Capítulo 7: Esta es mi inocencia perdida

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Tres de la madrugada. ¿Alcohol? No llevaba la cuenta de cuánto. ¿Drogas? Quizás, o al menos no se había dado cuenta si las había consumido. ¿Sexo? Sí, y a montones. ¿Amor? Nada. ¿Deseo? No demasiado. ¿Ahogo? Todo el tiempo. ¿Y qué hacía ahí? Escapar. ¿De alguien? De todo.

La noche era larga y el dinero acompañaba. La luz de la luna y las estrellas lo guiaban de bar en bar solo con el sonido de sus pasos como compañía. Estaba podrido. Él lo sabía, su padre lo sabía, su familia lo sabía, el mundo entero lo sabía. Por eso estaba fuera, viviendo placeres que eran incomprensibles para la mayoría de los humanos pero que a veces lograban hacerlo sentir más que simple hastío.

Pero lo mejor de todos estos excesos no era el desobedecer a su padre por el solo hecho de darse el gusto de hacerlo y gritarle "¡Aquí estoy, tu perfecto hijo de tu perfecta vida!". No. Lo mejor era el perder la consciencia aunque solo fuese por un par de horas y darse el gusto de sentirse como otra persona, alguien completamente distinto dentro de su cuerpo. Darse el gusto de sentir no solo las necesidades fisiológicas, sino también algo que siempre obviaba en su diario vivir, sus sentimientos.

Porque para él no fueron necesarios en su infancia y ahora no recordaba como sentirlos. Por eso era como estar en un círculo vicioso. Él se embriagaba para sentir. Él se drogaba para sentir. Él se enajenaba del mundo moral para sentir. Y aunque sabía que estaba mal lo que hacía, el gozo de volver a sentirse humano dentro de tanta mierda que lo rodeaba lo hacía tener ganas de más y más.

Hasta que apareció ella en su vida, o en sus recuerdos.

Cada vez que Ulquiorra veía el rostro de la pelinaranja era como si algo se activara dentro de sí. Ya no era todo monocromático, ahora había colores. Ya nada era plano, ahora todo tenía forma. Ya no necesitaba de cosas externas para sentir algo en su frio y casi muerto corazón, ella era su nueva y más efectiva y adictiva droga.

Para cuando despertó de ese "sueño", algo en su interior resonaba como nunca antes lo había hecho. La calidez que perdió de niño trataba de hacerse presente de forma inconsciente y muchas veces logro su cometido. Pero de a poco esa luz fue apagándose al verse acorralado por su familia y por la vida que le esperaba. Pero más que nada, porque ella ya no estaba a su lado y quizás nunca más lo estuviese. Después de todo, aunque le había dicho un millón de veces que no le temía, no significaba que no lo viese como el enemigo. O peor, como el monstruo al que fue forzado a convertirse y que empatizaba perfectamente con su yo mismo.

Pero conoció a alguien, un pequeño ser que aunque no lo conociese del todo, nunca lo juzgo. Ni por su mal carácter, ni por su excesiva sinceridad, ni por sus improperios, ni por su rostro impávido y sin vida que muchas veces competía con el del chico. Y Ulquiorra volvió a sentir ese cosquilleo dentro de sí mismo. Ese instinto de protección y afecto que creía enterrado pero que, a fin de cuentas, ella había sacado a la superficie.

Sabía que el niño se iría. Ese era su destino. Pero quiso ser egoísta, aunque fuese solo por un segundo. Volvió a desear permanecer al lado de alguien ya al final de su deseo nació una tragedia. Otra vez.

Su parte racional le decía que no era del todo su culpa, que él no tenía la fuerza necesaria para ayudarlo. Pero su lado masoquista le recriminaba su falta de atención y de cuidados. Nuevamente se sentía como basura. Una basura innecesaria para el mundo y que debía, o desaparecer o simplemente pasar desapercibido. Y por desgracia en la segunda opción tenía un magister. Lo mejor para pasar por la vida sin pena ni gloria era no congeniar mucho con el entorno. Si no te encariñas con alguien, no hay dolor al momento de la separación. Simple. Si no sientes, no te lastimas y no lastimas a los demás porque tú no les interesas.

