¡Muchas gracias por todos los comentarios! Me encanta leer sus opiniones de estas historias. Aquí está el último capítulo de la historia y al final pongo el avance de la siguiente historia ;)

Capítulo 7

La próxima vez que me desperté era de noche y no había ni rastro ni de mi padre ni de Keldarion. Su lugar estaba ocupado, sin embargo, por el comandante Linden. Estaba sentado en la silla al lado de mi cama tallando un trozo de madera con sus fuertes manos. Cuando me escuchó moverme, levantó la vista.

"¿Estás despierto, alteza? –con una sonrisa, dejó lo que estaba haciendo y estiró la mano para tocarme la frente-. La fiebre ha desaparecido, gracias a los Valar."

Girándose hacia la mesita de noche, Linden continuó.

"El rey quiere que bebas un poco de té con miel."

Yo permanecí inmóvil, algo divertido, viendo cómo servía un poco de té en la taza y me lo entregaba. Parecía que todo el mundo estaba ansioso por alimentarme con algo cada vez que me despertaba. Aun así, cogí la copa sin hacer comentarios y bebí despacio.

Linden volvió a su asiento y volvió a coger la figura de madera. Curioso, le pregunté:

"¿Qué estás haciendo, Linden?"

El comandante sopló las virutas de madera que quedaban sobre la cabeza de la figura.

"Estoy haciendo otro guerrero para tu colección, alteza" –dijo, señalando la larga fila de guerreros y animales talados colocados en la repisa de la ventana. Todos habían sido hechos por él y yo llevaba coleccionándolos desde que era un niño pequeño.

Entonces Linden se bajó de la silla y se sentó en la cama a mi lado. Cogió la taza de mis manos y me dio la figura de madera.

"Aquí tienes, alteza. Acabo de terminar."

Con una sonrisa enorme, admiré la última creación de Linden. La figura tenía unas diez pulgadas de alto, y llevaba un arco y una flecha en las manos.

"Gracias, Linden. ¡Es maravillosa!" –exclamé.

Al instante se puso serio, mirándome con adoración.

"Eres tú, mi príncipe."

Yo le devolví la mirada, sin palabras.

"¿Y… Yo?"

"Sí, eres tú –dijo-. Hace varios días, un joven y solitario príncipe se fue al bosque, pero un valiente guerrero regresó en su lugar."

Acarició con un dedo mi mejilla izquierda, tocando suavemente el moretón que ya estaba desvaneciéndose.

"Te has convertido en ese guerrero, alteza. Cuando te vi en el bosque esa noche pensé que estaba viendo un espejismo. ¡Eras magnífico! De pie, alto y orgulloso con el cabello dorado flotando con el viento y sosteniendo la espada empapada de sangre. Te parecías tanto a tu padre que creí que lo estaba viendo a él. Sin duda eres como él, aunque no te des cuenta. Eres el hijo de un guerrero, mi príncipe. Eres un guerrero."

Tragué varias veces, conmovido por las palabras de Linden. Un bulto se me formaba rápidamente en la garganta.

"¿De verdad lo crees, Linden?"

Él asintió.

"Lo creo."

Luego cogió mi mano y se la llevó a los labios. Con un suspiro lleno de pesar, me miró suplicante y dijo:

"Perdóname, alteza. Te traicioné cuando rechacé tu solicitud ese día. Enviar a dos novatos contigo en lugar de a dos experimentados guerreros fue un error imperdonable. Y al final fuiste tú quien tuvo que pagar el precio –Linden negó con la cabeza antes de continuar-. Te he causado un gran daño. Por mi culpa fuiste capturado y torturado por los orcos. Estoy dispuesto a recibir el castigo por no cumplir con mis obligaciones aquel día, alteza. Aceptaré lo que decidas."

Yo me quedé en silencio durante un rato. Me quedé mirando la cabeza inclinada de Linden, pensando en que lo consideraba como un padre para mí, en cómo siempre me había protegido, vigilando para mantenerme a salvo. Yo era como el hijo que nunca tuvo.

