Jose iba a responder, pero Rubén se acercó para aclarar:
- Alo, vamos solo un poco más.- dijo enseñando el aparatito del mapa. La lucecita roja estaba muy cerca ya de su posición.- estamos casi llegando.
Pasaron entre una estructura blanca, parecida a un depósito de agua, y un minúsculo lago artificial en forma de estrella, con hierba también artificial a su alrededor. Y vieron ya la cuesta que llevaba a la salida del recinto, algo a la derecha.
Pero Zeb no se dirigía a la rampa. Siguió recto y entró por una puerta metálica entreabierta a un recinto enorme, parecido a un escenario, con una carpa gigantesca en el centro, sujetada por ocho columnas de metal. A la derecha, mirando hacia la salida, unas gradas de piedra y madera, aprovechando la pendiente de la cuesta, dominaban la vista.
Una figura solitaria esperaba sentada en uno de los bancos más bajos. Zeb se acercó corriendo, mientras los otros cuatro le seguían. Al acercarse, Jose pudo ver los rizos y las gafas de sol de la figura, que coincidían con los de la foto de la bola. Estaba tapándose la boca, y gimoteaba, temblando.
Al notar la presencia de Zeb, ya a su lado, y apuntándole con el rifle, levantó la cabeza.
- ¡Soy un mierdas! ¡Dejadme en paz!.- gritó.
Zeb se mantenía en tensión, sin inmutarse, con los dedos posados sobre los gatillos, sin disparar, preguntó:
- ¿Quiénes sois? ¿Qué es la catástrofe? ¡Responde!
El hombre se puso las manos en el vientre y chilló:
- ¡No sirvo para nada! ¡Solo me puedo autocompadecer! ¡Me odio a mi mismo!
- ¡Responde o te mato aquí y ahora!.- Zeb había perdido el control. Los demás no sabían qué hacer.
- ¡Soy un mierdas! ¡Voy a morir solo! ¡No puedo hacer amigos! ¡Y todo porque soy un asocial!.- siguió quejándose el extraño mirando hacia el cielo.
De repente, una luz blanca iluminó su cara. Zeb había apretado los dos gatillos. El hombre se levantó de su asiento y emitió un extraño sonido, como un sivido intenso, sin mover los labios. Acto seguido se agarró la cabeza, justo antes de que ésta explotara en un millón de trozos, lanzando sesos y sangre por todas partes. A rubén un ojo le cayó en el pelo, se lo quitó de encima con un "ugh". El resto del cuerpo del decapitado se derrumbó en el suelo, inerte.
Solo cuando Jose sintió el tacto de un trozo de cerebro en su pecho, salió del shock titubeó:
- D-di...¡Diooooooooos! ¡Arg!.- con un manotazo se lo quitó de encima, antes de caer de rodillas por la impresión, tenía arcadas. Alo se había alejado unos pasos hacia atrás, estaba muy pálido. Mientras Marcos vomitaba sobre las gradas con una mano en el vientre, Zeb permanecía impasible, lleno de sangre y vísceras, miró el cuerpo sin vida del extraño, tendido a sus pies y escupió sobre él.
- Ha... Ha m-matado a una persona....- pudo pronunciar Rubén.- Somos... Somos cómplices...
- Joder, joder, joder.- musitó Jose desde el suelo. Alo seguía alejándose del grupo, paso a paso.
- ¡No me jodáis! ¡No es una persona!.- gritó Zeb, levantó el cuerpo, que se balanceó ante los demás. Una convulsión sacudió las extremidades del cadáver, y Marcos se agachó de nuevo para vomitar.
Jose se levantó, con su rifle en las manos, y apuntó a Zeb.
- Supongo que ahora querrás eliminar a los testigos, ¿no? Pues conmigo lo tienes difícil, si esta cosa funciona igual que la tuya te volaré la cabeza. Me voy de aquí.
- Tranquilízate Jose.- le pidió Rubén.- Seguro que hay una explicación racional para todo esto...
- ¿Tu crees? Yo acabo de ver morir a una persona.- continuó Jose mientras daba un paso atrás, mirando fijamente a Zeb. Éste respondió:
- Os he dicho que no es humano, venga, baja el arma... Cuando acabe la misión os lo explicaré todo, os lo juro, ahora solo tenemos que seguir matando a estas... ¡baja el arma, joder!
Pero Jose siguió apuntándole, y dio otro paso hacia atrás.
- Rubén, quédate si quieres, pero yo me piro, ¿Alo?.- preguntó Jose, y al ver que no le respondía añadió.- ¿Dónde se ha metido Alo?
Se giró, para ver que Alo, aún retrocediendo, miraba por encima de sus cabezas, a las gradas superiores. Su expresión era de auténtico terror.
Los cuatro se giraron para ver cómo descendía volando una decena de bichos hacia ellos. Pero al segundo, comprendieron que no eran bichos. Su forma era humanoide, con cuatro brazos y dos piernas, de un color marrón verdoso, y pequeñas y blancas garras al final de las extremidades. Volaban gracias a otras cuatro alas traslúcidas, que se movían a gran velocidad. Su cabeza semejaba a la de una hormiga, con una mandíbula vertical, antenas en la parte superior y unos vidriosos ojos rojos, enormes, a los lados de la cabeza que parecían mirar al grupo con odio.
Comenzaron a emitir un silvido como el que había emitido el hombre de las gafas de sol. Un silvido tan fuerte que Rubén y Jose tuvieron que taparse los oídos. Cuando hubo parado el pitido, comenzaron a acercarse al grupo a gran velocidad.
Jose miró hacia atrás justo cuando Alo gritaba:
- ¡Corred!
