¡Hola! Primero que nada, agradecerles a todos por sus reviews, me alegra que les guste esta idea loca, a los que siguen la historia y la colocan como favoritos.

No tengo nada más que decir, así que los dejo para que puedan leer.


PARTE VII

Un buen día en el que Kurt llegó temprano a la cafetería y separó su mesa prefería de entre todas para sentarse con sus amigos, Rachel Berry perdió la paciencia. Sucedió lentamente, con premeditación pasmosa y con suficiente público para que el chisme empezara a contarse y elaborarse en todos los rincones de la escuela. No sería la intención, claro, pero funcionaba para lo mismo. El chisme no sería Rachel perdió la paciencia. Sería, en cambio, una introducción para la lista de grandes eventos que eran consecuencia directa. Todos (Los de New Directions) se morían por comentar lo que sería, de cierta, la gran noticia del momento. De hecho, parte de esa ansiedad mal disimulada (o, de plano, sin disimular) veía de la escalofriante frescura con la que el tema era manejado. No sólo Quinn, que no admitía que nadie se acostumbrara lo suficiente para burlarse. estaba también Rachel y sus acciones incoherentes que no denotaban nada de sus primeras expresiones de espanto. A lo mejor era que se adaptaban unas mejores que las otras, pero tanta aceptación ya era sospechosa.

— Santana, tú eres su mejor amiga, ¿Nos harías el favor de explicarnos por qué Quinn se está besando con Rachel y parece que no quiere parar? — Pidió Blaine con su habitual tono, con los ojos abiertos detallando el espectáculo. Artie asintió lentamente y volviéndose con cuidado, para no perderse (ni de reojo) el momento en el que la rubia y la morocha dejaran de besarse. Puck, por su parte, masticaba su emparedado con mucha tranquilidad, bien concentrado y sin procesar (mientras comía) la imagen.

— Blaine, necesitaría años y años... De terapia. Por favor, cállate y... Sólo cállate. — Santana suspiró y se pellizco el puente de la nariz, parecía cansada y ligeramente confusa o algo así, retiró la bandeja de comida que tenía adelante y miró para otro lado, buscando a Brittany.

— Esto debe ser lo que todo el mundo llama Karma. — Mercedes movió la cabeza de un lado a otro y sonrió en una mueca sarcástica.— ¿Dónde estará Tina?

Dónde. Sí, la cita y todo. Mira donde se les había ocurrido venirse a besarse.


Apenas una inclinación y con los ojos cerrados. La mano bien plantada en la base de su cuello y con los dedos acariciando la nuca. El beso, a diferencia del último, no se desbordaba en la pasión agresiva todo a su paso. No se chocaba en la fuerza del impulso y no dolía en el movimiento de los labios. Se perdía, en cambio, en una lentitud anhelante que detenía el mundo y vaciaba de combustible la beligerancia. Se volvía femenino en todas las curvas del único nombre que llenaba la cabeza y que le quitaba los puntos cardinales a la orientación. QuinnQuinnQuinn. En un suspiro que se comía las palabras y mejor seguía avanzado en una calidez que aceleraba el flujo de la sangre. Se abría en un especulación vaga y lejana que apenas se podía elaborar en medio de esa intimidad desconcertante. Nos estamos besando.

Entonces Quinn decidió que ya era suficiente apocalipsis y se reparó rápido cubriéndose el rostro con los mechones rubios despeinados que le cayeron sobre las mejillas.

Ajá.

— Ya me puedes soltar — Su voz era alegre y totalmente distinta del beso que se acababa de terminar. Quinn, siempre ella, ese aparente autocontrol que reinaba sobre los deseos más independientes y poderosos. Era un poco del humor cínico con el que detenía los murmullos entusiasmados. La facilidad con la que podía pasar de un tema para iniciar otro y nunca confirmar ninguno. Se había alejado todo lo que podía desde su lugar en la silla y siempre hablando en voz alta para que no quedara ningún margen a las especulaciones. Sólo entonces, en medio de la estupefacción de todo New Directions, Rachel se dio cuenta que tenía los dedos enterrados en el cabello de la rubia.