Mis ojos estaban llenos de lágrimas cuando hablé.

"Me hiciste daño, Linden."

Él me miró y vi que también estaba llorando.

"Lo sé, mi príncipe. Y lo siento mucho."

Me incliné hacia adelante y lo abracé.

"Por favor, no vuelvas a hacerlo, Linden. No podría soportarlo. No podría…"

Él también me rodeó con sus fuertes brazos.

"No lo haré, Legolas. Nunca más. Lo juro por mi vida."

Luego me besó la parte superior de la cabeza, al igual que lo había hecho cuando encontró mi cuerpo debilitado en el calabozo tantos años antes.

"Lo juro."

Había una hermosa mañana al día siguiente. Por primera vez desde que había vuelto a casa, estaba solo. La "silla de la vigilia" de al lado de mi cama estaba vacía, pero la mesita de noche estaba llena de alimentos.

Sintiéndome un poco mejor, me destapé y me senté en la cama. La habitación no giró a mi alrededor cuando me puse en pie, así que supe que podía salir al exterior sin tener que preocuparme por caerme de bruces.

¡Elbereth! ¡Cómo había echado de menos el sol!

Me puse rápidamente una túnica y unas polainas. Luego me comí una rebanada de pan y me tomé la taza de té con miel. Después de coger un par de rebanadas más de pan y una manzana salí de la habitación y me dirigí a los establos.

Me habían dicho que Blancanieves montó un gran revuelo cuando llegó tropezando a la entrada del palacio aquella noche, con el cuerpo inconsciente de Valahir sobre ella. El guerrero novato estaba cerca de la muerte cuando lo bajaron de la yegua. Gracias a los Valar, había conseguido sobrevivir y fue capaz de explicar lo que había pasado.

Blancanieves relinchó alegremente nada más verme. Entre en su establo con una sonrisa y envolví mis brazos alrededor de su cuello.

"Hola, mi dama blanca. ¿Cómo estás?"

Ella relinchó en respuesta y me reí al escuchar el tono de reprimenda en el sonido.

"Lo siento por preocuparte, mi heroína. Aquí está tu premio."

Le di la manzana y ella la cogió con gratitud, comiéndosela ruidosamente. Me reí otra vez y me coloqué a su lado. La herida de flecha había sido tratada, pero todavía no estaba totalmente curada, así que puse mi mano sobre la lesión y utilicé mi energía curativa para cerrarla del todo.

Después de una última palmadita en su cabeza y un beso húmedo suyo en mi mejilla salí del establo y fui al estanque del jardín. Un puente de madera cruzaba sobre él, así que me senté sobre él con las piernas colgando por el borde. Entonces saqué las dos rebanadas de pan y empecé a lanzar migajas al agua. ¡Qué divertido era ver a los peces nadar para comérselos antes que los demás! No mucho después, Keldarion se unió a mí.

"Se supone que debes estar en la cama –me reprendió, sentándose a mi lado-. ¿Y dónde está tu capa? Te vas a congelar aquí."

Sin esperar respuesta, Keldarion se quitó el manto y lo puso sobre mis hombres. Le sonreí en agradecimiento y tiré de la cálida tela a mi alrededor. Nos sentamos allí en silencio, mirando el estanque y con las piernas balanceándose ligeramente.

Después de un largo rato, Keldarion habló por fin.

"Quería preguntarte una cosa."

Yo lo miré y levanté una ceja, animándole a continuar.

"Tuviste la oportunidad de huir cuando escuchaste a los orcos –dijo Keldarion-. Así que, ¿por qué no lo hiciste?"

Fruncí el ceño ligeramente antes de responder.

"No podía hacer eso. Valahir y Galdulas necesitaban mi ayuda."

"Sabía que ibas a decir eso –Keldarion sonrió y negó con la cabeza antes de mirar hacia el estanque otra realidad ya sabía por qué no huiste."

