Forcejeó un momento con la cadena, preguntándose si aquello era una maldita broma y como debía reaccionar. Daffy lo miro un instante, al principio tan sorprendido como él, pero rápidamente su expresión se tornó calmada y se cruzó de brazos. Había sido algo repentino. Aquellos gemelos los hicieron entrar a la rústica casucha y nada más pasar el umbral le habían vendado los ojos a José, arrastrándolo hasta quien sabe dónde, un sitio que parecía ser subterráneo a juzgar por las escaleras y lo habían esposado a una pesada mesa de metal atornillada al suelo. Aquel lugar parecía un laboratorio de científico loco, solo que en lugar de laboratorio se trataba de una armería, con montones de armas de dudoso uso y procedencia colgados de las paredes, en un orden que solo sus dueños sabían. Había en un rincón pilas y pilas de cajas de cartuchos, balas, balines, arpones, objetos punzo cortantes y demás cosas utilizadas para matar. En otro momento se habría detenido a admirar tan basta colección, pero no cuando le tenían encadenado al lugar.
Miró a Daffy pidiendo una explicación, apretando los dientes de ira, pero el moreno no le hacía ningún caso. Estaba a punto de gritar cosas insultantes hasta que vio a uno de los gemelos, Ralph, acercarse con un alicate. Tragó saliva pesadamente.
—Oye, hombre…eh…¿Para que necesitas eso…? —preguntó sintiendo el sudor frío bajar por su frente.
Nadie en la habitación le respondió.
—José… —dijo Ralph, balanceando el instrumento de una mano a otra. — José Sebastião Silva, mejor conocido como "El Carioca" ¿No es verdad?
José iba a responder hasta que se dio cuenta de que no le estaba hablando a él, sino que se refería a Daffy. Para ellos el propio José, encadenado, solo era como algo más del mobiliario. Nadie le estaba prestando en verdad atención.
—¿Lo es? Creí que su apellido de verdad era Carioca — mencionó Daffy alzándose de hombros. No parecía muy contento.
Por un instante a José se le ocurrió la posibilidad de que Daffy lo estuviera entregando, ya que después de todo había una recompensa muy notable. No conocía al otro lo suficiente como para deducir si sería capaz de algo así, pero se conocía a sí mismo y pensó que si se encontrara en una situación similar, no duraría en preferir el dinero. José se llenó de pánico. Pero Daffy no era él ¿Verdad? No lo haría, por simple respeto a Francisco.
—¿Alguien va a decirme que sucede? —volvió a preguntar, con voz ahogada.
—Quince mil zimbales —dijo Ralph, ignorándolo y aún dando vueltas por la habitación sosteniendo el alicate de forma amenazante — Quince mil zimbales por tu pequeño amigo que no debe pesar más de cincuenta kilos. ¿Qué fue lo que hizo? ¿Pateó a la reina de Inglaterra o qué?
Se rio de su propio chiste y Daffy levantó una ceja. Algo en su expresión hizo que José pensara que no tenía ni idea de que fuera tanto dinero. No sabía si tomárselo para bien o para mal.
—Y yo que pensaba que no servías para nada, Zé — le dijo el moreno dedicándole una sonrisa tranquilizadora. Luego se volvió a Ralph — ¿Por qué se interesa el gobierno por esta rata? Es un despilfarro de dinero.
—¿El gobierno? ¡Qué va! —exclamó el hombre de sonrisa lobuna— Más bien son las Familias, iniciaron una especie de estúpida competencia por ver quién se hace primero con Zé Carioca y Donald McDoug. Es bastante entretenido si lo vez por afuera como nosotros.
—Puedo suponer que esto lo iniciaron los McDoug ¿No es cierto? En venganza por el asesinato de su Don—dijo Daffy— Y José solo es un extra.
Ralph se recargó en la mesa de metal.
—Es complicado. Si, fueron los McDoug quienes lo iniciaron, era obvio. De todas las familias son quienes más fuertes códigos tienen sobre la traición y…bueno, ese chico era el sobrino del Don, pero lo curioso es que no fue él por quién pagaron en primer lugar, sino por… —hizo un gesto hacia José y este sintió su estómago revolverse.
