Disclaimer: la trilogía de Los Juegos del Hambre le pertenece a Suzanne Collins y yo escribo esta historia sin fines de lucro.
Este escrito participa en el Reto Especial de San Valentín/Día Blanco; ¿Qué significa el Amor? (Personaje: Effie Trinket) para el foro El diente de león.
Capítulo 7: Orgullo y Menester
Effie camino por los pasillos, con la frente en alto y actitud furiosa. En sus manos sostenía un papel con el sello del Capitolio, haciendo gran esfuerzo por no destrozarlo en ese mismo instante.
Estaba indignada, aún más que cuando la asignaron al distrito 12. Y también un poco dolida.
¿No se suponía que eran un equipo?
Lo encontró, como no, en el comedor de la sede.
Solo, como un perro rabioso al que nadie se le acerca.
—Abernathy— Ella coloco el contrato sobre la barra de bebidas con un golpe. No estaba de humor como para fingir modales — Dime que no lo has hecho. —
Haymitch bebió un poco más de su whisky y se permitió mirarla con indiferencia antes de contestar.
— ¿Hacer que?— Su voz tenía un falso interés, como si le hablara a un niño que no dejaría de molestar hasta que le prestaran atención.
Ella sacudió el papel en el aire — ¡Dime que no has firmado esto, por el amor de Dios, dime que no lo has hecho!—
Sonaba tan nerviosa que él supo que quizá el tema si era importante. Quizá.
—Si lo hice— Respondió tranquilo, mirando el televisor —Me bloqueas la vista...-—
Effie apago el aparato sin cambiar de expresión —Firmaste con 5 patrocinadores. Sin consultarme— Se sentó frente a él en la barra. Y luego repitió, casi incrédula — ¡Sin consultarme!-—
Haymitch frunció el ceño — ¿Se supone que debía hacerlo? Soy el mentor, este ni si quiera es tu trabajo—
—Creí que estábamos juntos en esto— El leve dolor de su mirada lo incomodo —Y sabes que, en cuanto a lo social, soy más útil que tu-
Porque, si bien Katniss no tenía más encanto que una babosa muerta, el mentor no estaba en una posición mucho más aventajada.
Pero no fue eso o que acabo con su paciencia, fue la nota de superioridad la que lo hizo.
—No te necesito para hacer bien mi trabajo, Trinket. Limítate a combinar colores y a producir sonrisas. La falsedad se te da casi con naturalidad—
Las palabras fueron recibidas como un balde de agua helada. ¿Qué no eran...? ¿O si quiera algo parecido?
Quizá ella había confundido las cosas pero, aun así, no le daba el derecho de insultarla de esa forma. Porque era la vida de dos chicos lo que estaba en riesgo por segunda vez ahora, y eso no era una competencia de '¿Quién tiene la razón?'
Por más competitivos que fueran, hay cosas con las que no se juegan. Algo irónico estando donde estaban.
—Me necesitas— Effie repitió, más calmada y dolida que nunca.
-—Eso ya lo veremos-— Haymitch sonrió, a forma de apuesta. ¿Qué él no podía? El vencedor de los Juegos del Hambre había superado a la muerte, ¿Y una loca con cabellos de colores se atrevía a desafiarlo? —Te mencionare en el discurso de la entrevista cuando los Juegos terminen— susurró ávidamente, aun con cierta confidencialidad.
Oh, ahora era definitivamente una competencia por la razón.
Effie, después de un largo intervalo de tiempo y discusiones mentales, le devolvió la sonrisa, pero de forma más burlona., estaba bien, Haymitch aprendería algo importante ese día.
—Acepto— Camino hasta la puerta, ahora de un mejor humor. Antes de salir de la habitación se dio la vuelta, solo para encontrarse con los ojos grises de Haymitch mirándola con descaro. Entonces, con voz risueña, le dijo. -—Oh, y, por cierto, tres de esos cinco patrocinadores se declararon hoy en bancarrota. ¡Que la suerte este de tu lado!-—
Y le guiño un ojo, con atrevimiento, sabiendo que la sonrisa de Haymitch era ahora una mueca de confusión.
