Capítulo 6: El perro y el dueño
Claude Frollo jamás fue considerado un personaje de poco interés en París, incluso antes de obtener su lugar como archidiácono de Notre Dame, pues este había nacido en el seno de una familia que pertenecía a la alta burguesía de aquellos tiempos.
Fue por esta razón que su destino ya estaba decidido desde muy temprana edad. Sus padres le habían otorgado el estado eclesiástico, por tal, desde niño hubo de aprender a leer en latín, bajar la mirada y aprender a utilizar un bajo tono de voz al hablar. El colegio de Torchi, en la Universidad, había sido el lugar elegido para que el niño creciera, tanto en conocimientos como en las costumbres y actitudes que sus progenitores esperaban de él.
Hacer crecer el árbol a su conveniencia no había sido difícil en ningún aspecto; era un niño triste y serio, que poseía un gran interés y entusiasmo por el estudio, lo que iba de la mano con su extrema facilidad para aprender todo nuevo conocimiento que obtuviese. Tampoco era adepto a ser parte de insulsas peleas a las que los niños de su edad solían verse envueltos con más frecuencia de la que sus padres hubiesen querido. Ni siquiera en su adolescencia había sido parte de las revueltas y manifestaciones que parecían ser una salvaje naturaleza en los estudiantes, la cual, siempre afloraba en aquella edad.
Al contrario de todo esto, era un asiduo visitante de las grandes y pequeñas escuelas. El primer alumno que todos los maestros veían al llegar, siempre era Claude Frollo, aun si fuera contra las adversidades de un helado clima, o algún interesante evento en las plazas, no importaba que… Era siempre el mismo joven estudiante el que todos miraban, allí, sentado y esperando con paciencia a recibir la cátedra. Todo ello le rindió sus frutos al comprometido estudiante, quien, a sus dieciséis años, era capaz de enfrentarse en interesantes debates con las altas figuras de diversas teologías.
Más su ambición de saber era grande, y al dominar la teología, se dirigió a los decretales y al familiarizarse con ellos, se lanzó a los estudios de la medicina y de las artes liberales; estudió la ciencia de las hierbas y de los ungüentos y se hizo experto en fiebres y contusiones, en heridas y en obsesos. Tal era su facilidad para manejar diversos conocimientos que en su tiempo, bien hubiese podido ser aceptado como médico físico o médico cirujano.
Su necesidad por seguir cultivando el saber de su mente no llegó a saciarse ante estos logros, por lo que superó todos los grados de licenciatura tesis y doctorado en artes. Estudió latín, griego, hebreo y triple santuario; era sólo un joven, pero su alma se postraba ante la fiebre de conocimientos y un autentico deseo por atesorar la ciencia.
A la edad de dieciocho años, ya podía ser considerado un letrado en diversas facultades, y Claude estaba totalmente convencido de que el hombre existía en esta tierra con la única finalidad de cultivarse en conocimientos.
Pero el destino es caprichoso y siempre ha sido gran amante de quebrantar los principios y pensamientos bien cimentados en la delicada mente de la humanidad. La peste llegó en 1466, y tras un alarmante rumor, Claude fue hasta el lugar de sus padres sólo para encontrar que ambos habían muerto. Grande fue su sorpresa al descubrir en aquel hogar abandonado, una cuna que abrigaba a un pequeño hermanito, todavía en pañales y alimentado a base de pecho.
Él comprendió que aquella pequeña criatura era lo único que quedaba de su familia, y con ese pensamiento lo tomó en sus brazos y salió del sombrío lugar, pensativo, pues era un joven muchacho que hasta el momento sólo había estado inmerso en el mundo del estudio y el conocimiento, más ahora, tenía entre sus brazos la responsabilidad de una vida distinta a la suya.
Podrán comprender la profunda crisis en la existencia de Claude; huérfano, hermano mayor, cabeza de familia a los diecinueve años. Sintió como si fuese arrancado de los brazos de todas sus fantasías que le prometían todo tipo de saber y tragado bruscamente por la imparable marea que la vida real representa. No obstante, en su corazón no fue difícil encontrar la compasión necesaria para decidir el consagrarse con pasión y dedicación a su hermano; algo bastante extraño y a la vez enternecedor, que los afectos humanitarios se presentasen sin vacilación en alguien que sólo había conocido la frialdad y dureza de los libros.
