CAPÍTULO 7:

Después: Esperanza

De los dieciséis nombres que había sacado Effie de las urnas, dos pertenecían a Katniss y Peeta, que habían ido a la arena dos veces. De los catorce restantes, solo había tres que tuvieran familia que aun viviera en el Doce: Abigail Bennett, Dominic Hughes y Roland Powell. Las familias de los demás tributos se habían quedado en el Trece, se habían mudado a otro Distrito o habían muerto en el bombardeo del Vasallaje.

Aquella noche había sido marcado un punto de inflexión en la vida de mucha gente. Todo Panem había sido testigo de cómo Katniss había dejado ir su flecha, antes de que las cámaras dejaran de grabar. Effie aún recordaba cuánto intentó resistirse cuando Plutarch la sacó del Capitolio a rastras.

Sí, mucho había cambiado. El Capitolio había perdido sus privilegios; el resto de Panem, sus familias y hogares: la mitad de la población del 5 había muerto mientras destruía la presa que abastecía de energía al Capitolio; el Doce, Ocho y Dos habían sido bombardeados hasta los cimientos.

La libertad siempre exigía sangre a cambio.

Effie había doblado y desdoblado el papel tantas veces que pensó que se rompería en cualquier momento. Allí estaba. No serviría de nada retrasarlo. Se acercó a un grupo de hombres que descansaban a la sombra de los andamios. A medida que los habitantes del Distrito volvían, habían ido reconstruyendo poco a poco la ciudad. Solo quedaba un pariente vivo de Dominic Hughes: su padre. El chico tenía trece años cuando Effie sacó su nombre el día de la Cosecha. Según Haymitch, el chico había sido pelirrojo (un rasgo poco común en el Doce), por lo que no le fue difícil distinguir la cabellera pelirroja del padre de entre el grupo de hombres.

Se acercó a ellos cuando volvían a ponerse manos a la obra.

—¿Señor Hughes? —llamó, vacilante.

Un hombre de mediana edad se giró. Se secó el sudor de la frente mientras la miraba, esforzándose por recordar si la conocía de algo. Nos conocemos, pensó Effie con tristeza, pero no te gustará saber por qué.

Cuando lo tuvo delante, Effie se quedó en blanco. ¿Qué iba a decirle a aquel hombre? ‹‹Hola, soy Effie Trinket, quizás me recuerde porque me llevé a su hijo al Capitolio y nunca volvió››.

—¿Sí? Creo que me ha llamado —preguntó amablemente el hombre. Y pensar que Effie había pasado media vida quejándose de los malos modales de esa gente.

Lo miró a los ojos, los tenía azul oscuro. Eran el tipo de ojos que te invitaban a decir lo que pensabas sin miedo. Una mirada sincera. Effie conocía a poca gente con esa cualidad.

—Soy Effie Trinket. —No intentó tenderle la mano, no se la estrecharía. El hombre abrió mucho los ojos en señal de reconocimiento. Sí, yo tampoco me reconozco sin mi ropa. Decidió seguir hablando, antes de darle al hombre tiempo a reaccionar—. Si no le importa, me gustaría robarle algo de su tiempo. Tengo…Tengo algo que decirle.

Se sentaron a la sombra de una casa recién construida, encima de dos barriles. Effie expresó (o vomitó, mejor dicho) todo lo que la había estado consumiendo durante los dos últimos días.

Le dijo que sentía en el alma haberle robado a su hijo, y que nunca sería capaz de olvidar lo que había hecho. Que sabía que nunca sería capaz de perdonarse aquello.

Intentó explicar que la habían criado para ver los juegos como simples juegos y no como matanzas. Que les inculcaban a no preocuparse por nadie que no viviera en el Capitolio.

Le dijo tantas cosas que al final ni ella misma sabía qué había dicho. Cuando terminó de desahogarse, miró al hombre a los ojos por primera vez en todo su monólogo. El hombre parecía perplejo y se rascaba la nuca, buscando qué decir.

