NOTA DE LA AUTORA: ¡Gracias por estar aquí! Realmente me tardé un poco más de lo que tenía planificado con este capítulo, y aunque lo iba a publicar ayer, he tenido un par de problemas (desgraciadamente soy humana D:) De todas formas, espero aún tengas ganas de leer este capítulo. Como siempre, agradezco de corazón sus reviews.


7.

Miserias telefónicas


Daryl y Carol volvieron a la casa Dixon alrededor de las cinco de la mañana. La mujer aún vestida con la ropa de él, se dirigió rápidamente a la habitación para cambiarse y Daryl se introdujo en el cuarto de Merle en busca de algo que le indicara dónde podrían estar su hermano y la prostituta drogadicta.

Cuando Carol estuvo vestida, se acercó lentamente a la puerta del cuarto del mayor de los Dixon y vio a Daryl buscando desesperadamente entre un montón de porquerías.

Fue allí, con la luz de la habitación encendida, que Carol entendió porque Daryl no quería que durmiese en el cuarto de Merle: entre la ropa desparramada por todo el suelo, habían latas de cerveza y jeringuillas usadas aún con las agujas puestas. Encima de la mesa de luz, había un montón de bolsitas transparentes, fuertemente amarradas con una gran variedad de sustancias y cosas dentro.

La mujer estaba totalmente concentrada observando el entorno en el que "convivía" Merle, cuando sintió que algo le caminaba por el brazo. Su exaltación no fue menor cuando notó que era una cucaracha.

Daryl al darse cuenta de su presencia le miró.

—Bienvenida a Merleland —dijo sarcástico volviendo a lo suyo.

—¿Qué buscas?

—Algún papel con una dirección o receta médica falsificada que me diga dónde carajo se fue el desgraciado de mi hermano.

—¿No estaba con Paris? —preguntó Carol tratando de recomponerse mientras veía como la cucaracha se alejaba volando.

—Sí, eso ya lo sé. El tema es en dónde se encuentra. Justo se le ocurre irse cuando nuestro padre muere...

—No digas eso —interrumpió Carol acercándose a Daryl el cual seguía en cuclillas buscando entre las cosas de Merle—Charles aún no ha muerto.

—Aún —destacó poniéndose de pie y quedando frente a frente con la mujer. Ambos se sostuvieron las miradas por unos segundos hasta que Carol apartó la vista.—Ve a dormir —acotó Daryl finalmente.

—Estoy bien. Quiero ayudarte a contactar con Merle —la mujer intentó enderezarse a la vez que tomaba aire con el fin de disimular el agotamiento emocional y físico que estaba sufriendo.

Daryl también estaba cansado. Debajo de sus pequeños ojos azules se podían apreciar dos prominentes ojeras. Toda la situación y el llanto no habían ayudado a hacer desaparecer de su rostro la imagen de que estaba exhausto.

Hacía un par de horas había estado llorando en el hombro de una mujer y aunque era algo que jamás había hecho, le sentó bien desahogarse aún sin comprender porque había llorado y los sentimientos hacia Charles no estaban del todo claros.

No había intercambiado palabras con Carol después de eso. Cuando sintió que ya eran suficiente las lágrimas derramadas, se apartó de ella y sin mirarle se volvió a dirigir hacia el hospital y ella le siguió, dejando unos metros entre los dos sin hacer pregunta ninguna.

Más allá de todo, Carol había respetado su espacio en aquel momento. Y se había portado bien con él.

Ella apareció sin avisar y en el peor día, se comportó entrometida y se atrevió a aconsejar desde el lado más puro a Daryl Dixon. La mujer era valiente a su manera, pero toda aquella situación no formaba parte de su vida: Carol no era una Dixon y si estaba allí, era porque huía de su marido, un marido con el cual tendría que volver a la mañana.

—¿No te quedabas solamente por esta noche? —preguntó Daryl. Carol lució desconcertada ante tal pregunta —Digo, ¿no piensas volver hoy a Atlanta? A menos que quieras que tu amoroso marido te pregunte porqué esas ojeras, no creo que desees seguir trasnochando.

Carol entonces recordó la existencia de Ed ¡Mierda!, por un momento se había olvidado de él y se sentía tan bien. Ahora tendría que concentrarse obligatoriamente en qué hacer y en qué decirle a Ed cuando llegase.

