En los capítulos siguientes aparecenrán Gabriel, Bobby, Crowley, Charlie y Meg.
Capítulo
6
-¡Bastardos, hijos de perra, juro que voy a matarlos! –exclamó Dean, forcejeando en el agarre de los guardias.
-¿Usted… -la repentina voz temblorosa y asqueada de Sam consiguió detener la narración de Metatrón-… majestad, usted sabía de esto? –se dirigió al Rey, quién miraba a Castiel temblar y sangrar en el suelo, como si fuese un niño observando un juguete nuevo.
El Rey no tuvo tiempo a contestar, un golpe sordo cortó sus palabras, resonando por cada rincón de la ciudad. Lo siguieron maldiciones gritadas a toda voz por los soldados de las murallas. Las ventanas del Salón del Trono vibraron, dando paso a un silencio momentáneo y absoluto.
Gracias a esa distracción Dean consiguió liberarse de uno de los guardias, pero permaneció quieto, a la espera.
La puerta del salón crujió, y se abrió apenas.
El Rey Michael Novak se puso de pie, abriéndose paso entre sus custodios para acercarse a la puerta. Pero antes de que pudiera avanzar demasiado, ésta se abrió de par en par; un hombre entró dando tumbos, con tres flechas clavadas en el peto y la sangre deslizándose de sus heridas.
Dean lo reconoció con dificultad. Era el general de los Custodios.
-Señor –dijo el hombre moribundo, ante la mirada incrédula del Rey-, Majestad, las puertas cayeron. La muralla, mi señor… sólo los conjuros enochianos mantienen a los demonios fuera pero…
Ignorando las flechas que el hombre tenía clavadas en el pecho, Michael lo tomó por el cuello con brutalidad.
-¡Los ejércitos de Amara estaban en las puertas! ¡¿Cómo pueden haber caído?! –exclamó, obnubilado por la ira.
-Es eso precisamente, majestad –murmuró el General de los Custodios-. Skoll nos ha traicionado. Amara dio la orden de… la orden a sus hombres de abrir las puertas a los demonios y matar a todo custodio o soldado real.
Michael soltó al hombre, crispando los labios en una mezcla de odio y repugnancia.
-Majestad, los demonios aún no han entrado… quienes se enfrentan en las calles de la ciudadela son sus ejércitos y los de Amara –recalcó el hombre-. Lucifer… su hermano Lucifer ha entrado en el palacio…
Dichas esas palabras el General de los custodios cayó muerto. Los custodios que protegían al rey en su trono se tensaron al escuchar un bullicio tras la puerta del salón. Eran espadas chocando en el corredor, y el quejido de hombres muriendo.
Dean y Sam miraron al Rey Michael palidecer, perder el poco rastro de cordura que le quedaba, y finalmente lo escucharon gritar:
-¡Mátenlos, maten a los Winchester!
Sucedió tan deprisa que Dean apenas supo cómo ocurrió. Las puertas del salón se abrieron de par en par. Antes de que las sombras que se movían fuera ingresaran los Custodios Reales se arrojaron sobre ambos hermanos con sus lanzas y espadas. El rubio consiguió arrebatarle el arma a un custodio tras propinarle un certero golpe. Sam por su parte, se defendió lo mejor que pudo con la media docena de guardias que fueron a por él.
Dean se libró de cinco custodios, escuchando como Sam peleaba a sus espaldas. Las sombras ingresaron por la puerta; eran caballeros de Amara armados con ballestas. Las saetas silbaron al atravesar el salón. Una derribó a Metatrón, otra se clavó en el guardia que casi estaba venciendo a Dean con la espada. Y una fue clavarse en el ojo de un custodio que había conseguido poner la espada en el cuello de Sam… pero fue demasiado tarde.
-¡SAM! –gritó Dean, habiendo girado en redondo justamente para ver como, con sus últimas fuerzas, el custodio degollaba a Sam.
