La historia no me pertenece yo solo me ajusto a la traduccion.
ATENCION! este capitulo contiene un lemon no apto como para menores de... 18 creo, si es algo grafico yo solo les digo si lo quieren leer adelante pero no se quejen. Opinen que tal quedo, me fascino tanto que escribire uno, claro que si yeah.
Un falso Novio
Capitulo Siete
Un grupo de niños pasó corriendo a su lado, riendo y gritando. Una pareja de ancianos paseaba de la mano al borde del agua, en silencio. Y un adolescente escribía laboriosamente el nombre de su amada en la arena cuya amada yacía junto a el viendo con ternura el gesto de su chico.
Pero ellos no veían a nadie.
El viento pegaba el jersey amarillo al cuerpo de Bella y convertía su cabello castaño en una especie de halo. Estaba temblando.
Edward se quitó la cazadora y se la puso sobre los hombros.
—Gracias —murmuró ella.
—De nada.
Habían caminado al menos dos kilómetros por la playa y ésas habían sido sus primeras palabras. Si él había esperado romper la barrera que el beso había levantado entre los dos, se había equivocado.
Edward se tragó una maldición, recordando el momento en que todo había cambiado entre ellos. Cuando Bella había acercado su boca a la suya, su cerebro había dejado de funcionar. Un beso fugaz y amistoso era todo lo que ella pretendía. Y él lo sabía. Pero no había sido suficiente con el roce de sus labios. Necesitaba más. Necesitaba saborear, explorar su boca, llenarse de ella.
Y por un momento, se había dejado llevar por el deseo.
El hecho de que ella hubiera roto el beso rápidamente no cambiaba nada.
El viento seguía soplando y las nubes en el horizonte se oscurecían cada vez más, ocultando el sol. Uno a uno, los surfistas abandonaban la playa y de pronto estuvieron solos, observando los guiños de un faro en la distancia.
—Es precioso —susurró Bella. Edward tuvo que inclinar la cabeza para escuchar sus palabras por encima del ruido del mar—. Creo que he estado lejos demasiado tiempo.
—Sí —asintió él, mirando el mar—. Yo también.
—Es raro, ¿verdad? Es el mismo océano, pero en el sur de California es demasiado… tímido. Aquí es furioso, bestial —seguía diciendo Bella, intentando buscar palabras para definir lo que sentía—. Es tan cambiante, tan poderoso.
Edward se acercó a ella sin darse cuenta. Ambos tenían la mirada perdida en el horizonte. Tenía razón, pensaba. En el norte de California, los árboles eran más grandes, el viento más frío y el océano Pacífico, una presencia viva y salvaje.
Pero eso no era todo lo que había cambiado.
Aquella tarde, él había observado a Bella con los niños. La había oído reír. Había visto como los críos respondían a sus bromas. Y le había gustado.
—¿Por qué será? —preguntó Bella.
—No lo sé —contestó el—. Quizá… — Edward volvió la cabeza para mirarla—. Quizá es que lo vemos con otros ojos. Quizá nos estamos dando cuenta de que todo tiene más caras de las que estamos acostumbrados a ver.
Bella levantó la mirada para encontrarse con la del hombre y Edward se quedó sin aliento frente a sus ojos chocolates. Aquel viaje, aquel tiempo que estaban pasando juntos le había mostrado a una Bella diferente de la que conocía. De la que esperaba.
Levantando una mano, Edward apartó el pelo de su cara y el roce hizo que los ojos de ella se oscurecieran. Bella sentía lo mismo que él.
Había algo entre ellos, una corriente eléctrica, cada vez que se tocaban.
¿Por qué aquella urgencia de estar con ella?, se preguntaba. ¿Cómo era posible que un par de días en compañía de aquella mujer le hubieran hecho empezar a replantearse su vida?
— Bella …
Ella le puso un dedo sobre los labios, en una muda petición de silencio. Después, se dejó caer sobre su pecho y él la envolvió en sus brazos, apretándola contra sí. Con el corazón acelerado, Edward dejó de pensar y se dejó llevar por los sentimientos que Bella despertaba.
