Moguris!
Capítulo VII
"'Moguris' se llama el juego"
Tras lidiar con preguntas incómodas de Irvine y Quistis, que incluyeron frases como "si se porta mal, usa una correa de ahorque" y "¿para cuándo la zoofilia con el perro faldero?", finalmente Seifer regresó y sólo tuve que aguantar miradas y muy poco disimulados comentarios con doble sentido.
-Ya vámonos de aquí.- ordené, sin mirar a Irvine y Quistis, aunque pude oír risas muy mal contenidas.
Seifer tuvo la gentileza de, por una vez en la vida, no ser un completo idiota y seguirme sin chistar.
Al alejarnos de la Cafetería, el rubio me retuvo con una mano por el hombro, así que lo miré. Él extendió su otro brazo y me dio mi mochila, que había olvidado totalmente.
-Gracias.- le dije, él no respondió, lo cual (si bien también agradecí internamente) me resultó extraño.
Al llegar al elevador, nos encontramos con un grupo de técnicos reparando esa trampa mortal, así que debimos retomar camino y dirigirnos a las escaleras. Las eternas escaleras. Miré a Seifer de reojo. Las sexys escaleras. Él me miró de mal modo. Las malhumoradas escaleras.
Así, con un ambiente tan poco simpático, nos encaminamos para aquel lado.
Permítanme sugerirles un pequeño ejercicio para comprender mis sensaciones: imaginen la fiesta más increíble de su vida, ¿listo? Pónganle un signo negativo delante. Ahí tienen lo que fue ése momento para mí.
Llegamos a la oficina de Squall con tanto fastidio que parecía chiste que yo formara parte del dueto. Ya ven, tal es el poder de Seifer Almasy.
Squall nos ofreció asiento y procedió a describir brevemente la misión.
-¿Eres tarado o te haces, Leonhart? No contestes, era retórica.- dijo el rubio, alzando la mano y y pasándosela por el cabello. Tanto Squally como yo soltamos un suspiro.
-Entiendo el escepticismo…- comenzó pasivamente el Comandante. -… pero si vuelves a insultarme, te comerás un puño, pendejo.- hubiera amado poder reírme abiertamente en ése momento, sin embargo, debo admitir que estaba del lado de Seifer.
Verán, lo que el Jardín pretendía era enviarnos a una misión de espionaje, lo cual era cuando menos una tontería; es decir, todo el maldito mundo nos conocía las caras y sabía de dónde veníamos y para quién trabajábamos. Enviar a un chocobo a cumplir la misma misión hubiera sido menos ridículo.
-¿Por qué nosotros, Squall? ¿No lo encuentras tú también algo…?- pregunté. Él dudó un momento y luego se pasó una mano por la nuca.
-Entiendo la desconfianza pero esto no es azaroso.- Almasy hizo una mueca que dejó saber a todas luces que no estaba de acuerdo. El castaño lo ignoró olímpicamente, aunque lo vi apoyar una mano tensa sobre su pesado pisapapeles. –Selphie, tú eres la única que puede instalar los dispositivos y encriptar los datos recopilados directamente en el lugar. No podemos usar ondas de radio porque tienen equipo para interceptarlas; deben ser infrarrojas y, como sabes, no tienen gran alcance de señal.- antes de que pudiera decir nada, puso dos aparatos sobre el escritorio, justo delante de mí: uno pequeño como un mosquito (no los mutantes, sino los otros) con las patas a modo de antenas, y un monitor con teclado integrado que cabía en la palma de una mano.
Debo admitir que me dio justo en el talón de Aquiles. Los tomé con cuidado y los revisé, procurando ignorar el casi invisible gesto de victoria de Squall. Era tecnología de punta, Diablo…
-Es lo más nuevo. Sé que tú le sacarás el jugo mejor que nadie y en menos tiempo.- y encima me llovían elogios por hacer algo que me encanta, ¿quién se resiste?
Entonces, el perro, digo, Seifer tosió sonoramente.
