¡Hola! ¡Sí, sigo viva! *risas* Whatever, henos aquí con un nuevo capítulo de este fic... ¡Parece que ya hemos pasado el ecuador de la historia! Muchas gracias por tenerme paciencia y leerme a pesar de todo, a los de siempre y a los que habrán escarmentado hace poco... *risas* Ma, ma, lo siento mucho *reverencia*. Y ahora después de formalidades, os dejo con el capítulo:

Nota para 3: ¡Muchas gracias por tu review! Gracias por dedicar parte de tu tiempo a leer lo que escribo y otro poquito a dejarme tu opinión. ¡Me alegro de que te gustara! Seguiré esforzándome de ahora en adelante.

Disclaimer: Hetalia y todos sus personajes son propiedad de Hidekaz Himaruya. La idea de esta historia salió sólo de mí.


La Foule

Capítulo Séptimo

Antonio se despidió por la mañana, poco después de desayunar, dejando a Francis trabajando en su estudio. Recorrió las calles de vuelta a casa con cierta curiosidad, vagando por lugares hasta ahora desconocidos para él en el siempre románticamente enaltecido París. Rió en voz alta y solo con esa ocurrencia, ganándose la mirada de reproche de un par de señoras vestidas de oscuro y un alegre levantamiento de sombrero de un hombre de aspecto feliz. Nunca pensó que esas cosas bohemias y románticas le pudiesen pasar a él, pero ciertamente se sentía atrapado dentro de la corriente parisina de la que todos hablaban; ¡y las ganas de vivir! El buen humor que le embargaba hoy era especial, diferente al aleatorio de los otros días. Sentía una pena especial en su interior; estaba triste, pero era capaz de aceptarlo, de asumirlo. Era un dolor dulce, que le hacía entrecerrar los ojos y sonreír con cariño al elevar la vista al cielo. Era algo que hacía mucho ni siquiera asomaba por la sombra de su espíritu: la sensación de paz.

Apenas duró en su mente el eco de la reprimenda que Adèle le echó al volver. La jefa estaba enfadada por la arbitrariedad del acto de Antonio, que se había marchado el día anterior nada más comer acabada la hora de su cliente y no había vuelto a dar señales de vida. El moreno se disculpó especialmente por el dinero perdido: clientes preguntaron por él sin hallarlo. Con todo, subió a su cuarto y se tumbó sobre la cama contento; tocó la guitarra, cocinó, canturreó cosas. Arregló las fotos, y pidió permiso y dinero para comprarse alguna ropa nueva. Arregló también, engrasándolo y dándole cuerda, el reloj de pie que había en una esquina de su habitación completamente deslucido; el tiempo comenzó a correr de nuevo.

Pasaron casi diez días hasta que volvieron a verse, pero cuando Francis apareció por el burdel un aire distinto se sentía en el ambiente. El español bajó corriendo a recibirlo y, apenas el rubio dejó el dinero donde la morena de mirada cada vez más disgustada, se lo llevó consigo escaleras arriba tirándole del brazo. El tiempo juntos pasaba deprisa; hablaban de menudencias, de cosas sin importancia. Se turnaban para cocinar, tenían sexo esporádico, Antonio trataba de enseñar a su amante a tocar la guitarra. Con el paso del tiempo y los días, comenzaron a llegar de vez en cuando notas sin remite a nombre del de ojos verdes; marcando fecha y hora, eran horas libres del rubio en las que el español se escapaba de las bajas calles y huía a pasear con Francis o, más generalmente, a pasar el tiempo en su estudio de fotografía. Por contraposición a cuando estaban en el lupanar, en el estudio del fotógrafo Francis dejaba a Antonio pintar y trataba de enseñarle lecciones básicas, que a menudo acababan en nada porque las creaciones del moreno le causaban demasiada gracia dado su aparentemente escaso sentido artístico. Se bañaban juntos, enfrente de la cama, llenando la bañera de espuma siempre que les era posible. El de ojos verdes tenía especial aprecio a esa tina, así que muchas veces se metía solo antes incluso de que el francés se despertara, o para relajarse mientras éste trabajaba. Llevaban a veces champán o vino y brindaban en el agua, incluso desde el agua a la cama. Todo empezaba a rodar y, por primera vez en mucho tiempo en la existencia de aquellos dos hombres, era hacia una dirección agradable; se sentían llenos de vida, vida que habían ido perdiendo sin descanso hasta ahora en el caprichoso cauce del tiempo.