— Sí. —Afirmo apurada y alejándose (Muy lentamente) lo que consideró prudente dadas las circunstancias. Terribles ellas, por las más inconvenientes de todas.— No, espera, ¿Qué?

— Que me des espacio, Rachel. —Rodó los ojos.— ¿O es que quieres que te bese de nuevo?

No. No. No.

Quinn se cruzó de brazos y alzo una ceja muy típica de ella. La impresión le había durado muy poco, al parecer, pero Rachel se había acercado lo suficiente para ver la debilidad rondando en la incertidumbre. El problema era recordar que Quinn mentía todo el tiempo. Sobre todo cuando creía que tenía que defenderse. Pero adelantarse hasta una suposición tan increíble, Quinn enamorándose de ella, era una injusticia (muy grave) hasta para los mentirosos. La idea no era dejar que Quinn dominara todo con puño de acero por así decirlo. La idea era que Quinn fuese más honesta y dejara el tango adelante y atrás. Era un periodo de pruebas después de todo, con fecha de espiración desde el comienzo y con una peligrosa libertad a la que tendría que poner limites. Sin besos, por el bien de la salud mental de todos. Sí, sí, por eso.

— No. —Murmuró entre dientes y su boca se torció en una mueca sarcástica. Llevarle la corriente estaba volviéndola más ágil.— ¿Es que siempre será un espectáculo.?

— Tú comenzaste. —Le respondió Quinn, ella también muy tensa. Se arregló los cabellos en una moña alta y se levantó de improviso, igual de elegante con el que siempre iba. Continuó, un poco más compuesta, en voz alta.— Esta vez no pienso dejar propina porque has sido tú quien me ha invitado. Sólo tengo libres los sábados y espero que sepas que odio los lugares sin vista a la calle. Nos vemos, Berry.

Rachel la miraba irse y la gente la rodeaba con preguntas discretas y desvergonzadas. Algunos silbaban y otros, sin esperar respuesta, se reían en voz ata e imitando el tonito mandón de Fabray. La salida de Quinn era espectacular, solitaria y sin parecer que nada le afectaba. Sólo al final, cuando tomo la perrilla de una de las puertas dobles de la entrada, trastabilló un poco antes de desaparecer con rapidez. Rachel adivinó que las cosas, también, estaban resultándoles difíciles. Quinn en aprietos, por un rato, le provocó una sonrisa de satisfacción que no tuvo ganas de reprimir.


Supuso que la situación había alcanzado niveles anormales de inverosimilitud cuando se reunieron todos a conversar sobre su actual situación con la rubia líder de las porristas y antiguo club de celibato. Reunidos, claro, era un eufemismo. Se trataba, más bien, de un focus group para distinguir si todo andaba bien con su cerebro. Se dejó arrastrar sólo al final, cuando la presión (liderada por Kurt), le explicó muy claramente que no les importaba tanto una posible relación (implícita en su pregunta para una cita) sino la persona con la que la pensaba mantener. ¿Estás saliendo con la insoportable de Quinn, Rachel? Había soltado Suggar, que ni siquiera sabía que hacía allí, porque no eran tan amigas como el resto, sin embargo ella siguió, con todo el tacto que creyó conveniente, ¿Te gusta ella más que Finn?

No, por supuesto que no. No estaba saliendo con Quinn porque estaba metida en un asunto muy incoherente, ahora que tenía tiempo de pensarlo con detenimiento y sin el apuro del pánico. De hecho, eso era menos que salir. La respuesta, siempre negativa, también se extendía hasta Finn. Quinn, de ninguna manera y eso incluía los universos paralelos, nunca le gustaría como le gustaba Finn. Eso tendría que ser evidente a pesar de las penosas y contradictorias circunstancias. Finn era guapo, inteligente, atlético, divertido y el chico más interesante del que se había enamorado. Quinn, por otro lado... También lo era, pero era diferente, porque ella la molestaba, fastidiaba y sacaba de sus casillas. No, no podía compararlos y, aún bien guardadas en su cabeza, prefería no pensar mucho sobre el tema.