—Mire, señorita Trinket… —Effie se mordió el labio. No sabía si sería capaz de enfrentarse a otra reacción como la de la mujer de la tienda. Pero tenía que hacerlo. No hacía aquello solo por ella—. No voy a decirle que ya no estoy enfadado, porque lo estoy. Tampoco voy a mentirle y decirle que no quise matarla cuando sacó el nombre de mi Dom. —El hombre le dedicó una sonrisa tensa—. Pero hace muchos años de eso.

Se quedaron en silencio. Effie, porque no sabía qué responder; el hombre, porque se había quedado mirando a la nada, reviviendo algún suceso del pasado, por su expresión triste.

—Mi mujer murió meses antes del Vasallaje de los Veinticinco. No podíamos permitirnos las medicinas para su enfermedad y además nos moríamos de hambre.

A Effie se le llenaron los ojos de lágrimas. ‹‹En casa la gente se muere de hambre y en el Capitolio vomitan para poder seguir zampando››.

—¿Sabe cuáles fueron sus últimas palabras? —prosiguió él. Tenía los ojos secos de alguien que ya había llorado demasiado en demasiadas ocasiones— ‹‹Al menos nuestro Dom no sufrió››. Eso me dijo. Y yo me alegré de que fuera cierto. No sé si hubiera podido soportar ver a mi hijo morir delante de mis ojos de una forma tan horrible como la que tuvo que soportar mi mujer.

Por lo que Effie creía recordar, aquel chico había muerto apenas un minuto después de beber agua envenenada. Una de las pocas muertes indoloras que los vigilantes habían permitido aquel año.

Effie parpadeó varias veces. No tenía ningún derecho a llorar por una desgracia que no le pertenecía. El hombre se encogió de hombros y pateó una piedra que había en el suelo entre ellos.

Las últimas palabras que le dedicó el hombre antes de despedirse le rompieron el corazón:

—No sea tan dura consigo misma. La muerte de mi hijo en la arena fue el mal menor.

¿Qué clase de monstruos eran, que abandonaban a su suerte a la gente a la que debían proteger, les robaban sus recursos y reían cuando sus niños morían? Merecemos que nos hubieran bombardeado hasta borrar el recuerdo de que algún día existió algo llamado Capitolio.

Con este pensamiento todavía en mente, Effie se dirigió a paso rápido a su siguiente parada. Aún quedaba viva una hermana de Abigail Bennett, y no vivía muy lejos de allí. Se plantó delante de la puerta de la primera casa de la calle, no muy segura de si era allí. Ninguna casa estaba numerada. Llamó suavemente con los nudillos. Nadie podría culparla si no había nadie en casa para responder, ¿no? Suspiró. Su propio cerebro se encargaría de echárselo en cara, estaba segura.

Una chica joven, de veintipocos años, abrió la puerta con una niña pequeña enganchada a su pierna.

—Amelia, suéltame ahora mismo. —Por su tono de voz, no era la primera vez que se lo ordenaba. Miró a Effie con los ojos como platos—. ¡Oh! —Se volvió hacia la niña, presumiblemente su hija—. ¡Qué va a pensar esta señora de ti! —Effie exhibió una mueca de dolor cuando oyó que se refería a ella como ‹‹señora››—. Suéltame, ¡ahora! —La niña frunció el ceño de una forma adorable y se fue corriendo hacia dentro de la casa.

La atención de la mujer se centró en Effie. Se quedaron mirándose, hasta que la chica rompió el silencio, tapándose la boca con las manos:

—¡Usted es aquella mujer, la del Capitolio! —Effie parpadeó. ¿Había oído mal, o la chica sonaba divertida?

Effie asintió.

—Verá, he venido porque… —No pudo terminar de hablar, pues la otra mujer la había arrastrado adentro de su casa.

—Pase, pase. ¿Quiere un poco de té?

Effie se quedó plantada en medio del salón, que hacía las veces de cocina, por lo que veía. No había mucha más casa aparte de lo que parecía un dormitorio y una puerta cerrada que debía de ser el baño.