Así, lentamente, llegó diciembre. La inminente cercanía del invierno invitaba más que nunca a los cuerpos a unirse, buscando calor, buscando calidez y derramando sentimientos impronunciables en cada gota de sudor vertido. Había dolor en el corazón de ambos, ése mismo dolor que aterró al español la primera noche que escapó de algo que no sabía que le mantenía atado. El placer y la cura de esa herida profunda eran tan intensos, sin embargo, que poco a poco se fueron haciendo tan necesarios como el respirar.

Como muchas de las noches que Antonio iba a pasar en el estudio del fotógrafo, la cena ni siquiera llegó a su fin antes de que se abalanzaran el uno sobre el otro. Afortunadamente habían recogido gran parte de la mesa antes de que Francis sentase al moreno encima y se irguiese sobre él, porque tiraron todo lo que restaba de ella al suelo de un torpe manotazo. Los besos eran violentos; llevaban casi dos semanas sin verse y toda la pantomima de controlar sus impulsos educadamente durante la cena pasó a mejor vida. Se agarraban con fuerza e incluso se hacían daño; Antonio arañaba la mesa por no morder la mano de Francis que le tapaba la boca. Ni un ruido. Era la máxima de hacerlo en aquel piso. No podía salir de esas paredes ningún gemido, ningún jadeo, nada que pudiera hacer sospechar mínimamente a cualquiera de los gracias al cielo discretos vecinos. Cuando lo hacían de esa manera trataba de no agarrarse al rubio en la medida de lo posible; no dejar marcas en el cuerpo de sus amantes era una máxima de su dedicación.

Tras pasar de la mesa a la encimera y de la encimera a la cama, el inmigrante quedó finalmente roto sin poder moverse, tumbado sobre el lecho. Francis se durmió de inmediato, sin llegar ni siquiera a encenderse su acostumbrado cigarro, apenas poco después de extender la manta sobre los dos. Antonio giró un poco la cabeza, viendo la lejana luz de la iluminada Torre Eiffel filtrarse por la ventana; esa luz le reconfortaba por algún motivo. Miró su chaqueta, tirada en el suelo junto a la mesita de noche, y pensó si lo que había decidido era una buena idea. Respiró, adquiriendo algo de coraje y tratando de relajarse; sí, lo había meditado largo esos días en casa, y había decidido que lo haría. Pagaría a Francis con la misma confianza que él había depositado en su persona, y abriría la puerta hacia ese pasado que le daba tanto miedo.

Despertó el español pronto por la mañana con el olor del café recién hecho, pudiendo percibir también el ligero quemado del pan recién tostado. Se incorporó con dificultad, llevándose la mano a la retaguardia y diciéndose, como cada una de las mañanas que seguían a las apasionadas noches de reencuentro, que tenía que aprender a controlar sus impulsos. Muerto de hambre se acercó hasta aquella cosa que el rubio llamaba cocina, donde le halló trasteando y con la mesa a medio poner. Un beso de buenos días, ponerse la camiseta y el agradable pain et confiture dieron cuenta al hombre de ojos verdes de que cada vez le quedaba menos tiempo para hacer lo que pretendía; nervioso, quiso sacar alguna conversación casual.

—¿Qué te pasa? —preguntó entonces Francis.

Descubierto. Tan pronto. Tan fácil. Suspiró, y pegó un mordisco a su pan con cara de resignación.

—Mah… ¿Cómo lo sabes?

—Porque te conozco —sonrió untando su pan caliente con una sonrisa—. ¿Y? ¿Qué te reconcome?

Antonio se revolvió ligeramente en su sitio, algo incómodo. Miró alrededor intentando evitar el contacto visual directo por cosa de los nervios; dio la casualidad, veleidoso el azar, de que se le viniese a la mente una pregunta que sí le reconcomía desde hacía semanas.

—… ¿Quién es? —señaló al majestuoso cuadro de la hermosa mujer que hubo de mirar durante largo tiempo el primer día de su estancia en esa habitación— Es demasiado bella para ser real; parece de otro mundo.

Francis suspiró, recomponiendo no obstante su sonrisa con rapidez. Probablemente, porque desde hacía tiempo supo que esa pregunta aparecería en su vida.

