InuYasha la miró, preocupado, y resopló frustrado cuando la encontró en la misma posición que hacía tan solo un minuto.
Si ya de por si le preocupaba la situación actual, esta Kagome tan... pasiva, lo ponía realmente de los nervios. Acostumbrado a la energía y vitalidad de la chica del futuro, que no podía estarse quieta y él debía ir tras ella todo el tiempo, ahora... no era ella.
Según se había dado cuenta, el mecanismo de defensa que había creado cuando sentía que la situación la superaba, lo único que hacía era permanecer mirando al infinito y con la mente perdida. ¿Qué pensaba? ¿A qué conclusiones llegaba? ¿Cómo se sentía? Esas preguntas le comían la cabeza, sin embargo no podía llegar a saberlo, y esa ignorancia llegaba a hacerlo sentir horrible.
Deseaba ayudar a Kagome. Se cortaría un brazo gustosamente si con eso le aseguraban que la muchacha estaría bien y volvería a ser la de antes. Pero... por más que lo deseara, él no podía hacer nada. Tanto porque no tenía idea de que mierda ocurría como que ella tampoco es que lo dejara mucho.
Le temía.
Si bien es cierto que parecía que la intensidad de ese temor había disminuido, jamás se le olvidaría el terror en sus pupilas cuando lo vio aquella mañana por primera vez. Esa mirada se le había quedado grabada a fuego en su mente y su corazón. No obstante, ahora... aunque seguía rehuyendo su mirada y no le gustaba estar muy cerca de él... por lo menos podía permanecer en la misma habitación.
O, al menos, él se consolaba diciéndose eso.
—He visto...
Había hablado tan bajo, que por un momento creyó que se lo había imaginado. Sin embargo, Kagome lentamente se movió y alzó la cabeza, la cual se encontraba sobre sus rodillas.
InuYasha esperó, con el corazón latiendo fuertemente en el pecho, y ella lo miró.
Sus ojos achocolatados reflejaban incertidumbre, aunque también había algo extraño, que no podía llegar a descifrarlo totalmente.
Él quiso hablar, preguntarle por lo que había visto... pero prefirió callarse. Era la primera vez que estaban a solas, lejos de todo el mundo, y ella no había huido de él. Es más, le estaba hablando e incluso parecía... serena, tranquila.
¿Podría ser que la pesadilla estuviera acabando?
—Tú y yo hemos estado aquí antes... ¿verdad?
Aquello lo pilló por sorpresa. Realmente eso era lo último que esperaba que saliera de sus labios. Abrió la boca, intentando decir cualquier cosa, pero no sabía que decir.
¿Qué si habían estado allí antes? ¡Pues claro! ¡Ese árbol era el de ellos! Allí fue donde se vieron por primera vez, donde ella le pidió quedarse con él, donde él le dijo que la necesitaba...
Ese árbol era el que conectaba sus dos mundos: la época pasada y el futuro, él y ella...
Pero... ¿qué significaba esa pregunta?
Le sorprendió mucho cuando la vio allí. Se había acercado a la casa de Kaede para ver aunque sea a Kagome desde lejos y cual fue su sorpresa cuando le dijeron que se había ido al presente, sin despedirse. Intentó ignorar el dolor en su pecho y fue a buscarla, por lo menos para asegurarse que no le pasara nada, y cuando llegó a ella a través de su dulce aroma, la encontró en las raíces del Goshinboku, con los ojos cerrados y el rostro crispado por el dolor.
¿Quería decir eso... que había recordado?
—Vamos, respóndeme, por favor— insistió ante el silencio de él con la urgencia pintada en sus ojos— ¿Hemos estado aquí?— desvió la mirada por un segundo— Tú... estuviste... ¿atado?
—Sí— la respuesta fue concisa pero contundente.
Kagome se estremeció y apretó los labios para contener el grito que quería escapar de sus labios. Un nudo le oprimía la boca del estómago.
¿Sería cierto, entonces, que conocía ese demonio de antes? ¿Todo lo que le había dicho Sango era verdad? ¿Ella era amiga de... él?
No supo como sentirse ante lo que estaba pensando. Por un lado imperaba la desconfianza y el recelo, un sentimiento que parecía ser inmediato en ella. Jamás pensó que podría estar dos demonios, ser amigos de ellos... confiar en ellos. Los demonios eran seres salvajes y racionales, que tan solo pensaban en ellos.
Aunque ahora... Un pequeño sentimiento intentó hacerse sitio en el amasijo que era su pecho y la dejó aún más descolocada todavía. No tenía forma, pero parecía ser un aire cálido que la conmovía inexplicablemente. ¿Qué estaba pasando con ella?
¿Significaba... que estaba recordando?
—Tú...— inspiró profundamente, armándose de valor— tú al principio me odiabas, ¿verdad?
Realmente eso era lo que se había quedado grabado de las imágenes: el odio en sus pupilas. Un odio que, en realidad, debería de estar presente en las orbes doradas de él. Y no el más absoluto dolor y tristeza, como estaba ocurriendo.
InuYasha volvió a abrir la boca varias veces antes de responder algo coherente. La esperanza estaba floreciendo con fuerzas en su interior.
—En esa época... odiaba a todos los humanos— respondió y Kagome advirtió un tinte de amargura en su voz— Sin embargo, fuiste tú la que conseguiste que abriera los ojos.