-El plan es simple – le repetía Urahara -. Como buen científico que soy, he creado un espacio entre esta dimensión y la espiritual que podrás utilizar para tu entrenamiento. Podrás entrar a este espacio desde ciertos lugares físicos sin mayores problemas. Eso sí, si destruyen todas las puertas desde adentro, no podré sacarlos de ahí desde ningún plano y se quedarán atrapados de por vida. ¿Está claro?

-Hablas no solo de mí, sino que de más personas.

-Ah Ulquiorra-kun… A ti nada se te escapa ¿eh? – le mencionó el rubio con una sonrisa -. Pues tendrás unos compañeros que deberían hacerte sentir a gusto.

Ulquiorra solo levantó una ceja en modo de no entender del todo las palabras de este loco. Y Urahara simplemente dejó salir una risa para nada decorosa. Más bien maligna.

-He encontrado a algunos de tus ex compañeros Espada. ¿A que no soy genial?

-No.

-¡Exacto, soy más que eso! Jajajaja.

Ulquiorra lo miró suspicaz mientras se levantaba lentamente de entre los escombros de aquella sala, ahora destruida, donde había pasado la mayor parte del tiempo estas últimas semanas. Miró nuevamente a su alrededor y a paso lento, con la sangre escapando de su pierna derecha, se acercó a donde antes se encontraba aquel gran ventanal que tanto disfrutaba y ahora era solo un hoyo entre los firmes muros del recinto. La nieve caía de forma lenta y el viento se hacía cada vez más rápido y más frío.

-Veo que aun no confías plenamente en mi – Urahara se apoyó en lo que quedaba de un muro frente al pelinegro -.

-Por lo que dijiste antes, tú eres un shinigami, ¿no?

-Así es.

-Y yo fui convertido en un hollow, en un alma corrompida, en un monstruo… en lo contrario a ti – Urahara escondió su sonrisa con su sombrero mientras Ulquiorra se agachaba para tocar la nieve que tenía bajo sus pies y con cuidado rescatar lo que suponía era una toalla -. Si cumplieras tu trabajo como shinigami habrías encontrado una forma de purificar mi alma. Pero no lo haces. ¿Por qué?

-Porque tu alma no puede ser purificado mientras siga conectada con tu cuerpo humano.

-¿Entonces cómo fue que me convertí en… eso? – Ulquiorra se levantó mientras limpiaba la sangre de su rostro con la toalla y luego la amarraba en su pierna para detener la hemorragia. Paso un minuto en total silencio hasta que se dio media vuelta para encararlo con una mirada inusualmente fría y el rostro inexpresivo -.

-Hay un shinigami llamando Aizen Sōsuke que renegó de su condición por poder y decidió ir en contra de la Sociedad de Almas. Pero para ser una amenaza real, tenía que tener seguidores poderosos que compitieran con el poder de los capitanes – el rubio levantó el rostro y prosiguió -. Le llevó años de experimentos donde combinó el alma de shinigamis con hollows. Pero eso no fue suficiente.

Por lo que alcancé a investigar, los Espadas son la mezcla de una clase alta de hollow como Adjuchas o Vasto Lorde con el alma de un ser humano específica. Vale decir que no bastaba con el alma de alguien en coma, sino que la persona debía ser cien por ciento compatible con el hollow que usaría de recipiente. Aizen buscó alrededor del mundo a personas que calzaran a la perfección con estos hollows poderosos ya sea en carácter o en fuerza, los dejó en Hueco Mundo para que maduraran por sus propios medios y le hizo creer que ustedes eran el resultado solamente de años de evolución.

-Solo jugó con nosotros.

-Más o menos… sí – Urahara se separó del muro y caminó hacia el pelinegro -. Él los dejó solos y luego les hizo creer que él los ayudó a resucitar en esta especie de super hollow, les rompió sus masaras para ser más preciso. A fin de cuentas, ustedes perdieron su conciencia humana al entrar en este contenedor hollow, lo que le facilitó el trabajo de lavado de cerebro.