Cuando ella levantó la cara y le ofreció sus labios entreabiertos, Edward emitió un gemido ronco y la apretó con más fuerza, acercándola a él tanto como era posible. Abriendo los labios femeninos con la lengua, se entregó al calor con el que llevaba días soñando. Ella gimió ante la dulce invasión y rodeó el cuello del hombre con sus brazos.
Sus lenguas se mezclaban en un baile de frenético deseo. Respiraban el mismo aire y el pecho de ella se aplastaba contra el torso del hombre. Cuando ella empezó a mover las caderas hacia él, instintivamente, Edward separó sus labios para tomar aire.
— Edward —murmuró ella. Pero su voz se perdía con el viento.
—Te necesito, Bella —susurró él, mirándose en aquellos ojos chocolates que brillaban con la misma pasión que los suyos. La necesitaba más de lo que había necesitado nunca a una mujer.
—Sí —susurró ella roncamente—. Por favor.
El ruido de un trueno cruzó el aire. Los envolvía un viento helado y el mar se acercaba cada vez más a sus pies.
La marea había subido.
Edward estaba corriendo las cortinas. El rugir del océano quedaba reducido a un sonido ahogado que reverberaba como el latido de un corazón.
Después, se dio la vuelta y tomó a Bella en sus brazos.
—Aún puedes cambiar de opinión —susurró, rezando para que no lo hiciera.
—No voy a hacerlo —dijo ella, tomando su cara entre las manos.
Sus labios se encontraron en un beso que le llegaba al alma y Edward supo que no había vuelta atrás. Ocurriera lo que ocurriera al día siguiente, tendrían aquella noche. Aquella noche para la que parecían destinados desde que la había visto en la puerta de su casa.
Deseoso de tocarla, de explorar el cuerpo que había atormentado sus sueños, sus manos se deslizaron por debajo del jersey.
—Eres… tan suave —susurró.
Ella tragó aire y entreabrió los labios, buscando otro beso. Él obedeció su mudo deseo y después, con un rápido movimiento, le quitó el jersey por encima de la cabeza, exponiendo su piel palida y un diminuto sosten de encaje.
Bella se ruborizó. Sus ojos brillaban y respiraba con dificultad. Edward sostuvo su mirada mientras desabrochaba la prenda interior para admirar sus pechos. Ella se humedeció los labios y la visión de su lengua encendió nuevos fuegos en su interior.
— Bella … —los latidos de su corazón se desbocaron cuando ella sonrió mientras se quitaba la prenda de encaje, dejando que se deslizara por sus brazos hasta caer al suelo. No tenía marcas, pensaba él tontamente. La imagen mental de Bella tomando el sol desnuda hacía que la fuerza de su deseo creciera hasta niveles peligrosos—. Perfecta —susurró, mientras acariciaba sus rosados pezones con los pulgares que, instantáneamente, se endurecieron.
— Edward —suspiró ella—. Se me están doblando las rodillas.
Él sonrió para sí mismo. Sus propias rodillas no parecían capaces de sujetarlo. Suavemente, la tumbó en la cama e, inclinándose, empezó a jugar con sus pezones, tomándose su tiempo para gozar de la suave piel femenina.
Bella arqueaba la espalda, ofreciéndose en silencio. Y él la aceptaba con avaricia, torturándola deliberadamente con los labios, con la lengua, con los dientes. Su propio cuerpo se despertaba con cada gemido, amenazando con hacerle perder el control.
Nunca había deseado a una mujer como deseaba a Bella.
Un segundo después, se apartó.
—¿Por qué te paras? —suspiró ella.
—Cielo, acabamos de empezar —susurró él, intentando mostrarse calmado. Pero su corazón se había lanzado a una carrera desenfrenada. Rápidamente se desnudó, dejando caer la ropa al suelo en su prisa por volver a ella. Después, se inclinó sobre Bella de nuevo—. Voy a quitarte los pantalones, Bella —susurró—. Quiero sentirte toda.
