Toda la historia peretenece a la increíble Jennifer L. Armentrout. Nombres de los personajes a la maravillosa Sthepenie Meyer.

Capítulo 7

Bella parecía increíblemente pequeña y delicada en mis brazos, su peso tan ligero que la presioné más cerca. Curiosamente, su cabeza encajaba perfectamente en mi hombro, como si ella la hubiera colocado allí y quedado dormida en lugar de perder el conocimiento.

No podía creer que sin querer la noqueé.

De una manera retorcida, fue lo mejor que pudo pasar. Lo más

probable es que no tendría que salir con alguna excusa loca de por qué pareció como si un rayo salió disparado de mis dedos y asustó a un oso.

Arriba, nubes oscuras aparecían. Una tormenta se formaba —una consecuencia común de demasiada carga de poder. Algo que ver con los campos eléctricos que afectan el clima y bla, bla, bla.

Pero incluso si Bella se despertaba y creía que la tormenta por llegar tenía algo que ver con asustar al oso, le había puesto un rastro. Lo cual era equivalente a poner un blanco en su espalda, sobre todo cuando podría haber algunos Arum alrededor.

Mierda.

Aquí me encontraba, despotricándole a Alice sobre lo peligroso que era acercarse a Bella, y soy el que se hallaba aburrido y la convenció de ir a un paseo que puso a todos en peligro.

El rastro debería desaparecer en un par de días. Mientras ella permaneciera en casa y nadie más que Alice la viera, entonces no debería ser un problema.

Me reí secamente, casi con amargura. ¿No será un problema? Alice nunca dejaría de hablar de ello.

De regreso por el camino, obligué a mi mirada a mantenerse adelante en lugar de en lo que cargaba, centrado en el paisaje. Árboles—muchos árboles y hojas en forma de arce, agujas de pino, algunos arbustos... pájaros saltando de rama en rama, sacudiendo sus plumas. Una ardilla subiendo por el tronco de un árbol.

Bajé mi mirada.

Pestañas gruesas se dispersaban por sus mejillas más pálidas de lo normal. Como que pensaba que se parecía a Blancanieves. Buen Dios, eso sonó patético. ¿Blancanieves? Pero sus labios se encontraban entreabiertos perfectamente, y eran rosados incluso sin maquillaje.

Un trueno resonó y el olor de la lluvia llegó. Comprobando para asegurarme de que todavía se hallaba desmayada como un pequeño gatito, aceleré el ritmo y volé por el sendero. Incluso tan rápido como me movía, la tormenta era impredecible, y los cielos se abrieron, empapándonos. Y aun así, dormía.

Ella me recordaba a Emmett. Una bomba atómica no habría despertado a mi hermano.

Después de llegar a los escalones del pórtico, reduje la velocidad y sacudí mi cabeza, enviando a volar las gotitas de lluvia por todas direcciones. Me detuve en la puerta y fruncí el ceño. ¿La bloqueó antes de

irse? Maldita sea, no podía recordarlo. Si es así, probablemente tenía una llave en su bolsillo, pero eso significaría examinar su bolsillo y conseguirla.

¿Cómo más podría explicar cómo abrí su puerta?

Mi mirada cayó y recorrió por encima de sus piernas. Sus piernas increíblemente largas para alguien tan pequeña... y esos pantalones cortos eran cortos. También bolsillos minúsculos.

Sí, no iba a ir tras esa llave.

Ya era el momento de depositar su pequeño trasero en el columpio y largarme de aquí.

Suspirando, me acerqué al columpio y empecé a bajarla, pero se acurrucó más cerca. Me congelé, preguntándome si se encontraba despierta. Una rápida revisión me dijo que no lo estaba. Una vez más, empecé a bajarla, pero me detuve esta vez. ¿Qué pensaría ella si se despertaba aquí sola?

¿Por qué me importaba?

—Maldita sea —murmuré.

Escaneando el pórtico frenéticamente como si contuviera las respuestas, finalmente rodé mis ojos y me senté, colocándola junto a mí.

