Cualquier condena al infierno, linchamiento, o patada por favor en los Reviews.
Capítulo
6
"…Y A Veces Nos Alcanza"
Tenía las manos cubiertas de sangre y una rabia descontrolada ardiendo en su pecho, cuando la mano de Castiel se posó en su hombro. La mirada del ángel, a rebosar de preocupación y dolor por él, punzó en el pecho de Dean, pero venció la ira. Cuando Castiel dijo algo sobre no querer lastimarlo, Dean le quebró el brazo.
Lo golpeó con tanta furia que una vez lo arrojó contra la pila de libros volteó sin querer mirar lo que había hecho. Una parte de él, dentro de toda esa coraza de rabia provocada por la marca, se sentía horrible por haber golpeado a Cas.
Pero el ángel se volvió a poner de pie, y la marca venció. Dean lo golpeó, sabiendo que no sólo era la marca, era la frustración por todo lo que el ángel le había dicho. Quedarse con él hasta el final de los tiempos, luchar por mantenerlo bien, sacrificarse una y otra vez por él era más de lo que podía soportar. ¿Por qué un ángel se sacrificaría por alguien como él?
Se tragó esa pregunta mientras golpeaba a Castiel, aplastando su cabeza contra el escritorio.
Lo arrojó de vuelta al suelo y tomó la espada de ángel que el moreno guardaba en su gabardina, lo sujetó por esa corbata suya listo para atravesarle el pecho cuando:
-Dean, por favor –la mano de Castiel se cerró en torno a su muñeca. La visión de su rostro ensangrentado, y su tacto desarmaron a Dean.
Aún más enfurecido consigo mismo clavó la espada de ángel junto a Castiel, y se marchó de allí, cubierto de sangre, con la culpa a flor de piel y soltando una amenaza para Cas…
Dean despertó con el aroma de la sangre impregnado en la boca. Estaba empapado en sudor y le costaba respirar. El vacío de la desesperanza aleteaba en su pecho, como anunciándole que todo estaba perdido aunque se negase a creerlo. Pero, se dijo, que estaba en casa, en Jersey y nada iba mal.
Pasó una de sus manos por sus cabellos rubios y rostro, obligándose a calmarse, pero al removerse en la cama se encontró solo. Si las pesadillas lo estaban volviendo loco, la reciente actitud de Castiel lo estaba matando.
Se incorporó haciendo un esfuerzo inhumano por salir de la cama, presa del deseo de esconderse bajo las mantas, enterrar el rostro en una almohada, cerrar los ojos y no volver a despertar. Con pasos pesados fue hasta el corredor, lo atravesó y bajó a la cocina donde escuchó algo de ruido.
Todavía estaba oscuro y Castiel no solía tener hambre por las noches, pero quizá bajó por algo de agua. O de ello quiso convencerse Dean.
Desde que habían empezado a salir el moreno siempre estaba para él. Cuando decidieron mudarse juntos no existía noche en que Castiel no llegase a casa y abrazara a Dean por la espalda, estrechándolo cerca de su pecho. Desde hace casi un año no habían dormido separados hasta que Dean admitió que estaba teniendo constantes pesadillas y esas horribles alucinaciones donde decapitaba criaturas y exorcizaba personas.
Atravesó el umbral de la cocina, con el corazón en vilo. Soltó un trémulo suspiro silencioso al descubrir que todo el ruido provenía de la vieja televisión encendida. La apagó de un manotazo y, con las rodillas débiles, apoyó ambas manos en el fregadero. Echó un vistazo por la ventana; el jardín estaba blanco, los árboles deshojados y cubiertos por una ígnea capa de nieve, pero ese diciembre ni siquiera se parecía al anterior.
Dean inclinó su cuerpo sobre las palmas de sus manos y apretó su cabeza. Amaba a Castiel demasiado, y el moreno había demostrado que sus sentimientos eran recíprocos y hasta quizá mayores, por ello el rubio no podía comprender porque lo había abandonado.
Continuaban viviendo en la misma casa, compartiendo la misma ducha, y la ropa de Cas estaba en su mismo lugar en el guardarropa. Pero todo había caído en picada desde esa noche en que descubrió que Dean estaba teniendo pesadillas.
