"Un carruaje para Cecile"
Capítulo 7: "Adiós"
DISCLAIMER: "Hey Arnold!" no me pertenece. Ella y todos sus personajes son propiedad de Craig Bartlett y Nickelodeon, excepto los que inventé para darle sentido a mi historia. Este fic no tiene fines de lucro.
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La decisión indeclinable había sido tomada. Como una nave que aterriza por vez única, o como un eclipse pasajero, así, sería su visita. Había amanecido un día de cielo completamente cubierto en la ciudad de Hillwood, con la amenaza constante de que la lluvia se presentaría para arruinarlo todo. Sin embargo, una decisión es una decisión, y ella no iba a ceder en su idea.
Phoebe se sentía un tanto decepcionada de Helga, de su estúpida tozudez, pero por sobre todo, por la increíble ceguera de cierto niño rubio. Aunque apoyaba a su amiga en todas sus —locuras y— decisiones, esta vez, hubiera querido que las cosas resultasen de diferente modo. Cecile haría —esta vez sí—, su última aparición, (para Helga, su última y detestable aparición), ya que no valía la pena mantener la ilusión infantil encendida, por alguien que no era capaz de ver por sí mismo. ¿Se estaba rindiendo demasiado rápido? No, no era eso. Llevaba casi ocho años de adoración clandestina; había creado una personalidad misteriosa, de la que increíble e irónicamente su amado se había enamorado, por la que jamás le correspondería a ella. ¿Era estúpido? No, lo que Helga hizo durante todo ese tiempo, fue romántico, fue permitirse soñar, pero, ¿y si estaba cansada de sólo soñar? ¿Y si estaba harta, de oir cumplidos para su 'yo' ficticio, desde los emitidos por sus padres, maestros, compañeros e incluso, hasta los de Arnold?
La cita sería en el parque de la Calle Blanck, cerca de la banca que daba a la oficina de correo.
—Hola, Arnold... —lo saludó, con una ligera tonada francesa.
—Hola Cecile... —dijo visiblemente nervioso—. ¿Cómo has estado?
—Mmm, bien, ¿y tú? Algo ocupada.
—Me imaginé... —mintió—. Todos queríamos que vinieras a ver el comercial con nosotros...
—¿Ah, sí? Bueno, es que mi padre tuvo un viaje no planeado, y debimos acompañarlo.
—Oh, ya veo...
—Pero... Quedó muy bien, ¿no? Sé que todos andan hablando de eso... —afirmó, mínimamente feliz.
—Así es, el Sr. Pataki dijo que quería volver a verte...
—Mira tú... —susurró sarcásticamente la chica.
—¿Qué? Helga se alteró por un momento.
—Que me alegra, también quería verlo. —sonrió, fingiendo.
—¿Podemos hablar? ¿Ir a tomar algo, tal vez? Helga vaciló. Esta vez, había alisado su cabello, llevándolo a un costado. Ahora parecía más largo, reflexionaba el chico. ¿Era posible que fuera tan perfecta?
—Sí, suena genial, Arnold... —afirmó ocultando tristeza que le daba saber que sería la última vez que pasaría una tarde amena junto al rubio.
—¿Qué te parece si vamos a Joe' s malteadas?
—Perfecto. —aseveró.
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Una vez que llegaron y tomaron sus bebidas...
—Qué tarde gris tan triste... —comentó él, apartándola de sus ensayos mentales.
—¿Qué? —preguntó, reaccionando—, ah, sí... Pero las tardes nubladas son mis favoritas... —miró por la ventana, con un brillo especial en sus ojos—. Me agrada la primavera, y a juzgar por las hojas tan verdosas, sé que está próximo... A pesar de que la de hoy sea una tarde oscura. —concluyo.
—No sabía que te gustaba esta época...
—Supongo que hay mucho de mí que no sabes... —dijo con la voz más débil, tomando su malteada. Aunque él no respondió, coincidió con tal afirmación.
—¿Qué te gustaría hacer ahora, que ya acabamos las malteadas? —preguntó, dejando el dinero para cuenta.
—Me gustaría que camináramos un poco, quiero hablarte de algo importante...
