Los personajes de Crepúsculo pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es mía.
Capítulo 7
Muñeca
—Rose, creo que tengo un problema.
Bella se miró al espejo. Estaba sobre una tarima en zapatos negros de tacón. Sostuvo el corsé sobre su pecho, pero este no cerraba. Estaba empezando a desesperarse. Rosalie asomó la cabeza entre el cortinaje, acomodándose las gafas.
—Bella… ¿subiste de peso? —preguntó sorprendida. Dobló la tela entre sus dedos, verificándolo— Esta es la talla que has usado en los últimos tres años.
—Está muy apretada y me duele la espalda. —refunfuñó.
La chica la soltó.
—De acuerdo, no te agobies. Traeré una prenda más grande. —se recriminó a sí misma. No le gustaba como le quedaba el corsé abierto. Parecía incluso que sus pechos habían crecido un poco más. ¿O era cosa de ella? Bella se mordió el labio, inquieta. Le dolían los pies, le dolía el estómago. Hubiese dado lo que fuera para irse a casa. Otras serían las circunstancias si ella no se hubiese embarazado; aún tendría el estómago plano, los pechos más reducidos. Se veía tan horrible— Aquí tienes, este debería cerrar sin problemas.
Rosalie la miró esperando que tomase el corsé, pero no lo hizo.
—Vamos, Bella. No es el fin del mundo.
—Estoy gorda.
—No lo estás. —le ayudó a quitarse todo en el cambiador y a Bella todavía le sorprendía que Rose no se diera cuenta de su grotesco aspecto. ¿Lo estaba haciendo a propósito? ¿Para qué no se sintiese mal? — Con el pasar de unos días, tu cuerpo se acostumbrará a la rutina.
Rose no sabía lo que Bella hacía en el baño cada vez que iba, o solo no quería verlo en realidad. No era un secreto para nadie que la dieta médica que se les exigía a las modelos, no era cierta. Al menos, en la agencia de Aro Vulturi no. Muchas veces fue Rose la que tuvo que lidiar con las chicas mientras sufrían de espasmos o colapsos, pero nunca se atrevió a preguntárselo a ella, pero porque Bella nunca se había comportado de una manera extraña. Ella tenía esa actitud la mayor parte del día.
El corsé le cerró. Rose chilló de emoción y la envió rápidamente a la pasarela. Aparte de las chicas que ya habían pasado, no había nadie más. Aro no estaba. Benjamín tampoco, así que se relajó. Adoptó una mirada profesional, cargada de sensualidad, y empezó a avanzar.
Paso por paso.
—¡Belleza! ¡Te estoy viendo! —escuchó a Vladimir, el encargado activo de los ensayos. Empezó a aplaudir tan eufórico que estaba segura que, en otro tiempo, se hubiera ruborizado— Algo rojo. Quiero algo rojo en ti. ¿Por qué no tiene puesto el corsé rojo, Rosie?
Rose fingió estar ocupada en su archivador.
El corsé rojo era el único predispuesto para Isabella, pero no le quedaba bien.
—Tuvimos inconvenientes con el corsé anterior. Estaba roto.
—¿Roto? ¿Pero cómo va a estar roto? ¿Es que no eres tú la diseñadora de su ropa y quien debe asegurarse que no existan errores?
—A cualquiera le pasa, Vladimir, deja de comportarte como el jefe. —Vladimir se sintió ofendido. Se llevó una mano al pecho y otra a su pelo blanquecino— Isabella está perfecta en ese.
—Un poco pálida diría yo. —susurró este, comentario que no llegó a los oídos de Bella— ¿Y si…?
—Dame un minuto. —le interrumpió Rosalie, cogiendo el móvil de Isabella de su bolsillo— Bella, alguien te habla al teléfono.
Bella bajó de la pasarela sintiendo a sus pies arder en esos sofisticados y absurdamente altos zapatos. Tomó el celular y verificó con gran pesar que se trataba de su marido. Estuvo segura por un momento de cancelar la llamada, pero llevaban días sin hablar y Alec se empezaría a preocupar.
Tomó una bocanada de aire, antes de presionar el botón verde.
Alec estaba tan emocionado de escucharla de nuevo, aun si la voz de Bella carecía de alegría. Sonaba cansada y un poco aturdida, como si acabara de despertarse. En cambio, él, sonaba tan descansado que sintió envidia de su vida por una vez.
—Te extraño, cariño. Tenemos que venir de vacaciones para acá. Estoy seguro que te encantará este lugar, es precioso.
—Dudo mucho que a tu padre le haga gracia la idea si acabamos de comenzar a trabajar.
—Esa es la ventaja de que seas la nuera del jefe.
—A Aro se le olvida cualquier parentesco cuando se trata de su prestigio.