—¿Yo? ¡¿Pero si yo no…?! —comenzó , sin ocurrírsele un modo de defenderse.
El otro hombre, Wile, le dio un manotazo en la nuca para que se callara. Ya había olvidado que él también seguía allí.
—Como sea… —siguio Ralph — El Carioca no es muy querido en lo barrios, claro, pero ¿Tanto así? Entonces, naturalmente, todo el mundo se olio que había algo extraño, a lo mejor algo personal del nuevo Don de los McDoug, ya que ellos son la única familia que lo está pidiendo muerto. Todas las demás lo exigen vivo…o consiente, por lo menos.
Las piernas de José temblaron incontrolables. No pudo evitarlo.
—¿Qué escondes en esa cabecita llena de rizos, niño? — preguntó Ralph aún sonriéndole con sus dientes puntiagudos.— Porque solo puede ser por información, de algo, de alguien…
José no tenía idea de que podía querer los McDoug de él, algo que mereciera la pena y esfuerzo, al menos. No sabía más de ellos de lo que sabía de otras familias, tal vez unos cuantos miembros de peso y además había conocido a Scrooge en persona. Ellos habían sido la última familia en la que había estado antes de decidir estar por su cuenta y era con quiénes más había durado. Sintió un nudo en la garganta cuando se le ocurrió que a lo mejor ellos creían que él sabía algo, algo que no debería saber.
—Wile, eres el más coherente. Dile a Ralph que deje de comportarse como un maníaco, que va a hacer que el niño se orine en los pantalones y nadie va a querer limpiar eso.
—Jodete, Daffy — gruñó José siendo invadido por la tensión.
—Si bueno, a quien deberían arrestar por comportarse como un maníaco con aires de grandeza es al nuevo Don de los McDoug — comentó el único gemelo que hablaba, dejando el alicate en la mesa. Los hombros de José se relajaron —Es un idiota, está dejando que se le escape información importante y por como ha estado actuando, me sorprende que no salga a la calle con un letrero que diga "Jefe de los McDoug, temanme"
—No creo que lo demás estén felices con eso — ironizó Daffy
—Todos los acuerdos de paz se están desmoronando por culpa de ese cabron, sea quien sea.
—¿Y ustedes cómo saben todo eso? Creí que estaban muy a parte de todo esto de las Familias y esa mierda — Daffy parecía muy interesado y divertido por el asunto. Tenía una media sonrisa de lado mientras hablaba.
—Si, claro, lo estamos. Pero es que ese sujeto mandó cartas amenazantes a tu padre y solo es cuestión de tiempo para que se meta con nosotros también.
La sonrisa de Daffy se borró al instante.
—¿Qué quieres decir con eso? — preguntó molesto.
—Al nuevo jefe McDoug no le gusta que tu padre preste su asesoría legal a otras familias. Amenazó que, si no se compromete del todo con los McDoug, va a amanecer un día con el estómago abierto en canal. Pienso que, si nos conoce, va a querer hacer lo mismo con nosotros.
—Mi viejo es testarudo, nunca ha querido asociarse directamente con nadie y no creo que empiece ahora— el moreno se mostraba tranquilo, pero José pudo notar que tenía los puños apretados. — Ese imbécil nuevo jefe se está haciendo de enemigos muy rapido….
—Ojala que su deceso sea tan rápido como su ascenso —dicho esto, Ralph se bajó de la mesa — Y ahora, volviendo a tu amiguito…
—¿Van a entregarlo? Todos aquí sabemos que ustedes no necesitan el dinero.
—No, claro que no, pero teníamos la esperanza de sacarle algo de provecho para usarlo en contra de ese nuevo jefe. ¿Qué dices, enano? ¿Vas a cooperar?
José comenzó a temblar de nuevo, pero Daffy se puso a su lado.
—Si el nuevo jefe es tan tarado e impulsivo cómo piensas, entonces tal vez solo quiera vengarse de Zé por alguna idiotez infantil. No vale la pena arriesgar nada por este tonto —dijo el moreno señalando a José.
—¡Oye! —protestó este.
Ralph pareció pensárselo.