—Genial, ¿pero no tendrás frío? Hoy está muy fresco...
—No, estaré bien. Quiero salir de este bar, respirar el aire fresco...
—Bien. —se puso de pie, para sostenerle la silla, mientras ella lo hacía.
¿Arnold sería capaz de ser tan caballeroso, normalmente? Sí, de eso no había lugar a dudas, pero, ¿lo sería con esos mismos sentimientos de encanto por ella? ¡¿Por qué no era capaz de verla tras la farsa de los buenos modales, el cabello completamente suelto y ese atuendo, no rosa? ¡Era tan estúpidamente ciego! Y eso, solo lograba convencerla más de olvidarlo, de alejarse y huir; de huir de 'Cecile'. Caminaron por un rato, observando el atardecer grisáceo y blanco que el cielo ofrecía ese día. Arnold miraba mientras ella no veía.
—Arnold... —suspiró, en una pausa que le pareció eterna—, hay algo que quiero decirte...
—¿Sí, Cecile?
—Pero antes de eso, —dijo tomándolo de las manos, sonrojándolo y seguidamente, ruborizándose también—, necesito que me prometas algo...
—¿De qué se trata, Cecile? —Preguntó, con preocupación.
—No temas, no es nada malo... —aclaró, soltándose levemente—, pero necesito que me prometas que podrás comprenderme y no juzgarme. El rubio asintió, aun consternado.
—Quiero decirte tantas cosas... Y a la vez, no... No-no puedo... —susurró, casi inaudible—. No puedo decirte más de lo que voy a decir, porque... Bueno, tengo mis razones...
—Puedes decirme lo que sea, Cecile... —dijo conciliadoramente. Helga parpadeó, ladeando su cabeza hacia abajo, con una falsa sonrisa en su rostro.
—Es eso... Es el hecho en cómo me llamas. Tú y yo sabemos que ese no es mi nombre...
Arnold asintió con la cabeza.
—¿Pero qué podemos hacer? No puedo decirte cómo me llamo. Él la comenzó a mirar con más atención, como analizándola.
—¿Te conozco? —preguntó, sin pensarlo y sin considerar lo mucho que a ella le dolerían esas dos palabras. Helga tragó saliva con dificultad.
—No trates de descifrarme... —dijo con un hilo de voz—, nunca podría... No, no... —giró para que él no la viera.
Arnold la siguió.
—¿Pero por qué piensas así?, ¿qué es lo tan terrible? ¿Crees que no podría comprenderlo?
—Tengo mis razones... —dijo con tristeza.
—¿Cómo podría cambiar eso, el hecho de que me agradas tanto? —preguntó, ruborizado.
—No indagues más, por favor. A mí me cuesta más que a ti, esto... Y... Tú... Tú también me agradas mucho, Arnold... Pero no podría soportarlo. Y tú tampoco...
—¡Pero, Cecile...!
—He venido con una sola intención, Arnold... Y quiero que sepas que nunca conocí a nadie como tú; tan bueno, tan educado, tan... Perfecto. —dijo como pudo. Arnold se aproximó más, con intriga y desesperación.
—Sin embargo, no me quedaré por más tiempo en la ciudad...
—¿Qué? No, no puedes irte, Cecile... ¿Qué hay de nosotros? ¿Volveré a verte?
—Mi padre fue transferido a Nueva Jersey... Y me temo que no, Arnold... —sollozó.
—¿No es una broma, verdad? —preguntó, palideciendo. Helga negó con la cabeza. Aunque le doliera en el alma no pasar más momentos junto a su amado, aunque le partiera el corazón en mil pedazos la situación; más le dolía que él no viera a Helga en Cecile; a Cecile en Helga.
—Vine a...
—A despedirte, supongo... —dijo él, completando su frase.
—Sí...
—No puedo entender cómo puedes pensar que soy tan pelmazo como para no aceptarte como eres, seas quien seas, Cecile... Y créeme, odio tener que llamarte con ese alias.
—No sigas, Arnold. —se alejó un poco.
—Sé que te conozco, y me conoces, pero no lo suficiente. ¡Puedo entender!