-Todo esto no me dice el por qué quieres ayudarnos – apuntó Ulquiorra con la misma expresión -.

-Ya te lo dije, por curiosidad. Nadie en la Sociedad de Almas sabe de sus existencias y así es mejor. Después de todo, lo más probable es que los maten a la primera oportunidad porque pueden llegar a convertirse en algún peligro a futuro. Y ya lo sabes, es mejor prevenir que lamentar –mencionó lo último con un deje de malicia que Ulquiorra no dejó pasar y que quedó como eco en su mente -. Además de que será una experiencia bastante entretenida, eso de seguro.

-Habiendo tantas personas en el mundo… ¿cómo pudo dar con nosotros? – Ulquiorra desvió la mirada mientras guardaba sus manos en los bolsillos -.

-No creo que haya sido tan difícil. Solo tuvo que buscar personas que ya estuvieran jodidas por dentro y eso, déjame decirte, disminuye bastante la búsqueda – Urahara volvió a esconder su mirada bajo aquel sombrero verde que tanto le gustaba -. No es que diga que tú eres un bastardo desalmado que está podrido por dentro ni nada por el estilo. Pero hay que admitir que tú y el resto de los chicos son algo… diferentes del común.

Ulquiorra caminó un par de pasos hasta quedar totalmente fuera del hospital bajo la nieve. Podía ver el vapor de su aliento y sentir el frio en sus huesos. Ahora era inevitable el seguir tras este loco. Si quería saber más de quien era, más de su pasado… si quería poder controlar esta cantidad de poder que recién entendía que poseía, lo mejor sería ir tras él sin criticar nada. Eso sería lo más sensato. Eso sería lo más obvio. Eso seria.

-Tengo otra pregunta.

-Me lo imaginaba.

-¿Por qué ese mons… hollow apareció en el hospital?

-Porque quería comerte – Ulquiorra lo miró desde su hombro izquierdo como tratando de decirle que le explicara, y Urahara le entendió a la perfección -. Para shinigamis y hollows es fácil sentir el poder espiritual de los demás seres vivos y la única forma de que un hollow evolucione es comiendo más y más almas. Y tú, mi querido Ulquiorra, eras el hollow más fuerte de Hueco Mundo… aunque eso se lo escondiste hasta al mismo Aizen que, a todo esto, respetabas más que a ti mismo.

Ulquiorra abrió un poco sus ojos ante tal revelación que tanto le sorprendió. ¿Él, fiel a aquel desgraciado que lo manipulo y lo convirtió en un alma corrompida? ¿Por qué se le hacía tan extraño y familiar a la vez? Por otro lado ahora entendía que no estaba loco cuando creía sentir que alguien lo espiaba o lo seguía. Siempre estuvo en la mira y no pudo hacer nada al respecto.

-Este era un hollow de bajo rango, así que no creo que haya captado tu fuerza del todo. Si hubiese sido alguien más poderoso con sentidos más desarrollados, bueno… ni siquiera habría querido hablarte o estar a menos de cincuenta metros de distancia.

-Entonces todo esto fue mi culpa. Por el simple hecho de existir me perseguirán y trataran de comerme.

"Lo mejor sería desaparecer de una buena vez de la vida de todos…"

-Que haya sido en parte tu responsabilidad no significa que lo mejor sea que desaparezcas. Solo debes aprender a usar tus poderes, entrenar y hacerte aún más fuerte. Así al menos podrás salvar a las personas que son importantes en tu vida como tu madre… - Urahara tenía unas enormes ganas de mencionar a la pelinaranja pero sabía que eso solo confundiría más al pobre chico-.

"Si soy fuerte… si soy fuerte…"

-¿Entonces me seguirás?

Ulquiorra se dio media vuelta para encararlo y lo miró serio y con determinación.

-Dalo por hecho, kisuke Urahara.