—¿Verdad? Siempre lo he pensado —concedió. Dio un sorbo a su taza antes de proseguir—; es mi esposa.

A Antonio se le cayó el cuchillo con el que untaba su pan de las manos, abriendo los ojos tanto como hubo de morderse por dentro los labios. Menudo don de la oportunidad; aquella afirmación le golpeó de lleno, de una manera inexplicable; no era punzante, ni siquiera momentánea. Fue como… Como si una ola le hubiese golpeado de frente en la cara y después se hubiese retirado al mar dejando al español frío y empapado. Días atrás, la primera vez que hubo de pasar la noche en aquel estudio, se quedó a solas mirando fijamente a los ojos a ese cuadro durante largo tiempo. No imaginó siquiera que pudiera tratarse de la mujer del francés; aunque lo sabía casado, la realidad siempre parece poder negarse. Hasta que se la confiesan a uno.

—Ah… Vaya. Es muy bonita.

Porque no es fácil saber qué decir sobre la esposa del hombre con el que te encamas.

—La conocí siendo yo estudiante en la universidad; ella era modelo… Todo el mundo se giraba a su paso, era increíble. El retrato es de hace muchos años, pero sigue siendo mi favorito. Todo en ella era excesivo, y eso me encantaba —sonrió el francés—. Tan excéntrica.

El de ojos verdes calló, sin encontrar las palabras. Le intrigaba en parte y le gustaba que el francés le hablara de toda su vida, pero por otra era doloroso; sabía que él estaba rompiendo esa familia, que él se interponía ahora en esos recuerdos, y sentía ganas de correr. Le pareció de pronto que la esposa de Francis le miraba y lo sabía todo; le hacía dueño del crimen, y eso le aguijoneaba el alma.

—No sé ni cómo conseguí hacerla mía —rió el rubio encendiéndose un cigarro y levantándose a dejar los cacharros—, todo formaba parte de las locuras de juventud… Hice muchas locuras por ella. La perseguí por medio país con la cámara de fotos, esperé bajo la lluvia, me dejé una fortuna comprándole cosas… Fui un seductor estupendo, que conste. Soy un gran conquistador —presumió.

—Eso seguro —rió Antonio inevitablemente ante lo ufano de su amante.

—Pero, ¿sabes? —siguió entonces el francés con tono repentinamente triste y nostálgico— Es increíble la velocidad con la que las cosas se van al traste. Y, si no es rápido, es tan lento que apenas puedes darte cuenta hasta que parece que ocurrió de golpe.

El español se sentó al lado de Francis, quien antes había terminado por dejarse caer en el sofá. No quería meterse donde no le llamaban, pero el rubio había empezado a hablar y a Antonio le dio la sensación de que necesitaba ser escuchado. Innegable era, además, que la intriga bullía en su interior; quizá de este modo averiguaría cómo era que Francis había terminado por caer en sus brazos aquel día lluvioso de principios de verano.

—¿Qué pasó? —inquirió en tono tranquilo, sentándose a lo indio sobre los cojines y asegurándose de que había parte de él haciendo contacto con el rubio.

—Quién sabe… Me pregunto cuál fue el punto exacto en el que, de repente, sabes que no hay vuelta atrás. Cuando me gradué ella lo dejó todo y se vino conmigo de viaje, fuimos a vivir la vida, disfrutar de nosotros mismos, dormir por el día y reír por la noche. Fue una época estupenda, la mejor de mi vida; todo era diversión… Trabajábamos para unos amigos que diseñaban ropa, todo quedaba en un pequeño círculo. Ella posaba y yo hacía las fotografías. Con el tiempo —prosiguió tras una breve pausa, dándole una calada al cigarro— y un inesperado golpe de suerte, esa ropa comenzó a hacerse popular en las altas esferas, y nuestros amigos comenzaron a trabajar para la alta costura. Puedes imaginártelo, estábamos extasiados. Nos invitaban a fiestas, bailes… Volvimos a casa de nuestros padres cargados de presentes, satisfechos de poder presumir de lo acertado de nuestras arriesgadas decisiones. Todo iba como la seda. Y entonces Brigitte se quedó embarazada.

Hizo un gesto con las manos y con la boca sin llegar a hacer ningún ruido, simulando una explosión. Rió para sus adentros con cierta sorna, y a Antonio le pareció que era doloroso para el rubio reírse así de su sufrimiento pasado. El anfitrión negó con la cabeza, se soltó el cabello para volvérselo a atar y encendió un nuevo cigarrillo nada más acabar el anterior.