Tenía sentido que me quedara. Tenía que saber si me vio disparar un rayo con la mano, razoné. Mantuve mi brazo a su alrededor, porque conociendo mi suerte, se deslizaría del columpio y se abriría la cabeza.

Entonces Alice me mataría.

Incliné mi cabeza hacia atrás y cerré los ojos. ¿Por qué vine aquí hoy? ¿Era realmente aburrimiento? Si ese fuera el caso, podría haber visto los episodios de Investigadores de fantasmas que grabé. Realmente no pensé en lo que hacía hasta que me hallé llamando a su puerta y ya era demasiado tarde para pensar en ello.

Era un idiota.

Bella murmuró algo y se movió más cerca, presionando su mejilla contra mi pecho. Se moldeaba a todo el lado derecho de mi cuerpo: muslo con muslo. Su mano se acurrucó en mi cadera y empecé a contar hacia atrás desde cien. Cuando llegué a los setenta, me encontré mirando sus labios.

Realmente necesitaba parar de mirar sus labios.

Su frente se arrugó, sus párpados vacilantes, como si tuviera un mal sueño. Una parte ridícula de mí respondió a eso —a los minutos de angustia tensando sus rasgos, tensando su cuerpo. Mi pulgar comenzó a moverse a lo largo de la parte baja de su espalda, trazando círculos vagos. Los segundos pasaron, y se tranquilizó enseguida, su respiración profunda y constante.

¿Cuánto tiempo iba a dormir? Una parte de mí no se molestaba por la perspectiva de estar aquí durante horas. Había algo tranquilizador en sostenerla, pero también era exactamente lo contrario, ya que cada pulgada de mi cuerpo tomaba nota de cómo encajaba a mi lado, de en dónde se hallaba su mano, del subir y bajar de su pecho.

Esto era pacífico y tortuoso.

Algún tiempo más tarde, después de lo que se sintió como una eternidad, y sin embargo no el tiempo suficiente en absoluto, Bella se movió al despertar. Fue un proceso lento, que comenzó con sus músculos tensándose, relajándose y luego tensándose de nuevo cuando se dio cuenta de... sobre quién descansaba.

Mi mano se quedó inmóvil, pero no la alejé. No era como si iba a caerse de cara ahora, pero yo... yo no lo hice, y no estaba en absoluto de acuerdo con eso. Apreté mi mandíbula.

Bella levantó su cabeza.

—¿Qué… qué pasó?

Oh, ya sabes, disparé un rayo puro de energía a un oso y tú te

marchitaste como una flor delicada a mis pies. Entonces te cargué como un verdadero caballero y me senté aquí por Dios sabe cuánto tiempo y me

quedé mirándote.

Síp, no iba a ir allí.

Quité mi brazo.

—Te desmayaste.

—¿Lo hice? —Se alejó, retirando su cabello enmarañado de su cara.

Fue entonces cuando me di cuenta que su cabello se soltó en algún momento. Mi mirada cayó brevemente. Como esperaba, su cabello era largo y grueso, cayendo sobre sus hombros.

—Supongo que el oso te asustó —le dije—. Tuve que traerte de vuelta.

—¿Todo el camino? —Parecía decepcionada, lo que me causó curiosidad—. ¿Qué... qué ha ocurrido con el oso?

—La tormenta lo asustó. Un rayo, creo. ¿Te sientes bien?

Un relámpago iluminó el pórtico, sorprendiéndola.

—¿El oso tuvo miedo de una tormenta?

—Supongo.

—Tuvimos suerte, entonces. —Bajó su mirada, sus cejas frunciéndose, y cuando esas pestañas se levantaron, tuve que esforzarme para seguir respirando normalmente. Había una cualidad en esos ojos: una luz tenue que me atraía justo dentro—. Aquí llueve igual a como lo hace en Florida.

Empujé su rodilla con la mía.

—Creo que puede que estés pegada a mí durante unos minutos más. —En realidad, eso era una excusa estúpida para no irme. Necesitaba algo mejor —no, lo que necesitaba era irme. Levantarme e irme. Pero luego volvió a hablar.