-¡Excelente! Entonces comienzas el lunes – Urahara sacó otro frasco de pastillas de sus mangas y se lo entrego -. Necesitaras estar en forma y curar la herida de tu pierna y tu cabeza. Tomate esto cada dos horas y el lunes en la mañana estarás como nuevo.

Ulquiorra miró con algo de dudas aquel frasco antes de guardarlo dentro de sus pantalones.

-¿Y cómo se supone que te veré?

-He preparado una entrada a la sala de entrenamiento dentro del armario de tu habitación. Solo ve ahí como a las cinco de las tarde y comenzaremos con el entrenamiento.

-Entonces no iré a Japón… - dijo de forma monótona con cierto deje de decepción -.

-No por ahora.

-¿Y cómo usaré aquella entrada si sigo hospitalizado?

-¿Es que no lo sabes? – Ulquiorra negó extrañado – A ti te dan de alta mañana en la mañana.

-¿Disculpa?

-Bueno, hable con tu doctor y llegamos a un acuerdo para tu salida. Jujuju – le respondió altanero -.

-Sí, como no.

-Ahora lo mejor será que vayas a tu habitación de inmediato. Las enfermeras comenzarán a entrar con los bomberos y eso sí que sería malo para los dos, en especial para ti – Urahara le tocó el hombro mientras iba hasta la salida -. Nos vemos en dos días – y de un salto desapareció -.

Al momento sintió a lo lejos las sirenas y las luces de los carros de bomberos. Pronto entrarían a ver lo ocurrido y a tratar de arreglar aquel desastre.

Ulquiorra miró por última vez aquella sala y salió corriendo por entre los pasillos hacia su habitación.

"Me haré más fuerte. Es una promesa Himmel…"

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-¡Estoy tan feliz de que por fin nos vayamos del hospital!

Ulquiorra miró de reojo a su madre, la cual iba abrazada a su brazo derecho mientras caminaban por las calles cerca del centro. Era domingo y oficialmente estaba dado de alta – aunque no de una forma muy legal que digamos -. Su madre lo había ido a buscar apenas y le habían avisado, además de que debía firmar un par de papeles para su salida y arreglar el pago.

Como su salida fue, por lo bajo repentina, el pobre no solo debía de cargar con su madre, sino que también con su ropa y con todos sus libros – los que no eran pocos -. Así que ahí estaba él, con mochila, maleta y madre en manos. Sin contar con el factor clima que implicaba temperaturas muy bajas y nevazones repentinas. Por lo tanto iba aún más incómodo con su excesiva cantidad de ropa puesta: chaqueta negra, guantes negros, bufanda verde y gorro negro.

-Aunque fue muy extraño que nos avisaran a último minuto sobre tu salida… Ni siquiera me dio tiempo de hacer una fiesta de bienvenida – Laura infló sus mejillas como si una niña se tratara -.

-No es necesario.

-¡Si lo es! – Le recriminó - No has estado en casa en dos años, mereces que te consienta.

-Me basta con tener la habitación limpia – le mencionó el chico sin expresión alguna. Nunca había sido muy amigos de las fiestas por lo insípidas que eran estas. Pero bueno, cada uno con su tema -.

-Lo está pero debes cambiar las sábanas antes de usarla. Puede tener polvo o arañas dentro, así que ten cuidado.

-Hmn.

Ulquiorra miró extrañado a su madre al momento de escuchar una risita de su parte. ¿Qué le hacía tanta gracia?

-Te ves de mejor ánimo que ayer – Laura bajó la mirada un momento algo preocupada -. Sé que siempre tendrás un lado un poco más oscuro y del cual no me harás participe así que... solo te pido que por más mal que te encuentres, no vuelvas a tus malos hábitos. ¿Me lo prometes?

Laura lo miró de una forma que lo dejó helado. Sus ojos brillaban de forma distinta. Estaba esperanzada, igual a la mirada de la pelinaranja de sus recuerdos. Eso lo descolocó por completo. Sabía que el carácter de su madre se asemejaba mucho al de la adolescente, pero por protección siempre había intentado que no le afectaran sus muestras de cariño. Ahora era distinto. Ya no podía ser inmune a ella cuando ya no quería ser protegido de nada. Y menos cuando había probado un bocado de ellos y había disfrutado de aquel delicioso sabor que esos raros sentimientos arremolinados en su pecho le provocaban.