—Al principio fue una gran alegría, hasta que fue consciente de que su carrera como modelo terminaba ahí. Con ella sin poder trabajar y yo como único sustento siendo fotógrafo sin modelo, era imposible poder mantener a un bebé. Conseguí un muy buen empleo en un periódico gracias a los contactos que ya había hecho; era algo muy maquinal, pero sustancioso económicamente. Creo que siempre me ha culpado del final de su sueño, o algo por el estilo —evocó mirando con ligero pasmo el humo que escapaba de su boca—. De todos modos todo se compensa, y mi hija la mayor, Anne Marie, es el ser más responsable y bueno que ha pisado la tierra.

Francis se inclinó y sacó de un taco de fotos una en perfecta conservación de una niña rubia de aspecto formal, aparentemente muy feliz con su vestido de volantes y su pelo agitados por el viento. El de ojos verdes sonrió al verla; era una muchacha preciosa. Siempre le oprimía el pecho al saber de las hijas de Francis, pero teniendo ahora a una de ellas de frente, aunque fuese en un papel, no podía evitar sentir simpatía. Adoraba a los niños.

—Tanto mi esposa como yo no pudimos contener la felicidad al tenerla entre nuestros brazos. Pero conforme pasaba el tiempo, Bibi, quiero decir, Brigitte, comenzó a inquietarse sintiendo incumplidos sus sueños y metas… Y un día, cuando Annie tenía cuatro años, desapareció. Se fue dejando una nota; necesitaba cumplir sus sueños y lo sentía mucho.

—No.

El inmigrante abrió muchísimo los ojos, pasmado. No se imaginaba semejante devenir de los eventos. Se inclinó hacia delante quedando de rodillas, escuchando absorto.

—Sí, sí, y lo que te queda —sonrió ante la incredulidad de su amante el francés—. Volvió medio año después con una interesante barriga y una aún más interesante noticia. Y poco después nació Elise. Pensé al principio que no era mía, sinceramente… Pero es mi vivo retrato.

—… Vaya. Qué… apasionante vida. Parece una novela.

—Quizá visto desde fuera se ve así, sí… —rió.

—… Lo siento mucho.

—No hombre, tranquilo. Brigitte se arrepintió mucho de todo lo ocurrido, volvió a casa, buscó trabajo… Es una buena madre, aunque sus lazos con Anne Marie se resintieron casi tanto como conmigo después de aquello. Estaba tan furioso… Hace tiempo que la perdoné, porque de algún modo sentía que me daba incluso igual, dejé de estar enfadado y comencé a estar algo indiferente. No obstante, las niñas no tienen la culpa. A día de hoy, incluso, creo podría decirse que parecemos un matrimonio perfecto. Sí que es cierto que cada vez nos llevamos mejor, aunque yo… No sé. No termino de encontrar mi lugar en el mundo después de aquello.

Francis cerró los ojos y se dejó caer hacia un lado hasta que finalmente quedó tumbado del todo sobre las rodillas de Antonio.

—Siento haberte contado toda mi vida. Tú pregunta era tan sencilla… —afirmó tapándose los ojos con el antebrazo y sonriendo.

Estaba tan triste…

El moreno posó una mano sobre su mejilla, se inclinó hacia adelante y le besó la frente. Quedaron en esa posición mucho tiempo, en silencio, tranquilos. El de ojos verdes sabía que aquello había hecho mucho bien a Francis. Ahora lucía distinto, tenía un aire diferente; más cansado, algo más consumido, y más relajado. Se relajaba frente a él sin ocultar sus cicatrices por primera vez desde que se conocieran. Tuvo el español la sensación, en el inconsciente transcurrir de los pensamientos e impresiones, de que lo hacía por primera vez en la vida.

—Gracias por hablarme de ti —habló bajito, casi en un susurro—. Hoy quería contarte sobre mí y no sabía cómo hacerlo; la verdad, si te soy sincero, tenía miedo…

El francés apartó el antebrazo de su cara para asomar la mirada ligeramente hacia Antonio.

—Pero ahora está bien. Ahora sé que está bien. Es un poco difícil para mí… Pero dado que tú lo has hecho por mí, creo que podré; por lo menos lo intentaré, vaya.

