7
Dolor. Me dolía horrores la cabeza y el cuerpo, me sentía engarrotado y a la vez fatigado como si hubiera corriendo cien millas en segundos, o tan mal como cuando Erza nos molía a golpes a Gray y a mí.
Me recargué en mis codos, sintiendo el dolor martillar en mi pecho y mi espalda. Si pudiera pedir un deseo ahora mismo, me gustaría apagar el sol de una vez por todas. La luz de la recamara estaba apagada, pero aun así, la luz del sol iluminaba a la perfección. Esa fue una de las razones por las cual me desperté, eso y que tenía una sed endemoniada.
Dejé bajar mi mirada por la cama. Fruncí el ceño, sorprendido por encontrarme desnudo. Y no desnudo de: –¡Oh! Estoy durmiendo en calzoncillos –. No. Oh, diablos, no. Estoy tan desnudo como Gray el día de la graduación de secundaria.
Un pequeño Clic resonó en mi mente. Se me ocurrió girar mi cabeza hacia un lado solo para deslumbrar un bulto pulcramente cubierto por las sábanas blancas de mi cama.
Intensifiqué mi ceño fruncido.
¿Traje una chica a mi departamento? Joder, ¿Qué tan borracho estaba?
Yo nunca, nunca, no importa quién. Nunca traía a mujeres a mi departamento, mucho menos las dejaba entrar a mi recamara. Las únicas mujeres que han estado en mi departamento son mi madre, Lucy, Wendy, Erza, Levy y Juvia siempre que las juntadas son mi departamento. Pero las únicas que han entrado en mi recamara, son Wendy y Lucy.
Así que… ¿Qué diablos?
¿Debería despertarla? Tengo que hacer que se vaya antes de que a Lucy se le ocurra pasearse por aquí, y si ella descubre que dejé entrar a una desconocida a mi recamara no dejará de burlarse de mí en un año.
¡Pero, demonios!
No recuerdo nada de lo que pasó anoche. Solo recuerdo que fuimos a esa fiesta de Sting, que por alguna razón, me separé de Lucy y luego Gajeel me retó a saber quién se emborrachaba primero, ya de ahí no recuerdo una mierda.
Todo es borroso. Y por mi dolor de cabeza y la mujer a mi lado me doy cuenta de que las copas se me pasaron de más.
Casi sentía la necesidad de golpearme en la cara. Suspiré y volví a mirar hacia el bulto a un lado de mí. Repentinamente me sentí curioso por saber quién está debajo de las sabanas.
Ansioso, deslicé las sabanas hacia abajo, con cuidado de que mis dedos no tocaran la blanca piel de la chica. Abrí mis ojos como platos cuando miré el cabello rubio dorado cubrir por completo su rostro, parte de su espalda y hombros. Dejé la sabana hasta la altura de su delgada y fina cintura.
Tragué duro cuando miré la brillante y cremosa piel de su espalda, su cabello parecía tan suave. Aunque no podía verle el rostro, no había duda de que era una mujer hermosa, angelical, me hacía recordar un poco a Lucy.
Lucy.
Lucy…
…
–¿Lucy?
La joven mujer balbuceó algo que no entendí muy bien. Un frio violento me recorrió con dureza la columna vertebral cuando algunos borrosos recuerdos se despejaron en mi mente.
Di un saltó en la cama mientras un grito de horror salía de mi boca, estaba atemorizado por mis propios recuerdos. Caí de espaldas en el suelo.
No, no, no, no, no, no, no, no, no. Oh mierda no. No pude haber sido tan imbécil para haberme dejado guiar por mis instintos. Esto es una locura, tal vez estoy confundido. Esa chica rubia, puede ser cualquier otra chica rubia, Lucy no era la única rubia en esa fiesta.
Sonidos indescriptibles sonaron sacándome de la paralización de mi propio miedo. La mujer rubia estaba despierta, estaba boca abajo mientras que sus brazos la separaban del colchón, la mata dorada seguía cubriendo su rostro.
Pero al infierno con eso. Mis más terrible miedos se estaban volviendo tan jodidamente reales, ni ciego podría confundir a Lucy. Lucy miró desorientada alrededor del departamento, parecía tan confundida y perdida como yo. Lo último que Lucy miró fue a mí, aun en el suelo. La tensión fue algo casi inmediato. Nuestras miradas se fulminaban la una a la otra como si estuvieran buscando algún tipo de explicación de que diablos pasó.
Esta podría ser la mayor estupidez que nunca hice.
…
–¿Así que… nosotros… tuvimos….?
–No lo digas, por favor. –murmuré con una aura oscura cubriéndome por completo.
Por lo general, no había momentos incomodos entre nosotros. Sin embargo, siempre hay una primera vez para todo ¿no?
Estábamos sentados, uno al lado del otro, en el sofá. Mi rostro estaba escondido entre mis manos, mientras que mis codos estaban en mis rodillas.
Esto tiene que ser una pesadilla.
–¿Y… que hacemos? –preguntó Lucy, luciendo más normal de lo que debería. –¿Recuerdas lo que pasó anoche, siquiera?
–No.
–Yo un poco. –continuó.
Permanecí con mi rostro oculto. –Ilumíname.
–Bueno, resumiendo todo. –dijo dándose pequeños golpes en su sien con su dedo. –Sting quiso propasarse conmigo y luego tú entraste en acción, le diste la paliza de su vida, me arrastraste fuera de la fiesta, me trajiste aquí y… creo que ya sabes cómo terminó.
Gemí, fatigado.
