado la fiesta y estás preocupado.
―¿Y cómo quieres que esté, joder? Estás enfermo, maldita sea, es normal que me preocupe por ti, bastardo.
―Y yo te lo agradezco, mi amor ―España abrazó por la cintura a Romano.
―Y que sepas que no me has aguado nada, bastardo, la fiesta es igual todos los años.
―Bueno, este año ha sido un poco diferente, al menos para mí.
―Para mí también, joder, me he aburrido un montón sin tenerte por ahí revoloteando.
―Oh, Roma, pero qué dulce eres cuando quieres.
El español apretó su abrazo. Romano se revolvió un poco para soltarse y bajar la cabeza para poder besar a su novio, que se retiró ante el gesto.
―No quiero contagiarte.
―Nuestra gripe no se contagia así como así, bastardo, lo sabes. Y, si me pongo enfermo, sé que vendrás a cuidarme.
―Eso por descontado.
Romano sonrió y volvió a acercar su cara a la de España, consiguiendo su beso.
―¡Brindemos!
―¿Con qué, Roma? ―se extrañó el español.
―Sisé una botella de la cocina mientras venía a buscarte ―Romano se levantó y fue hacia el sillón en el que había estado sentado, cogiendo una botella de champán y dos copas del suelo―, pensé que tus amigotes bromeaban cuando me dijeron que estabas enfermo y acostado.
―¡Qué pillín eres! Tú esperabas algo más.
Romano sonrió de lado y se sentó de nuevo en el borde de la cama. Abrió la botella de champán y llenó las copas, pasándole una a España. Ambos las levantaron e intercambiaron una intensa mirada.
―¡Por nosotros! ―dijeron a la vez mientras chocaban las copas.
Y tras beber uno en la copa del otro, finalizaron aquel brindis con un intenso y apasionado beso.
Me retrasé en los últimos, pero aquí está, justo a tiempo para desearos a todos un Feliz Año Nuevo.
Espero que os hayan gustado todas estas historias tanto como a mí escribirlas.
¡Hasta pronto!