Francis le miró curioso. Antonio apartó un momento la cabeza del rubio de sobre sus rodillas y se alcanzó hasta la habitación, de la cual vino con su chaqueta. Volviéndose a sentar y recomponiendo la postura anterior, sacó entonces del bolsillo interior de la prenda dos fotografías, que tendió a su amante.

—Guardo estas dos imágenes como oro en paño… Me preguntaba si podrías hacer algo por restaurarlas. Aunque sea un poco.

El fotógrafo se incorporó impulsado por su profesionalidad y pasión, estudiándolas un poco mejor. Reconoció inmediatamente las fotos como ésas que Antonio tenía en su cuarto, en las esquinas de los marcos de otros cuadros. La verdad es que estaban bastante difusas; la mayor parte de la culpa la tenía la exposición al sol, que había absorbido la tinta, aunque también parecían haber sobrevivido a diversas afrentas más intempestivas.

—Hmmm… Sí, creo. Algo se puede hacer. No te puedo prometer que vaya a quedar perfecta, pero por lo menos podré hacer que recupere parte del contraste o nitidez de mejores épocas —sonrió. Volvió entonces a posar la vista sobre una de las fotos—. ¿Éste eres tú?

Antonio asintió.

—Luces diferente, aunque no sabría decir en qué aparte de que estás más delgado.

—Los ojos —confesó el inmigrante—. Son los ojos —repitió con aire de tristeza.

El rubio volvió la vista a la fotografía y se fijó en el detalle, que le hizo levantar las cejas sorprendido. Le pareció increíble, ahora que lo veía, no haberse fijado antes.

—El de mi derecha es Lovino Vargas, y a la izquierda está Feliciano, su hermano menor.

—¿Familia? —preguntó intrigado el francés, que se dio cuenta de que desconocía el apellido de Antonio.

—Prácticamente. Aunque no tenemos lazos sanguíneos, crecimos juntos. Su abuelo me sacó del orfanatorio, me dio un oficio y conseguí incluso una familia gracias a su ayuda, los Fernández-Carriedo. Él estuvo largo tiempo viviendo en España, así que conocí a Lovino siendo él muy pequeño, y a Feliciano aún siendo bebé.

—Vaya… Yo conservo muy pocos amigos de infancia; aunque sí es cierto que sus recuerdos es posible que sean los más gratos...

—Cuando estalló la Gran Guerra todo se volvió horrible. El abuelo marchó y no volvió jamás. Feliciano acabó viviendo en casa de un austriaco en Suiza, y Lovino consiguió llegar hasta España. Un año después mis padres adoptivos murieron en un accidente… Con todo, estando solos él y yo conseguimos crecer felices, sin carecer de nada de manera excesiva. Durante años gestionamos la granja, después tuvimos que venderla, vagabundeamos por el país trabajando aquí y allá… Es decir, suena desgraciado, pero conservo muy buenos recuerdos de esa época.

Antonio rio suave pero sincero, contagiando el gesto a Francis que sonrió con los ojos.

—La verdad es que no hay mucho que decir de mi historia en sí… Simplemente crecimos juntos. Lo compartíamos todo; lo bueno, lo malo, lo violento, la comida… Cuando se hizo mayor de edad, Lovino comenzó a buscarse trabajos más a su gusto, en su Italia natal. Compró allá una casa con Feliciano, aunque seguía viniendo mucho a España, pasaba en el país laaarrgas temporadas —explicó alargando mucho la palabra. La sonrisa entonces desapareció de su rostro y le cubrió un aire sombrío—. Entonces todo comenzó a revolverse. Los aires de la Segunda República eran turbios, a mí no me estaba gustando nada el cariz que tomaban las cosas; me llegaban intrigas de planes urdidos, de los cuales la mitad eran dudosos y la otra mitad nunca sabremos si llegaron a cumplirse. Mi jefe de entonces estaba convencido de que querían matarle… Y vaya que si era cierto. Le mataron pocos días antes de que empezara oficialmente la guerra.

—… Lo siento mucho.

El español asintió a modo de agradecimiento, no pudiendo parar para agradecer porque sabía que si callaba no encontraría fuerzas para seguir.