-Eso no explica por qué tengo que ir a que me reconozcan y me llenen de plomo, nene enamoradizo.- con la mirada desafiante, los brazos y piernas cruzados y el cuerpo cómodamente recostado en su silla, Seifer parecía completamente inaccesible. De más está decir que Squall Leonhart no se tira de cabeza a las cosas y las arregla sobre la marcha (esa soy yo), algo debía tener bajo la manga y yo no podía esperar para enterarme.
-Eres necesario para esta misión, Seifer.- es cuanto dijo el Comandante, enfrentando intensamente su mirada con la del otro. Y se hizo el silencio.
De repente y como si nadie más estuviera en la habitación, Seifer se levantó de su silla y salió por la puerta, sin siquiera molestarse en cerrarla.
Dudé sobre qué hacer hasta que Squall me dio un sobre con los detalles de la misión, una cajita con el aparato y su monitor, y dijo ceremoniosamente que podía retirarme. Así lo hice.
Comencé a bajar las escaleras mientras guardaba la caja en la seguridad del bolsillo interno de mi chaqueta y bajé varios peldaños con la mirada perdida. Una vez más me encontraba pensando qué carajos había pasado allí. De algo me estaba perdiendo, no cabía duda alguna.
Cuando llegué al segundo piso, Seifer estaba esperándome en el descanso. Lo miré y, sin dejarme emitir sonido, fue él quien habló primero.
-Ven.- ordenó, y enfiló hacia la puerta que daba paso a los pasillos de ése piso.
-¿Qué sucede? ¿A dónde estamos yendo?- pregunté mientras lo seguía, pero él no ofreció ninguna respuesta.
Para mi desgracia, pronto me enteré a qué sitio estaba dirigiéndose: el aula 306, es decir, el aula de detención.
-Cumplirás tus dos horas y harás otras dos para compensar la misión en la que participaremos mañana.-
-¿Es una broma?- solté, enfilando para largarme de allí. Él me tomó por el cabello, ¡sí, el cabello! –Argh, ¡suéltame, bruto!- le ordené en vano. Esto ya era rutina. Yo sostuve el extremo de la raíz para ahorrarme algo de dolor mientras maniobraba para que el sobre con los detalles de la susodicha misión no acabara en el suelo.
Él suspiró y se abalanzó sobre mí, levantándome encima de su hombro con sus manos y metiéndome dentro del cuarto. Algo así bien podría contar como secuestro, ¿dónde están los testigos cuando se los necesita?
Una vez dentro, cerró la puerta y le puso cerrojo, antes de finalmente dejarme bajar. En el proceso le di un merecido puntapié.
-Oye, mensajera, no soy un saco de arena. Casi dañas mercancía valiosa.- se quejó, sosteniéndose la pierna casi a la altura de la pelvis. Pervertido.
-El mundo no se hubiera perdido de nada.- dije, tras echar un total y absolutamente involuntario vistazo, y luego intentar dirigir mi mirada a cualquier lugar menos él. Era evidente que el muy puerco estaba sonriendo burlonamente hasta que su rostro quedó dividido en dos.
-¿Cómo puedes saber si no lo has probado?- preguntó, arrinconándome y obligándome a mirarlo. Traté de mantenerme seria y firme, pero sólo logré verme incómoda.
Él se apartó riendo y se sentó tras el escritorio. Sintiéndome expuesta, encaminé hacia el pupitre que había usado los días previos.
Rememoré los eventos del día y pensé que, si bien estamos hablando de un pendejo, arrogante, descarado y egoísta, quizás no era tanto de esto último. Es decir, tuvo la gentileza de acompañarme y ayudarme cuando me sentí mal, y la de cerrar la boca y estar de mi lado cuando realmente más lo necesité. Si bien por parte de una persona común tales actos no significan otra cosa más que ser un humano relativamente agradable, proviniendo de Seifer implicaban un sacrificio descomunal.
También estaba el misteriosísimo intercambio con Squall y la aparente aceptación del rubito de formar parte de la misión. Sin ir más lejos, momentos antes de sentarme, él claramente dijo que nosotros participaríamos en la misión.