El mentor se dio por vencido para sí mismo cuando, por enésima vez, la voz detrás del teléfono le repitió que los contratos eran indisolubles.
Esto con Effie no hubiese sucedido.
Ignoro ese pensamiento y decidió que un buen trago lo despejaría. Solo el licor con toques de chocolate lo pondría de buen humor, listo para enfrentar la situación. Entonces ganaría la 'apuesta' y ella tendría que admitir que no era importante.
Ni para los Juegos.
Ni para las estrategias.
Ni para él.
Pero la desagradable sorpresa se la llevo cuando, al llegar al comedor, las botellas de su bebida predilecta brillaban por su ausencia.
¿Qué? Se suponía que Effie las encargaría... Entonces callo en la cuenta de que esta debía de haber cancelado el pedido, sabiendo que él era incapaz de recordarlo.
Esto con Effie no hubiese sucedido.
El resto del día fue igual. Su ropa, sus cosas, incluso su comida parecían depender de la presencia e intervención de la escolta, quien se regocijaba en cada nuevo descubrimiento del mentor.
Ninguno de los dos repararon en el hecho de que Effie era la única persona en el edificio que, al parecer, sabia todas y cada una de las necesidades, exigencias y preferencias de Haymitch.
Y la situación rozo la locura cuando, durante la cena, no sirvieron ni el tipo de vino, ni el tipo pan que el disfrutara.
Además la comida carecía de sal, estaba demasiado fría y la mitad de los platos seguramente lo matarían, puesto que era alérgico a esas cosas.
-Eso- Effie sonrió, tomando una de las fresas- es porque soy yo quien le recuerda al Chef que eres intolerante a este tipo de harinas, no te gusta el vino blanco y tampoco las fresas-
Entonces, como para no delatarse y para molestarlo aún más, le ofreció una. Haymitch se levantó, dejándola sola en la mesa riendo como la loca que, según él, era.
Le irritaba todo. El que ella presumiera. El que el pareciera estar equivocado. Incluso el que, por alguna razón, ahora se le antojara la endemoniada fruta roja. Sospechaba que la imagen de ella mordiéndola tenía que ver, pero saco la estúpida idea de su mente.
Sobre todo porque parecía ser totalmente cierta.
Ahora solo tenía que beber una de las milagrosas pastillas del Capitolio, que lo dejarían inconsciente y sin sueños durante un par de horas.
No solía recurrir a ella, aunque si era menester...
Pero... ¿cuál era?
La roja, la azul, la verde, la naranja... eran demasiadas.
Y si tomaba la equivocada podría suceder cualquier cosa, sabiendo que una de esas era capaz de hacer que sus sueños sean tan vividos al punto que confundiría la realidad con ese horrible mundo que es su mente.
Aunque de todas formas podría salir, tomar una botella y olvidar todo, porque la idea de pedir disculpas y perder todo su orgullo con una sola mirada estaba descartada de antemano.
No lo pensó mucho, tomo la pastilla que le inspiraba más confianza, una pequeña amarilla de aspecto inofensivo.
¿Para qué? Ya había descubierto la misma verdad.
Effie era necesaria en su vida casi tanto como el aire. Era inevitable, y él dependía completamente de ella.
De sus sonrisas que muchas veces lo animaban.
De su inocencia, que lo divertía. De sus buenas intenciones, que a pesar de todo estaban presentes.
Era importante, más que eso. Él no podía solo, ni con los juegos, ni con su vida.
Porque por muchas razones ella lo mantenía allí. Sobre todo y, de muchas más formas que aún no comprendía, ella lo mantenía con vida.
Pensó en esto antes de caer en las redes macabras de las pesadillas, que, intensificadas con la mortal pastilla, ahora lo perseguirán por el resto de sus noches.
Desgraciadamente fue la vivida imagen de Effie, con los ojos azules vacíos y empañados por lágrimas brillantes, sus manos manchadas de sangre que olía a fresas y un cuchillo atravesándole el corazón, quien lo acompaño por el resto de la noche, repitiéndose una y otra vez.
...
(Que quede claro, no odio a Effie, tal vez le tenía poco cariño, pero este capítulo lo ha 'ganado' ella... Así que...
Gracias por leer,
Y un abrazo,
Alis.)