—Lovino marchó en busca de Feliciano, para asegurarse de que estuviese en casa y no viniese a visitarnos. Dijo que intentaría arreglar unas cosas que tenía pendientes, para ver si conseguíamos escapar… Recuerdo claramente cómo le agarré de los hombros y le obligué a prometerme que no haría nada peligroso; que volvería a Italia y daría ejemplo a su hermano. Prometí escribirle, también.

Paró un momento para respirar, antes de seguir:

—Y entonces, me uní al ejército republicano. Estuve en Guadalajara en un momento muy intenso, después de lo cual tuve que ir alejándome de la capital y acabé ubicado en el Frente Norte. Allí hubo mucho movimiento; aún hoy sueño con los retazos de la Batalla del Cabo Matxitxako... —paró un momento mientras le recorría un escalofrío—. Recuerdo, creo, cada segundo de la batalla; también recuerdo que poco después me hicieron preso junto a otro grupo de hombres. No entendía por qué no me daban muerte, aunque luego supuse que sería quizás para llevar a cabo alguna ejecución pública o sonsacarnos información. La verdad es que no sé qué pasó por mi cabeza en esos instantes, aún hoy me sobreviene intensamente la sensación de claustrofobia.

Francis miraba a Antonio atónito, sorprendido de que, con la historia que estaba oyendo, éste se encontrase vivo ahora y frente a él.

—No sé cómo, de verdad que no sé cómo, pero un tipo ideó un plan medio suicida para escapar. Lo llevamos a cabo cuanto antes, pero, por desgracia y tal y como se veía que ocurriría… Nos descubrieron un par de soldados.

En este punto, la mirada del inmigrante estaba clavada en el infinito, en algún lugar de la pared.

—Uno de ellos era Lovino. Recuerdo su cara tras el arma, el gatillo, el largo cañón. Ambos nos quedamos pasmados, mirándonos desde el bando contrario del conflicto. Yo llevaba un arma, pero se me cayó al suelo. El otro soldado rumiaba cosas entre dientes; disparó a uno de mis compañeros sin dudarlo. La voz de mis otros amigos sonaba como lejana en mi cabeza mientras el otro hombre no tardaba en disparar a un segundo compañero y reducía nuestro número inicial a la mitad. Entonces la mirada de Lovino brilló de manera especial; sonrió por los ojos, movió los labios sin que saliera voz de su boca pero diciendo lo casi último que recuerdo y que, a pesar de todo, oigo en mi mente con su voz: Te quiero. Te echaré de menos. Cuidate mucho.

Francis no sabía por qué, pero aunque pensó que lo haría, Antonio no lloraba. Se sentía hueco por dentro, vacío. No le quedaba nada. Seguía hablando maquinalmente, ya no podía pararlo, necesitaba seguir. Sentía el calor acelerándose en su expansión por todo su cuerpo; detrás de los ojos, en las sienes. Supo que tenía fiebre.

—Se giró de golpe y disparó a su compañero en el cráneo, y medio segundo después nos gritó que corriésemos, que corriésemos tan lejos como fuera posible. Los dos obedecimos al punto; se acercaban más enemigos y quedarnos ahí sólo podía hacer que todo acabase peor de lo que iba a hacerlo. Nos giramos una vez estuvimos a una distancia prudencial para ver cómo se hallaba la situación. Fue la última vez que vi a Lovino. Llevaba en la mano una granada sin anilla, creo que la puso en el cuerpo de alguno de los caídos, aunque no sé si a tiempo. Todo explotó. Desapareció. Nicolás tiró de mi durante gran parte del camino, no sé cómo conseguimos llegar hasta Irún. Recuerdo… que no quería moverme, me costaba mucho. Pero debo hacerlo, porque Lovino se sacrificó por mí. Y si no vivo, sería un insulto. De caminó a Baiona mataron a Nicolás. Me metí en el primer tren que pude; allí encontré una guitarra que nadie quiso o que debieron haber olvidado, que me hizo compañía en los respectivos viajes en los diversos trenes en los que me metía de polizón. Y con ella terminé en las calles de París.

Francis no sabía qué hacer. Abrazar al hombre frente a él era casi una afrenta para todo el dolor que emanaba su figura, y cualquier palabra hubiese sido una ofensa ante ese sufrimiento. Quedó a su lado, mirándole muy fijamente y sin mover la mano de la mano de piel morena que agarraba fuertemente la fotografía que había traído.