Cielos, dije "nosotros" en referencia a él y yo, ¡válgame!
Ajem, como decía, ciertamente cumplimentaríamos la misión que Squall nos había asignado, pero eso sucedería más tarde, antes, bueno, continuaré con el relato en orden.
Mientras yo estaba hundida hasta el cuello de cavilaciones que no llegaban a nada, Seifer se había aproximado lentamente hacia donde yo me hallaba sentada. Me di cuenta de su cercanía cuando apoyó su mano en mi cabeza y comenzó a empujarla hacia abajo. Tuve que hacer fuerza con los brazos contra la mesa del pupitre para no quedar de cara contra la madera.
-¡Ya! ¡Para!- exclamé, y lo hizo. Creo que me sorprendió más eso que descubrir que hay hordas de monstruos creciendo en la Luna. -¿Qué sucede ahora?- pregunté, acomodándome el cabello y mirándolo con el entrecejo fruncido.
-Quiero leer esto.- respondió y extrajo el sobre de debajo de la mano que aún reposaba sobre la mesa. –Después de todo, el Niño Comandante no dio demasiados detalles.- ofreció mientras se encaminaba a su escritorio.
Eso me recordó el dispositivo que Squally me había dado para que yo encriptara los datos porque, ya ven, soy increíble.
Y el famoso aparatito también lo era: grababa sonido y vídeo de alta calidad y transmitía los datos directamente al pequeño monitor. Desde allí, podían encriptarse los datos y enviar la orden de camuflar (todavía más) el emisor. Le faltaba lanzar fuego y producir pasteles para ser perfecto.
-Oye, ven un momento.- me llamó el rubio, así que, eufórica y obnubilada por la tecnología que estaba en mis manos, simplemente me dejé llevar.
-¿Qué necesitas, Seify?- pregunté al acercarme a él, con un tono altamente relajado, mientras aún observaba el menú del monitor. Sentí su mano sostener mi codo suavemente, guiándome al lugar al que él me llamaba.
-Ven, siéntate; deberías leer esto.- afirmó, indicándome con un tironcito hacia abajo que tomara asiento.
Alcé la vista y observé el papel, recién entonces percibí su brazo abrazando mi cintura y noté que me había sentado en sus piernas.
-Eh… Seifer…- comencé, acalorada por la situación.
-Shh, tranquila. Sólo lee, niña.-
Les juro que traté, pero sólo logré releer ocho veces la misma oración sin poder retenerla. Cuando comencé a removerme incómodamente, llevó su mano a mi mejilla y giró levemente mi rostro para mirarme.
-En serio, me siento muy incómoda.- dije, con cara de circunstancia. Él asintió levemente, pero no me dejó ir.
-¿Por qué te pone así sentarte en mis piernas?- preguntó sencillamente.
Ese tipo de preguntas ciertamente me desconciertan. Es decir, uno sabe que ciertas situaciones causan ciertas sensaciones, pero es difícil explicar el porqué.
-No… sé qué responder a eso, honestamente, pero sí sé que me inquieta.- me permitió ponerme de pie, pero rápidamente me tomó por la muñeca y me acercó hacia él, dándome un pequeño beso en los labios. Me miró un momento y luego indicó el papel que estaba sobre el escritorio.
-Básicamente vamos a ir a Dollet a espiar a unos altos mandos de Galbadia. Ellos pueden, o no, enterarse que vamos. Nuestra coartada sería "mejorar mi imagen".- aquí suspiró con fastidio. –Tú serías mi escolta, ya que también va a ir un comisionado de Trabia, la directora del Jardín, asumo que la conoces.- dejó de mirarme aquí y yo apreté los labios.
Trabia es un tema delicado para él y para mí. Entiendo su posición y que él no "pulsó el botón", pero también sé que podría haberlo evitado. Y yo también. Si vamos al núcleo de la cuestión e hilamos fino, lo cierto es que también podría culpar a Zell por revelar, en vivo y para todo el mundo, que los tipos que intentaban secuestrar al presidente de la nación enemiga provenían de un jardín. En fin, son asuntos con capas de polvo encima; no busco culpables, ya no.