Con todo el alboroto, no había creado un diálogo dentro de su cabeza para tratar de "convencerlo" de que se fuera o amenazarle con una denuncia.

Era hoy que tenía que volver a Atlanta, enfrentar a Ed y ella estaba en otro mundo.

—Está bien —dijo ella de manera escueta sin mostrar ningún tipo de emoción. Ante un anonadado Daryl que esperaba algún tipo de oposición, se dirigió hacia su habitación y cerró la puerta.

Carol se acostó vestida sin más en la cama de Daryl. Los primeros rayos de la mañana aparecieron casi inmediatamente y pasaban por la persiana. A diferencia de hacía unas horas, un silencio enorme invadía el lugar pero así todo, Carol no pudo pegar un ojo.

Su cabeza estuvo dando vueltas y formulando excusas por horas. Varias veces, se maldijo a sí misma por ser tan estúpida y querer excusarse ante Ed: ¿Aquel golpe no había sido, entonces, el principio del fin?

La mujer se sentó en la cama en el mismo momento que alguien golpeaba fuertemente la puerta de la habitación de Daryl.

Abrió la puerta y vio que era el mismo dueño del cuarto, con un bolso al hombro y un cigarrillo en los labios.

—Me voy al hospital. No logré localizar al idiota de Merle. Tú también deberías irte —Daryl pudo apreciar que la mujer no había dormido nada porque se le veía aún más demacrada que cuando se dirigió de vuelta a la habitación.

—Tú...¿estarás bien? —la pregunta de Carol chocó fuertemente en el rostro de Daryl quien no se esperaba aquello. La mujer estaba preguntando por su situación, preocupada por problemas ajenos en vez de los suyos que seguramente le afectarían mucho más

—¿Por qué no debería de estarlo? —concluyó Daryl tratando de parecer indiferente— Que haya necesitado llorar no significa que...

—No te justifiques —interrumpió Carol y Daryl frunció el ceño incomodo— No es por eso que te lo pregunto. Es que no es sencillo pasar por todo lo que conlleva la pérdida de un familiar. No sólo en lo emocional.

Carol arrastraba las palabras y sentía que su lengua le era pesada.

—¿Hay alguna razón por la que te preocupe tanto todo esto? —preguntó Daryl.

—Creo que te lo debo. Tú te preocupaste por mí.

—¿Cuándo? —el hombre inmediatamente se puso a la defensiva pero aún así se sintió extraño, siendo que por primera vez se percató de que se estaba comportando como un cretino con alguien.

—No hablo de la vez que te apareciste en mi casa —dijo la mujer esbozando una sonrisa. Era la segunda vez que se metía dentro de la mente de Daryl y leía sus pensamientos.— El hecho de que me hayas dejado quedarme aquí, si bien no directamente, lo tomo como un gesto de generosidad. Gracias.

La mujer comenzó a andar con el fin de salir del pasillo hacia la sala-comedor y finalmente, abandonar la casa de los Dixon para así encaminarse a la estación de Locust Grove.

De repente Daryl se le puso enfrente deteniéndola bruscamente. Carol elevó los ojos sorprendida tanto como su cansancio se lo permitía.

—Te llamaré cuando todo esto termine. Ya sabes... cuando él muera, para que sepas que ya sucedió.

—Lo agradecería.

Carol sacó de su bolsillo trasero la hoja de su agenda donde tenía anotada la dirección de Daryl, y miró al hombre esperando que este le alcanzara un bolígrafo. Daryl trató de entender qué era lo que quería, y finalmente jadeó la cabeza: no iba a poder llamarla sino tenía su número.

Daryl se dirigió a la sala-comedor y de la desordenada mesa tomó un lápiz de carpintero que apenas tenía punta y se lo dio a Carol, quien le había seguido hasta allí. Ésta comenzó a anotar.

—Te llamaré desde la cabina que está ahí enfrente —dijo Daryl haciendo referencia a la cabina telefónica que Carol había usado anoche para llamar al 911.

—Está bien.

—En caso de que las cosas se pongan feas con Ed... —Daryl tomó aire y se alejó un poco de Carol mientras evadía su mirada—...puedes llamar. Merle y yo podríamos darle una paliza si es necesario.

