El rugido del Wyvern
Radamanthys caminaba por la casa, como un muerto viviente. Parecía ido, pero en sus ojos rojizos las llamas recorrían su fuero interno.
Salió a los establos, donde los pocos animales que tenía descansaban apaciblemente.
Los sirvientes revoloteaban de un lado a otro.
Entró en las caballerizas.
Frente a él había un largo pasillo, con seis cuadras en total, tres en cada lado.
Se quedó de pie, mirando al infinito. Cuando todos los sirvientes desaparecieron de su vista, cerró la puerta y echó el pestillo.
Observó sus manos. Había cerrado esa puerta con un poder que se estaba manifestando.
Los caballos relincharon.
El pánico se apoderó de las bellas bestias, que piafaban y daban vueltas en las cuadras.
Radamanthys alzó una mano mientras una bola de energía se acumulaba en ella.
Sonrió maléficamente y cuando estaba lista, la soltó.
Una intensa luz iluminó la estancia durante unos segundos. Después, el silencio.
Los relinchos cesaron inmediatamente.
Por todas partes se repartían restos de equinos.
Habían sido descuartizados completamente.
Radamanthys empezó a reírse de manera terrorífica ante la visión del desastre que había ejecutado.
Con una sonrisa de medio lado, salió fuera del recinto y ordenó a dos sirvientes limpiarlo todo.
Éstos obedecieron y al entrar en las caballerizas, quedaron aterrorizados ante el espectáculo dantesco. Uno de ellos vomitó junto a la puerta.
El joven barón empezó a oír una voz. Dándole órdenes. Radamanthys sonrió ante la encomienda.
Fue llamando a todos sus sirvientes. Cuando se cercioró de que estaban todos juntos empezó a hablar.
-Tengo algo que contaros queridos súbditos- dijo socarronamente.
Los sirvientes se miraron interrogándose.
-Os voy a dar una noticia que cambiará vuestras vidas para siempre- continuó el joven. –Voy a marcharme de aquí, así que os daré dos opciones: seguidme y os aumentaré la asignación. Por el contrario, sois libres de partir, pero no podéis llevaros más que vuestros enseres. ¿Qué me decís?-
Los sirvientes se quedaron atónitos.
Unos decidieron acogerse a la oferta de su señor y continuar con él.
Otros, reticentes y testigos del comportamiento errático de su señor, pidieron poder marcharse.
-Bien, los que queráis venir conmigo, situaros en un grupo a mi derecha. Los que queráis iros, os juntaréis en un grupo a la izquierda.-
Los sirvientes obedecieron.
-Bien…pues, ya podéis ir a recoger vuestras cosas- dijo tranquilamente señalando las estancias del servicio.
Uno de los que limpiaron la caballeriza, dio un paso atrás y quiso salir corriendo de allí.
No había dado ni tres pasos cuando emitió un grito desgarrador. La piel de su cuerpo empezó a rasgarse, dejando al descubierto las entrañas. Fue retorciéndose mientras continuaba gritando y su cuerpo se iba desgarrando capa por capa.
La gente horrorizada comenzó a chillar de pánico ante el espectáculo sanguinolento.
Radamanthys observó todo sin inmutarse. Al fin, una masa de restos humanos se quedó en el suelo.
El terror se apoderó de todos los sirvientes.
-Y esto es lo que pasa cuando un gusano mortal se choca contra mi campo de fuerza.- dijo ladeando la cabeza. –Bueno, esto parece que va a ser así siempre, os facilitaré el camino a mi nuevo reino. ¡A todos!- gritó ante los aterrorizados sirvientes que chillaban sin parar.
-¡Castigo supremo!- gritó Radamanthys, ejecutando un gran poder.
El silencio. Radamanthys acabó con todos los sirvientes, tal y como se esperaba de él. No debían de quedar testigos.
Pandora observó los hechos desde la ventana. Sonrió complacida.