-Entiendo.- respondí, a falta de algo mejor. –¿Los de Galbadia van a estar hospedándose en el hotel, supongo?- él afirmó. –Vamos a tener que acceder a sus habitaciones, ya que hay que instalar a este pequeño donde podamos rastrearlo y recuperarlo.-
-Nosotros también nos quedaremos allí. También lo hará la directora de Trabia. Por lo que dice aquí, hay una especie de evento de algún tipo, no detalla demasiado.- pareció mostrarse ofuscado por esto último.
Apoyé mi mano en su cabeza y él alzó la vista. Luego me pellizcó el trasero, lo que me hizo saltar y soltar un chillido.
-¿¡Qué haces!?- exclamé, cubriéndome la zona herida.
-Ve a sentarte, tu castigo no ha terminado.- ordenó, y continuó leyendo el informe. Le tiré de un mechón de la nuca y arrebaté los papeles.
-Pervertido.- dije, y comencé a caminar a mi asiento, pero él se puso de pie y me sostuvo por la camisa. De un tirón, me acercó hacia él nuevamente, me rodeó hasta ponerse de frente y, como si nada, me tomó por la cintura y sentó en el escritorio, aproximándose amenazadoramente, y teniendo por única protección los papeles que aún sostenía entre mis manos.
-No, peque, esto es de pervertido.- antes de que pudiera abrir la boca, tomó el informe, lo arrojó a no sé dónde y, poniendo su mano en mi nuca, me besó bruscamente, apoyando su mano libre sobre la mesa e inclinando su cuerpo sobre el mío, hasta dejarme prácticamente recostada. Se detuvo de golpe. –Bueno, lo sería si te opusieras, de otra forma sólo soy un tipo pasándolo muy bien.- sonrió ladinamente y continuó trazando mi lengua con la suya. Demonios, besa tan bien…
En cierto momento, comencé a sentir cómo su mano rozaba mi muslo, pero estaba tan, digamos, "entusiasmada" por el besuqueo que ni me molesté en retenerlo. Cuando procedió a arrancar los botones de mi demacrada camisa, tuve que poner un alto a la cuestión.
-Se… Seifer…- traté de decir entre labio y labio. Creo que eso lo entusiasmo más, porque soltó una especie de gruñido y empezó a besarme el cuello. Para esta altura, sentía cosquilleos hasta en las uñas y el mundo empezó a importarme absolutamente un bledo…
Creo que todos sabemos cómo sigue la cuestión.
Bueno, como debería haber seguido.
-¿¡Qué carajo…!?- giré el rostro y Seifer sacó el suyo del espacio entre mi hombro y mi cuello, para encarar a, cielos…, a Zell. Un muy consternado Zell. –Q… Pe…-
Sorprendentemente, eso no fue lo más grave.
-Vamos, entra que no hay nadie, ¿qué sucede? ¿Vamos a hacerlo o…?- Viento estaba deshaciendo el cierre de su abrigo mientras entraba, con ojos sólo para mi amigo, y se le aproximaba de manera muy segura. Eso, claro, hasta que desvió la mirada hacia donde él fijaba la propia. -¿Seifer?-
Hubo un silencio.
-Hola, Viento.-
-¿Van a tardar mucho tiempo?-
-Me insultas.- comprobó su reloj. –Unas tres horas más.- Zell abrió la boca como una foca mutante. La pelialba soltó un silbido.
-De acuerdo, vamos, Zell.- dijo sencillamente y lo tomó por la muñeca.
-Pe… pero…- el ojo rojo de la chica se enfocó en él, mientras sus tiernas pupilas celestes trataban de comprender la escena que conformábamos Seifer y yo. Ella suspiró, pegó su cuerpo al de él, le mordió (sí, mordió) el lóbulo y también efectuó un… tocamiento algo subido de tono. –Bueno, sí, vamos.- contestó él sencilla y alegremente, dando media vuelta y saliendo por la puerta, tomando la mano pálida de ella.