—Adèle me recogió. Me llevó a casa, y me dio de comer sin pedir nada a cambio. Yo no hablaba, prácticamente no sabía francés y tampoco tenía ganas. Simplemente estaba en una esquina tocando la guitarra. Aprendí alguna canción. Un día, un hombre mostró interés en un placer prohibido, y le escuché ofrecer una gran suma de dinero a Adèle a cambio. Ella me había dado tantas cosas a cambio de nada, que acepté. Es muy maquinal… No quiero dinero ni nada por el estilo. Tampoco tengo aprecio por nada en particular, ni siquiera por este cuerpo; además, hay algo de placentero en el dolor que siento todo el tiempo…

El francés retrocedió un poco, con el ceño fruncido, dándose cuenta de una gran verdad.

—Pero tú eres diferente —sonrió muy levemente Antonio—. Me gusta estar contigo, es divertido; salgo a la calle, me gusta ver el sol. Cuando estoy contigo, en vez de agudizarse, la aguja que me pincha desde dentro se calma.

Tomó aire muy fuerte y mostró su habitual sonrisa amplia llena de dientes blancos, la misma que recordaba Francis de aquel primer día que hubo de olvidar su cartera en el burdel.

—Tú… Has sido un hipócrita todo el tiempo —se sorprendió el rubio mirándole con cierto gesto de enfado—. Es decir… Intentas animarme, intentabas salvarme… ¡Pero tú sólo buscas hacerte más daño!

—¿Eh? No, yo…

—¡No me mientas más! ¿Por qué querías salvarme? ¿Por qué no te intentas salvar primero a ti mismo? ¡¿Crees que autodestruyéndote llegarás a alguna parte?!

—Yo… Yo…

Superó su límite; las lágrimas comenzaron a caer rápidamente sin poder detenerse, haciéndole difícil incluso el hablar.

—Yo… Francis… No seas como yo, nunca… Y no deberías estar conmigo… Cuida de tu familia, nunca sabes cuándo dejará de estar ahí… Yo n-…

El rubio se mordió ligeramente el labio inferior por dentro, lamentando haber sido cruel. Rodeó a Antonio con los brazos, sabiendo que ahora que le había hecho llorar, una pequeña parte de ese dolor drenaría, saldría afuera y dejaría de golpearle tan intensamente desde el interior.

Antonio comenzó a hipear. Le costaba respirar; Francis de vez en cuando ponía la mano en su pecho y la movía obligando así al diafragma del moreno a contraerse a un cierto ritmo.

Cuando el llanto del inmigrante se convirtió en un desgarro de dolor a voz en grito, tan estrechamente dentro de su abrazo, se dio cuenta de que él también estaba llorando.

Por primera vez no importaron los ruidos, las paredes, las demás personas, las demás opiniones. Sólo importaba un adiós que no pudo ser dicho. Permanecieron en esa posición durante horas, hasta que de puro cansancio Antonio desfalleció. El rubio lo llevó a la cama, dejándola entera para el febril español. Quedó de rodillas en el suelo, a su lado, agarrándole la mano.

Y así pasó la noche entera.

Capítulo Séptimo - Fin


¡Al fin! Por fin se desvela la historia de Francis... ¡Y la de Antonio! Bueno, esto es algo muy duro, muy difícil de llevar. Pero tenía que ser así por motivos, así que siento mucho el disgusto que muchos os habréis llevado. A pesar de todo es increíble pero no odio a la mujer de Francis; es simplemente una mujer que se equivocó en su momento... No sé cómo explicarlo *risas*.

Comentario añadido (edit 08-04-2012): Se me había olvidado comentar algo: y es que, en cierto modo, quería reflejar la cruda realidad de una guerra civil. Antonio está en el bando republicano por convicciones; Lovino está en el bando nacional. La sorpresa de Antonio indica que las convicciones de Lovino no parecían ir por ese camino... Considero que en una guerra civil no hay tanta gente luchando por convicción como por obligación. Mi abuelo fue obligado bajo amenaza de muerte a unirse al bando republicano; su hermano menor fue por otro lado obligado a unirse al bando nacional de las mismas maneras. De algún modo, eso inspiró este capítulo, la historia de Antonio y mi deseo de reflejar esta triste realidad.

¡Espero que este capítulo haya valido la pena! Me despido ya, sea pues. Una vez más, muchas, muchas gracias por leer.

Bou.