Ella no podía hablar. Intentó desabrochar su cinturón, pero sus dedos eran torpes y Edward, demasiado impaciente. Apartando sus manos, él mismo desabrochó el cinturón y le bajó el pantalón hasta los tobillos.
La piel pálida brillaba a la luz de la lámpara. Pero cuando los pantalones cayeron al suelo, Edward se fijó en unos cardenales que estropeaban la belleza de sus muslos.
—¿Qué te ha pasado? Estás llena de cardenales.
—Nada —sonrió ella—. Es que me choco con los muebles.
Edward sonrió, recordando el día que la había visto golpearse con la cómoda. Inclinando la cabeza, paso la lengua por uno de los cardenales.
—Ay —musitó ella.
—Eso digo yo —dijo él con voz ronca, bajándole laos bragas.
El edredón sobre el que estaban tendidos era resbaladizo y Edward pensó en apartarlo y tumbarla sobre las sábanas, pero no quería perder más tiempo. Lo que quería, lo que necesitaba, era hundirse dentro de Bella. Sentir la caricia húmeda y caliente de su
cuerpo.
Lentamente, empezó a acariciar sus muslos, sus caderas, su vientre… y después deslizó la punta de los dedos hasta su intimidad. El cuerpo de Bella parecía nacer a la vida bajo sus manos.
— Edward —susurró ella, acercándose más—. Necesito…
—Lo sé, cariño —susurró él, deslizando los dedos hasta su húmeda cueva—. Lo sé. Los dos necesitamos…
Ella tembló violentamente al sentir el roce de los dedos masculinos. Edward inclinó la cabeza para tomar su boca y saborear sus gemidos mientras hundía uno de sus dedos dentro de ella. Bella temblaba, apretándose contra él, clavándole las uñas en la espalda.
Instintivamente, abrió las piernas para darle acceso y él se aprovechó. Una y otra vez violaba su secreto, gozando inmensamente del roce de terciopelo húmedo.
Cuando él reclamó uno de sus pezones, Bella se sujetó a su espalda como si estuviera al borde de un precipicio y lo único que pudiera salvarla fueran los brazos de Edward.
Pero cuando él empezó a chupar, aquella tenue sujeción se disipó. Bella creía estar volviéndose loca. Electrificada, se movía debajo del hombre. Sus manos exploraban la musculosa espalda y se deslizaban hacia su pecho para acariciar el vello oscuro que lo cubría.
Él la tocaba íntima, profundamente y ella levantó las caderas en un gesto instintivo. Los dedos del hombre se movían, expertos, llevándola cada vez más alto, hasta que no podía respirar.
Era como si hubiera esperado aquella noche durante toda su vida. Y el destino parecía haber planeado que fuera Edward el hombre que la introdujera en aquel secreto. Las sensaciones empezaban a hacerla perder el control. No podía pensar, pero le daba igual.
No necesitaba el cerebro para procesar lo que sentía.
El pulgar de él rozó una zona increíblemente sensible y Bella lanzó un gemido ronco. Sentía escalofríos de anticipación.
— Edward, no puedo soportarlo más —susurró, aunque sabía que si él paraba en aquel momento, se moriría—. Haz algo. Ahora.
—Sí, señora —sonrió él, colocándose sobre sus piernas abiertas.
El cuerpo del hombre presionaba contra su entrada y Bella contuvo el aliento. Cuando la penetró, dejo escapar un gemido y sintió que su interior se ensanchaba para recibirlo.
Echando la cabeza hacia atrás, Bella tuvo que sujetarse a la cama. Él estaba dentro de ella. Llenándola. Era como si se hubieran convertido en una sola persona. Dos cuerpos en uno solo.
La frente del hombre estaba perlada de sudor.