Los ojos de su hermano menor se posaron brevemente en los de Dean, antes de perder la vida. Sam cayó con todo el peso de su cuerpo al suelo; muerto, sobre un charco de sangre espesa.
-¡SAMMY! –Dean se arrojó en pos de su hermano, sintiéndose mareado, pero antes de llegar a él, vio como el Rey Michael desenfundaba su espada.
-No, Lord Winchester –puso el filo de la hoja en el cuello de Dean, sin darle tiempo a defenderse-. ¿Sabe? De verdad lamento tener que matarlo, pero los Leviatanes no pueden despertar –afirmó, mientras en el umbral de la puerta unos pocos guardias reales todavía se trataban de acabar con los soldados de Amara.
-No, Michael –la voz muerta de Castiel se alzó de pronto, al igual que su tembloroso cuerpo. Se había esforzado por ponerse de pie, había conseguido una daga de uno de los guardias muertos, y ahora la tenía en la espalda del Rey-. Es suficiente, déjalo ir.
-¿De verdad esperas que te tenga miedo, bastardo? –rio Michael.
-Deja ir a Dean, o juro que te mataré –exigió Castiel, tensando su mano en la daga.
-No lo harás –respondió el Rey, categórico.
-No, tal vez él no –una voz desconocida se sumó a todo eso, resonando por el salón del trono-. Pero yo sí.
Una brisa gélida se deslizó en el salón, junto con los pasos de un caballero de armadura reluciente, cabello rubio y mirada torva. Antes de que Michael pudiera hacer algo, Lucifer tensó el arco y soltó la flecha.
La punta de acero se hundió en el pecho de Michael. No lo mató, pero hizo que de su mano resbalara la espada.
Dean alcanzó a apartarse. Tomó a Castiel por el brazo, tironeando de él hacia la puerta lateral del trono que llevaba a unos jardines. Castiel intentó resistirse, negándose a dejar a Michael morir en manos de Lucifer, pero estaba débil y el rubio consiguió sacarlo de allí.
Lucifer no hizo nada para detenerlos.
Los soldados de Amara, guiados por el traidor, pronto formaron dos filas bajo el trono. De pie sobre los cadáveres de los custodios muertos, observando al Rey Michael de rodillas en el suelo, con una flecha clavada en las costillas.
-Hola, querido hermano –sonrió Lucifer, con falso entusiasmo.
-Maldito traidor. Te atreves a atacar la ciudad que te vio nacer… -siseó Michael.
-Eres tan anticuado, Michael –Lucifer fue hasta su hermano, colgó su arco en la espalda y desenvainó una preciosa daga de plata. La puso en el pecho de Michael-. Pero te había extrañado. A ti con todas esas órdenes estúpidas. En Agatión no existen jerarquías ni orden, los demonios hacen los que les place y lo que les conviene…
-¿Qué haces aquí? –gruñó el Rey.
-Como si no lo supieras, alteza –se burló Lucifer, inclinándose un poco hacia su hermano-. Vengo por los Winchester. Despertaré leyendas que yacen dormidas desde hace mucho, y necesito la sangre de un Winchester. Pero de momento, me limitaré a tomar Valkyria.
-Siempre fuiste codicioso, Lucifer. Querías el trono de padre a toda costa –escupió Michael.
-Te equivocas –Lucifer pareció genuinamente ofendido-. No quería esa tonta silla blanca. Quería destruir su precioso reino humano. Padre amaba tanto a su pueblo, a su reino. ¡Más de lo que debió amar a sus hijos! Más de lo que me amó a mí, y ahora cobraré venganza por ello.
-No lo lograrás –sentenció Michael.
-¿Quién lo impedirá? ¿Tú? –Sonrió Lucifer, moviendo las cejas y apretando poco a poco la daga para que la sangre de Michael empezara a correr por el cuello-. ¿Nuestras hermanas que son unas dulces princesas? ¿O Ephraim que ha muerto? ¿Acaso piensas que Castiel, a quién has maltratado tanto, volverá para vengar tu muerte? ¡Debes estar loco! –y con esto clavó la daga en el cuello del Rey Michael Novak.