"¿Qué quieres decir…?"

"No estabas pensando."

Yo puse los ojos en blanco al oír eso.

"Sí, claro. Otra vez con eso…"

Keldarion rio.

"No, espera. Me explicaré."

Lo miré de soslayo y me encogí de hombros con indiferencia.

"Sigue."

Mi hermano sonrió débilmente antes de reanudar su discurso.

"Su hubieras pensado, habrías sabido que tenías la oportunidad de salvarte. También te habrías dado cuenta de que ayudar a esos dos guerreros sería tu perdición, que no podrías escapar de todos esos orcos. Sin embargo, fuiste a ayudarlos, olvidándote de tu propia seguridad, de tu propia vida. Por eso dije que no estabas pensando, hermanito. Porque si lo hubieras hecho, habrías podido escapar de allí antes de que te descubrieran."

"Pero sabes que no podía dejarles que se enfrentaran a los orcos ellos solos. Tenía que hacer algo."

Sin dejar de sonreír, Keldarion dijo.

"Eso demuestra lo noble y valiente que eres, príncipe guerrero."

Yo me sonrojé escandalosamente y Keldarion se echó a reír. Yo también estaba evitando reírme. Cuando se calmó, Keldarion me enseñó de repente su mano derecha. Yo abrí los ojos como platos al ver una larga incisión que le cruzaba la palma, sangrando.

"¿Qué pasó?"

"Un estúpido accidente en el campo de entrenamiento –respondió tímidamente-. Me resbalé y me corté con la espada. ¿Me haces el favor? Necesitaré la mano pronto, así que te agradecería que hicieras algo al respecto."

Lo miré, dudando con un poco de miedo.

"¿Tú… me dejas?"

Él asintió.

"Date prisa, ¿quieres? ¡Duele!"

Yo me acerqué tentativamente y puse mi mano sobre la herida. Me llevó solo unos segundos para curar el corte por completo, pero antes de que pudiera quitar la mano, Keldarion me sujetó y me abrazó.

"Perdóname, querido hermano –dijo en voz baja-. Sé que te hice mucho daño cuando rechacé que me curaras ese día. Dejé que mis emociones me controlaran, sin prestarle atención a tus sentimientos. Pude ver la enorme culpa en tus ojos, pero aun así que culpé de todo. Fue un accidente, pero yo te traté como si fueras un asesino."

"¿Pero… no es eso lo que soy? Adriano murió por mi culpa" –susurré, llorando.

¡Valar! ¡He llorado tanto estos días que me sorprende que no haya una inundación!

Keldarion me miró, horrorizado.

"¡No! ¡Ese accidente no te convierte en un asesino! Fue un accidente, fue solo mala suerte el que Adriano estuviera en el camino del jabalí. ¡Ay, Elbereth! ¡Podrías haber sido tú, Legolas!"

Secó las lágrimas de mis mejillas, mientras sus propias lágrimas corrían por su hermoso rostro.

"Podrías haber sido tú –repitió-. Adriano era mi amigo, sí. Pero tú eres mi hermano. Quiero que sepas cuanto me alegro de que no hayas sido tú el que murió. Te quiero, Legolas, y siento la forma en la que te he tratado."

Yo sorbí con la nariz.

"Pensé que querías matarme ese día en el campo de entrenamiento."

Keldarion negó con la cabeza, acariciando suavemente las abrasiones evidentes en mis muñecas.

"Estaba de duelo y no pensaba correctamente. ¿Te asusté? Lo siento de nuevo, de verdad que lo siento."

Respiré profundamente antes de responder.

"Para ser sincero, lo que me dijiste ese día me salvó la vida."

Él se quedó perplejo.

"¿Qué quieres decir?"

