Bueno, antes de nada, hice el cálculo mal y el capítulo VI fue extremadamente corto, así que, ¡he aquí el remedio! Gracias a todos por los coments ^^
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Balthier salió del hangar dejando el Strahl totalmente listo y revisado de arriba abajo. Atravesó el vestíbulo y salió a la puerta del aeródromo, recibiendo el sol de cara. Aún faltaba un rato para las doce, pero se sorprendió de ver que Basch ya estaba allí. Frunció el ceño al ver cómo un grupo de raterillos del barrio bajo le rodeaba, preguntándole algo. Se dirigió hacia ellos sin pensarlo dos veces, alcanzando a oír algo de la conversación.
-¡Te dije que era él! – exclamaba una niñita harapienta. Los chiquillos parecían estar volviéndose hostiles por momentos.
-¿El traidor? – el pirata abrió los ojos de golpe. Llegando en un par de zancadas hasta ellos con presteza, observando preocupado la nube de dolor que cruzó por los ojos del guerrero.
-Ese soy yo – respondió Balthier. Apoyó una mano en el pecho de Basch, obligándole a permanecer callado y situándose ante él con los brazos en jarras -. ¿Pasa algo?
Un escupitajo se estrelló contra su mejilla mientras un par de piedras volaban en su dirección, golpeándole con dureza.
-¡Por tu culpa mis padres murieron!
-¡Y nos pudrimos en esta mierda de ciudad!
-¡Renegados a los suburbios mientras los soldados se pasean sobre nuestras cabezas!
-¡Asesino!
-¡Basura, asesino del rey!
La tercera piedra fue directa a la frente del pirata, que la atrapó en el aire con la mano y la sostuvo en alto, amenazador. Era bastante grande y los chicos tardaron unos instantes en darse cuenta del peligro, pues habían seguido acribillando su cuerpo a peñascos. Al acabárseles los proyectiles, vieron su cara ensombrecida. Basch no reaccionó cuando echaron a correr, despavoridos. Se preguntó cuál había sido su expresión para espantarlos de aquella manera.
Balthier suspiró y tiró el peñasco a un lado.
-Balthier…
-Da igual – indicó, volviendo a entrar al aeródromo. Trató de caminar con normalidad, pero apenas unos pasos después se llevó una mano al costado y avanzó ligeramente ladeado. Basch recogió los fardos y le siguió, preocupado.
-¿Por qué…? – ésta vez sí que necesitaba una respuesta. Él trataba de reducir su contacto en lo mínimo, pero parecía que el joven pirata aparecía siempre de forma inesperada, actuando con total y perfecta naturalidad, como en el desayuno de aquella misma mañana.
-En Arcadis soy Ffamran Mid Bunansa, el renegado, y en la nobleza no te escupen ni tiran piedras cuando traicionas y huyes… - se volvió hacia él, sonriendo de lado -… pero tienen otras formas perniciosas para hacerte sufrir. Es por eso que prefiero las piedras.
Basch no quiso decirle nada, los sucesos de Arcadis habían sorprendido a todos al conocer el pasado del pirata. El volver a su tierra fue algo que el guerrero sabía que hubiese preferido evitar… pero por el grupo, lo hizo. Aquello tan sólo mostraba que era menos egoísta de lo que a simple vista pudiese parecer.
"En el fondo, es una persona amable…"
Entraron en el hangar y subieron a la nave. Balthier fue a la cabina de piloto y se sentó al mando, limpiándose los restos de saliva. Su mirada atravesaba el cristal, perdiéndose en la lejanía. Era evidente que tenía la mente en otra parte.
-Eh, Balthier… - el pirata no reaccionó. Basch se agachó -. Te saldrán cardenales si no te pones hielo…
¿Eh? – le miró, dándose cuenta de que le hablaba. Se había agachado a su altura y su cercanía le disparó el pulso. Se levantó de golpe, trastabillando. Le dolía el costado. Basch le sujetó del brazo: había sido cierto, pero el motivo con el que había escudado su acción anterior no le era convincente.
-¿Por qué?
-¿Qué?
-Te estoy preguntando.
-¿Por qué, qué?
-¡¿Por qué dijiste que eras yo?!