La sangre salió a borbotones por la boca de Michael, y mientras lo hacía Lucifer canturreó unas palabras extrañas. Era Enochiano. Por la sangre del Rey muerto de Valkyria estaba haciendo caer los conjuros de las murallas de Valkyria.
Una vez Michael se desplomó muerto, Lucifer sacó la daga de su cuello. A sus espaldas, por las ventanas del salón del trono, fue visible como los grabados complicados y símbolos antiguos se iluminaron en las murallas, deshaciéndose.
-Eso ha sido, desagradable –comentó Lucifer, para sí mismo, limpiando la daga en su capa-. Pero necesario –esbozó una mueca victoriosa.
-Mi señor –interrumpió uno de los soldados de Amara-, ¿buscamos a Winchester y a Castiel Novak?
-No –respondió Lucifer.
-Pero, mi lord, el conjuro para despertar a los Leviatanes requiere de la sangre de un Winchester, Dean escapará y Michael ha matado a ese –refutó el guardia señalando a Sam, quién yacía en el piso.
-¿Lo ha hecho? –planteó Lucifer, misterioso. El guardia lo miró, conmocionado.
Lucifer fue hacia Sam y se inclinó a su costado. Lo volteó por un hombro. La sangre todavía manaba de la herida en el cuello del muchacho. Posó la mano en la herida, y comenzó a susurrar palabras incomprensibles para los hombres de Amara.
La herida, ante la mirada asombrada de todos, se cerró. Sam estaba pálido, inconsciente, pero no estaba muerto. Respiraba pesadamente y su corazón latía. Lucifer se puso de pie; había aprendido muchos trucos estando en Agatión.
-¡Azazel debe haber entrado en la ciudad ya! –dijo a los hombres de Amara-. Lleven a Sam Winchester a mi barco, y asegúrense de que esté vigilado. Necesito cincuenta hombres para el amanecer. Regresaré a Agatión con el prisionero –añadió, marchando hacia el trono y tomando asiento allí-. Y si ven a mi tía Amara, díganle que quiero verla. Anúncienle que su plan resultó tal y como ella quería.
Pasaron varios minutos antes de que Amara apareciera en el salón del trono, seguida de un par de demonios de ojos negros. Llevaba un hermoso vestido negro y una sonrisa en el rostro que ni se inmutó al ver a Michael muerto a los pies de Lucifer.
Afuera resonaba la agonía de Valkyria.
-Lucifer, querido sobrino –exclamó al entrar en el salón del trono-. La corona te sentaría muy bien –lo abrazó una vez lo tuvo cerca.
-Amara, un gusto verte en persona finalmente. Tanto escribirte cartas ya me había resultado tedioso –sonrió Lucifer-. Pero bien sabes que este trono no es para mí.
-En eso tienes razón –estuvo de acuerdo Amara. Lucifer hizo una reverencia y se retiró del trono. La mujer no tardó en sentarse allí, con la victoria a flor de piel-. Ordené a mis ejércitos que mataran a todo custodio antes de que los demonios entrasen. Todo salió tan bien…
-Lo hizo, tía. Lo hizo –afirmó Lucifer, posándose detrás de ella, con las manos en el espaldar del trono blanco.
-Finalmente tengo lo que es mío por derecho –continuó Amara, orgullosa de si misma-. Chuck quería ser bardo, yo siempre quise ser reina, pero mi padre me obligó a casarme con ese odioso viejo rey de Skoll. Esperar a que ese viejo y mi hermano murieran fue como estar en un calabozo durante años. Ahora Azazel puede quedarse con Agatión, y las ciudades del sur. Yo reinaré desde Valkyria hasta Skoll, como siempre debió ser.
-Supiste jugar bien tus cartas, tía querida –sonrió Lucifer, aun a sus espaldas.
-Así fue.