Fue un afecto que impactó de manera intensa en su vida, pues jamás se había relacionado en profunda intimidad con otra alma, una existencia pura y carente de mal alguno, tan vulnerable, dulce y tierna, que casi poseía la naturaleza de un inocente primer amor. Separado de sus padres desde su infancia, avocado a los libros, pendiente de cultivar su inteligencia y ávido por aprender todo tipo de conocimiento, Claude se había olvidado que contaba con un corazón, uno capaz de hacerlo sentir completo y satisfecho de una forma totalmente diferente que sus libros jamás pudieron otorgarle, sin importar que tanto aprendiera… El amor que la existencia frágil e inocente que su hermano hacía nacer en su corazón había resultado ser la clave para saciar las necesidades de su alma.
Fue por ello que se convirtió en un hombre totalmente nuevo. La relevación que ante él se presentaba había cambiado su manera de ver la vida; descubrió que el hombre necesita afectos, y que una vida carente de ternura y sin amor se le asemejaba a una lamentable existencia vacía. En aquel entonces, la joven mente del estudiante que aún guardaba algo de las fantasías inherentes a su edad, llegó a la conclusión de que los vínculos de sangre eran los únicos indispensables y que el amor de un hermanito era más que suficiente para saciar la necesidad de afecto en su corazón.
Por tal, se entregó con devoción a la existencia de su pequeño Christophe, cuidándolo con el anhelo y la pasión que sólo el amor puede concebir en el alma de la humanidad, como lo más sagrado y preciado en su vida, eso era para Claude Frollo su hermano; una criatura frágil, bonita, rubia y sonrosada, un pequeño huérfano que no tenía el apoyo más que de otro huérfano. Su mera existencia era capaz de calentar los recovecos de su alma y conmover a su corazón. Pensaba y reflexionada mucho acerca de Christophe y con un infinito cariño. El joven estudiante había sido más que un hermano; se convirtió en una madre para él.
Con el vehemente deseo de velar por la vida de su hermano, Claude no lo convirtió en una distracción, sino en el objetivo de todos sus estudios, decidiendo consagrarse a un futuro donde sólo respondería ante Dios, resolviendo entonces, el jamás casarse ni tener hijos, pues la felicidad de su hermano se convertiría en la propia, la única suficiente para llenar las necesidades de su vida y satisfacer los deseos de su corazón.
Fue entonces que se afirmó más que nunca en su vocación religiosa. Sus meritos y su ciencia le sirvieron para que muchas puertas se le abrieran y pronto, a los veinte años de edad, ya era cura. La mezcla de sabiduría y austeridad a tan extraña edad le habían hecho ganar el respeto y admiración del claustro. Del claustro, su fama de sabio trascendió hasta el pueblo, y comenzó a considerársele cada vez con más frecuencia como un brujo.
Fue un día, dieciséis años atrás de nuestra historia, cuando los rumores y sospechas sobre el brujo que se ocultaba detrás de la sombría figura del joven cura, fueron prácticamente confirmados por consenso general de los presentes.
Claude Frollo volvía de decir la misa, cuando notó una gran muchedumbre, en su mayoría mujeres, conglomeradas en la tarima de los niños abandonados y que murmuraban en voz baja.
Estas fueron algunas cosas que el joven cura pudo escuchar antes de decidir acercarse:
— No creo que esa cosa sea un niño.
— Debe ser una bestia, un animal.
— Quizás es un milagro.
— Un milagro, sí, de Satanás sin duda alguna.
— No creo que alguien quiera adoptar a esta… Criatura…
— ¡Pobres nodrizas de niños abandonados! Elegiría primero cercenar mis pechos antes que amamantar a este pequeño monstruo.
— Pero que dices, este monstruito no tiene menos de cuatro años, seguro prefiere un buen trozo de carne antes que tu pecho.
En efecto, no era ya un recién nacido aquel monstruito (nos costaría mucho encontrar otro nombre para él). Era una masa angulosa y en movimiento envuelto en un saco de tela, y del que nada más asomaba la cabeza; una cabeza deforme en la que únicamente se veía un bosque de cabellos rojos, un ojo, la boca y los dientes. El ojo lloraba, la boca chillaba y se diría que los dientes estaban listos para morder. Aquel conjunto se debatía en el saco, ante el asombro del gentío cada vez más numeroso que se iba renovando continuamente.
— Pues yo soy de la opinión, — Uno de los hombres allí presentes, interrumpió el parloteo de las mujeres. — Que esta cosa no se trata más que de un deforme demonio que no se invocó de forma correcta, y por tal, es más horrible de lo esperado. Si me preguntan a mí, creo que lo más correcto sería colocar a este monstruo en un haz de leña ardiendo.