"En verdad esa mujer sí que me cambió…"

-Lo prometo.

Laura le dio una enorme sonrisa y la caminata continuó. A los quince minutos más o menos llegaron a un barrio residencial. Su casa era la quinta a la derecha, demcolor rojo colonial y con madera en la fachada. Al momento de abrir la puerta y entrar en la sala pudo ver que todo estaba casi como antes, como si el tiempo se hubiese detenido en aquel espacio. Todo limpio y ordenado, pero con un toque hogareño que lo hacían sentir cómodo.

Su madre soltó su agarre y fue directo a la cocina.

-Puedes subir tus cosas y descansar, cariño. Yo iré por un par de cosas que necesito en la cocina – le avisó mientras revisaba en refrigerador -.

-Voy contigo. El clima puede empeorar.

-No es necesario, hijo. Hace unos meses se instaló un pequeño mercado a solo dos cuadras. No me demoraré más de diez minutos – Laura le dio una sonrisa mientras terminaba de anotar mentalmente lo que necesitaba -. ¿Hay algo en especial que quieras?

-Una cerveza – La mujer lo miró feo -. Solo una. Y un chocolate amargo.

Laura le dio una sonrisa y se acercó a la puerta de entrada.

-Date una ducha para sacarte ese olor a hospital y luego cámbiate de ropa. No me tardo.

Ulquiorra no había terminado de procesar lo dicho por su madre cuando se dio cuenta que esta ya no estaba. Soltó un bufido para luego tomar sus cosas y subir las escaleras. Demasiadas emociones por un día y este aun no terminaba.

"No más sorpresas, por favor…"

Ya en el segundo piso miró a su alrededor. A su izquierda la habitación principal de sus padres – con baño incluido dentro, balcón en frente y un gran armario -. Al frente una sala de estar con muchas entretenciones tecnológicas y a su derecha tres puertas: la habitación de invitados, el baño de visitas y el escritorio que utilizaba su padre para trabajar. Pasó por la sala de estar y comenzó a subir por otra escalera hasta que al final se topó con una puerta. Ahí estaba, su habitación, su mundo.

La habitación – vale decir, la tercera planta de la casa -, era de color blanco con solo dos ventanas grandes, una que daba al frente de la casa, y otra que daba frente a la puerta y sobre el respaldo de la cama. A la derecha el baño y a su lado el armario. En medio del piso se encontraba una cama tamaño matrimonial con frazadas verdes, café y negro. Cerca de la ventana de en frente se encontraba un gran escritorio color negro y, a su lado, un gran mueble llenos de libros. Al otro lado de la cama se encontraba un sillón de cuero negro con un televisor en frente. Y sobre el sillón se encontró con su cámara fotográfica.

Siempre había sido un aficionado a la fotografía ya que poseía ese don de poder capturar la esencia de las personas aun cuando este solo buscaba un buen ángulo para la luz. Curioso.

Con pesadez dejó la maleta y su mochila sobre el sillón y se encerró dentro del baño. Este no era ni muy grande ni muy pequeño. Había una ducha con puertas de vidrio, una tina al lado, el retrete y el lavamanos con un gran espejo en frente.

Se sacó la ropa y la tiró al suelo, abrió el agua de la ducha y se metió dentro. Era extraño pero sentía que se sacaba mil kilos de encima. Luego recordó todo lo ocurrido, las peleas, el hollow, Himmel, Urahara, su casa… Sin darse cuenta se encontraba su cabeza apoyada sobre las baldosas mientras sus puños las golpeaban como si con eso sacara toda la frustración acumulada. Volvía a sentirse miserable pero también se sentía con más ánimos. Desde mañana habría un nuevo comienzo para él. Ahora sabía lo que él era y lo que podía llegar a hacer con sus nuevos poderes. Ahora podría proteger a las personas que le importaban. Ahora podría… vengarse.