Decía que tomaba turnos extras en la estación de combustible, lo cual Dean trataba de no cuestionar, aunque una parte de él sabía que si iba al trabajo de Castiel seguramente no lo encontraría allí. De lunes a viernes casi no se veían, Castiel ya ni siquiera lo tocaba y por las noches Dean solía sentir como se levantaba de la cama y no volvía hasta el amanecer.
Dean, a pesar de tener esas odiosas pesadillas, los fines de semana había tratado de convencer a Castiel de salir a cenar, o de ver una película juntos. Pero el moreno se excusaba diciendo que debía ir a comprar algo o a ver a Gabriel, por lo cual el rubio no volvía a verlo hasta bien entrada la madrugada.
El invierno volvía a Jersey con aun más crueldad que el año pasado. Y esa casa también se había vuelto fría para Dean. No entendía lo que había hecho mal. ¿Qué estaba ocurriendo con Castiel? ¿Lo estaba engañando? ¿Se había cansado de él? ¿Le molestaba que estuviera enfermo?
El rubio empezó a desesperarse por tener una respuesta. Porque se había tornado insoportable que, incluso cuando ambos la pasaban en casa, si él iba a la cocina, Castiel marchaba al segundo piso; si Castiel estaba cortando el césped y Dean aparecía, enseguida el moreno decidía ir a la cochera. Si Castiel estaba mirando la TV y el rubio intentaba acercársele, enseguida parecía recordar algo y se dirigía a la cocina.
Tratándose de cualquier otra persona Dean sabía que lo habría mandado al demonio hace mucho. Nunca había sido bueno en las relaciones y no tenía problema con terminar una. Pero esta vez se trataba de Castiel. Era un sujeto cualquiera que conoció en un taxi cualquiera, y sin embargo sentía que si lo perdía, como lo estaba haciendo, no habría más razones para seguir luchando, para mantener la cordura, para levantarse cada mañana e ir al trabajo.
La primera noche que Dean descubrió que Castiel se marchaba de casa a las doce de la noche pensó que algo había ocurrido con Gabriel.
A esas alturas, cada madrugada, se preguntaba si Castiel regresaría.
Dejó la cocina. Fue hasta la sala donde rebuscó por una botella a medio terminar de ron. Se sirvió un vaso y probó un sorbo. Lo soltó sobre la mesa de centro, y se dejó caer en el sofá.
Transcurrieron las horas, silenciosas y desoladas; el frío caló hasta los huesos de Dean al igual que las preguntas sin respuesta. ¿Qué eran esas alucinaciones? ¿Por qué a Castiel le molestaba que las tuviera?
Bebió otro poco hasta sentirse mareado, y clavó sus ojos verdes en la alfombra de la sala. Le costó mucho pero esbozó una sonrisa. Allí, sobre esa alfombra, Castiel y él habían hecho el amor por primera vez. Era un recuerdo bonito… pero al igual que el haberse conocido en el taxi, ahora parecía disperso, como si no hubiese sido la primera vez con Cas… como si existiera un antes.
Tomó la botella otra vez, y ésta no ocupó el vaso. Bebió un largo trago que escoció en su garganta, y embotó su cabeza. Se hizo un ovillo en el sofá, tiritando de frío hasta que el efecto del alcohol consiguió dormirlo.
…..
El viento silbaba helado como nunca antes. La gabardina de Cas se agitó al son de éste. Bajo el puente peatonal, donde estaba de pie, los autos pasaban a gran velocidad, dejando estelas de luz y el ruidillo de los neumáticos al rodar sobre el pavimento. El ángel no sentía frío, pero igualmente se cruzó de brazos cerrándose la gabardina.
Los pasos sobre el metal del puente lo hicieron voltearse. Gabriel le dedicó una media sonrisa antes de acercarse a él, y observar en la misma dirección, hacia Newark que por la noche era un cúmulo de luces.
Castiel tomó un respiro profundo y soltó su aliento, tiritando, pero no de frío. Gabriel lo compadeció; a pesar de que él no había amado, sabía que era muy cruel lo que estaba viviendo su hermano.