Bella nunca estuvo enamorada de Alec. Incluso en los siete años que llevan casados, nunca pudo verlo de otra manera. Alec no era una mala persona, pero estaba acostumbrado a conseguir lo que quería. Como por ejemplo, conseguirla a ella a toda costa, cuan niño deseoso de un nuevo juguete.
En aquel tiempo, Bella estaba desesperada y frágil y acató las órdenes. No parecía una idea descabellada, puesto que Alec era muy dulce y atento con ella. Nunca la obligó a hacer nada que no quisiera. Con el tiempo, sin embargo, le empezó a exigir su deber de esposa. Y esa proposición tampoco le pareció un disparate. El sexo con Alec era bueno, siempre lo fue. No era grandioso ni inolvidable, pero al menos no le hacía daño.
Pero hasta ahí. El sexo no mezclaba sentimientos. El sexo era sexo. O por lo menos con Alec, nunca sintió la necesidad de decir nada romántico en medio del acto.
Y ahora que él se había ido a Viena por asuntos de trabajo, se sentía "libre" y menos hastiada.
—Tengo que colgar, Alec, Rose está llamándome. —se excusó con una mentira.
—Te enviaré una postal de la ciudad más tarde.
—De acuerdo.
Y colgó.
Edward observó a Isabella en la mesa mientras cortaba la tarta de verduras en trocitos pequeños. Los cogió con el tenedor y los cambió de lugar varias veces, pero sin probar un solo bocado. Todo eso mientras nadie, aparte de él, se daba cuenta.
Alice sirvió más vino en su copa.
—¿Desea algo más el señor?
—Así está bien, Alice, gracias.
—De nada.
La chica rotó en la mesa, haciendo la misma pregunta a los demás, hasta llegar a Riley y regresar el corcho a la botella.
Había un murmullo tranquilo en la mesa. Jane no había llevado a su novio Cayo y Aro estaba feliz por ello. Tia contó con orgullo lo bueno que era Riley en baloncesto y Aro habló sobre el primer día de trabajo de Isabella, a la que no le hizo demasiada gracia.
—Vladimir se encargó de observarte hoy. Me dijo que estuviste muy callada.
—Estaba un poco perdida.
—Me imagino.
—Es normal. A mí me pasó muchas veces. —calmó Tia, y Edward sintió que estaba tratando de hacerla sentir bien— Después de descansar durante tanto tiempo, es difícil volver a la rutina.
Vio a Isabella asentir y agachar la cabeza. La mirada de Aro le escrutó y sintió una oleada de extrañeza. El comportamiento de ella, las palabras de Tia. Todo tan forzado. Él no se había podido sacar de la cabeza la conversación de ella con su padrino, sobretodo porque él había empleado el mismo todo de voz que aquella vez, como si estuviese imponiéndole órdenes a una niña de diez años, limitándole a una expresión. En cambio, su reacción era justo lo que él necesitaba ver.
Esa sumisión le desesperaba, le incomodaba ver que se comportara como una marioneta sumisa delante de todo el mundo.
Sí, eso es lo que parecía. Una marioneta.
No me gusta desfilar en ropa interior.
Lo sé.
No lo haré.
Está bien, Aro.
Confía en mí.
Edward necesitaba respuestas.
Alice interrumpió la conversación, limpiándose las manos en el delantal de florecitas.
—Mi señor… tenemos visitas.
Edward miró a Alice, pero sus ojos viajaron de inmediato a la puerta en cuanto notó la presencia de su madre. Esme Cullen, de estatura media y delicadas facciones, tomó posesión de la atención en medio de la cena. Ni siquiera se tomó la molestia en saludar a nadie, tampoco en dirigirle la palabra a su hermano Aro.
Todo lo que ella podía ver, era a Edward.
—Madre.
—Era cierto. —dijo ella, negando con la cabeza— ¿Por qué todo el mundo sabía que regresaste menos nosotros? ¿Me puedes explicar?
Jane se aclaró la garganta, ligeramente avergonzada.
—Lo siento, Edward. Creí que ella lo sabía.
Aro movió la cabeza en reprobación hacia su consentida hija.
Edward, a sabiendas de la tensión que se formó en el aire, se disculpó en la mesa.
—Hablemos en otra parte.
Su madre caminó fuera del comedor antes de que él se pusiese de pie. Entraron al despacho de Aro y cerró la puerta mientras ella despotricaba enfadada por su actitud.
—¡Ya no sé qué clase de hijo crie!
—Mamá, cálmate.
—¿Qué haces viviendo con tu padrino y no con nosotros, Edward?
—No voy a discutir eso, estoy bien aquí.
—¿Por qué?
—Porque aquí nadie me reprocha nada, madre. Y nadie me lo va a sacar en cara.
—¿Sacar en cara qué, por Dios?
—Mi separación con Kate, por ejemplo.