—¿Es cierto lo que oigo? — comenzó a decir con fingido tono teatral — ¿El gran Lucas "Daffy" Drake defendiendo a alguien? Espero que no te lo estés cogiendo…
—Eso es lo que él quisiera— contestó Daffy ganándose un codazo por parte de Zé —Pero el caso es que por ahora necesito a este enano intacto, estamos planeando algo que no tiene nada que ver con ustedes cómo negociantes o con los McDoug.
Daffy mentía a medias. Parte del plan de Donald era utilizar el dinero robado para financiar a alguna familia que quisiera ayudarlos y vengarse de los McDoug, pero hasta donde Zé sabía, Daffy y Bugs solo estaban allí por el dinero. Nada habían dicho de lo que pasaría después.
—¿Entonces?
—Bueno, no puedo darles detalles, pero necesito muchos juguetes y también necesito que sueltes a mi amigo.
Ralph palpo su pantalón haciendo sonar lo que probablemente eran las llaves de las esposas.
—De acuerdo, Daff. Solo por ser tú.
Antes de que pudiera sacar las llaves, José le entregó las esposas, sin que parecieran estar dañadas o haber sido forzadas.
—¡¿Cómo demonios…?!
—Es un truco que aprendí en prisión— se explicó el brasileño.
Daffy parecía divertido. —¿Y por qué no corriste?
—¿Yo voy a intentar escapar de una habitación llena de armas que ni siquiera sé sostener con tres mastodontes tras de mí? Podré ser lo que quieras, pero aún tengo sentido común.
—Ahora entiendo porque te lo estás cogiendo — comentó Ralph ganándose una mirada asesina de Daffy.
—¿De verdad ese es tu nombre? — preguntó José una vez de vuelta en la camioneta. No lo había dicho con burla, como con Donald, sino que en realidad estaba interesado.
—Si lo divulgas te mato — respondió el moreno, medio en serio y medio en broma. —Eso es algo que solo conocen mis amigos.
José estuvo a punto de replicar sobre eso, decirle que si él no era un amigo también, pero se dio cuenta de que sonaría estúpido y mejor calló.
—Gracias
—¿Qué? ¿Por qué?
—Por haber evitado que esos tipos me cortaran los dedos uno a uno.
—Es que a Francisco no le hubiera gustado que regresara contigo en pedazos —se explicó Daffy, sin apartar la vista del camino.
Ya lo había pensado así, todo buen gesto que Daffy tuviera con él era únicamente por Francisco. Por un breve instante envidio lo que ellos tenían pero igualmente pensó que era un sentimiento muy estúpido y no quiso seguir pensando en ello.
—¿Hay algo por lo que la familia de Donald quiera matarte? No es que me sorprenda, pero debe haber algo en concreto.
—No lo sé, no lo creo… O tal vez si ¡No lo sé!
José dio una patada que se le antojo como un gesto infantil.
—Yo en realidad creo que no.
El brasileño relajó su expresión de confusión y angustia para mirar a Daffy, asombrado por lo que acaba de decir. Él lo miró y, rodando los ojos, siguió hablando.
—No creo que seas su objetivo. Pienso que están tratando de pasar los reflectores a alguien y ya que tú fuiste el estúpido que ayudó a Donald, te tocaron los tiros. Si lo que nuestro rubio dice es verdad y él no asesinó a McDoug, tal vez su verdadero asesino (y esto es solo una teoría, Zé) esté intentando que todas las demás familias se rasquen la cabeza pensando por qué pagar tanto por ti cuando deberían estar haciendo justicia a su Don. Y no quiere que Donald llegue a las demás familias y se le vaya la lengua. Suena a un buen plan, combinando astucia con la idiotez que el nuevo Don ha demostrado, lo cual me lleva a pensar otra cosa…
—¿Qué?
—Que el nuevo Don no ascendió al poder por sí solo.
—¿Y bien? ¿Qué consiguieron?— preguntó Donald una vez que José y Daffy entraron a la habitación.