Esto nos dejó a Seifer y a mí para mirarnos, ya con el humor destruido… O, al menos, yo sí estaba turbada con la situación, especialmente al volver a tener la cabeza fría tan de golpe.
Entonces me vi a mí misma: tenía la falda levantada, la camisa abierta, los labios que me latían y un rubor que hasta yo lo percibía.
-Seifer…- comencé, dispuesta a ponerle un freno a la situación, pero él sólo me dio un besito y me ayudó a sentarme, luego se me quedó mirando. -¿Qué sucede?- pregunté, acomodándome a ciegas el cabello y la ropa.
-Creo que rompí un botón.- cuando bajé la mirada, me agarró un seno, lo cual hizo que me sobresaltara. –Te hice ver.- dijo burlonamente, le di un manotazo ofendido.
-Pervertido.-
-No si te gusto… gusta.- corrigió rápidamente. Era mi turno de sonreír.
Hay una frase muy conocida que dice "si no puedes vencerlos, confúndelos". Pues bien, aprovechando el pequeño bochorno del caballero, hice mi mejor actuación de niña buena (dulce, inocente y sonriente) y encaminé a tomar mi mochila e ir a mi habitación.
-Para el carro.- tragué saliva, sosteniendo la rienda de mi bolso de moguri. Giré lentamente, manteniendo la sonrisa.
-¿Qué sucede, Seify?- pregunté. Él me miró seriamente, incluso diría con cierta incredulidad. Fue trabajoso pero logré mantener imperturbable mi buen gesto. Incluso subí la apuesta e incliné la cabeza a un lado.
-No sé dónde fue a parar la orden de la misión.- confesó. El silencio posterior fue… vaya. Había olvidado totalmente la misión. Tuve el recaudo de palmear mi chaqueta y comprobar que la caja había regresado a mi bolsillo, donde la había colocado inconscientemente cuando estaba obnubilada y sentada en sus piernas.
-Te… ayudaré a buscar.- respondí, parpadeando incrédula. No podía ser muy difícil de hallar (era un atado de papeles grande y que, sin dudas, resaltaría en ese suelo), pero mientras más tiempo pasara en esa habitación, más factible era que Seifer recordara que quería hacerme cumplir el condenado castigo del día. Y dos horas extra para compensar el día siguiente, claro.
Así, él asintió y se giró a buscar por un lado y yo me encargué del otro.
-Aquí está.- lo oí decir poco después, y lo alzó triunfante por encima de su hombro, para luego guardarlo dentro del sobre, el cual estaba bien ubicado sobre el escritorio. Le sonreí y él me devolvió el gesto. -¿Quieres leerlo? Yo ya lo hice.- asentí y me acerqué, mirándolo con ojos brillantes y alegres. Me entregó el sobre y, antes de soltarlo, aclaró algo. –Quizás te la pida en la noche para repasarla antes de mañana, ¿no tienes inconvenientes con eso?- negué entusiasmada, preguntándome si, finalmente, se había roto la coraza egoísta y bravucona que rodeaba a Seifer Almasy. –Excelente.- concluyó, con una sonrisa de lado e inclinó su rostro hacia el mío. Entrecerré los ojos con anticipación, mi corazón andaba a dos mil latidos por segundo. –Ahora ve a sentarte, mensajera, todavía tienes dos horas y cuarenta y ocho minutos de detención que cumplir.-
Ese. Condenado. Perro. Faldero.
-De acuerdo.- dije. Él giró con aire satisfecho. Yo, en mi eterna paciencia y sabiduría, le di un puntapié en el trasero. Dos pueden jugar este juego.
Nota: para aquellos que preguntan, sí, voy a continuar (y, eventualmente, terminar) 'Moguris!'. Eso sí, van a ser capítulos muy espaciados, ya que no cuento con mucho tiempo para escribir.
Disculpen la demora y espero que lo disfruten.
Exodya.-