"Se nota que si estoy jodido por dentro"

Luego de diez minutos y ya mucho más tranquilo salió de la ducha y envolvió su cadera con una toalla blanca. Con otra más pequeña secó rudamente su cabeza y su rostro. Del suelo tomó su pantalón y del interior de este el nuevo frasco con pastillas. Ya casi no le dolía la pierna y la cabeza, pero de vez en cuando sentía una que otra punzada. Se tomó una capsula y guardó el frasco dentro del mueble bajo el lavamanos para que su madre no pudiese encontrarlo, luego se miró un momento al espejo y vio su cuerpo delgado casi sin ningún musculo visible y con uno que otro moretón como recuerdo de la noche anterior. Miró a su pecho sin aquel hueco y sin ese número cuatro y se sintió extraño como cuando se vio por primera vez luego de despertar del coma. Quizás nunca terminaría de acostumbrarse a aquello.

Se afeitó, se lavó los dientes, le colocó desodorante y salió del baño. Con algo de torpeza se acercó al armario y sacó unos boxers negros, unos jeans algo gastados, una camiseta blanca, un par de calcetines y un polerón gris. Ya con la ropa puesta recordó las palabras de Urahara y se adentró un poco entre sus prendas.

"Solo espero que este loco no haya hecho nada muy estúpido"

No llevaba ni un segundo dentro del armario y escuchó a su madre desde el segundo piso llamándolo.

-¡Ulquiorra, ya llegue! ¡Tráeme tu ropa sucia para ponerla a lavar!

Ulquiorra soltó un resoplido mientras cerraba nuevamente el armario. Ya tendría tiempo después para analizarlo más cuidadosamente. Por el momento tendría que sacar toda la ropa de la maleta, la que dejó en el baño y dejarla en la lavadora.

Ya en la cocina se encontró con su madre cocinando como si fuese el fin del mundo. Ni siquiera un regimiento entero sería capaz de aguantar tanta comida.

-¿Qué haces? – Preguntó Ulquiorra mientras se sentaba en una silla dentro de la cocina -.

-¡Oh, me asustaste! Estoy cocinando – le respondió con simpleza - Hacía mucho tiempo que no cocinaba para alguien más así que estoy muy emocionada.

El chico apoyó su rostro en su mano derecha sobre la mesita de la cocina. Sobre esta vio que se encontraba su encargo, así que tomo la cerveza, la abrió y le dio un sorbo.

-No entiendo.

-Y yo no entiendo por qué esa frase tuya, cariño.

-Estuviste sola en esta casa tan grande por casi dos años. ¿Por qué no buscaste algo más pequeño?

-Porque esta es nuestra casa. Aquí naciste, aquí diste tus primeros pasos y dijiste tus primeras palabras. Aquí es donde me siento a gusto.

-No te entiendo en verdad – Ulquiorra volvió a darle un sorbo a su cerveza – Podrías haber contratado a alguna criada para que te hiciera compañía.

-¿Y pagarle para que hiciera lo que yo hago sin problemas? No señor, claro que no. Además si estuve ocupada – le mencionó con una sonrisa mientras revolvía en las ollas -. Encontré un pequeño trabajo en un museo como guía. No pagan mucho pero así me mantenía ocupada.

-¿Y no me avisaste de eso porque…?

-No quería preocuparte. Sabes que nunca había trabajado antes que no fuera dentro de la casa y creí que podrías alterarte.

-¿Qué dijeron los viejos de esto?

-¿Te refieres a tus abuelos? – Preguntó dándose media vuelta y encarándolo con cuchara de palo en mano mientras se cruzaba de brazos - ¿Qué iban a decir? Yo pasaba todo mi tiempo en la casa y el hospital, necesitaba una distracción. Además, seguía asistiendo a esas fiestas empresariales en nombre de nuestra pequeña familia, así que no descuidé ninguna responsabilidad.

-En verdad eres increíble – Laura le dio una sonrisa y volvió su atención a las ollas mientras Ulquiorra la examinaba de cerca -.