Edward la miraba con fiebre en los ojos, sin moverse, con los dientes apretados. Entonces, ella empezó a mover las caderas sin saber lo que hacía, por instinto. El cuerpo del hombre parecía estar tocando su alma.
Edward estaba apoyado sobre las manos y sus músculos estaban en tensión. Lentamente, empezó a moverse sin dejar de mirarla a los ojos. El ritmo crecía. Las embestidas eran cada vez más fuertes y Bella gemía, entregándose.
El sonido del océano hacía eco en la habitación. Ella intentaba llevar aire a sus pulmones hasta que sintió que iba a romperse como un cristal contra las rocas.
Aquello era mucho más glorioso de lo que prometían los libros. Todas las novelas de amor que había leído pasaban por su mente en aquel momento. Las descripciones de fuegos artificiales y explosiones internas, todo parecía pequeño en comparación con lo que
estaban sintiendo.
El deseo adolescente que había sentido por aquel hombre era como la llama de una cerilla en medio de un vendaval, comparado con lo que Bella estaba sintiendo en aquel instante.¿Cómo había ocurrido aquello? ¿Cómo un deseo adolescente se había convertido en amor en tres días? Era imposible, se decía.
Bella abrió los ojos y lo miró, perdiéndose en aquellos ojos verdes.
Estaba a punto de ocurrir. Lo sabía. Enredó sus piernas sobre la cintura del hombre, atrayéndolo hacia ella con fuerza, mientras se preparaba para el clímax.
Entonces, él deslizó una mano entre sus cuerpos y cuando sus dedos rozaron su parte más sensible, el cuerpo de Bella explotó.
Gritó el nombre de Edward y se sujetó a él con desesperación mientras se dejaba mecer por ola tras ola de placer.
Sólo cuando ella dejo de gemir, Edward lanzó un grito ronco y se abandonó al placer.
- Bella? —la llamó. Ella se movió y murmuró algo incoherente—. Vamos, Bella. Despierta. Tenemos que hablar.
—Tengo sueño —susurró ella, sin levantar la cara de su pecho—. Luego hablamos.
Era tentador, pensaba Edward. En aquel momento, lo que más le hubiera gustado era cerrar los ojos, abrazarla y dormir por primera vez en tres días.
Ella se apretó mas fuerte contra él, pasándole una pierna por encima. El deseo volvía a despertarse en el hombre. ¿A quién intentaba engañar?, se preguntaba. Mientras aquella mujer estuviera tumbada a su lado, ninguno de los dos podría dormir.
Apretando los dientes, hizo un esfuerzo para apartarse. Tenían que hablar.
— Bella, despierta —insistió, con el tono que solía usar con sus tropas. Y, asombrosamente, funcionó.
Aquellos ojos enormes y no tan inocentes después de aquella noche, se abrieron.
—Hola —sonrió ella, acariciando su cara.
—Hola —dijo él, intentando ignorar el deseo que la caricia despertaba.
—¿Qué te pasa?
—Nada. ¿Cómo estás?
Bella sonrió, estirándose perezosamente. El lánguido y excitante movimiento era demasiado para él.
—Me siento… maravillosamente bien —suspiró ella.
—Me alegro —dijo Edward saltando de la cama. Si quería hablar, tenía que apartarse de Bella —. Ella se siente «maravillosamente bien». Estupendo.
Desnudo, empezó a pasearse por la habitación. Después, se volvió para mirarla.
Inclinada sobre las almohadas, Bella parecía una amazona esperando un sacrifico de sus leales servidores. Sus pálidas y largas piernas estaban cruzadas y se había puesto los brazos detrás de la cabeza. Sus pechos erguidos parecían mirarlo, orgullosos.
Edward no entendía cómo podía aparentar tal tranquilidad desnuda y en aquella posición.
Era culpa suya. Debería haber cuidado de ella, no hacerle el amor, se decía. Debería haberse parado a pensar. Pero, ¿cómo podría haberse imaginado que era virgen?
—¿Qué te ocurre, Edward?
—Nada. Solo que se te ha olvidado decirme que eras virgen.