Carol volvió a sonreír silenciosa. Para ambos fue muy notorio que no habría Merle ninguno que fuese a darle una golpe a Ed, sino que lo haría Daryl. Esto reafirmó la creencia de Carol de que a Daryl le preocupaba su situación y más allá de la gente con la que convivía y el aspecto que tenía, era un hombre de bien.

El hecho de molestarse en acoger a una mujer golpeada y a ofrecerse en su defensa, sea quien fuese, ya hablaba de que era una gran persona.

Carol partió por la mitad la hoja de papel y le dio un trozo a Daryl, el cual lo tomó. Este último, anotó forzando su memoria el número de la cabina para dárselo a la mujer. Ambos intercambiaron papeles.

—Me voy a la estación —dijo Carol y se alejó lentamente del hombre. Una vez estuvo en la puerta de la casa Dixon se detuvo: —Gracias, Daryl.


El regreso a Atlanta se hizo frustrantemente rápido para Carol. Hubiese deseado que el mismo se hiciese infinito, pero no fue así. Cuando quiso prestar atención, ya tenía los pies sobre el asfalto metropolitano.

Tomó un taxi y se bajó un par de cuadras antes de llegar a su casa: Si Ed estaba allí, no quería que éste supiese que venía de muy lejos. Tan lejos como para tomar un taxi... incluso, un tren.

Cuando pudo divisar el lúgubre frente de su casa, un zumbido se hizo presente en sus oídos. No pudo diferenciar si era terror, asco o simplemente un mareo por el calor. Sin embargo, no se detuvo y con pasos firmes se dirigió a la puerta con su llave en la mano.

No llegó a colocar la misma en la cerradura, cuando la puerta se abrió de repente y el rostro de Ed se le apareció de la nada. La mujer no tuvo el tiempo a reaccionar ante la cara indiferente de su marido, cuando sintió que una gran mano la tomaba del cabello y la adentraba a la casa con furia.

Ed la soltó y Carol cayó al piso, golpeándose fuertemente el hombro izquierdo. El mismo que había servido de apoyo hacía unas horas.

Su marido se abalanzó sobre ella pero no para golpearla, sino para olfatearla cual sabueso.

—Tabaco... ¡tabaco! ¿Desde cuándo mierda fumas? —interrogó Ed mientras Carol recordaba como tontamente dejó pasar el detalle de que Daryl había estado fumando a su lado.

—Desde ayer, Ed ¿Qué sabrás tú? —dijo poniéndose de pie, tratando de parecer furiosa. El hombre le miró mientras su barbilla temblaba de ira.

—El macho con el que te revuelcas también lo hace, ¿no? Esas cosas que hacen las zorras, de pegar en las bolas y fumar, sólo las aprenden de los hombres.

—¡¿Cuántas veces tengo que decirte que no me acuesto con nadie?! —Carol sintió que de su garganta querían salir miles de barbaridades.

Había tenido la leve esperanza de que su marido ya no estuviese allí, de que se hubiese largado con cualquier puta y la dejase en paz. Pero nada había cambiado para su desgracia.

Todo se convirtió cual película ante los ojos de Carol. Estaba alejada de la realidad. La desilusión y la rabia se habían apoderado de ella demasiado rápido.

—¿Y si lo hago, qué? ¿Y si me revuelco con otro, con dos o tres y todos ellos me enseñan cosas? ¡Cosas que tu jamás me enseñarás! ¿Sabes por qué? —Carol estaba peligrosamente cerca de un marido que la oía con odio palpitante— ¡Porque eres pésimo en la cama! ¡pésimo marido y un fracaso de hombre!

Todo se volvió negro entonces.

Daryl miró fugazmente el reloj que tenía colgando enfrente suyo de la inmaculada pared blanca. Eran las ocho de la noche y se había pasado todo el día allí en el hospital, esperando por la irremediable muerte de su padre.

Muchas cosas pasaban por su cabeza aquel momento, pero dos eran las principales: Carol y su padre, Charles.

Aún seguía tratando de recordar cómo aquella mujer, Carol Peletier, se había involucrado tan firmemente en todo lo relacionado a su vida y él, en la de ella. Parecía que la conocía desde hacía años y todo había sucedido un par de días atrás.