-¡Porque no es normal que unos críos piensen que Basch Fon Rosenburg siga vivo! ¡Y menos que den con él! – apartó la vista -. Así que pensé que era mejor para todos que se quedasen con otra cara que no fuese la auténtica – se palpó las costillas -. Aunque si esta juventud apedrea a un capitán de la guardia, no sé qué harán con los ciudadanos corrientes… - se llevó las manos a la espalda, desabrochándose el corpiño -. Menos mal que es resistente, ¿eh? Aunque no lo parezca es duro, pero… - dejó de hablar mientras se sacaba la camisa por la cabeza. Basch apartó la vista, yendo a sentarse en el puesto de copiloto, lugar de Fran por excelencia. Balthier le dio la espalda, dejando su ropa meticulosamente colocada en el asiento. Basch sonrió para sí, confirmando sus sospechas sobre el cuidado que el pirata brindaba a sus cosas. Sin darse cuenta, se encontró observando su espalda, la línea de su columna vertebral que ascendía hasta los omoplatos, perdiéndose. La imagen le resultaba extrañamente fascinante… -. Basch, ¿me estas escuchando? – se había volteado a mirarle, sorprendiéndose de sus ojos perdidos. Sus miradas se cruzaron, Balthier sosteniendo aún la camisa en sus manos y Basch sentado, sin palabras. El torso del pirata era mucho más musculado de lo que él se hubiera esperado, tenía los pectorales bien formados y se podía ver perfectamente la forma de sus abdominales; pero al contrario de la suya propia, su musculatura era plana y flexible sin llegar a ser enjuta. No era fornido, pero su complexión era atlética y estaba muy bien trabajada… Al darse cuenta de que le estaba mirando inquisitivamente, se turbó.
-Perdona… estaba distraído.
-…Ya – dejó la camisa, perplejo. Durante unos segundos su mente se había desconectado sin venir a cuento -. Voy a curarme esto. Ahora vengo.
La puerta automática se cerró tras él al abandonar la cabina. Avanzó por el pasillo con más presteza de la que solía. Soltó una risita nerviosa.
-Vale, me encantaría que alguien me explicase qué acaba de pasar exactamente ahí dentro… - llegó a una pequeña despensa en la cola de la nave. Rebuscó en el botiquín por un ungüento. Se sentó en un taburete que había allí, untándoselo despacio -. Condenados críos del demonio… - tenía un par de moratones a un lado y otro bien grande en el vientre -. Para comer tan poco, tienen fuerza los muy… ¡Ah! ¡Serán hijos de…! – resopló, dolorido -. Al diablo, esto lo curo con magia…
Apenas tardó unos segundos en hacer desaparecer los cardenales y hematomas para estar como nuevo
-¡Ya está! ¡Como si no hubiera pasado nada! – exclamó para sí, sonriente, dándose una palmada en el torso. La alegría le duró apenas un instante: puede que por fuera todo estuviese bien, pero por dentro… -. Basch… – pronunció la palabra como si fuera un suspiro, con tristeza -. Con que este es el peso que cargas… – hacerse pasar por él apenas unos minutos le había resultado terriblemente doloroso. Los hijos de la guerra le odiaban sin siquiera conocerlo.
Miradas de reproche atravesaron su alma por una culpa que no había cometido. El rechazo de un pueblo. En algunos sentidos le recordaba a su vida, sólo que a él le despreciaban con razón. Un noble que había sido Juez, un puesto con el que muchos no podían siquiera soñar. Podría haber tenido parte del futuro de Arcadia en sus manos, su padre estaba orgulloso de él…
-¡No se parece en nada! – lanzó el frasco lejos, con rabia. El cristal se rompió al instante y los restos del mejunje se esparcieron por el suelo. Apoyó los codos en las rodillas y se revolvió el pelo -. Yo estaba harto de los míos. Les abandoné cuando no pude soportar más las locuras de Cid ni la crueldad de mi puesto. No soy un soldado que lucha, soy un cobarde que huye y se compara a un guerrero que se sacrifica. No hay nada que comparar.
Se detuvo. Era la segunda vez en dos días que revoleaba algo en un ataque de ira. Comenzó a recoger los cristales con tristeza y a limpiar el piso.
"Ira… ¿Por qué estoy tan furioso últimamente? Yo nunca he sido así…" – salió del cuarto, volviendo a la cabina de pilotaje. "Al menos, no soy el único que está más tenso de lo habitual…" – la puerta se abrió, descubriendo que Basch no estaba. Se puso la camisa y el chaleco -. ¿Qué me has hecho, que no me dejas pensar en otra cosa? Cuando estamos en el mismo cuarto, no puedo… No lo sé" – recordó que se había quedado congelado cuando ambos se descubrieron observándose, hipnotizados.
"¿Quizás…?"