-Lo sé, cariño.

"No creo que haya entendido el tono sarcástico…"

-Ahora hijo, recuerda que no debes sobre esforzarte. Debes ir al hospital a rehabilitación en las mañanas por un mes sin falta. Aunque no sé dónde lo harán….

-¿A qué te refieres con eso? – le preguntó extrañado -.

-¡Por la explosión de gas en el primer piso! Recuerda que fue justo en la sala de terapia – le dijo alarmada dándose vuelta y mirándolo fijamente – Menos mal que fue de noche y no había nadie ahí dentro. ¡En especial tú!

El pelinegro la miró de forma inexpresiva mientras volvía a tomar más de su cerveza.

"Sí, como no. Gas"

Imágenes de la noche anterior llegaron súbitamente a su mente causándole una pequeña punzada de dolor justo en la herida que apenas y había cicatrizado. Veía a Himmel llorando y al hollow riendo. Se veía a si mismo tirado en el suelo y herido.

Laura se alarmó al ver a su hijo agarrándose la cabeza, por lo que se acercó corriendo y le tomó el rostro.

-¿Estas bien? – Ulquiorra apenas y tenía los ojos abiertos pero con mucho esfuerzo la miró - Tal vez aun no estás listo para salir del hospital. Quizás sea mejor….

-Estoy bien. Solo necesito un analgésico. Voy y vuelvo.

El chico se levantó de su asiento y comenzó a subir las escaleras, mientras su madre lo veía irse desde el dintel de la entrada de la cocina. No estaba segura de lo que le ocurría a su hijo pero sabía que no era un simple dolor de cabeza. Era algo mucho más profundo que lo estaba atormentando y que sabía que no le contaría. Solo debía apoyarlo, estar a su lado y darle todo el cariño que ahora necesitaba.

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La cena terminó sin contratiempos. Por fin había podido comer algo que no fuese la sosa comida del hospital. ¿Y qué mejor que comida casera hecha por mamá? Nada. Laura se había lucido y lo había consentido como pocas veces lo había hecho cocinando todo lo que a él le gustaba. Pero claro, era el primer día y ya mañana sería todo más normal.

Ahora eran las diez de la noche y estaba subiendo las escaleras del segundo piso. Apenas y podía tener los ojos abiertos por el cansancio. La noche anterior no había dormido ni siquiera un minuto y había sobrevivido. Pero ahora que toda la tensión de la noche se había esfumado, el cansancio se hizo predominante.

Apenas puso un pie dentro de la habitación fue directo a su cama a tirarse de estómago. Miró a su alrededor. La luz de la luna se filtraba por las ventanas mientras veía como la nieve chocaba contra el vidrio. Las luces de la calle se reflejaban en el agua y el silencio de la noche apareció. Luego dirigió su mirada al armario.

"No puedo creer lo que voy a hacer"

Sin muchas ganas se levantó de la cama y caminó hasta el armario. Lo abrió despacio y metió su cuerpo entre las ropas hasta que llegó al fondo. Comenzó a tantear entre la oscuridad el fondo hasta que por fin encontró lo que parecía ser una cerradura. Tomó aire y luego la abrió.

Pestañeó un par de veces hasta que por fin se acostumbró a la intensa luz del lugar. Era un espacio abierto enorme que simulaba un desierto. La temperatura era cálida y el 'sol' se encontraba en lo más alto siendo acompañado por algunas nubes. En verdad era más distinto de lo que esperaba pero increíblemente estaba conforme. Se sentía a gusto, cómodo, como si la arena lo llevara nuevamente a ese paraje blanco y negro de noche eterna.

Dio unos pasos dentro y luego se dio la vuelta bruscamente al sentir que no estaba solo. Y así era.

-¡Hey, tú! ¿¡Qué haces aquí vagando como idiota!?

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Continuara…

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Desde el jueves que estoy con inspiración divina y ahora heme aquí, con capitulo nuevo! Y lo mejor de todo es que es más largo! Jejeje.

Rápidamente, este capítulo va dedicado a Eru Shiro-San 3

Bye!