¿Era eso bueno para Daryl? ¿Hasta dónde era correcto para él involucrarse, sea cual fuese el motivo, con una mujer casada con un loco? Él no era Merle. Sabía pelear y defenderse cuando era necesario y había buscado peleas unas cuantas veces, pero por alguna razón veía inútil pelear con Ed. Sabía que tarde o temprano, sea cual fuese el esfuerzo de los demás, las mujeres terminan cediendo ante su marido psicópata. O al menos eso creía él.

Cuando los pensamientos se trasladaban hacia su padre, sintió que alguien estaba parado a su lado con un silencio inquietante. Era el Dr. Harriet.

Daryl se puso de pie. No necesitaba nada más que el médico fuese directo. Ya estaba preparado para tal noticia.

—Dixon, hemos hecho to...

—¿Ha muerto? —preguntó interrumpiendo a el médico y éste se sorprendió.

—Bueno, sólo quiero que sepa que hicimos lo que estaba en nuestras ma...

—Dígalo, doctor. De nada sirven los protocolos si ya murió —el médico se acomodó su túnica incómodo. A diferencia de la mayoría de los familiares, Daryl estaba apresurado por oír aquello que nadie quiere escuchar.

—Sí, el señor Charles Dixon, ha muerto. Hace exactamente... —Daryl comenzó a alejarse sin decir nada ni bien oyó lo que necesitaba oír —... doce minutos... ¿Dónde va señor Dixon?

—Necesito usar el teléfono.

—Puede utilizar el que tenemos en la recepción —acotó el Dr. Harriet sin salir de su asombro. Aquellos Dixon eran muy extraños.

—Le dije a una persona que iba a llamarle de la cabina frente a casa —concluyó Daryl y comenzó a andar.

En pocos minutos, Daryl ya tenía frente a sí mismo la cabina telefónica. Había caminado más apresurado de lo normal y a diferencia de lo que había sucedio la noche anterior, su mente estaba completamente en blanco, clara como el agua y extrañamente, se sintió relajado. Quizás era porque aún no había reaccionado, o porque se había mentalizado tanto del hecho que lo había asumido rápidamente.

No lo sabía.

Ahora, sólo tendría que avisarle a Carol que su padre había muerto y sería el fin de la historia. Quizás la mujer ya no tendría más motivos para seguirle revoloteando a su al rededor, y si aún no se había comunicado seguramente era porque se habían "solucionado" las cosas con Ed.

Cuando Daryl colocó una de sus manos en el tubo maltratado del teléfono, éste sonó. Extrañado, lo levantó y lo puso en su oído sin decir nada esperando que la otra persona dijese algo primero.

Entonces, una voz como de un espectro que al principio le sonó desconocida, se le hizo muy familiar.

—¿Daryl? —era la voz de una mujer que sonaba ronca y débil— Soy Carol.

—Justo estaba por llamarte ¿lo has sabido por alguien? —el hombre supuso que ya se habría enterado de la muerte de Charles de alguna manera, y aunque matemáticamente era imposible, quizás en Atlanta tenían un sistema de información que Daryl desconocía.

La mujer no le respondió y empezó a sentirse un leve llanto. Daryl comprendió entonces que algo andaba mal.

—Ed...

—¿Ed, qué? —nuevamente Carol no respondió y esta vez su llanto débil se convirtió en uno sonoro, profundo y escalofriante. Daryl no sabía qué hacer, ni cómo actuar. Después de todo, él estaba del otro lado del teléfono y a kilómetros de Carol.

La tranquilidad que sentía se esfumó y un extraño pánico se apoderó de él. Un pánico que ya conocía desde pequeño cuando su padre golpeaba a su madre. Pánico y un nudo fuerte en la garganta.

—Ven —dijo Carol en un mísero suspiro para seguir llorando luego— Por favor —suplicó.

Al oír esto, el hombre inmediatamente cortó la llamada, para que en un mili segundo, el calor se apoderara de él y saliese corriendo hacia la estación de trenes, preso de una desesperación que desconocía y del cual una voz interior, quizás la voz del antiguo Daryl, le decía que no existían motivos para tal reacción.

Daryl no creía en Dios, pero si de verdad existía uno, tendría que ayudarle a encontrar un tren en ese momento.