Tomó asiento en una silla que crujió de forma preocupante bajo su peso. Miró a la otra mujer, que no se estaba quieta: sacaba tazas, platos y cucharillas de diferentes cajones y ponía agua a hervir, todo mientras iba añadiendo ingredientes a una olla que olía maravillosamente, por cierto. Effie no sabía cómo no había terminado echando una cuchara a la olla y poniéndole una zanahoria al lado de la taza para que removiera el té.

¿Qué estás haciendo, Effie? No has venido a hacer amigas. Esta mujer posiblemente no quiera tener nada que ver contigo. Además, ¡ni siquiera te gusta el té!

—¿Quiere azúcar en el té?

— Si, por favor —se encontró respondiendo educadamente. Alea iacta est.

La mujer se sentó enfrente de ella, con una sonrisa, mientras le servía té en una taza blanca desportillada por tres partes. Effie cogió la taza y se la acercó a la nariz. La verdad era que no olía mal para ser té. Siempre había considerado que beberse el caldo de unas hierbas metidas en agua caliente estaba sobrevalorado, y lo había pasado muy mal durante los meses que se puso de moda quedar para tomar el té en el Capitolio.

Se sobresaltó cuando la mujer se dio una palmada en la frente de repente.

—¡Qué maleducada soy, ni siquiera me he presentado! Me llamo Sophie Waspe —Le tendió una mano por encima de la mesa, que Effie estrechó. Tenía las manos cálidas y suaves.

—Sí, lo sé, por eso he venido. Yo soy… —se vio interrumpida por segunda vez en diez minutos.

—Sí, sí, recuerdo sus pelucas y su ropa estrafalaria. —Soltó una risita. ¿Por qué todo el mundo criticaba su ropa?, se lamentó Effie—. Era algo así como… ¿Alfie? Y el apellido… Trinket, ¿verdad?

—Effie —corrigió ella educadamente.

—¡Eso! — Sophie dio una palmada en el aire de alegría. Effie pagaría por ver a Haymitch lidiando con el entusiasmo de aquella chica.

Effie dio un sorbo al té, cogiendo fuerzas para enfrentarse a lo que se avecinaba.

—Quería hablar de Abigail…

—Oh. —El rostro de Sophie se entristeció.

—Lo siento mucho —susurró.

—¿Qué? —preguntó la otra mujer inocentemente, mirándola con sus grandes ojos marrones.

—Los Juegos.

Las dos se quedaron mirando por la pequeña ventana que daba al patio trasero de la casa. La hija de Sophie jugaba afuera con una muñeca de trapo.

—¿No es adorable? —Su madre sonaba orgullosa—. A veces me da problemas, pero en el fondo es una niña muy buena.

Effie sonrió.

—Sí que lo es.

No mentía: que ella no quisiera tener hijos no significaba que no le gustaran los de los demás, especialmente si eran pequeños. Era encantador verlos caminar como patos de acá para allá, balbuceando palabras ininteligibles mientras te miraban como si estuvierais manteniendo la conversación más importante de la historia.

Sophie la miró con semblante serio.

—Mire, señora Trinket…

Esta vez fue el turno de Effie de corregirla.

—Effie, por favor.

Sophie asintió y le sonrió levemente.

—Effie. Lo pasé muy mal cuando mi hermana murió, pero si no hubiera sido ella, hubiera ido la hermana de alguien más. ¿Sabe? Me sentí muy culpable cuando vi a Katniss Everdeen presentarse voluntaria. Pensé ‹‹Sophie, tu debiste hacer lo mismo››, pero ¡estaba tan asustada! Era mi último año en la cosecha, y mi nombre estaba tantas veces en la urna por culpa de las teselas que me sentí aliviada de no oír mi nombre. Hasta que no vi a Abby a tu lado, no asimilé que era ella la que iba a esa locura.

Abigail tenía catorce años y había muerto en el baño de sangre inicial de sus juegos. El rostro de otra muerte que nadie recordaría.