-Convenciste a Michael de que mantuviera vivos a los Winchester. Me ayudaste a entrar en la ciudad. Me diste a tus hombres para acabar con Michael. Destrozaste los ejércitos reales antes de que los demonios entrasen en Valkyria –suspiró su sobrino, empuñando la misma daga con la que mató a su hermano-. Has sido de gran utilidad, Amara. Y, siendo sincero, yo no quiero ese trono.
-Lo sé, Lucifer –afirmó ella, sin voltearse.
-Pero el Rey Azazel, sí –añadió Lucifer. Antes de que Amara pudiera girar, la mano de Lucifer con la daga cayeron sobre ella. Un corte profundo en el cuello la mató al instante, tiñendo el trono blanco, de rojo escarlata.
…
Atravesaron el jardín. Corrieron por los pasillos del palacio, escuchando el retumbar de la guerra por todas partes. El resplandor del foso de aceite santo había agonizado al igual que el hechizo enochiano que protegía la ciudad. Se escuchó la marcha de los demonios dentro de la ciudad; y al instante una nube negra de demonios cubrió el brillo de las estrellas, precipitándose sobre Valkyria y sus habitantes.
Dean tuvo que esforzarse por recordar donde quedaban sus habitaciones. Castiel lo seguía con pasos torpes y adoloridos.
Llegaron a la habitación y el rubio agradeció que los sirvientes no se hubieran llevado nada. Entraron, Dean trancó la puerta con la espada mellada que llevaba y pronto fue en busca de un par de cosas. Tomó sólo lo necesario, algo de ropa, sus armas, una bolsa con un puñado de monedas que había escondido en un jarrón.
-Cas, ponte esto –le pasó al moreno unos pantalones, un jubón y una cota de malla. Las manos temblorosas tomaron la ropa, pero esos ojos azules parecían dudosos-. ¿Qué ocurre?
-¿Qué estamos haciendo? –musitó Castiel, sacudiendo la cabeza.
-Escapando. No podemos hacer otra cosa. No hay tiempo para…
-Mis hermanas. No las dejaré aquí –afirmó Castiel, dejando la ropa sobre la cama, dispuesto a salir a buscarlas en ese momento.
La mano de Dean se cerró en su muñeca, impidiéndoselo.
-No –lo tomó por los hombros, causándole una punzada en sus heridas-. Lo siento –se apartó un poco-. Pero no podemos ir a buscarlas ahora. Deben estar en el templo, junto con las demás mujeres, rezando por la victoria –explicó-, si entramos allí la mitad de la gente querrá matarnos y no podremos salir. Michael hizo público… lo de nosotros. Lo sabes.
-¿Sugieres dejarlas a la suerte? –lo acusó el castaño. A pesar de todo el daño que le habían hecho en las Grutas, continuaba siendo un obstinado con buenas intenciones.
-Volveremos por ellas –prometió Dean, sintiendo un mal sabor en la boca.
Había prometido que no permitiría que alguien le hiciera daño a Castiel, y allí lo tenía; después de dos semanas de torturas continuas. Había prometido que nadie le haría daño a Sam, y ahora estaba muerto.
-Lo juro, Cas –recalcó.
Finalmente esos ojos azules cedieron. Castiel asintió, e intentó vestirse. Pero dolía demasiado y estuvo por desplomarse dos veces. Al tercer intento de colocarse el pantalón cayó, soportando la punzada del golpe en sus heridas y en sus piernas doloridas. Cerró los ojos, y no se levantó.
-Mierda –musitó y dejó escapar un par de lágrimas. Dolía demasiado.
Dean, que se había estado colocando una capa sobre los hombros, no tardó en voltear. Al ver a Castiel en el suelo se acercó dispuesto a ayudarlo. El moreno se apartó de sus manos como si el tacto quemase.