El rostro de Esme se encogió, tratando de digerir la información en su cerebro. Ella era una mujer hermosa, de gestos muy bien definidos, pero demasiado seria, demasiado correcta y criticona. Amaba a su madre, sin embargo, le molestaba su actitud altiva.
—¿Qué te hizo esta vez? —suspiró. Y allí estaba de nuevo. Cruzada de brazos, esperando una respuesta que Edward sentía que sabía. Esme esperaba que le dijera cualquier cosa para decir a cambio "Te lo dije, esa mujer no era de fiar. Aunque, no tuvo que esperar demasiado— Esa mujer no era de fiar, Edward. ¿Cuántas veces…?
—Basta, madre.
—Basta nada.
Había motivos de sobra para que despotricara en su contra, pero Esme no lo sabía aun, y de todos modos la culpaba de todos sus males.
—¿Y si soy yo, mamá? ¿Y si soy yo quién le hizo algo? ¿Por qué asumes una respuesta que no has escuchado?
—Porque soy tu madre y porque te conozco lo suficiente para darme cuenta que tus ojos están tristes.
No quería decírselo, no quería hacerla sufrir. Decirle a su madre que Aiden no era su nieto biológico sería humillante y le haría un daño tremendo.
—Entonces estás en lo correcto. Felicitaciones.
Esme negó con la cabeza.
—No sé por qué te comportas así conmigo. Tal vez tienes razón, soy demasiado entrometida y juzgo rápido a las personas, pero dime si me he equivocado alguna vez. ¿Lo he hecho? —exigió saber, mirando a su alrededor— Y en casa de Aro, Edward. ¿Por qué aquí?
Él frunció el ceño.
—En otras circunstancias, hubieses estado feliz. —ella le esquivó— ¿Qué pasó entre tú y él? Porque es obvio que discutieron.
—No quiero hablar de eso.
—Pues yo no quiero hablar de lo mío tampoco.
—Pero, Edward…
Aro los interrumpió entrando al despacho.
—Sé que esta confrontación de madre e hijo no me compete, pero todos se han ido a sus habitaciones y supongo que mi labor de padrino es salvar el trasero a mi ahijado, Esme. Lo estás poniendo en un aprieto.
Ella volteó el rostro, ignorándole.
—Yo no me meto en tus discusiones, querido hermano. Eres un desubicado.
Edward nunca le había escuchado hablar así a su madre.
—¿Nos dejas a solas, Edward? ¿Cinco minutos?
—Por supuesto.
Aprovechó esa salida fácil, y pese a la insistencia de Esme para que se quedara, Edward salió del despacho. Apresuró el paso hacia las escaleras, pero se detuvo en el umbral del comedor, encontrando a Isabella sentada sola junto a la mesa con la botella de vino. Estaba tan guapa. El azul contrastaba perfecto con el tono de su piel. Traía los labios rojos, perfectos. Las mejillas inflamadas por el alcohol. Ella ni siquiera se percató de él cuando se sentó a su lado.
—¿No piensas compartir la botella? —Bella se sobresaltó, salpicando vino en el mantel. No le contestó nada, ni siquiera tuvo una pizca de interés en su compañía— Al menos, lo único que sé de ti es que te gusta el vino añejo.
—Estás empecinado en conocer cada cosa de mí.
—Estoy empecinado en conocer a la esposa de mi primo. ¿Eso es un delito?
Edward nunca tuvo oportunidad de observar el color de sus ojos hasta ahora que ella se volteó a mirarlo; no eran verdes por completo, había un poco de café en ellos.
—Supongo que no.
—Supones bien.
De pronto, su rostro se puso ligeramente pálido.
—Debería… terminar esta copa e irme a la cama.
—No te ves bien.
—Tú nunca me ves bien.
Pensó en la voz dominante de su padrino, y también pensó que Isabella no era la misma que hace veinte minutos.
Marioneta, razonó.
Pero a Edward nunca le gustaron las marionetas. De niño creía que eran feas, e Isabella no lo era. Marioneta no era la palabra exacta para ella. Con su rostro como porcelana, sus ojos hipnotizantes y el cabello como el cielo nocturno en luna llena.
Definitivamente no era una marioneta en sí.
—Yo solo digo lo que veo, muñeca.
Bella le echó una ojeada. Cerró los ojos y contó hasta diez, sintiendo que le faltaba la respiración. No había querido probar un solo bocado de la cena, y solo había estado tomándose media botella de vino en lo que restaba de noche.
Se tambaleó cuando se puso de pie, y antes de que Edward pudiese hacer algo, ella se desvaneció en sus brazos.
La muñeca de Edward se desvaneció en sus brazos! ¿Qué hará?
Me alegra saber que les está gustando la historia, gracias por sus comentarios y por supuesto, por leer!
Besos