— ¿No tienen que estar avanzando en la canción que nos dejo Mr Schue para mañana? —Preguntó Rachel un poco irritada. No sólo estaban mirándola fijamente, se las habían arreglado para invadir el piso de su cuarto y con el beneplácito de sus padres. (Que creían que venían hacer un trabajo con ella y estaban felices porque ya tuviera un grupo grande de amigos.)

— Sí, pero para eso hay tiempo. —Contestó Kurt por todos. Se había asumido que era el que más autoridad tenía para entrometerse.— Hemos venido para otra cosa.

— Sí, para que nos digas si definitivamente tienes mal gusto o Quinn está amenazándote para que se... —Intervino de nuevo Suggar, que no ha entendido el silencio implícito y rompe la solemnidad con voz burlona y la sincera preocupación (a su manera) de los amigos.— Bueno, lo de esta tarde.

Rachel se ofende, le parece una impertinencia que ella creyera que Quinn no pudiera ser un buen partido para nadie, si es la chica más coqueteada por todo el colegio, que tuviera una obsesión a molestarla era diferente, no es tan mala como se hace ver. De todas formas, no era el asunto de Suggar, ni de ninguno de los que está en su cuarto entrometerse en lo que hacía con Quinn. Le basta dar un vistazo por la habitación para darse cuenta que su comentario no encontrará el eco de la apobación. Todos parecen estar de acuerdo con Suggar. Se queda un rato en Sam, está asintiendo pero su expresión es más neutral. Recuerda, de pronto, que una vez (hacía unos cuantos meses atrás) Sam estuvo enamorado de Quinn.

— Ninguno de los dos Suggar. —Quiere que le salga firme y cortante, como le saldría a la rubia. Pero le gana el defecto de su carácter y le sale en un tono confundido y cansado. A lo mejor es que su inconsciente se está quejando. A lo mejor es que no entiende un carajo y es mejor decirlo en voz alta y con otras palabras.— No estoy loca.

Ajá.

— ¡Oh, por amor a Barbra Streisand! —Kurt se impacienta y la voz le sube un tono. Carraspea y luego de un momento de bizarro silencio recupera la compostura y su tono vuelve a ser el de siempre.— Rachel, no tienes que mentir, es Quinn ¿Verdad?

— Es Quinn. —Responde porque no quiere decir la verdad. Si quisiera podría decirla, que por ese lado también va muy mal. Se daría el trabajo de elaborarla un poco para que los demás la entiendan y ya, si al final no se entendía una mierda, podría llamar a Quinn para que lo volviese a explicar con su tonito sabiondo. A ella le saldría mejor.

— ¡Lo sabía!.

— Vaya. —Mercedes la miro con pena y sin sombra de burla. Parece que su fuero íntimo se debate, pero no agrega nada más.

— ¿Cómo? —Pregunta Blaine en voz alta y a todos les parece una buena pregunta. Sam se remueve incómodo en su sitio y Rachel no puede dejar de recordar que le gustó Quinn mucho tiempo atrás.

— Me ha amenazado. —Es una broma y el tono sarcástico es tan claro que, se imagina, Santana se lo alabaría. Los demás ya han creado sus castillos, sus fantasmas y sus monstruos para armar la pesadilla de su conveniencia. Desoyen el sarcasmo y se queda en la afirmación que exige muchas respuestas, pero que no quiere preguntar por ahora. Se ríen, por supuesto, en voz altísima y dándose golpecitos en el hombro. Parece que el mundo ha dejado de girar al revés y las cosas se vuelven a ser como deberían. Una amenaza es más factible que Quinn y Rachel saliendo.

Rachel deja que se diviertan y se alivien, pasa de los comentarios y le agradece a su padre cuando sube a dejarles bebidas y finge que no oye cuando todos le anuncia que Quinn está amenazando a Rachel. Su padre se ríe y es todavía peor cuando le guiña un ojo antes de salir. El mundo es muy drástico cuando Quinn está involucrada. Tienen que irse a los extremos de imaginar un horrible complot o de estar seguros de que todo va en serio.