—¿Yo?— preguntó sorprendida, mirándolo fijamente, mientras su corazón bombeaba a gran velocidad.
Él apartó la mirada por un instante, aunque después asintió. Su cuerpo estaba tenso, alerta, como si en cualquier momento tuviera que saltar. Y en contra de lo que pudiera ser, ella no veía aquello como una amenaza, sino como una salvación.
—Tú me enseñaste a sonreír— habló en un tono bajo y solemne. Sus ojos se conectaron y ella quedó hipnotizada— Toda mi vida estuve solo, odiado por los humanos y repudiado por los demonios. No tenía un lugar al que pudiera llamar hogar... ni alguien con el que pudiera estar. Sin embargo... tú... tú fuiste la razón por la que pude hacer amigos y confiar en ellos— y, entonces, cogiéndola totalmente desprevenida, sonrió.
Kagome jadeó, de pronto sin suficiente aire en los pulmones, y su corazón pareció explotar en millones de pedazos. No podía ser... InuYasha le estaba sonriendo. Sus labios se habían curvado, no en una amplia sonrisa, pero sí lo suficiente para que pudiera advertir uno de sus colmillos.
Y, por primera vez, no sintió ningún temor o recelo al verlo.
Aquella sonrisa parecía sincera, y si había algo de lo que estaba segura en aquella caótica laguna de su mente, es que InuYasha no era de mostrarse así ante las personas.
Solamente conmigo, susurró una vocecilla en su cabeza.
Sus ojos, en concordancia con la sonrisa, parecían gritarles por sí solos: "Vamos, ven, acércate. Ven a mi lado que no te dejaré marchar nunca. No te haré daño, puedes confiar en mi", le decían.
Y ella quería hacerlo.
—¡KAGOME!
Rompiendo la atmósfera del momento, el grito penetró en los oídos de la muchacha, la cual sobresaltándose, se levantó del lugar donde estaba. Su mirada estaba perdida, rehuyéndolo, y el color carmín coloreaba sus mejillas.
InuYasha gruñó algo obsceno por lo bajos. Había estado tan cerca... Ella, por un instante... había parecido tan... ella.
—¡Kagome!— lloriqueó la misma voz.
La mencionada se giró hacia donde provenía el sonido y apenas tuvo tiempo de abrir los ojos sorprendida antes de que Shippo se tirara a sus brazos. Su cuerpo se paralizó y su corazón olvidó algún que otro latido.
El pequeño demonio sollozaba con la cabeza escondida en el hueco de su cuello, aferrándose firmemente a ella.
—¿De verdad ibas a irte, Kagome?— le decía sin dejar de llorar— ¿Ibas a irte sin decirme nada? ¡No quiero que me dejes! ¡Tú eres mi amiga... no, mi madre! ¡Kagome, por favor, no te vayas! Si te vas a tú época... ¡no sé si volverás!
La sacerdotisa escuchaba sin saber que decir, sintiendo un profundo agujero en el pecho por el dolor que notaba en su voz, y su vista inexplicablemente buscó los ojos ambarinos que tan loca le traía. La encontró, y el semblante serio y sin emoción la llegó hasta lo más hondo.
—Recuérdame primero. Por favor, Kagome, recuérdame. Yo sé que Miroku y Sango dijeron que no debíamos presionarte, pero es que no puedo más. Me duele verte y no poder abrazarte cada vez que quiera, no dormir junto a ti, no reír como lo hacíamos antes... Yo te quiero, eres como una madre para mi. No podría estar sin ti. Te quiero, te quiero. ¡No te vayas, Kagome!
—Shippo...— musitó, y cuando se quiso dar cuenta lo estaba estrechando entre sus brazos.
No se dio cuenta de las lágrimas que se habían escapado de sus ojos y corrían libremente por el rostro. Ahora tan solo veía al niño que la abrazaba con desesperación, rogándole que no se marchara. Ahora tan solo veía la sonrisa de InuYasha, su mirada pidiéndole quedarse junto a ella.
Todavía no recordaba nada de lo que ellos le decían (tan solo esa extraña imagen del árbol), sin embargo no le importaba. Algo dentro de ella le gritaba que los creyera, que dejara de temerlos, que confiara en ellos.
Acarició los suaves rizos de Shippo, aún los dos llorando, y cuando su mirada se conectó con la de InuYasha captó un detalle diferente. Ahora no sonreía, pero tampoco hacía falta.
Como antes sus ojos hablaban por si solo: "Tú puedes, yo creo en ti. Recuérdanos, recuerdame. Intentalo, podrás conseguirlo. Mientras yo estaré todo el tiempo a tu lado, ayudándote. Estamos juntos en esto"
Y Kagome nunca se sintió tan querida como en aquel momento.
Dos cosas: 1. ¿No son adorable estos chicos? 3 ¿Donde puedo conseguir un InuYasha a domicilio? 2. ¡Ya he terminado de escribir la historia! Jejeje, tan solo queda ahora subirla, así que no os preocupéis, no os tiraréis muchos de los pelos (?)
Bueno, ¿qué os ha parecido? ¿No tenéis ganas de comeros a InuYasha a besos?
PD: Tan solo quedan dos capítulos más^^