—Estoy segura de que parezco un gato ahogado.

Casi hubiera preferido al gato ahogado.

—Te ves bien. El aspecto mojado funciona para ti.

Frunció el ceño.

—Ahora sé que estás mintiendo.

Yo era un montón de cosas, pero hasta hace poco, mentiroso no era una de ellas. Y al parecer, era tan impredecible como el clima, tanto es así que no tenía idea de lo que hacía hasta que me moví y envolví mis dedos alrededor de su barbilla, inclinando su cabeza hacia mí.

—No mentiría acerca de lo que pienso —dije, y esa era la verdad.

Bella parpadeó lentamente, y mi mirada cayó a sus labios de nuevo.

Realmente, realmente necesitaba dejar de mirar sus labios. Mis músculos se tensaron ante la idea de probarlos. Ella probablemente me golpearía en la cara y luego me atacaría con esa lengua afilada suya. Lo que me hizo querer sonreír.

Me incliné hacia delante.

—Creo que lo entiendo ahora.

—¿Entender qué? —susurró.

Mi fascinación indeseada con ella —lo tenía. Ella no soportaba nada de mis tonterías. Me hallaba rodeado de gente que me miraba para tener todas las respuestas, para protegerlos, para nunca mostrar miedo. Y por eso me puse una fachada y me pavoneaba como si nada me asustara.

Era agotador a veces. Pero Bella, vio a través de toda mi fanfarronada y me mantuvo honesto. Y me gustó eso... mucho.

Un rubor rosa tiñó sus mejillas. Seguí ese color con mi pulgar.

—Me gusta verte sonrojar.

Tomó un pequeño aliento, y eso me deshizo. Presionando mi frente contra la de ella, la empujé hasta el límite. Esto era una locura, su piel era suave y sus labios parecían aún más suaves.

Me hallaba atrapado en una red donde realmente no tenía forma de escapar. Una red de Bella... Una que malditamente garantizaba que ella no tenía idea de que tejía. Una belleza ingenua, y vi mucho en mis dieciocho años para saber que era una rareza. Algo para ser apreciado.

Un rayo resonó de nuevo, y Bella no saltó ante el trueno esta vez. Se centró en una manera que me agradó, tiró de mi control, y se burló de mí con lo que nunca podría tener. No debería incluso quererlo, pero lo quería... Dios, cuanto lo quería. Y si continuábamos a donde nos dirigíamos, se complicaría. Ya sabía lo que pasaba cuando los Luxen y los humanos se mezclaban. Tenía demasiada responsabilidad como para tontear con ella.

Demasiado pasando...

Pero todavía quería.

Mis dedos se deslizaron a lo largo de la curva de su mejilla mientras mi cabeza se inclinaba. Me iba a arrepentir de esto —santa mierda ya lo estaba, pero no iba a detenerme. Nuestros labios se hallaban solo a un suspiro de distancia...

—¡Hola, chicos! —gritó Alice.

Me alejé, deslizándome en un movimiento fluido y poniendo distancia entre nosotros en el columpio mientras Bella se puso en un tono feroz de rojo. Estuve tan absorto en ella, que no oí el coche de mi hermana, o noté que la tormenta pasó y el sol se encontraba fuera, brillando y todo.

Excelente.

Alice subió los escalones, su sonrisa se desvaneció cuando su mirada rebotó entre nosotros y luego entrecerró los ojos. No hay duda de que veía el débil rastro alrededor de Bella y se preguntaba cómo demonios pasó.

Entonces pareció centrarse en lo que acababa de interrumpir.

Su boca se abrió.

No era frecuente que la sorprendiera... de esta manera. Sonreí.

—Hola, hermanita. ¿Qué pasa?

—Nada —dijo—. ¿Tú qué estás haciendo?

—Nada —contesté, saltando del columpio. Eché un vistazo a una silenciosa, aturdida Bella. Sus ojos se encontraban todavía nebulosos y grandes. Jodidamente hermoso. Maldita sea, tenía que cortar esto de raíz en este momento, antes de que algo peor que un rastro pasara. Me reuní con su mirada—. Solo ganaba puntos extras.