Sam era el único que no se burlaba. Rachel no sabía por qué le estaba molestando tanto o más que las mofas entusiasmadas.

Tina no se lo puede creer cuanto todos, incluida Suggar, le cuenta (en frases largas o cortas) que después de que se fue todo se volvió interesante. Se quiere morir de la indignación, pero no hay nadie quien la mire y necesita público para mostrar completamente lo que son sus emociones. Además, es una pérdida de tiempo. No se arrepiente porque sabe que Quinn no tiene pelos en la lengua y le sobre mucho atrevimiento. Se había salvado por poco.

Lo que preocupaba averiguar, muy aparte del tema principal claro, era como carajos se había descuidado tanto. Su intimidad, tan importante al ser una conocida figura pública en el colegio (Eso creía ella), era sagrada y siempre bien guardada con mucho cuidado. No iba de aquí para allá expresando lo que se le ocurría. De hecho, era un ejercicio que requería disciplina y mucho disimulo.

Había repasado todo de memoria y no recordaba ni momento, ni lugar, ni testigo imprevisto u oculto que pudiese haber sido propicio para que el secreto se supiera. No, ir a enfrentarse a la enfermera por haber revelado su secreto tampoco ayudaba. Mantuvo la compostura y sobre todo al día siguiente (¡Felizmente todos estaban ocupados hablando de Rachel!) en el que su ego se tuvo que apaciguar cuando escuchó que hablaban de la salida (en tono de leyenda) y se referían a Lucy Quinn Fabray.

Lo único que podía hacer era repasar su camino y dar cuenta de las veces y otras tantas en las que se había expuesto sin darse cuenta. Esa era la única salida que encontraba a su desgracia. Se disculpó el resto de la tarde y se fue dando vueltas por los alrededores del colegio sin que nadie la acompañara. Se puso un pañuelo en el cabello y terminó en la cacha de fútbol americano. Por más búsqueda que insistió en continuar, no registró ningún recuerdo y al final se retiró a lo más alto de las gradas para ponerse a pensar. Además, el ejercicio le había hecho sudar.

Lo que confirmaría Tina, pocos momentos después, era lo increíblemente afortunada que era. Las voces eran agitadas y discutían en tonos airados y sin ponerse a pensar que cualquiera podía oírlas. Se aproximaban más y más fuertes hasta detenerse en el centro del campo, asumiendo que estaban solas (seguramente).

— No, no quiero ir a La Ile du Paris —Quinn se detuvo en su marcha y Rachel, que la seguía muy de cerca, se tropezó con sus propios pies. Una risa seca. Silencio incómodo.— Hay que... no, es, sólo no me gusta.

— ¿Has estado allí antes?

— ¡Sí... NO! —Carraspeó.— No, o sea, sí. Cualquiera ha pasado por ahí, Berry.

— Pero no has entrado. —Se cruzó de brazos.— No puedes saber si te gusta o no.

— Sí puedo —Tono sarcástico.— Así de increíble soy.

— Bueno, pues me toca invitar a mí...

— Pues que tú y tu amiga imaginaria se diviertan mucho. —La cortó.— No pienso ir.

— Y yo no pienso cambiar de lugar. ¿Y bien?

— ¿Y bien qué? —Su tono era bajo y peligroso.— Espera, ¿Me estás amenazando?

— Podría. —Recalcó, pero agregó inmediatamente.— ¿Quieres seguir con esto o no?

Silencio. Una tos nerviosa y un titubeo extraño.

— Quizás deberíamos... —Terminó en un débil susurro. La castaña la miró perpleja, decidiendo si no sería una broma de mal gusto y arrugó el ceño cuando el mutismo de Quinn no era más que la confirmación de la posibilidad.

— Tienes miedo.

— ¿Perdón?

— Tienes miedo, ¿Por qué, Quinn?

— A ver, me parece que te estás equivocando Rachel. —Chasqueó la lengua.— Yo no tengo miedo a nada, ¿Me oíste?