— ¡Eso! Has dicho lo que he estado pensando desde que lo vi. Un haz de leña es la solución.
— Sería lo más prudente. Mejor hacerlo ahora, que está desprovisto de fuerzas malignas, que alimentarlo hasta que sea capaz de arrancarnos el alma.
El joven cura, ante estas últimas palabras, y al ver como todos los presentes se relamían los labios, imaginando a la criatura ardiendo entre los leños, pronto se acercó y alejó a todos los curiosos.
— Adopto a este niño. — Dijo el sacerdote, y ante la mirada sorprendida de todos, tomó al pequeño monstruito entre sus brazos y se lo llevó lejos de la inminente amenaza de arder en una bonita hoguera.
— Ya te lo había dicho, ese joven cura, Claude Frollo, es en efecto… Un brujo.
Y algo no muy distinto comenzó a decirse mediante susurros entre la multitud, como si tuviesen miedo de que el brujo fuese capaz de escucharlos por medio de algún poder demoniaco. Las noticias en un pueblo como el de París, que están más que listos a lanzarse sobre el más pequeño de los chismes, no tardaron en propagarse como la polvera, haciendo conocedor a todos sobre el increíble suceso que sólo unos cuantos habían presenciado.
Ante los ojos de todo el pueblo de París, Claude Frollo era un brujo, y el monstruo en la tarima de los niños abandonados, no era más que la invocación demoniaca más reciente por el joven cura.
Fue una lástima que ninguno de los presentes ese día pudiese entrar en los pensamientos que en aquel momento surcaban la cabeza de Claude.
El hombre se había acercado a la horrible criatura, y en lugar de ver en su fealdad y deformidad, la imagen de un monstruo, un aberrante demonio, él vio en la criatura a una pobre alma desdichada; una vida frágil que pedía a gritos ser cobijado bajo el manto de una cálida y desinteresada protección.
La imagen de su pequeño hermano había llenado la cabeza del joven cura en aquel momento. ¿Qué hubiese pasado si él no existiera? ¿Qué sería de su inocente hermano si él no estuviera para velar por su futuro? Sería entonces uno de esos niños dejados en la tarima, a la espera de que un alma compasiva lo tomara bajo su cuidado. Aquella desgarradora visión le hizo pensar lo mucho que desearía el que alguien cuidase de su vida, y por tal… La desgracia que venía inherente en la horrorosa criatura, la forma en que fue abandonado, y la terrible imagen de su hermano pasando por algo parecido, le afligió en el corazón, como un golpe de sincera y devota compasión hacia la desdichada criatura.
La compasión en Claude no hacía más que acrecentar al encontrar cada nueva deformidad en aquel desgraciado ser, y por tal, se prometió en lo más íntimo de su corazón educar a aquel niño, en honor de todo el amor que sentía por su pequeño hermano. El cura también esperaba, que cualquiera que fuera la falta que su hermano cometiera en el futuro, aquel acto de caridad hecho a su intención podría significar su moneda para entrar al paraíso.
Bautizó a su hijo adoptivo y le llamó Quasimodo, bien por coincidir con el día en que lo encontró o bien para definir con ese nombre hasta qué punto la pobre criatura parecía incompleta y apenas esbozada pues, en efecto, Quasimodo, tuerto, jorobado y patizambo apenas si era un más o menos(1).
Con el paso de los años, Quasimodo se convirtió en campanero de Notre Dame, gracias a su padre adoptivo, quien se había convertido en archidiácono de la misma iglesia.
La desgracia del destino con el que había nacido, lo condenó a confinarse en la seguridad que la iglesia le otorgaba. Con el tiempo, la iglesia y Quasimodo habían creado un íntimo e irrompible lazo, pues, alejado de toda la sociedad que le aborrecía por su fealdad y deformidad, había encontrado en las estructuras de la catedral el más bello y cálido refugio de todos, Notre Dame se había convertido en el nido, la casa, el universo, donde Quasimodo fue creciendo bajo el manto de protección que sus pilares le otorgaban.
La catedral le había acogido por tantos años entre sus religiosas paredes, que Quasimodo había desarrollado uno férrea unión a su estructura, como si tanto su cuerpo como su alma se hubiesen mezclado en completa armonía con la iglesia. No había recoveco que Quasimodo no conociera de Notre Dame, ni altura que no hubiera escalado, y varias veces había trepado por varios pisos de la fachada agarrándose tan sólo de las asperezas.