-¿Cómo está? –preguntó, tanteando terreno.
-¿Cómo supones? Cree que está loco, a veces piensa que todo fue real. No come, no… -espetó Castiel, pero calló abruptamente, controlando su voz-. No me he acercado a él en todo este tiempo. Temo hacerle más daño si me acerco, pero el hecho de dejarlo solo en esto, es… ¡No sé qué hacer, Gabriel!
-Volver a borrar su memoria podría volverlo loco, en el sentido literal de la palabra –caviló el arcángel, para sí mismo.
-Puedo dejarlo. Eso se supone que debí hacer desde un principio.
-O puedes quedarte a su lado. Eso es lo que deseas ¿verdad? –Gabriel lo miró a los ojos, serio por primera vez en su milenaria existencia.
-Quedarme a su lado, pase lo que pase… es una promesa que me hice a mí mismo desde que… desde que toqué su alma en el infierno pero… si eso lo daña más, si lo envían al infierno o peor; al vacío por mi culpa. Y si, además, arrastro a Sam en todo esto –la voz de Castiel finalmente se quebró, pero sus ojos seguían fijos en Newark.
-Sammy estará bien. Ese niño es fuerte, y no tiene por qué recordar nada.
-Exacto –Castiel asintió un par de veces, luego se giró hacia Gabriel-. Sam no tiene nada que provoque a su memoria; Dean me tiene a mí, día y noche y….
-¡Castiel! ¿No lo entiendes? –Gabriel lo tomó por ambos hombros, mirándolo a los ojos-. Si tú poseyeras un alma humana en lugar de gracia, diría que son almas gemelas. El caso más absurdo y trágico de almas gemelas, pero el más poderoso e inquebrantable. No puedes sólo correr de su lado y fingir que ambos estarán bien. Quizá Dean termine recordando, pero allí estarás tú… con él. Y si todo el cielo viene a por ustedes, cuenta conmigo para patear unos cuantos celestiales traseros.
-Pero el infierno, cuando él muera…
-Tú puedes evitar que su alma caiga allí antes de que muera. De alguna forma, Castiel –afirmó Gabriel.
Castiel devolvió su atención a Newark, nevado y frío. Dio media vuelta y emprendió el camino de regreso, bajando del puente.
-¿Qué piensas hacer? –exclamó Gabriel, ceñudo.
-Gracias, hermano –fue la única respuesta de Castiel.
…..
Con una capa de nieve sobre los hombros Castiel entró a la casa. A esas horas Dean ya debía haberse marchado al trabajo, pensó, por lo que no tuvo ningún cuidado al cerrar la puerta con fuerza y colgar la gabardina en el perchero.
No tenía idea de qué haría, pensó, dirigiéndose a las sala, pero si de algo estaba seguro…
Sus pensamientos se detuvieron al encontrar a Dean en el sofá. El humano estaba hecho un ovillo, a su lado descansaba una botella vacía de ron. Castiel sintió que algo en su pecho aleteaba dolorosamente. Dean era gris, en todos los sentidos: ahora no sólo cargaba con las viejas culpas, sino también con la duda de que si se estaba volviendo loco, si esos eran recuerdos verdaderos o estaba alucinando, además de ello estaba delgado, su piel había perdido color, y sus ojos brillo. Su alma parecía secarse como el rastro de lágrimas en sus mejillas.
Castiel se arrodilló junto al rubio, quién se removió como sintiendo que había llegado. La mano del ángel limpió esos odiosos rastros de lágrimas, y supo que Gabriel tenía razón.
Los ojos verdes se abrieron apenas.
-Hola, Dean.
-Cas –la voz del rubio era pastosa. Aún estaba ebrio-. Volviste –sonrió atrapando la mano del ángel, deseando comprobar que era real.
-Estás ebrio –Castiel se sintió un estúpido.
-Volviste, cielo –repitió Dean, sin terminar de creérselo-. Pensé… pensé que esta noche no… volverías.
-Siempre regreso a ti –Cas depositó un beso en la frente del rubio, acariciando su cabello-. Ahora ponte de pie. Bebiste demasiado anoche –Dean asintió, atontado, por lo que el ángel tuvo que ayudarlo a caminar.
