Disclaimer: ¿Hay alguien que no sepa que Frozen es de Disney? Bueno, lo es. Yo sólo juego con sus personajes.
Gracias a Frozen Fan y The Lonely Wolf (bienvenida de nuevo, lobita, me hacías falta) por sus reviews en el capítulo pasado.
Sin más que decir, ¡nos vemos allá abajo!
7.
El príncipe Gerard es bueno.
Es un caballero.
Es un adecuado partido.
Debía repetirse esas palabras como si de un mantra se tratara. Tenía que hacerlo si no quería salir corriendo y abandonar a la modista que le tomaba medidas.
Y eso la ponía más nerviosa.
No estaba acostumbrada a que la tocaran. Su aislamiento la había hecho autosuficiente, por lo que contar con la ayuda de otra persona para vestirse… era algo incómodo.
—Si quiere tomamos un descanso, Majestad—dijo la modista. Había notado la postura rígida y envarada de la reina, y aunque tenía preguntas, prefería darle su espacio.
Pero Elsa negó con la cabeza.
—Prosigue.
La modista asintió y siguió tomando medidas de la cintura de su alteza.
No quiero parar, pensó Elsa, porque si detengo esto, voy a detener todo lo demás.
Hoy era el gran día. Hoy se unirían los destinos de Elsa de Arendelle y Gerard de las Islas del Norte.
Sería una gran ceremonia. Todo estaba listo: la comida, los invitados, las bebidas, las decoraciones… El novio se acicalaba en una de las habitaciones del castillo de Arendelle. Sus ayudas de cámara tenían listos su traje, sus botas, y la espada simbólica, por supuesto, que llevaría en el cinto. Sus ojos azules demostraban lo emocionado que estaba por el próximo matrimonio…
Al contrario de lo que todos pensaban, la reina Elsa estaba completamente lista para su boda. Tenía un traje similar al que había utilizado su madre en su propio enlace, confortada en que tan gesto le trajera suerte a su matrimonio, aunque a decir verdad, tenía pocas esperanzas.
Elsa no había comido nada desde el día anterior, y el estomago lo tenía cerrado en un manojo de nervios. Además no podía quedarse tranquila. Contrario a su costumbre, daba vueltas y más vueltas en sus habitaciones. Cada dos segundos tomaba algún objeto (un candelabro, un libro, una pequeña escultura…), lo miraba, lo estudiaba, y por fin lo dejaba en su sitio.
Elsa no dejaba de pensar.
¿Estaría siendo todo muy rápido?
¿Realmente tenía que casarse?
¿El Consejo Real tenía razón en proponerle que se uniera en sagrado matrimonio?
Conjuró un copo de nieve en sus manos y lo empezó a pasar por sus dedos.
¡Estaba más nerviosa que el día en que fue declarada Reina de Arendelle!
¿Pero por qué?, se preguntó, mirando cómo el copo se desvanecía. Rauda, conjuró otro, más grande y más elegante que el primero.
En aquel momento, Elsa temía congelar todo el reino. Ahora estaba segura de sus poderes, no se descontrolaría. Mientras tuviera amor, y supiera el valor de ese amor… no habría problemas.
Hoy sólo se casaría. Eso era todo. No debía estar tan nerviosa, tan perturbada. ¡Era sólo un matrimonio de conveniencia! Uno de tantos enlaces que se realizaban para estrechar relaciones, alianzas, poderes…
Y entonces lo entendió.
Ella nunca había pensado que sería una de esas reinas que se casarían sin amor, obligadas por su padre, por la seguridad del pueblo… sin pensar en su corazón.
Elsa había encontrado en los libros, los de romance, los de cuentos de hadas, a sus amigos. Ansiaba, anhelaba ser como la protagonista de aquellas historias, que se enamoraban de alguien, se casaban y era muy, muy felices. Ese tipo de cuentos la habían sostenido en su encierro, la habían hecho alimentar la esperanza de que algún día saldría de su habitación, controlaría sus poderes, encontraría un príncipe a quien amar…
Era evidente que había logrado ciertas cosas. Había sido liberada, no le temía a sus poderes y había encontrado un príncipe… Pero no el amor, ese que veía en los ojos de Anna al ver a Kristtof, ese amor sin medidas que le profesaba el rubio a su hermana. No iba a tener amor en su vida.
¿Se estaba traicionando a sí misma?
En su afán proteger a su reino, ¿se estaba perdiendo?
No, meneó la cabeza.
Era una reina, tenía obligaciones que debía cumplir. No podía, no tenía derecho a soñar con algo más. Gerard era bueno, noble, se merecía una esposa dispuesta a quererlo.
Hizo un último copo, y respiró profundamente mientras lo sentía deshacerse.
Además, Gerard había sido el único príncipe que no se sentía intimidado por sus poderes…
Mirando por la ventana a los barcos que habían llegado a Arendelle trayendo a los invitados de su boda, Elsa tomó una decisión.
No amaba a su futuro esposo, y eso no importaba. Arendelle estaría a salvo, eso era lo único en que tenía que pensar.
Eso era lo que le sostendría cuando mencionara sus votos.
Hans conocía a Arendelle muy bien. Gracias a ese conocimiento, había apostado a sus hombres en sitios estratégicos de la ciudad.
—No lo olviden—les dijo—hurten todo lo que quieran, todo es suyo, pero la reina es mía.
Sus hombre asintieron, para luego convertirse en estatuas, en espera del momento justo, de la señal del pelirrojo.
Hans se quedó en la capilla. Es hora de darle una lección, su majestad. Una que jamás olvidará.
Notas de la autora:
¡Tarán!
Un capítulo más largo que el anterior para complacer a los fans de Helsa.
¿Cómo estuvo? ¿Lo odiaron? ¿Lo amaron?
Aquí podemos ver las dudas que recorren a Elsa, y un vistazo de lo que se le ha ocurrido a Hans. ¿Creen ustedes que habrá boda? ¡Muajajaja!