José no pudo evitar dejar escapar un silbido al verla. Era amplia, pensada para varias personas, aunque solo había dos camas así que se preguntó a quien le tocaría dormir en uno de los tantos mullidos sofás que había repartidos por la estancia. En medio de todo había una mesita de cristal y a un lado, cubriendo una pared entera, había un librero con un espacio grande en la centro en donde debía haber estado una tele.
—¿Según tú, quien es ahora el nuevo jefe de los McDoug? — dijo inmediatamente Daffy al ver al rubio, ignorando por completo su primer pregunta. Lo dijo tan abruptamente y en un tono tan amenazante que a cada palabra que decía avanzaba un paso mientras encaraba a Donald, quien retrocedía tropezando con los muebles. Todo sucedió tan rápido que Francisco y Bugs, quienes también estaban allí, a penas tuvieron tiempo de voltear a ver qué ocurría.
Daffy (Lucas, pensó para sí) había estado actuando serio en la camino de regreso. Ya no había encendido el radio ni siquiera para molestarlo y José sospechaba que era por lo que Ralph le había dicho de su padre. Acababa de comprobar que así era.
—Eh…bueno…no lo sé — balbuceo el rubio, tomado completamente por sorpresa — Supongo que mi primo…quiero decir, estoy seguro que es él.
—¿Y es un idiota? — la pregunta hizo que Donald levantará una ceja y mirara a su alrededor para ver si era alguna clase de broma.
—Si, un enorme idiota con un ego más grande que su cerebro. ¿Por qué de pronto te interesa?
Daffy dio la vuelta y fue a sentarse pesadamente junto a Bugs en uno de los sofás, quitándole el libro que tenía en la mano y lanzándolo a una esquina de la habitación. Le pasó un brazo por los hombros al pálido y miró a Francisco, quien a causa de estarse recuperando estaba acostado en una de las camas.
José solo se quedó parado cerca de la entrada, desde donde tenía una vista periférica de todos. Donald igual se quedó en su posición, todavía aturdido.
—Ese sujeto se está metiendo con quién no debe —dijo Daffy — Conmigo y los míos, quiero decir.
—Hablas de… —dijo Bugs
—Si, mañana iré a hablar con él. Francisco, tu también deberías venir.
Panchito se encogió de hombros, con una sonrisa somnolienta.—No he visto a mi padrino en un largo tiempo.
Donald negó con la cabeza un par de veces, procesando todo con lentitud.
—¿De que hablan? ¿A quien van ir a ver? — protestó
—Es un secreto, Gansito. Tenemos los propios al igual que tú cuando desapareces de repente. Ayer te llenaste la boca hablando de confianza, pero eres el primero en ocultar cosas a nuestro unido grupo. — dijo Daffy quitándole importancia y hundiendo la cara en el cuello de Bugs.
Donald, quien probablemente temía otro enfrentamiento con el moreno como la vez anterior, suspiro y se paró en la centro de la habitación, mirándolos a todos.
—Supongo que tienes razón. La persona a la que he estado viendo y que nos ha ayudado en las sombras es un viejo amigo de la infancia que resulta también ser Jefe de Distrito de la capital de este mugroso país.
—¿Hablas de Michael Disney? — Panchito parecía bastante impresionado.
—¿Te codeas con una de las mayores autoridades, no solo de la capital sino de toda Zamora, y estás en este hotelucho de quinta en vez de ir a abusar de ese poder? Sabía que eras idiota, pero no me imaginaba la magnitud de tu problema — se burló Daffy.
—No es el punto. No pienso poner en riesgo la reputación de mi amigo. —dijo Donald con firmeza, dando por zanjado para sí mismo ese asunto —Lo que me lleva a lo siguiente: Mickey…quiero decir, Michael, nos ha dado algo de tiempo antes de que la policía empiece a registrar la zona del atentado. Tenemos hasta entonces para deshacernos de los papeles y planos que dejamos allí. Sería muy peligroso que alguien se enterara de nuestro gran golpe antes de tiempo.
—Eso quiere decir que tenemos que salir de inmediato — comentó Daffy, levantándose del sofá — Pero estaríamos regresando a la boca del lobo. Aunque no tengan orden de registro, alguien estará vigilando cada centímetro de la unidad.