Subieron las escaleras, con el brazo de Castiel en la cintura de Dean, y uno de los brazos del rubio sobre los hombros del ángel. Esto convenció a Cas de que su humano se estaba desmoronando, y lo hizo decidir que no se separaría de él.
Fueron hasta el baño, y Castiel hizo que Dean se sentase en un costado de la tina, mientras él abría la llave para llenarse. Esos ojos verdes siguieron cada uno de sus movimientos, la forma en que doblaba sus mangas, cómo abría el grifo de agua, y la manera en que se percataba que la temperatura fuera la correcta.
-Te amo –soltó, tomando a Castiel por sorpresa. Por lo cual no respondió-. ¿Tú… tú ya no lo haces?
-Dean…
-Porque si es así… está bien, Cas –la voz de Dean fue firme e inexpresiva, pero Castiel sabía que por dentro estaba asustado-. Estará todo bien.
-Ey, ey –Castiel lo tomó por ambas mejillas, inclinándose sobre él. Jamás había visto esta parte rota, dependiente y desesperada del cazador, pero suponía que eran los efectos del licor y de estar recuperando sus memorias-. No digas esas cosas, Dean.
-¿Entonces por qué te marchas? ¿Por qué actúas como si me detestaras? –lo acusó el rubio.
Castiel lo besó. Después de un largo tiempo sin haberlo hecho; y los labios de Dean sabían tan bien que continuó besándolo hasta que la tina quedó llena.
-Sólo me asuste ¿Bien? –Dijo, finalmente, cerrando el agua-. Me asustó verte enfermo y no poder hacer nada.
-Son nada más unas pesadillas, Cas. Nada de qué preocuparse –el rubio trató de restarle importancia.
Castiel asintió. No quería discutir con él cuando estaba ebrio y tan débil. Lo ayudó a retirarse la ropa y cuando Dean estuvo sumergido en el agua cristalina y tibia de la tina, Cas intentó salir del baño.
-No. No, ven aquí –pidió Dean, tironeando de su mano. Castiel quiso complacerlo, retirándose la camisa y los pantalones para sumergirse en el agua-. No. Sólo ven.
Y Castiel hizo lo que se le pedía. Entró en la tina con la ropa puesta, y una vez sentado a horcajadas sobre Dean, éste lo besó. No hicieron más que eso: besarse, hasta que el agua se enfrió, y optaron por abrir la regadera. Cas finalmente se deshizo de su ropa, y talló la espalda de Dean mientras le besaba el cuello y el hombro, donde un rastro de pecas se había vuelto más visible.
-Te amo, Dean. No sabes cuánto.
Salieron de la ducha y Dean se metió a la cama. Afuera el cielo estaba lo suficientemente gris para que no quisiera salir de la casa. Castiel le subió un café y un par de aspirinas; y se recostó a su lado. Al medio día llamó a Bobby por Dean, le dijo que el rubio había pescado un resfriado. El viejo espetó un preocupado y sincero, aunque tosco:
-Dile a ese idiota que se mejore.
El resto del día la pasaron durmiendo, besándose y escuchando la radio. Cuando llegó la noche Dean, algo más animado, ordenó pizza. Se metieron bajo las mantas mientras veían una serie de Tv en la portátil del rubio, y esperaban a que llegara su pizza de jamón y pepperoni con extra queso.
Como todas las noches, sin importar si era verano o invierno, los pies de Dean estaban helados y buscaron los del ángel.
Sonó el timbre de la casa y Castiel salió de la cama sabiendo que ese debía ser el repartidor. Sonrió al recordar esa porno que había visto hace unos años, sobre el repartidor y la niñera; y con ese semblante animado abrió la puerta.
La muchacha que le entregó las dos cajas de pizza caliente le deseó una buena noche y una sonrisa coqueta. Castiel fue a buscar su billetera, y volvió a la puerta para cancelar, cuando escuchó algo en el piso de arriba. Como si arrastrasen un sofá.
-¿Su novia está remodelando? –comentó la repartidora, que también había escuchado el escándalo.
-Mi novio –corrigió Castiel-. Y no es de los que remodela –canceló pronto y subió las escaleras de dos en dos.