Había aprendido a hablar sólo porque Claude Frollo había usado una gran dedicación y una inmensa paciencia en enseñarle. Pero la fatalidad viene en muchas formas distintas, y lo que le hacía feliz en aquel entonces; tocar las campanas, le trajo consigo sólo una de sus muchas desgracias. A los catorce años, las campanas le rompieron los tímpanos, volviéndolo sordo para siempre. Con aquella nueva calamidad, se cerró la única puerta de comunicación que la naturaleza le había brindado, y con el cierre de esa puerta, también se llevó consigo hasta la más pequeña luz de esperanza y felicidad en la vida de Quasimodo, sumiéndolo en una inhóspita oscuridad que le trajo consigo una melancolía incurable, al igual que su deformidad.
Hay que decir que junto con la sordera, también se volvió mudo, pues temía de las burlas de los demás, que seguramente recibiría cuando estos notaran que era sordo, y por ello, se sumió en un silencio que no rompía, salvo algunas veces que se encontraba solo, y prefería charlar con las gárgolas, quienes nunca le miraban con asco o repudio.
Había atado esa lengua que a Claude Frollo tanto le había costado desatar, que cuando la necesidad le obligaba a hablar, su lengua se encontraba entumecida y torpe.
Más, a pesar de todo, él no sentía la necesidad de salir al exterior y socializar con los demás. Sabía de sobra, mediante una amarga experiencia, que lo único que recibiría serían burlas, insultos y el rechazo de la gente. Las palabras humanas nunca le otorgaban otra cosa que no fuese el más sincero y devoto odio hacia su desgraciada persona. Fue por ello que le había tomado un inmenso y apasionado amor a la catedral, el único refugio seguro que jamás le negaría nada a su desdichada alma.
Lo que amaba sobre todo en su edificio materno, lo que despertaba su alma y le hacía abrir sus débiles alas, replegadas míseramente en su caverna, lo que a veces le hacía feliz, eran las campanas. Las quería, las acariciaba, les hablaba, las comprendía. Pero ellas habían sido quienes le arrebataron lo último que le quedaba a su incompleto ser.
Su amante le había llenado de dicha en su alma cercenada, pero también le trajo de su dulce voz la desgracia misma. Ironía diabólica, que si el lector me permite, me atrevería a comparar con la naturaleza que cubre cual manto el destino de dos enamorados.
Aun así, existía otro ser al que casi le tenía el mismo amor que a la catedral; era Claude Frollo.
La razón sería obvia para cualquiera que hubiese visto la dedicación con la que el clérigo se avocó en la crianza de Quasimodo, alimentándole y enseñándole todo aquello que su mente pudiese retener. El mundo de Quasimodo giraba alrededor del hombre, aquel al que de pequeño corría para refugiarse entre sus piernas cuando los perros y los niños le perseguían ladrando. El hombre que le enseñó a leer y a escribir, el que, a pesar de siempre mirarlo con duro y austero gesto, jamás encontraba en sus ojos atisbos de asco o rechazo, y finalmente… El mismo hombre que le entregó en matrimonio a sus amadas campanas.
Por tal, Quasimodo se desbordaba en un infinito y apasionado agradecimiento hacia su padre adoptivo, sin importar lo severo que fuese el hombre o que sus palabras fuesen imperativas, aquello nunca había mermado el sincero sentimiento de gratitud que siempre afloraba en su pecho al verlo, así pues; el archidiácono tenía en Quasimodo al esclavo más fiel a su disposición.
Sólo era necesaria una señal de Claude y la convicción de que aquello iba a agradarle, para que Quasimodo se precipitara al instante en satisfacer las ordenes que el clérigo le diera. No hay forma más cercana de describir esa infinita devoción junto con la más fiel de las sumisiones que decir que Quasimodo amaba al archidiácono como jamás un perro haya amado a su dueño.
En 1482, Quasimodo tendría veinte años, y Claude Frollo unos treinta y seis.
Claude Frollo no era ya el sencillo estudiante del colegio Torchi, el tierno protector de un niño, el joven y soñador filósofo que tantas cosas sabía y que todavía ignoraba muchas más. Era un cura austero, grave y taciturno, pastor de almas; señor archidiácono de Josas. Era un personaje imponente y sombrío ante quien temblaban los monaguillos de alba y roquete, los sacristanes, los cofrades de San Agustín, los clérigos de maitines de Notre Dame cuando pasaba lentamente bajo las altas ojivas del coro, majestuoso, pensativo, con los brazos cruzados y con la cabeza tan inclinada sobre el pecho que sólo se veía de su rostro su despejada frente.