Bella se puso erguida, sus ojos brillantes y sus manos curvándose en su regazo mientras asimilaba mis palabras.

Ah, ahí estaba —ahí salía la gatita, garras afilándose. La criatura cálida, tierna se fue en un instante. Hice eso. Subirla y estrellarla directo de vuelta a la tierra, a la realidad. Todo eso fue por mí.

No me sentía orgulloso, pero al menos de esta manera ella viviría.

Todos viviríamos.

Giré hacia los escalones, dejándola con mi hermana, que me miraba con confusión. Me sentí como el mayor idiota en el planeta.

Infierno, del universo.

El sol se había puesto cuando la puerta de mi habitación se abrió de golpe y Alice entró como un tornado, sus ojos brillando con emoción.

—¿Qué demonios interrumpí? —preguntó.

Cerré la tapa de mi Mac antes de que Alice pudiera ver lo que veía.

—Estás de regreso de la colonia temprano.

Bailó hasta la cama, levantándose sobre las puntas de los dedos del pie.

—No es como muy importante, pero si quieres saberlo, creo que Aro se estaba poniendo muy molesto conmigo y decidió dejar que me vaya.—Hizo una pausa, sonriendo con picardía—. Además, están teniendo algún tipo de cena de recepción para las mujeres que se casan el martes por la noche y dije que me gustaría volver... con Irina.

Mis cejas se levantaron.

—Uh, ¿ella sabe eso?

—Sí. Y está totalmente fastidiada conmigo, pero no puede decir que no. ¡Pero eso no es importante! —Aplaudió mientras se balanceaba hacia atrás y adelante—. ¿Qué te encontrabas haciendo en el pórtico con Bella?

Coloqué la Mac en mi mesita de noche.

—Estaba sentado allí con ella.

Los ojos de Alice se entrecerraron.

—Sí, duh, pero no se hallaban solo haciendo eso. No juegues conmigo.

¿Bella dijo más? El impulso de preguntarle corrió a la punta de mi lengua, pero mentalmente me di un puñetazo en la cara. No iba a ir allí.

—No estoy jugando contigo, hermanita.

—¡Esas son tonterías!

—Tonterías —repetí lentamente y luego me reí—. ¿Estás drogada?

Levantó su mano y me enseñó el dedo.

—Parecía que estabas a punto de besarla.

Un músculo vibró a lo largo de mi mandíbula mientras me recosté contra la cabecera, cruzando los brazos detrás de mi cabeza.

—Creo que estás celosa o algo así.

—Aunque creo que Bella es caliente, no quiero salir con ella. —Me guiñó un ojo.

—Me alegra oír eso —murmuré.

—Uf, ¡por qué solo no admites que te encontrabas a punto de hacer algo! —Se arrojó sobre la cama, sacudiendo todo el marco. La chica parecía pequeña pero era como un maldito tren—. Ibas a por lo del beso. Tu mano se hallaba en su barbilla.

Cerrando mis ojos, decidí que la última cosa que necesitaba era una descripción detallada de lo cerca que estuve de completar el desastre.

—Y entonces, ¿añade el hecho de que hiciste alguna pobre excusa acerca de las llaves y puntos extras?

—Lo puntos extras no eran una mentira. Solías hacer que hiciera eso todo el tiempo —le recordé.

Golpeó mi pierna, haciendo gruñir.

—Sí, cuando tenía como cinco años.

Mis labios temblaron.

—Entonces, ¿por qué te inventaste una excusa para pasar el rato con ella? —insistió.

Suspiré.

—Como te dije cuando te envié un mensaje, no he sido particularmente amable con ella y necesitaba una excusa. De lo contrario, habría dicho que no. —La última parte definitivamente no era una mentira.

Si prácticamente no la hubiera chantajeado para ir al lago conmigo, ella habría dicho que no. ¿Esta noche? Realmente no tuve que decir nada.

Interesante.

—¿Pero por qué…?

—Alice —gruñí, abriendo mis ojos para encontrar a mi hermana acostada boca abajo con su barbilla en sus manos. Me sonreía. —No deberías estar enfocada en algo un poco más importante.

