Martes, 4 de junio de 2013

Empieza a hacer calor.

Pero no un calor agradable, ni siquiera de un calor tolerable. No es un calor que invita a salir a la calle a dejar que los rayos del sol te bronceen la piel. No hablamos de esa clase de calor que arranca las sonrisas de los peatones y transeúntes como anuncio de la proximidad de un verano moderado. Ni siquiera se trata de un calor fácil de evadir bajo la sombra de un árbol o bebiendo un refresco frío. No, nada más lejos de la realidad.

Me refiero a un calor pegajoso y asfixiante. Un calor abrasador, insoportable, implacable, ardiente, irritante y febril. Un calor que te hace pensar en que el Sol se ha levantado con la intención de acabar con la vida en la Tierra. Un calor que enrarece el aire y derrite el asfalto. Un calor con el que se pueden freír huevos sobre las estatuas. Un calor que induce mareos en los más resistentes y desmayos en las personas bajas de tensión. Un calor que hace que los pájaros, enloquecidos por el sofoco, se arranquen sus propias plumas.

A nivel personal, es un calor que me está haciendo sudar hasta las ideas. Tanto es así que las Columpiers me mojan varias veces al día para mantenerme hidratado, como si de una ballena encallada en la playa me tratara. Noto como la piel empieza a colgarme bajo la barbilla. Me siento como Smeagol a medio proceso de convertirse en Golum. ¿Y el anillo? El anillo más que fusionarse con mis dedos se está fundiendo sobre mi piel. Pronto podré moldearlo a mi gusto. ¿Y Kate? Kate continúa sin aparecer. ¿Y Rick? Sin manzanas ni cerezas, Rick pierde la cabeza.


Creo que realmente estoy perdiendo la cabeza. El calor me está haciendo delirar. Hace un par de horas, por un momento he estado convencido de que el mismísimo James Bond se ha acercado hasta el columpio para verme, con esmoquin incluido. Luego, cuando ha empezado a picarme en la cara, me he dado cuenta que se trataba de uno de los pingüinos de Central Park, que se había escapado. Cosas que pasan.

La situación no ha mejorado al caer la tarde. Ahora mismo podría estar nadando en mi propio sudor. Gracias a dios, las Columpiers drenan de vez en cuando los charcos que se forman a mi alrededor. Pensando en su bienestar – drenar sudor no tiene que ser una actividad agradable –, he sugerido la posibilidad de quedarme en ropa interior, para pasar menos calor y, consecuentemente, sudar menos. Sinceramente, creo que ésta ha sido una de las teorías más cabales que se me han ocurrido en los últimos años. Sin embargo, la han rechazado. Tras mirarme con ojo clínico han dejado caer la frase "Eso n sería agradable para nadie". No sé qué habrán querido decir con eso.