Flanqueó la puerta de la habitación y no tardó demasiado en saber lo que estaba ocurriendo. Dean estaba tendido en la cama, boca arriba; un sujeto de traje y rostro inexpresivo tenía la mano en el pecho del rubio. La enterró allí, haciendo que manase una luz, y que el cuello del humano se volviese rojo vivo.
El alarido de Dean enfureció a Castiel.
-¡Aleja tus manos de él! –se abalanzó sobre el otro ángel.
Pero no pudo hacer nada, otro de sus hermanos salió de la nada, atravesándose en su camino, con una espada de ángel apuntando a su pecho. Otros dos ángeles no tardaron en aparecer a sus espaldas, amenazándolo de la misma forma.
El ángel junto a Dean, por fin lo dejó en paz y los gritos del rubio se calmaron. Ahora estaba inconsciente, sobre la cama.
-Castiel –el ángel que había revisado el alma de Dean fue hasta el de ojos azules-, creemos haberte dicho que debías mantener distancia con el humano.
-Sé que Dios lo ordenó así pero…
-Sin peros, Castiel –interrumpió uno de los ángeles que lo amenazaban por la espalda-. Y de hecho, no fue orden directa de nuestro Padre.
-¿Qué? –el desconcierto en el rostro de Castiel fue palpable.
-No fue orden suya, ya que él… pues… volvió a dejar el barco. Por así decirlo. Se reconcilió con su hermanita y dejó a ciertos ángeles a cargo –aclaró uno de sus hermanos.
-Yo puedo proteger a Dean, puedo ayudarlo con sus recuerdos y hacer que no lo lastimen –volvió a tratar Cas.
-No lo estás entendiendo. ¿De verdad te creíste todo eso de que los arrastrarían al infierno? Al vacío, quizá. ¿Pero eres tan ingenuo como para creer lo que se te dijo? ¡Lo que verdaderamente importa aquí es que tú eres un ángel, y él un humano! Esto va en contra de todo. En contra de la naturaleza de… TODO –exclamó su hermano. Algo en la mente de Cas hizo clic-. Debes volver al cielo, es la orden de los altos mandos. Y Dean llevará una vida humana, como debe ser. Después de lo que ocurrió con la Oscuridad, todo ser celestial, infernal o sobrenatural será pulverizado si se acerca a uno de los Winchester. No queremos más problemas; y eso te incluye a ti, hermano.
-No lo voy a dejar –el ángel de ojos azules era testarudo.
-Bien –uno de los ángeles dio un cabeceo y todos bajaron las espadas, apartándose de Castiel-. Como quieras. Pero si decides seguir siendo un obstinado, enviaremos a la Muerte para que se lo lleve a él y a su hermano al vacío. Y, tú, mi querido hermano, no podrás sacarlo de allí ni así fueses convertido en un arcángel, como el entrometido de Gabriel. Quién por cierto no debió ayudarte.
Con un chasquido de dedos los ángeles desaparecieron. Castiel se quedó a mitad de la habitación, olvidando que la pizza se enfriaba en la cocina. Dean se removió en la cama, despertando, adolorido.
El rubio estaba seguro de haber tenido otra de sus alucinaciones, por lo que le sonrió al castaño al verlo allí.
-¿Ya llegó la pizza? –preguntó, adormecido.
Castiel retrocedió. No podía… no podía hacerle algo así a Dean, no algo tan horrible como condenarlo al vacío. Retrocedió aún más, hasta que el miedo afloró en el rostro del rubio.
Cas corrió escaleras abajo, y Dean, a pesar de no tener fuerzas, lo siguió.
-¿Cas? –Bajó las escaleras con torpeza-. ¡¿CAS?! -Lo vio tomar la gabardina y ponérsela mientras se dirigía a la puerta-. ¿A dónde vas? –la voz le tembló.
-No…yo… -Castiel se quedó en el umbral, dándole la espalda a Dean.
-¿A dónde? –repitió el rubio.
-Lejos.
-¿De quién? –después Dean lamentaría haber preguntado eso.
-De ti –Castiel salió dando un portazo, incapaz de mirar atrás.
Continuará…