—¿Te has dado cuenta? —preguntó Bella, abriendo mucho los ojos.
—Pues claro que sí —contestó él. De hecho, al darse cuenta había estado a punto de apartarse. Pero no había podido hacerlo. El asunto era que ella debería habérselo dicho. Edward no sabía si eso hubiera cambiado algo. Pero tenía derecho a saberlo. Él no estaba acostumbrado a desflorar vírgenes.
Bella abandonó su pose relajada y se sentó sobre la cama.
—¿Cómo lo has sabido? ¿Es que he hecho algo mal?
¿Mal?, pensaba Edward. En absoluto. Él nunca había tenido relaciones sexuales. El nunca había hecho el amor de aquella forma.
Nunca había sentido cada caricia de aquella manera. Cada suspiro… Ninguna de sus experiencias podía compararse con lo que había vivido aquella noche. Porque en ninguna de aquellas experiencias se había involucrado su corazón.
Pero no pensaba decírselo a ella.
—Lo sabía, sencillamente. Pero deberías habérmelo dicho tú —dijo Edward, mirándola a los ojos. Ella se encogió de hombros—. ¿Cómo es posible que una chica de veintiocho años siga siendo virgen? —exclamó. ¿Cómo una mujer tan guapa y tan inteligente podía seguir siendo tan pura como la nieve?, se preguntaba. ¿Qué les pasaba a los hombres? ¿Es que eran ciegos?
—Perdona —dijo ella, sarcástica, saltando de la cama—. Si hubiera sabido que ibas a ponerte así, me habría pasado un par de días practicando con otro.
—¡No es eso lo que quería decir, maldita sea!
—Entonces, ¿qué has querido decir? —preguntó, con las manos en las caderas. Ni siquiera Edward sabía la respuesta. Lo único que sabía era que tenía que apartar la mirada para no ver el tentador cuerpo desnudo de aquella mujer—. ¿Es que te dan miedo las vírgenes? ¿Es eso? Pues cálmate porque, gracias a ti, yo ya no pertenezco a ese grupo.
—Las vírgenes no me dan miedo, señorita —gruñó él, en un tono que sus subordinados habían aprendido a respetar—. Pero tú sí.
—Supongo que eso ha sido un piropo.
—Deberías habérmelo dicho, Bella.
—Si te lo hubiera dicho, no habrías seguido adelante. Y yo quería que siguieras —dijo ella, con una sonrisa en los labios—. No sé por qué estás tan enfadado. Si alguien tiene derecho a estar enfadada, soy yo.
—Lo sé.
—Tú has hecho que una experiencia maravillosa se convierta en una pelea.
Edward levantó las manos y se las pasó por el pelo, más para apartarlas de ella que para otra cosa. Bella tenía razón. Lo que habían compartido le había tocado más profundamente de lo que hubiera imaginado. Pero sabía bien que ella no había considerado las posibles repercusiones.
Él sí lo había hecho. A toro pasado, pero lo había hecho, ¿Cómo podía haber sido tan estúpido, tan poco cuidadoso? Él no era un adolescente con más hormonas que cerebro. Él era un marinero. Si entrase en combate como había entrado en la cama de Bella, habría muerto en el acto.
—Muy bien, «señorita encantada de la vida»…tengo una pregunta para ti. ¿Estás tomando pastillas anticonceptivas?
—Como tú mismo has comprobado, yo era virgen… ¿para qué iba a tomar pastillas?
Una sensación abismal se concentró en su estómago, como un agujero negro que se lo tragaba todo. Bella lo miraba sin darse cuenta de nada. Pero acabaría haciéndolo. Y no tardaría mucho. De modo, que esperaría a que ella pusiera los pies sobre la tierra.
Un momento más tarde, su paciencia se vio recompensada.
Los ojos de Bella se abrieron como platos y se sentó sobre la cama, en silencio.
—¿Te sigues sintiendo «maravillosamente bien»? —pregunto Edward.