Pero Claude Frollo no había olvidado sus dos más grandes tareas en la vida; la ciencia y la educación de su pequeño hermano. Sin embargo, con el tiempo, esas dos actividades tomaron rumbos distintos para desgracia del clérigo.
Su hermano menor, aquel pequeño, puro y frágil ser, ese niño a quien Claude había puesto tanto empeño, anhelando encontrar en él a un alumno piadoso, dócil y honrado, no había sido más que el brote de un árbol torcido pese a toda la dedicación del mejor jardinero. Su hermano no echaba bellas ramas ni frondosas hacia los lados que Claude había destinado para augurarle un buen futuro, en su lugar, el joven bribón prefería crecer del lado de la pereza, la ignorancia y el vicio de la buena vida.
Aquel chiquillo se había convertido en un demonio desordenado que era la razón de Claude para fruncir el ceño, pero también era simpático y sutil, cosa que el hermano mayor no dudaba en celebrar. El clérigo había cometido el error de encomendar a su hermano al colegio de Torchi, ese mismo donde él había hecho del nombre Frollo algo edificante y lleno de honor, pero que al ingreso de su hermano se había convertido en motivo de escándalos, lo que provocaba que le hiciera severos reproches a Christophe, los cuales, él sin mucha dificultad se sacudía para pasar a la próxima aventura.
Algunas de las travesuras que el muchacho perpetraba para disgusto de Claude, eran por ejemplo: Maltratar a los novatos a modo de bienvenida, provocar a una banda de estudiantes que se habían metido en una taberna para acabar después apaleando al tabernero y saqueando la taberna hasta destrozar los toneles de vino de la bodega. Y a veces, con bastante pena, el pobre clérigo recibía del colegio el boletín que le informaba que su hermano se había metido en disputas por estado de ebriedad.
Y ni siquiera deberíamos de hablar de sus tempranas correrías en aquellas calles tan poco honorables que traían consigo los placeres de la carne, otorgados por unas cuantas monedas a cambio…
Podrán comprender la decepción que golpeó cual puño inclemente a los afectos humanos de Claude, quien, desanimado por ver los frutos podridos de su incesante esfuerzo, decidió regresar a los brazos de su antigua amante, aquella que nunca le había traicionado, a la que siempre podría volver para encontrar su lugar intacto, esa hermana que jamás se burlaría en sus narices; la ciencia.
Por lo que se hizo más sabio, y como consecuencia, más rígido y frío como sacerdote, y cada vez más triste como hombre.
Como Claude Frollo había recorrido desde su juventud prácticamente todo el círculo de conocimientos humanos positivos, exteriores y lícitos, se vio obligado a buscar otros alimentos a la actividad insaciable de su inteligencia. Se había aventurado entonces a surcar los conocimientos prohibidos de la ciencia; como la alquimia y la astrología, o eso al menos decía la gente con razón o sin ella.
Lo que si era cierto es que el archidiácono se había habilitado en la torre que da a la plaza de Gréve, al lado del hueco de las campanas, una pequeña y secreta celda, en la que decían que nadie podía entrar, ni siquiera el obispo, sin su permiso. Nadie sabía los secretos que aquella torre ocultaba por dentro, pero varios vecinos atestiguaban haber visto por la noche aparecer y desaparecer destellos de luz roja, intermitente y muy rara, que cuyo origen debía ser más el de una llama que de una luz.
No es que eso fuese prueba palpable de brujería, pero como bien dicen "si hay humo, fuego hay cerca" además de que no ayudaba mucho la sospechosa reputación que el archidiácono poseía.
Por eso, a pesar de llevar una vida austera, gozaba de una muy mala reputación entre la gente del pueblo, pues no existía nariz por inexperta que fuera que no olfateara al brujo en el clérigo.
Y si con los años se le habían ido formando abismos en su ciencia, también se le habían igualmente formado en su corazón. Eso era al menos lo que podía creerse al examinar su rostro en el que no se traslucía su alma más que velada por una nube sombría. ¿De dónde le venía si no su frente calva, su cabeza siempre inclinada y su pecho prominente de tanto suspirar? ¿Qué pensamientos siniestros le hacían sonreír con su deje de amargura mientras sus cejas fruncidas se juntaban como dos toros prestos a luchar entre sí? ¿Por qué eran grises los escasos cabellos que aún le quedaban? ¿Qué era aquel fuego interior que centelleaba a veces en su mirada hasta el punto de parecer sus ojos agujeros perforados en las paredes de un horno?