—No es necesario entrar a recuperar los papeles, solo…hay que hacerlos desaparecer — dijo Donald, haciendo que la expresión de Daffy, hasta ese momento malhumorada y seria, se tornará a una sonrisa se dejaba ver todos sus blancos dientes.
—Al fin hablas mi idioma, Gansito.
—¿Pues que esperamos? —dijo José, al fin siendo participe en la conversación — Entre más pronto salgamos mejor.
—¡No, tú no! —gritó Panchito, tomando desprevenidos a los demás hombres. —Me refiero a que ni tú ni Donald deberían ir, todo el mundo los busca y…
—Frank, no me voy a quedar aquí sentado mientras ustedes se arriesgan por algo que, por cierto, yo inicie.
—Si, Pancho, además no creo que nadie se espere que regresemos —dijo José — Supongo que quién nos mandó a matar ya debe creer que estamos a cientos de kilómetros. Y por parte de la policía no tienen modo de relacionar el asesinato de unos cuantos guardias de seguridad con nosotros.
—Por primera vez los que sale de tu boca no es una idiotez, Zé — comentó Daffy con sorna.
José lo ignoró. Miraba atento a Francisco, quien parecía estar repasando en su mente cualquier otro intento de excusa y rehuía su mirada.
—Aun que las posibilidades son muy pequeñas, no habrían de arriesgarse —dijo el pelirrojo, rascándose la nuca — ¿Quién nos asegura que no hay alguien vigilando la unidad ahora mismo esperando que regresemos por cualquier cosa?
Donald se tocó la barbilla en gesto pensativo.
—Ahora que lo mencionas, no es tan rebuscado creer…
—¡No! — lo interrumpió José, acercándose a la cama donde estaba Pancho — Tú me estás ocultando algo —señaló al pelirrojo con un dedo acusador y la cara de este se tornó igual de roja que su cabello. —Eres un pésimo mentiroso, pero por suerte yo no. Así que bien, dilo.
No le gustaba el gritarle a Panchito, sobretodo después de lo que él había hecho por ellos, pero toda la tensión acumulada estaba pagando factura y José sentía una fuerte necesidad de tomar un bate y destruir todo. El hecho de que Francisco miró hacia Bugs antes de empezar a hablar solo lo enfureció más.
—C-creo que tienes razón, Zé… eh, pues… — comenzó el mexicano, aclarándose la garganta — Resulta que la persona que quiere matarte, y solo a ti, es Néstor Maradona.
José dio un lado atrás de la impresión, no muy seguro de haber escuchado bien.
—¿Qué?
—Nestor Maradona fue quien asesinó a todos esos guardias, buscándote. Me dijo que solo te quería a ti, así que creo que por eso no se aseguró de haberme matado.
El brasileño se dejó caer en la cama. Ya no se sentía capaz de mantenerse en pie. Se aferró con fuerza a las blancas sábanas, pero después de un segundo logró convencerse de que no le importaba. No había visto a Néstor en años, pero si alguien tenía algún motivo para desearlo diez metro bajo tierra, era él. De cierto modo, José admitía que merecía su ira.
—Zé…
Se dio cuenta de que los cuatro hombres lo miraban, así que se levantó, desperezándose.
—Y bueno ¿A qué horas nos vamos? — dijo intentando disolver la tensión.
Donald le dedicaba una expresión extraña. Una mirada que le molestaba porque parecía decir oh, pobresito y José no necesitaba su lástima.
—¿Quieres hablar sobre esto? —le dijo el rubio en voz baja
—¿De que cosa? No hay nada que decir, vámonos.
Donald asintió, saliendo con Daffy y Bugs para que le mostrarán las nuevas armas y trazar algún plan improvisado, pero de algún modo el brasileño sintió que lo estaba dejando con Panchito apropósito.
—José — lo llamó el pelirrojo otra vez.
—Eres un imbécil — le dijo, dándole la espalda.
Francisco calló, como pidiendo una explicación.
—Eres un imbécil — repitió, dándose la vuelta. No lloraba, José ya era un hombre como para hacer tales tonterías, pero su voz sonaba como si lo hiciera — Pusiste en riesgo tu vida por mí, cuando tú mismo deberías saber que no vale la pena. Igual alguien va a terminar matandome, todo el mundo me odia.