— El sábado a las siete en La Ile du Paris

Quinn arrugó el ceño y parecía dispuesta a negarse nuevamente. Rachel se tensó en su sitio y fue todavía peor cuando la rubia esbozo una gran sonrisa amenazante y cambió su actitud completamente. Parecía una labor premeditada. Una trampa a todas luces, pero Rachel no sospechaba y Tina tuvo que preguntarse si acaso era una tonta sin remedio.

— Bien. —Aceptó con muchísima seguridad. Rachel entrecerró los ojos y examinó sus gestos con cuidado.

— Así que, ¿A las siete? —Volvió a insistir con un ligero titubeo. Se estaba replanteando el atrevimiento de su desafió.

— A las siete. —Concedió Quinn, todavía con la sonrisa arrogante, mientras se quitaba motas de polvo inexistentes de la chaqueta.

— Bien.

— Bien.

Esta bien.

— Ah. —Dijo de pronto Rachel, en voz alta y soltó una carcajada.— Ya me acordé.

— ¿De? Si se puede saber...

— Ya me acordé —Volvió a repetir con humor y una pequeña sonrisa.— Ya me acordé que si hemos ido a La Ile du Paris.

Quinn se puso pálida y su pose perdió poder, se deshizo en los hombros y exageró en los rasgos urgentes y temerosos. Tragó con mucha dificultad y se demoró un montón en formular con claridad la primera palabra de su frase. Rachel creyó que estaba exagerando.

—¿De... de qué estas hablando? —Preguntó con cuidado y mirándola fijamente.— ¿Estás bromeando, verdad Rachel?

— No. —Aclaró.— ¿Por qué debería bromar? Estoy hablando de la vez que fuimos a cenar...

— ¡Nunca! —Quinn se removía en su lugar y alzaba la voz con un leve tono histérico.— ¡Nosotras jamás hemos ido a La Ile du Paris ¿Me has escuchado? ¡Jamás!

— A cenar los cuatro, con Finn y Sam... —Arruga el ceño.— ¿Qué rayos te pasa, Quinn?

— Ah. —Recupera el color y una sonrisa un poco boba se le dibuja en el rostro. Parece aliviada.— Ah, esa cena.

Quinn se cubre el rostro con la mano y comienza a reírse. Rachel la observa con sospecha por un momento y lo único que se le ocurre pensar en lo complicada que puede llegar a ser Quinn. Espera que termine, pero no acaba y se alarga y hace eco y al final no le queda más remedio que unirsele y reírse sin saber por qué.

Tina, desde las gradas, ya no necesita que nadie más le cuente lo que acaba de confirmar.


El sábado a las siete de la noche llega más rápido de lo que se espera. Ha hecho la reservación, ha pensado en el menú, se ha tenido que poner un vestido elegante y ha tenido que irse sola hasta La Ile du Paris. Ha llamado muchas veces a la casa de Quinn, pero la respuesta es siempre la misma. Yo sé llegar, deja de molestar Berry. Por supuesto que sabe que Quinn sabe llegar. Ese no es el punto. El punto es ser una dama, recogerla y ganar tiempo de averiguar qué es lo que Quinn tiene preparado. Ah, porque ya lo sabe, sabe que Quinn tiene algo preparado. Ha tenido tiempo para analizarla en soledad y no es lógico que le haya ganado. No es tan fácil, desde luego.

Mira nuevamente su reloj y como ya no son las siete, se siente más inquieta. No será que Quinn le ha dado por su lado y al final ha decidido quedarse a leer/dormir/comer/reírse de los vídeos de los demás/ lo que sea que una reina de la popularidad haga en sus ratos libres, en su casa. Podría ser un plan cruel. Dejarla esperando en el apartado de recepción del restaurante mientras que todos los allí presentes la miran con curiosidad y presienten que la han dejado plantada. Plantada. Pobrecita, alzando la nariz y ladeando la cabeza para que el gesto se vuelva más enfático. No lo soporta y al final decide salir a la puerta. Al menos allí nadie la molesta.