Aquellos síntomas de violenta preocupación moral habían alcanzado su grado más alto de intensidad en la época en que tiene lugar esta historia y en más de una ocasión algún monaguillo había huido aterrorizado al encontrarle solo en la iglesia; hasta tal punto su mirada era extraña a hiriente.
También había podido observarse que su horror hacia los gitanos se había multiplicado desde hacía algún tiempo y que había incluso solicitado del obispo un decreto con prohibición expresa para las gitanas y gitanos de bailar y de tocar el pandero en la plaza de entrada a la iglesia de Notre Dame. Y al mismo tiempo estaba consultando en mohosos archivos para reunir los casos de brujos y de brujas condenados a la hoguera o a la horca por complicidad de maleficios con machos cabríos, con cerdas o con cabras.
Pero había algo en el clérigo que nadie fue capaz de notar más que el propio hombre en cuestión…
El decepcionado y triste corazón de Claude Frollo había vuelto a palpitar para recordarle al hombre que aún era capaz de sentir, incluso… Contra su propia voluntad.
Este capítulo es en cierta forma un "resumen" del cuarto libro de la novela, que explica la vida e interacciones de Frollo y Quasimodo hasta el momento. Resumí lo más que pude, y sólo dejé las cosas más importantes que eran necesarias para comprender a los personajes.
Creí importante agregar este capítulo, ya que una de las cosas con más significado en la novela es el desarrollo emocional de Frollo y como esto afecta a los demás personajes y desemboca en el nudo principal de la historia.
Además de que me parece que la mayoría de las personas que leen el fic sólo tienen de antecedente la versión de Disney, y el personaje de Frollo es prácticamente la personificación del mal, como si el ser malvado fuese parte inherente de su naturaleza, lo que en la novela es totalmente falso, ya que explica como a lo largo de los años las actitudes de Frollo fueron cambiando con respecto a su entorno y los sucesos en su vida. Siendo un personaje humano, capaz de moldear su alma y que esta tienda tanto al bien como al mal.
Si se fijaron, los últimos párrafos nos expresan el cambio que Frollo estaba experimentado por la entrada de Esmeralda (Yuri) en su vida, y el tipo de medidas que comenzó a tomar para intentar luchar contra él.
También fue importante para que lograran imaginarse que tan devoto e intenso era el agradecimiento de Quasimodo, lo que lo convertía en el perro más fiel para Frollo, este hecho tendrá mucho significado para el rumbo de la historia.
La siguiente canción del musical refleja a la perfección los sentimientos de Quasimodo hacia Frollo. Esta vez la canción está un poco atrasada de donde nos quedamos la última vez, pero igual, recuerden NO VEAN más allá de donde se quedó la última vez si no quieren spoiler grande jajaja.
Titulo en Youtube: Notre Dame de Paris 10 - L'enfant trouvé (Sub español)
En el próximo capítulo se retoma el hilo de la historia donde lo dejamos. El quinto libro son reflexiones de Víctor Hugo, así que saltaré hasta el sexto libro de la novela.
¿Alguien recuerda el papel que le había dado a Chris? Jajaja, lo creí indicado para que fuese el revoltoso hermano de Frollo ¿Creen que le quede bien el personaje?
Eso sería todo por ahora, espero les haya gustado, y también, que hayan comprendido mucho mejor el personaje de Frollo y su desarrollo hasta ser lo que es ahora. Cualquier duda, sugerencia, no duden en hacérmela llegar. ¡Saludos!
PD: había pensado agregar cuando Frollo conoció a Victor y lo tomó bajo su cuidado para enseñarle, junto con otras cosas que pasaron en ese tiempo, pero al final decidí escribirlo en otro capítulo. Así que eso quedará pendiente para más adelante.
Glosario
Teología: Ciencia que trata de Dios y del conocimiento que el ser humano tiene sobre él.
Decretal: Libro en que están recopiladas las epístolas o decisiones pontificias.
Claustro: máximo órgano de representación en una Universidad, formado por los catedráticos de la misma.
1) Quasimodo en latín significa: Más o menos.
Próximo capítulo: Una lágrima por una gota de agua