Lo tenía atorado en la garganta desde que ese mismo día vio a Francisco cubierto de sangre. Había querido gritárselo en ese momento y lo había estado gritando en su cabeza todo el día. Ni siquiera le importaba lo egoísta que sonaba, ya que Francisco había querido protegerlos a todo, no solo a él, pero quería creer con todas sus fuerzas que solo había sido por él, como todo lo que el mexicano hacia.
—Yo no te odio — contestó con el ceño fruncido en angustia.
—Lo harás —dijo José como si eso explicara todo. Le habría gustado añadir Porque yo arruino todas mis relaciones, pero no lo hizo.
El pelirrojo negó con la cabeza. —Nunca. No importa que hagas.
—¡Francisco, reacciona! —gritó, acercándose a él cada vez más — ¡Casi mueres, estúpido! ¡Podrías ir a cadena perpetua si se llega a saber que tú nos ayudaste a escapar! — Se pasó la mano por sus rizos verdes, como para calmarse a sí mismo — Nessa y yo solíamos ser como hermanos cuando éramos más jóvenes y mira como acabó. ¿Por qué no te vas ahora que puedes?
Por qué no te vas ahora que puedes seguir mirándome así, como si me quisieras…
Francisco no respondió.
—¿Por qué te tratas así? — dijo después de lo que pareció un largo rato.
José abrió los ojos sorprendido, no se esperaba esa reacción. Antes de que pudiera replicar, Francisco lo tomó por la muñeca y lo atrajo hacia su cuerpo. José pudo sentir su cálido aliento rozarle el cuello, sus brazos fornidos rodeándolo y su aroma embriagador. Casi deseo que se quedarán así para siempre.
—Te amo — dijo Francisco en su lengua natal. Parecía que siempre la hablaba cuando quería imprimirle veracidad a sus palabras, cuando era un momento intimo, porque sabía que solo José entendería.
Cállate…cállate… ¡No digas eso!
José quiso zafarse de su agarre, pero Francisco no lo dejó. Después de todo, lo conocía perfectamente y sabía que necesitaba eso, pero no lo quería. Forcejeó un poco más hasta darse por vencido y ambos se quedaron allí por un rato.
Ninguno se sorprendió por el hecho de que no fueron presionados o molestados por nadie.
By Ortencia
Su jefe, el Teniente Iwerks, caminaba de un lado a otro como león enjaulado. Sostenía el enorme teléfono en una mano mientras con la otra hacia gestos para dar énfasis a lo que gritaba. Ortencia solo se mantenía parada en su lugar como soldado, con las manos tras la espalda.
Tenía al menos una hora desde que habían llegado a la escena del crimen y gran parte de ese tiempo lo había dedicado a observar como Oswald discutía por teléfono debido a que aún no tenían permiso para comenzar a registrar el lugar. Ambos creían que eso era una estupidez, porque si los cadáveres repartidos por toda la entrada de la unidad no fueran suficiente permiso, también se había encontrado ADN de un conocido fugitivo en la puerta de entrada.
—¡SON UNOS PUÑETEROS INCOMPETENTES! ¡POR ESO SU PAÍS ESTA HUNDIDO EN LA MIERDA! — dicho esto, Oswald arrojó el aparato a una esquina de la camioneta policial, en donde se hizo añicos.
Ortencia seguía impasible en su posición.
—¿Malas noticias, señor? —preguntó
—Muy jodidas, Ort —dijo el hombre, con los dedos en la sienes —Tendremos que esperar hasta mañana para poder entrar, ¡Puto país de marrones!
—¿Y qué pasará con nuestros amigos? — Ortencia señaló con la cabeza a donde estaban los cadáveres, acordonados con cinta amarilla. Era una visión deprimente.
—Ya vienen por ellos, nuestros amigos darán su último paseo. — contestó su superior sonriendo, como si fuera divertido — En cuanto a ti y a mí, sin importar lo que digan, nos quedaremos aquí toda la noche si es necesario. Tengo una corazonada.
—Por supuesto, Teniente.