Ella bateó sus pestañas.

—Creo que estoy enfocada en algo muy importante.

Me resistí a la tentación de tirarla fuera de la cama.

—No puedes decirme que no notaste el rastro en ella.

—¡Oh! Sí. Eso. —Dio golpecitos con sus uñas de color azul claro en su mejilla—. ¿Cómo ocurrió eso?

Por un momento, lo único que podía hacer era mirarla. Obviamente, no se sentía tan preocupada, lo que me hizo temer por su bienestar.

—Fuimos a pasear…

—Qué romántico —susurró.

Mis labios se bajaron en las comisuras.

—No fue romántico.

—Creo que lo es —continuó alegremente—. Cuando Eathan y yo tomamos paseos siempre termina con nosotros…

—Si quieres que Eathan siga con vida, te sugiero que no termines esa frase.

Rodó los ojos.

—De todos modos, así que fuiste en un paseo totalmente no romántico y...

Iba a tirarla fuera de esta cama.

—Y nos encontramos con un oso. Nos atacó y tenía que hacer algo. No creí que estarías feliz conmigo si dejaba que un oso la mutilara hasta la muerte.

—Vaya, ¿te parece?

Le articulé una palabra de cuatro letras no muy agradable que incluía "tú".

Se rio.

—Entonces, ¿cómo explicaste eso?

—Bueno, como que la energía la noqueó, y le eché la culpa a la tormenta, un rayo. —Exhalé en voz alta—. Tuve suerte.

—Bella tuvo suerte.

Mi mirada se disparó a ella.

—¿Cómo es eso?

Alice se movió en un movimiento fluido, sentándose con las piernas cruzadas en menos de un segundo.

—Que tú te encontrabas allí para salvarla.

Parecía demasiado obvio señalar el hecho de que ella no me habría necesitado para protegerla si no la hubiera arrastrado hacia el bosque en primer lugar.

—¿Puedo preguntarte algo? —Alice golpeó mi rodilla con sus dedos mortales.

Arqueé una ceja.

—¿Realmente tengo opinión en eso?

—No. —Enseñó una rápida sonrisa—. ¿Te... te gusta Bella?

Cada parte de mí se bloqueó. Mi hermana esperó mientras un centenar de respuestas diferentes corrían por mi cabeza. ¿Me gustaba?

¿Qué clase de pregunta era esa? Bajé los brazos y me senté un poco, lanzando una pierna fuera de la cama.

—¿Edward?

No miré a mi hermana mientras me paraba.

—No.

—¿Qué? —susurró.

—Ya me has oído. —Froté mi palma sobre mi mandíbula, suspirando mientras me acerqué a la cómoda y cogí el control remoto—. Mira, estoy seguro de que es una gran chica y amiga, y si ella no fuera... humana, estaría cerca de tres mil veces impresionante, pero no, no me gusta. —Alice se encontraba callada mientras regresé a la cama, y no levantó la vista cuando me senté de nuevo. Tenía los labios fruncidos, y ahora me sentía como una mierda—. ¿Quieres ver una película?

—Claro. —Sonrió, pero no llegó a sus ojos, y deseé ni siquiera haberla mirado—. ¿Crees que estará a salvo, al menos? ¿Con el rastro?

—Sí. Tengo esto. —La presión volvió sobre mis hombros, y encendí el televisor—. Mientras ella se quede quieta por el próximo par de días, estará bien.

Alice ese movió hasta que estuvo sentada contra la cabecera, hombro con hombro conmigo. Después de un momento, puso sus rodillas en su pecho y envolvió sus brazos alrededor de sus piernas. Empecé a hojear On Demand y ella suspiró con aire taciturno.

Abrí la boca y luego la cerré. Otro momento pasó y bajé el control remoto.

—Mentí.

Se giró hacia mí.

—¿Sobre qué?

—La primera pregunta que hiciste. —No la miré mientras sacudía mi cabeza, mirando fijamente la lista de películas en la pantalla—. Mentí, solo un poco.