—Me quedé embarazada poco antes de que Katniss y el panadero ganaran los Juegos. Menuda sorpresa, ¿eh? —Miró a su hija jugar en el patio y sonrió. Una sombra cruzó por su rostro cuando miró a Effie de nuevo—. Estaba aterrorizada. Me pasé llorando la mayor parte del embarazo, e incluso meses después de nacer Meli, seguía devastada. Miraba a mi bebé recién nacido y pensaba en que puede que algún día tuviera que mirar a mi niña morir a manos de algún otro niño que luego vendría aquí, y yo tendría que aplaudirle y fingir que no veía sus manos manchadas de sangre.

La niña las interrumpió, reclamando a su madre. Sophie la cogió y la sentó en sus rodillas. Effie podía ver verdadera adoración en los ojos de la madre. Tenía que ser hermoso amar así a alguien.

—Katniss Everdeen y Peeta Mellark nos dieron algo que nos habían dicho que no existía, al menos para nosotros —Sophie acariciaba el pelo de su hija, de un precioso color caoba—: esperanza. —Sonrió—. Y quién sabe, si tú no hubieras sacado el nombre de aquella niña rubia, lo más seguro es que nos hubiéramos quedado sin Sinsajo. Y otros dos niños hubieran muerto en algún desierto o bosque o cualquiera lugar infernal que esos monstruos creaban cada año. Hiciste algo bien, aunque ni tú misma sabías qué pasaría.

Effie se quedó a cenar después de que Sophie le insistiera hasta la saciedad que tenía que probar su guiso. Conoció a su marido, un hombre no mucho mayor que su esposa, de anchos hombros y ojos grises, como casi todos los de la Veta. El hombre, que se llamaba Josh, se quedó mirando a su invitada, pero no se opuso.

Effie se marchó de allí con el dulce sabor de un buen guiso y paz interior en la boca.

No le gustaba nada pensar en cuál era su siguiente y última parada. Quizás era demasiado pronto y era preferible esperar a que se calmaran los ánimos, pero sabía que si no se enfrentaba a ello ahora, no lo haría nunca. Quién sabía cuánto tiempo más se quedaría en el Doce.

Se acercó a la tienda con decisión, obligándose a no espiar por el escaparate si Clivia estaba en el interior. La puerta estaba abierta, pero ella se quedó en la puerta, por si la echaban de allí nada más verla. No quería pasar el bochorno de que la sacaran a empujones de allí.

—Hola. —Effie dio un salto cuando la misma chica con la que había hablado la primera vez apareció a su lado de repente.

Por primera vez en su vida, a Effie no le salió sonreír.

—¿Puedo ayudarla en algo? —La chica sonrió de forma alentadora.

Effie se armó de valor e intentó no sonar asustada.

—Me gustaría hablar con…

—No está hoy aquí. —Al parecer, aquel era el Día de Interrumpe a Effie.

Effie suspiró. Estaba teniendo un día duro.

—Vendré otro día… —dijo mientras salía. Apenas se había alejado tres pasos cuando la chica la llamó:

—Será mejor que no —Effie se giró, sorprendida. La chica la miraba como disculpándose. En cierto modo, Effie lo entendía. La mujer no soportaba tenerla delante.

—Oh. —Sophie le había enseñado que un ‹‹oh›› servía para todo—. Bueno, gracias de todas formas. Se puso en marcha de nuevo, pero antes de girar la esquina en dirección a la Aldea, una voz la llamó. Era la chica.

—¡Espere! —Le hacía señas con la mano para que se acercara.

Effie volvió a la tienda y entró, confundida.

La chica había desaparecido, pero al cabo de dos minutos apareció, cargada con varias bolsas más grandes que ella. Se las tendió. Effie las cogió y cuando inspeccionó el interior, enarcó una ceja.

—No creo que sea apropiado que yo precisamente me lleve esto.

La chica se encogió de hombros.

—En el Doce nadie compraría ropa hecha con telas así. Llevan meses en la trastienda, cogiendo polvo. Además —Se mordió el labio—, usted parece tan… fuera de lugar con esa ropa.