"Me dijiste que tenía que aprender a protegerme porque no ibas a estar siempre allí para sacarme de los problemas…"

"Legolas, no quise decirlo así…"

"Déjame terminar –le dije, sonriendo ligeramente-. Tenías razón. No puedes estar ahí para mí todo el tiempo. No eres mi guardia."

"¡Pero soy tu hermano mayor! ¡Es mi deber protegerte!"

Le sonreí.

"Creía que yo era el impetuoso. ¿Pero quién acaba de perder los estribos?"

Keldarion me miró.

"¡Un día de estos me vas a tentar para que te ahogue en el estanque!"

Me eché a reír. El gruñó y me atacó juguetonamente. Luchamos sobre el pequeño puente como niños tontos, riendo y maldiciendo, y estuvimos a punto de caer al agua un par de veces. Pero Keldarion se detuvo inmediatamente al oír mis gemidos de dolor.

"¡Valar! Lo siento mucho. Me olvidé de que no estás completamente curado. ¿Te he hecho daño?"

Acostado sobre mi espalda, me quedé mirando la cara preocupada de Keldarion que se cernía sobre mí.

"Incluso cuando no estabas allí me salvaste la vida, Kel -dije en voz baja, en lugar de responder a su pregunta-. Hice lo que me dijiste. Dejé la mente en blanco, olvidándome del dolor y la ira. Presté atención, completamente centrado en mis oponentes. No pudieron llegar a mí, no mientras yo llegaba a ellos. Tú me lo enseñaste, y siempre estaré en deuda contigo. Gracias, Kel, por salvarme la vida una vez más –extendí los brazos y lo abracé con entusiasmo-. Gracias."

Keldarion me acarició la cabeza, suspirando suavemente. Podía sentir sus lágrimas mojarme el cabello.

"Ay, Legolas. ¡Ya estás haciéndome llorar otra vez! ¿No vas a parar aún?" –se quejó.

Nos reímos y entonces mi sonrisa se desvaneció lentamente.

"Kel, yo… Quiero ver la tumba de Adriano."

Sacudiendo la cabeza, mi hermano tomó mi mejilla antes de decir.

"¿Crees que es buena idea?"

"Tengo que hacerlo. Al menos para aliviar mi conciencia."

"Bien –asintió finalmente-. Vamos. Te acompaño."

Me quedé mirando la piedra tallada en completo silencio, sintiendo culpa, vergüenza y dolor. No sabía qué era peor; saber que era el responsable de su muerte o saber que mi capacidad de curación no había podido traerlo de vuelta. Mi hermano se acercó y me agarró el hombre, dándome un apretón reconfortante.

"Déjalo ir, Legolas. Eso es todo lo que podemos hacer."

Lo miré con tristeza antes de volverme de nuevo hacia la tumba de su amigo. El pequeño montículo de tierra todavía estaba fresco y alguien había plantado un arbusto de symbelmyn en la parte superior del mismo. Pero las flores blancas se estaban marchitando bajo el brillante sol.

Con cautela, me puse de rodillas y enterré una mano en el suelo, como si quisiera llegar al guerrero muerto que ahora residía en el Salón de Mandos.

"Que encuentres la paz, Adriano, por tu bien… y por el nuestro" –susurré, dejando fluir mi energía curativa a través de mis dedos.

Casi de inmediato, las flores blancas se abrieron una vez más, recuperando su esplendor. La pequeña planta empezó a crecer, cubriendo la tumba en segundos. Cuando terminé, cientos de simbelmyn llenaban el montículo. Algunas incluso treparon por la lápida como acariciándola con suavidad.

Sonreí al ver la expresión de asombro de mi hermano, que no se esperaba ese espectáculo. Bueno, ser un manyan tenía sus ventajas.

"¡Oh, mi señor!"

Me enderecé rápidamente cuando la voz de una señora rompió el silencio. Al girarme la vi caminar hacia nosotros con una cesta llena de pétalos de rosa colgando del brazo.

¡Oh, Valar! ¡Es la madre de Adriano!