-No –sacudió la cabeza-. No, Dean. Soy un maldito inútil. Es mejor que te vayas sólo y…
-¡Ey, ey! –las manos de Dean se aferraron a sus mejillas magulladas, obligándolo a mirarlo. Esos ojos azules eran todo lo que tenía; Sam estaba muerto, probablemente Kevin también-. No digas eso. No te dejaría aquí por nada del mundo ¿Me entiendes?
-Dean yo… no creo que nosotros, estemos bien.
-Cas, no digas eso –el rubio se inclinó sobre los labios del muchacho. Depositó un casto beso lento-. Te amo. Y ningún hijo de perra va a cambiar eso. Haré que todo aquel que te puso una mano encima lo pague, pero esta noche, en este momento –buscó los ojos de Cas-, tienes que ser fuerte. Por favor, tienes que ser fuerte para que salgamos de ésta.
Castiel asintió, sabía que Dean acaba de perder a Sam y que la ciudad se estaba yendo a la mismísima mierda justo en ese instante. Permitió que el rubio le ayudara a vestirse; recibió de buen agrado una de las capas de Dean, se ató un cinto alrededor de la cadera y envainó la espada mellada allí, y salieron de la habitación.
Con el brazo de Castiel sobre sus hombros y los pasos algo torpes del moreno, Dean halló la forma de llegar pronto a los establos. La mayoría de caballos habían sido llevados a la ciudadela para enfrentarse a los demonios, salvo por la hermosa yegua del Rey Michael.
Era una yegua de lustroso pelaje negro y crines largas. Dean la ensilló rápido, e intentó buscar otro caballo para Cas, pero pronto reparó en que el muchacho no podría cabalgar sólo, herido y débil como estaba.
Subió en la yegua negra y Cas lo observó, confundido, suponiendo por un instante que Dean se marcharía sólo. Antes de que pudiera preguntar, Dean arrió a la yegua y al pasar por el lado de Castiel con una mano lo tomó por la cintura.
Solía hacer aquello con las muchachas de Vanadis; y Castiel estaba tan delgado que no le fue difícil alzarlo y colocarlo en la parte delantera de la montura. Lo rodeó con ambos brazos, sujetando con fuerza las riendas.
Dean azuzó a la yegua negra a que corriera, y ésta no esperó demasiado. Era joven y veloz, sus cascos resonaron por las calles de la ciudad que estaba desierta. En un abrir y cerrar de ojos estaban a galope sobre lo quedaba del campo de batalla en la puerta norte de la ciudad. Castiel se tensó al ver los cadáveres de los ejércitos de su hermano alfombrando las puertas de Valkyria, pero no había nada que pudiera hacer.
Atravesaron la puerta. La batalla ardía al oeste de la ciudad, pero allí todo eran cadáveres y rastros del asedio de los demonios. Más allá los esperaba el campo abierto.
Una vez con las patas en la hierba, la yegua relinchó y galopó con bríos, rumbo al bosque real.
Dean regresó una mirada por sobre el hombro, hacia Valkyria. La última vez que había escapado de una ciudad su padre había muerto; ahora había perdido a Sammy. Se preguntó si es que acaso su destino era perderlo todo.
"No todo –pensó, sintiendo la espalda de Castiel apretada contra su pecho mientras cabalgaban"
El muchacho estaba algo somnoliento debido a la sangre que había perdido, por lo que se balanceaba. Para evitar que cayese de la montura, Dean asió las riendas con una sola mano, rodeando a Castiel por la cintura con la otra. Entonces reparó en las lágrimas que corrían por las mejillas del castaño.
-Todo va estar bien, Cas. Todo va estar bien –susurró al oído del castaño, depositando un beso en su sien.
Castiel guardó silencio, deslizó su mano sobre la de Dean, que reposaba en su abdomen, y entrelazó sus dedos. Cerró sus ojos azules: no quería ver el cielo, ni el bosque donde se internaron, no quería escuchar a Valkyria agonizando a sus espaldas. Sólo quería sentir la mano del rubio en la suya, porque había perdido la fe en todo, menos en Dean.
Continuará…