Era irónico. Estaba fuera de lugar cuando llevaba su vestimenta habitual. Estaba fuera de lugar cuando vestía como todos allí. En el Capitolio tampoco encajaba: todos la veían como la mujer que había ayudado a la rebelión. Había perdido su estatus entre sus amistades. Nadie se había quejado por el cambio de gobierno, claro. Mientras pudieran organizar fiestas, nadie se quejaba nunca. Pero no la miraban del mismo modo que antes de los Septuagésimo cuartos Juegos.

Ya no encajaba en ningún lugar, al parecer.

En otra bolsa, para su deleite, había una vieja máquina de coser. Effie casi llora de la emoción. Por fin.

—Gracias.

La chica asintió, sin decir nada. Le sonrió antes de irse.

—Me llamo Nelly, por cierto.

Effie se volvió y le sonrió.

—Effie. Muchas gracias, Nelly.

Mientras volvía a casa, tomó la decisión de no volver para intentar disculparse. Sabía que de nada serviría. La mujer estaba en su total derecho a no perdonarla, y Effie tendría que vivir con ello. La vida era así.

Cuando entró en casa, esbozaba una sonrisa de felicidad. Haymitch asomó la cabeza por la parte superior de las escaleras.

—¿Effie? ¿Se puede saber dónde demonios has estado?

Effie le dedicó una sonrisa deslumbrante.

—¡Ropa! —se limitó a decir, haciendo el esfuerzo de levantar las pesadas bolsas. Algún día le contaría qué había pasado exactamente, pero no ese día.

Haymitch se encogió de hombros, murmurando algo como ‹‹sin remedio›› mientras volvía adonde fuera que había estado metido.

Effie dejó las bolsas en su habitación y volvió a salir. Esta vez se dirigió a la casa de al lado. Cuando entró, se encontró la estampa de Peeta cocinando algo que olía delicioso (como siempre), mientras Katniss lo observaba sin hacer ningún esfuerzo por ayudarlo. Seguramente habían llegado a una especie de trato en plan ‹‹yo cazo, tú cocinas››.

—Hola, niños —saludó.

Los chicos la abrazaron. Effie se sentó con Katniss en la mesa de la cocina mientras Peeta seguía cocinando.

—Quiero pediros perdón —anunció directamente Effie. Peeta dejó lo que estaba haciendo y se quedó mirándola, confundido.

—Ya sabía yo que acostarte con Haymitch te dejaría con alguna secuela —suspiró Katniss.

Peeta la fulminó con la mirada y Effie puso los ojos en blanco. No se molestaría en echarle la bronca sobre buenos modales. Effie lo había intentado tres años atrás (en el fondo aún albergaba una pequeña esperanza, pero muy poca), pero Katniss la había ignorado. Era su dinámica.

—¿Por qué? —preguntó Peeta, poniéndose serio.

—Por sacar el nombre de Prim —Katniss hizo una mueca de dolor casi imperceptible. Casi—, por sacar tu nombre, Peeta. Por hablaros de buenos modales mientras comíamos sin pensar en que era la mayor cantidad de comida que habíais visto nunca junta. —Estaba a punto de echarse a llorar—. Por no darme cuenta de lo que hacía, de mi trabajo. Por sacar el nombre de Haymitch y no el de Peeta en el Vasallaje. —Era incapaz de mirarlos a los ojos. Apretaba tanto el borde de la mesa que tenía los nudillos blancos—. Yo… no quería que nada de esto os pasara.

Rompió a llorar. Las lágrimas le caían mejillas abajo, cálidas y saladas. Se llevó las manos al rostro. Odiaba que la gente la viera así.

Débil.

—Effie…

Unos brazos la rodearon, y Effie se apoyó en el hombro de Katniss. Sintió los brazos de Peeta a su alrededor.

—No pasa nada, Effie —susurró Peeta con suavidad.

Lloró durante mucho tiempo.

Por ella misma. Por los niños muertos. Por las pesadillas de Katniss y los flashbacks de Peeta. Por cada vaso de whiskey que Haymitch se había tragado cada vez que un tributo le pedía consejo.

Lloró porque, en realidad, nunca conseguiría librarse del todo de aquel sentimiento.

—No pasa nada —le dijo Katniss al oído mientras le acariciaba el pelo.