Tragando saliva con inquietud, le eché un vistazo a Keldarion en busca de seguridad. Mi hermano asintió levemente y se colocó a mi lado, siempre dispuesto a prestarme su fuerza. Mirando con los ojos muy abiertos la tumba de su hijo, la señora se echó a llorar.

"Oh, alteza…"

Sintiéndome muy culpable, me acerqué y la tomé de la mano.

"Yo… lo siento, señora. Si no le gusta las simbelmyn…"

"¿No gustarme? Su alteza, ¿cómo no va a gustarme este hermoso regalo? Es tan amable. Muchas gracias" –dijo, sonriendo a través de las lágrimas.

¿Amable? ¿Causé la muerte de su hijo y dice que soy amable?

Temblando un poco, me arrodillé y me llevé sus manos a los labios.

"Perdóneme, señora. Yo le arrebaté a su hijo."

"¡Su alteza! –exclamó la dama, sorprendida por mis acciones-. Por favor, no se arrodille ante mí. No soy más que una servidora"

Me agarró de los codos e intentó ponerme en pie, pero yo no me moví.

"Mi estupidez ha matado a su hijo –dije-. Mi imprudencia la ha dejado sin hijos. He causado sus lágrimas y su dolor. Estoy profundamente arrepentido."

"¡No, no, no! –dijo, también cayendo de rodillas. Me agarró las manos y giro mis palmas hacia arriba-. ¿Las ve? ¡Estas manos me han devuelto a mi hijo una y otra vez! Si no fuera por ti, Adriano habría muerto hace mucho tiempo. ¿Recuerda todas las graves heridas que había recibido? Y las sanaste, alteza, cada una de ellas. Mi hijo vivió más de lo que le correspondía."

Con el cuidado de una madre, me enjugó las lágrimas.

"Por favor, no se culpe más con su muerte. Las cosas suceden por una razón. Creo que Adriano ha encontrado la paz en Mandos tras reunirse con su padre. Mi marido se sentirá orgulloso de saber que su hijo murió cumpliendo su deber, protegiendo a los príncipes del Bosque Negro. Y como hijo suyo, él nunca se arrepentirá."

Todavía tocándome el rostro, miró a mi hermano.

"El príncipe Legolas todavía no está bien, su alteza. Necesita descansar."

Keldarion asintió, y entre ambos me pusieron en pie. Yo me balanceé durante un momento y me apoyé contra Keldarion a la vez que observaba a la madre de Adriano con agradecimiento.

"Es muy amable, señora."

Ella sonrió.

"Las personas amables encuentras siempre a las almas más puras, su alteza. Y créame, la suya es la más pura."

"Eso es lo que he intentado decirle" –bromeó mi hermano, sonriéndome.

Me sentía más aliviado cuando regresábamos a palacio. El brazo de Keldarion me sostenía por la cintura con fuerza. Su calor era reconfortante y empecé a darme cuenta de lo afortunado que era de tenerlo como hermano.

"¿Kel?"

"¿Sí?"

"Si alguna vez volvemos a encontrarnos con un jabalí cuando nos aventuremos en el bosque, quiero que hagas algo por mí."

"¿Ah, sí? ¿El qué?"

Sonreí antes de contestar.

"¡Levanta el puño y golpéame con él!"

Me miró varios segundos y luego se echó a reír.

"¡Claro! ¡No te preocupes, lo haré!"

Los dos todavía nos reíamos cuando entramos en mi habitación y Keldarion me quitó las botas cuando caí boca abajo sobre la cama y me quedé dormido de inmediato. Al igual que antes, ninguna pesadilla volvió a molestarme.

Bueno, este el fin de esta historia. La próxima historia da comienzo a la segunda parte de la serie, 'El Príncipe Protegido'.

Próximamente: ¿Les pasa algo a los príncipes del Bosque Negro? ¿Por qué se comportan de forma extraña a medianoche? ¿Alguien sabe por qué?