—No. No sigas, o me iré. Y no volverás a verme...
—¿Crees que para mí es fácil? No siempre uno conoce a una chica y se enamora de ella, para que desaparezca por un año, vuelva inesperadamente y se esfume otra vez... —dijo rápidamente. Helga palideció.
—¿Tú...? ¿Tú es-estás enamorado de mí? —preguntó, sin saber si alegrarse o entristecerse, aún más.
Arnold recapacitó sobre tales palabras, procesándolas.
—Me gustas mucho, y sé que también te gusto... —acarició su mejilla—. Y me encantaría que supieras cuánto... Pero tienes miedo de mí... Helga volteó su rostro, aun con los suaves dedos del chico, rozando su cara.
—Debo... Debo despedirme, Arnold. Lamento que las cosas se dieran así...
—¿Algún día...? —hizo una pausa para aclarar su voz—, ¿algún día sabré de ti, otra vez?
—No lo sé, Arnold... Probablemente no, porque te mereces ser feliz... Con alguien que tenga las agallas de no inventarse una identidad..., ¿sabes? "Y yo merezco a alguien que sepa quién soy", pensó con tristeza.
—Está... Está bien. —afirmó, sintiéndose derrotado—. Ojalá algún día... No temas decirme quién eres... —maldijo para sí, el no ser lo suficientemente observador, como para notarlo, arrepintiéndose de haber dicho eso—. Pero siempre serás mi Cecile... Al menos, déjame quedarme con ese nombre...
—Quiero que seas feliz y yo también. —dijo, sin saber cómo más expresarse.
Las primeras gotas de lluvia comenzaban a picar en la piel.
—Adiós, Arnold...
—Dios, no lo entiendo... —acotó, como para sí—, ¿por qué no puedes simplemente...? —ella le sonrió, tomando sus manos.
—Es mejor así, créeme...
—Agh...
—Ahora sí, —dijo soltándolo—, debo irme.
—Adiós, Cecile... Espera. ¿Puedo...?
—¿Sí? —preguntó, con curiosidad.
—Me acabo de dar cuenta, que nunca te abracé, nunca sabré cómo te llamas y te irás... —explicó, frunciendo el ceño.
Seguidamente, la envolvió en sus brazos. ¡Qué bien se sentía!, pensaron ambos. Una sensación antes no experimentada, ¿podría ser más hermoso, estar tan cerca? Helga se alejó, lentamente, viendo su reacción. El chico parecía no querer dejarla ir otra vez.
—Hay algo que debo hacer... O me arrepentiré por el resto de mi vida.
Helga se sorprendió, al sentir que el chico rozaba sus labios con los suyos, tímidamente. ¡Por Dios y todas las constelaciones de identidades falsas, Arnold la estaba besando bajo la lluvia! Y ella tenía que atesorar ese instante, así fuera Cecile, o Helga. Porque se lo debía a ambas, porque ambas eran una, y porque ambas tenían una sola cosa en común: amaban a Arnold.
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CONTINUARÁ...
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Hola queridos lectores. Muchas gracias a todos por leerme, agregarme a favoritos y seguir la historia. Mis estudios me impiden dedicarme a avanzar las historias, y prometo que en cuanto pase la época de exámenes me pondré a escribir incansablemente. Sé que es algo cortito, pero vale la pena ver que los planes de Helga van modificándose conforme diferentes acontecimientos se suscitan. Para ella es muy doloroso estar junto al chico que ama, sin que él sepa que es Helga, y aunque le encanta pasar tiempo con él, el dolor puede más. ¿Cecile saldrá para siempre de la vida de Arnold? Es una pregunta muy interesante, y no haré spoiler, sigan leyendo, Jajaja. Perdón, perdón y perdón por el escueto capítulo, apenas tengo tiempo de editar y lo estoy haciendo con culpa mediante, porque debería estar estudiando. T.T
Gracias especialmente a Sandra Strickland, Sweet Sol, y por sus comentarios.
Nos leemos en quince días. Saludos y éxitos a todos,
Hasta la próxima,
MarHelga.