Eso explica mucho, un buen perfecto resumen de todo, supongo. Eso explica mi decisión. Al final de cuentas, no fue de todo el alcohol que me hiso hacer lo que desde hace años deseaba, no fue el alcohol lo que me dio el valor que necesitaba.
Fueron los celos. ¿Y porque no? El alcohol también formó parte de ellos.
Hundí más mi rostro. Sea como haya sido, no hay excusa alguna para justificar lo que hice. Estábamos ebrios. Yo, seguramente, estaba consumido por la ira. Fueron detonantes suficientes para dejarme llevar por un instinto tan primitivo.
–Lo siento… yo… no sé qué hacer…
Soy una asquerosa escoria. Posiblemente la forcé hacer esto. La violé. Soy un maldito enfermo. Todos estos años cuidando de ella, pretendiendo ser el mejor hermano mayor, solo para terminar siendo yo su perdición.
Lucy recorrió sus dedos por mi cabello, en un acto que ella siempre hacía cuando yo estaba deprimido, fatigado o enojado. Un acto que hace mucho que no hacía. Temblé ante sus dedos.
–No estoy enojada. –susurró.
Sus delgados brazos cubrieron mi cuello, apegándome a ella en un tierno abrazo. Me quedé inmóvil, incapaz de hacer algo o pensar si quiera en algo. Me sentía más confundido que nunca.
–Me alegra que hayas sido tú el primero. –su boca estaba a centímetro de mi oreja. Algo en mi pecho explotó. –La persona en la que más confió. No te culpes, Natsu. Parte de la culpa es mía.
No sé si eso siquiera este bien. Pero bastaba lo suficiente para aliviar un poco el daño emocional que estaba sufriendo ahora mismo.
Por dios, no está bien. ¿Qué estoy pensando?
Sé que no somos hermanos de sangre, pero hemos vivido y convivido como si lo fuéramos, mis padres fueron los padres que ella perdió, para mis padres es la hija mayor que nunca tuvieron. Éramos una familia pongámosla como la pongamos.
¡Y yo acabo de tener sexo con ella!
–No me siento mejor. –gemí con pesadez.
Lucy me obligó a alzar el rostro para tenerla a solo unos centímetros de mi rostro. Su rostro estaba tintado de un leve color rojo en las mejillas, pero aun así, sus ojos estaban firmes.
–Lo siento. –dijo rápidamente, sorprendiéndome. –Me dijiste que tuviera cuidado, que no bebiera demasiado… y no te hice caso. Tal vez si hubiera estado en mis cinco sentidos, Sting no hubiera intentado nada… yo… lo siento.
–No te disculpes. No me hagas sentir peor. –dije frunciendo el ceño. –No voy a decir que lo olvidemos, que pretendamos que no pasó nada… porque definitivamente no se puede ignorar.
–¿Y qué hacemos? –preguntó Lucy, temerosa. –No es como si pudiéramos pedirle algún consejo a alguien.
–¡No! –exclamé, alarmado. –Esto se queda entre tú y yo. Si alguien se entera, posiblemente todos se ponen de acuerdo y me fusilan.
Lucy rió entre dientes, aligerando un poco el ambiente tenso e incómodo que se ha estado formando con cada palabra que sale de nuestras bocas. Ver a Lucy reír, sacarle un lado divertido a todo este embrolle me hiso aflojar un poco el estrés que se había creado en mis hombros.
–No me violaste. –dijo Lucy dejando de reír. –Si es lo que estás pensando. –me sobresalté un poco, delatándome. –Ni se te ocurra tomar la culpa de esto.
Pasé mi mano por mi cabello, exasperado. –¡Fue tu primera vez! ¡Ni siquiera pudiste decidir! ¡Soy un pervertido roba-virginidades!
Esta vez Lucy rió con más fuerza y confianza.
–Creo que yo te robé la virginidad mental, amigo. –bromeó Lucy.
–Esto no es gracioso. –gruñí.
–Ya no entiendo a qué punto quieres llegar. –dijo Lucy. –Es obvio que no podemos ignorarlo. ¿Y qué hacemos? ¿Qué es lo que quieres hacer?
–¿Qué es lo que quieres hacer tú? –demandó Natsu. –¡Somos hermanos de ley! ¿Qué pensaran nuestros padres si les decimos que tenemos una especie de relación?
Lucy estaba tan seria, pensando todo aquello. Mientras que yo seguía una larga caminata por todo el apartamento, confundido, mi cabeza estaba en un debate a muerte con mis deseos y mi racionalidad.
Una parte de mí me gritaba que Lucy era lo que siempre quise, mientras que la otra contraatacaba con que la lógica, era mi hermana, mis padres la amaban como una hija. Será más que raro para ellos, para todos los que nos conocen. Pero no me molestaría estar con ella, Lucy me conoce más que nadie, yo la conozco mejor que nadie.
¡No! ¡Ni se te ocurra ir por ese maldito camino!
–Tengo una opción. –dijo Lucy sacándome de mis pensamientos.
La miré por el rabillo de mi ojo, movido por la curiosidad y la salvación de una posible opción. –¿Ah, sí? ¿Cuál?
Repentinamente el rostro de Lucy se tiñó un poco más de color rojo, bajó la cabeza como si se lo estuviera pensando mejor.
–O-Olvídalo… creo que es mejor que-
–Dilo. Cualquier opción nos viene bien. –dije, animándola. Sinceramente estaba curioso por su reacción tan condenadamente adorable.
Lucy tomó mucho aire y con la vista en mí, lo dijo.
–Seamos amigos con derechos.