Las siete y quince y Quinn no aparece. En cambio, una señora (mayor y no tan mayor) se paseaba por la calle arreglando una canasta llena de rosas frescas. La pasa de largo y Rachel se acomoda el vestido. La señora se ha sentado al lado de la fuente y arregla las flores con mucho cuidado, terminando de sacar las espinas y sonriendo un poco mientras finge que Rachel no la está mirando. Entra en pánico cuando la mujer se acerca y le guiña el ojo antes de pararse, convenientemente, a su lado. No dice nada, pero es obvio que la está diciendo mucho. Tiene rosas rojas, amarillas y unas pocas que podrían ser blancas si no fuera por esa delgada rosácea que se oscurece en la base. Buenas noches, la saluda abochornado por el silencio y ella responde cortésmente. Ya han entrado tres parejas y las rojas son las favoritas, al parecer.

Son la siete y veinte. Es bastante evidente que Quinn no llegará, pero Rachel no se ha ido.

A las siete y treinta, caminando muy tranquilamente, Quinn se aparece por una de las esquinas de la calle. Va vestida en una forma inusual a ella, con un jean desgastado, zapatillas rojas, camiseta suelta, chaqueta rosa y, algo que si no es tan inusual, el cabello liberado que le llaga a la cintura. Tiene las manos cruzadas dándose apoyo y mira con atención los autos que pasan por su lado. No parece interesada en su camino al restaurante, ni en que es tarde, ni en que Rachel está esperándola y parece que ha trasgredido todos y cada uno de sus limites.

— Hey Rachel. —La saluda y no tiene la mano en el aire.— ¿Es muy tarde?

Tarde, de hecho.

— Ya sabía que no querías venir, pero esto es demasiado Quinn. —Se desabotona el pequeño chaleco que tenía para el frío, que ahora no sentía.— Pudiste haberme avisado, te llamé varias veces esta semana.

— Lo sé, Rachel. Pero...

— No, no creo que lo sepas. —Le increpa.— ¿En serio no sabes qué horas es?

— Yo, deben ser...

— Son las siete y media. —La corta y se quita el chaleco.

— Mira, entiendo que estés enojada, ¿Está bien? —Contesta ella un poco enfadada. Rachel se indigna.— Pero no tienes que ponerte...

— ¿Ponerme cómo? —No la quiere escuchar y quizá se ha quedado para eso, para reclamarle.— Parece que no lo entiendes, ¿Qué te cuesta tener algo de consideración con los demás?

— ¡Ya lo sé, demonios! —Se exaspera y eleva las manos al cielo.— Eso es lo que estoy tratando de...

Pero Rachel no la escucha, la corta y bufa incrédula. Quinn se enoja, claro, se muerde los labios y ya no es sinceridad expresada en el enojo. Se le transforman los rasgos, se le desfigura la paciencia y, nuevamente, trae a esa otra Quinn. La que le sirve para defenderse del mundo y atacar a los que pudieran acercársele. Rachel, esa noche, no la aguanta. Le pica el orgullo y algo más que el orgullo cuando la rubia hincha el pecho y ya no habla, pero la mira como no valiese la pena. Se harta y vuelve a la única salida que encuentra.

— Bueno, que sea una cita a tu manera, entonces... —Declara con algo más de amargura y controlándose por los pelos. La toma de la mano y la arrastra por la calle hacía un lugar desconocido. En el borde de la fuente, justo al lado de la vendedora de flores (que nuevamente arregla su canasta), se ha quedado una rosa que no es de nadie.


* Comentarles "La Ile du Paris" es un restaurante creado por mi, ¿Por qué la actitud de Quinn? Bien, tendrá que leer los otros capítulos para averiguarlo.

Por otro lado, lo siento a los que decepcione con la cita en el restaurante, pero van a tener esa cita, lo prometo. Pero como lo han leído desde el principio, soy de ir contra la corriente y cambiar las cosas cuando menos se lo esperan.

Sin más, los dejo. Espero, como siempre, sus comentarios acerca del capitulo. ¡Gracias!