N/A: Este capi me ha salido un poco más largo, aunque no creo que vaya a recibir quejas por eso ;) Espero que os guste. Respuesta a comentarios al final. ¡Feliz domingo!

Capítulo 7

Cuando Draco se despertó al día siguiente eran casi las diez de la mañana. Había sentido entre sueños cómo Harry se levantaba y se marchaba a trabajar muy temprano. Su beso en la mejilla, su caricia en el pelo y la voz alegre que le regalaba aquel informe en el interior de su túnica, diciéndole que le vería a la hora de la cena.

Se habían quedado redactándolo hasta tarde. Cuando lo habían terminado, Harry parecía haberse quitado diez años de encima y Draco se sentía muy, muy cansado. Todo lo que habían hecho al llegar a la cama, había sido abrazarse y quedarse dormidos. Harry antes que Draco.

Esa noche cenarían juntos, por deseo expreso de Harry hablarían de nuevo, y Draco solo esperaba que las cosas fuesen más relajadas y les dejasen con energías para reconciliarse por completo. Necesitaba acercarse a Harry de esa otra forma más primaria, menos complicada. Ver si así conseguía sacudirse ese frío que aún sentía recorriéndole las venas.

Pero antes tenía cosas que hacer. Había quedado con Blaise para comer en Los Tres Dragones. Ni siquiera tendría que pisar la calle para llegar hasta él, cruzaría a través de la red flú hasta la casa de Blaise y se aparecerían juntos en el local. Era una de las ventajas de haber hecho la reserva más cara.

Draco se levantó y fue al baño. La ducha, con agua más caliente de lo habitual, le sentó bien. Antes de ir al vestidor a elegir su ropa, cogió su varita para secarse el pelo con un hechizo, pero se detuvo en el último momento. Con su magia descontrolada, no podía arriesgar ningún hechizo sobre sí mismo. Draco dirigió la varita al espejo empañado del baño y pronunció el hechizo. En lugar de secarse, el espejo se resquebrajó de esquina a esquina y de un lado a otro hasta estallar en pequeños pedazos.

La varita se escurrió de sus dedos hacia el lavabo. Era tan inservible en sus manos como un palo de madera en manos de un niño. Quizá ése era el problema. El hechizo se había sentido bien en su muñeca, en los dedos de su mano. Era la varita la que no funcionaba. Tendría que buscarse una nueva. No sabía si, a tenor de las noticias en los periódicos, acudir a Ollivanders sería una buena idea. Pero él no era el único fabricante de varitas, había varios a lo largo y ancho de Europa. Encontraría la adecuada y canalizaría su magia de forma correcta.

De repente, la idea de salir de casa sin una varita útil se le hizo insoportable. Estuvo tentado a cancelar la comida con Blaise y a quedarse en la mansión hasta que llegase Harry. Pero necesitaba a Blaise, había un motivo crucial que le había llevado a invitarle. Si se echaba atrás ahora, la paciencia que su amigo había demostrado en todo ese asunto acabaría agotándose.

Draco se aferró su determinación y se dirigió al vestidor. Había seleccionado ya la ropa que iba a ponerse cuando la sintió. Fue una oleada cálida, un impulso que le erizó la piel e hizo vibrar a su magia. Como si unos hilos invisibles le hubiesen rodeado y tirasen de él hacia el fondo del armario, Draco caminó hacia allí, hasta estar justo delante del compartimento que había sellado casi un año antes. Estaba abierto.

El bastón flotaba en el aire y vibraba a un ritmo muy parecido a la sangre en las venas de Draco. Los ojos color esmeralda de la serpiente resplandecieron en las sombras del armario. De repente, Draco tenía el bastón en la mano sin saber muy bien cómo había sucedido. Esos mismos hilos invisibles tiraban de su mano, la guiaban al mango del bastón: la cabeza lisa de la serpiente, sus fauces abiertas, los colmillos puntiagudos y más abajo ese cuello áspero, con esas púas en relieve. Draco lo apretó y sintió cómo se clavaban en la palma de su mano, sin llegar a abrir su piel.

Y de repente, con un ligero clic, el bastón se abrió.

Lo había visto antes. Lucius había incrustado su varita en el cuello de la serpiente y la había convertido en su empuñadura. A Draco le había parecido un detalle más de la apariencia siempre distinguida de su padre. Pero cuando Voldemort había pasado a ser huésped de Malfoy Manor, Lucius había dejado de usar el bastón, recuperando su varita. Hasta que Voldemort se la arrebató.

Sin embargo, en el interior del bastón había una varita. Una que Draco no reconoció cuando tiró de la cabeza de la serpiente y la sacó a la luz. La madera era oscura, sus líneas irregulares, y había varios nudos a lo largo de su longitud. Pero nada de eso era relevante. Lo que de verdad importaba era que la magia de Draco pulsaba de manera muy distinta. Peleaba por fluir hacia esa varita como si siempre le hubiese pertenecido, y Draco supo con toda claridad que no fallaría ni un solo hechizo si lo pronunciase con ella. Eso que sentía recorriendo todo su brazo hacia el hombro y cosquilleándole en la nuca jamás lo había sentido con ninguna de las suyas.

Entonces sintió de nuevo esa sensación de la marca moviéndose en su antebrazo. Por unos segundos, se quedó paralizado. Y, aunque estaba desnudo salvo la toalla alrededor de su cintura, Draco no se atrevió a comprobar si la sensación era real o no. Volvió a guardar la varita dentro del bastón, encajó el cuello de la serpiente y la guardó en el compartimento. Por suerte, no necesitaba hacer magia para cerrarlo. Con empujar levemente la tapa de madera, ésta se movió hasta sellar de nuevo el hueco.

Draco agarró la ropa que había dejado caer al suelo y salió del vestidor.


Harry entregó el informe a Kingsley en primer lugar. Esperó pacientemente a que el Ministro leyese su contenido, mientras él mismo iba recordando lo que había escrito con Draco la pasada noche. Cómo Lucius Malfoy había aparecido en los últimos instantes de agonía de su hijo y había echado a todo el mundo de la habitación, quedándose solo él en el interior. Cómo había sellado la puerta con una llave de sangre que sólo él o su heredero habrían podido abrir. Cómo se había esfumado después de hacer lo que hubiese hecho allí dentro, permitiéndoles el acceso a la habitación otra vez. Cómo Harry se había encontrado los restos de toda aquella magia negra y a Draco volviendo a la vida poco a poco, pero sin estar consciente todavía. Y cómo los aurores habían llegado justo en ese momento. Debajo de todas esas explicaciones estaba el permiso explícito de Draco para revisar esa habitación si el Ministerio lo consideraba oportuno. Era el golpe de efecto final. Draco haría la llave de sangre si los aurores decidían aceptar su ofrecimiento. Aseguraba que ningún inefable sería capaz de distinguir qué Malfoy lo había hecho ni en qué momento. Y Harry le creía.

Harry le creía aunque acabaran de redactar juntos la primera mentira que iba a presentar firmada de su puño y letra como Jefe de Aurores. No le había temblado la mano al estampar su firma. Y no porque fuese una mentira piadosa, o porque fuese a relajar la presión que existía sobre él en el Ministerio, sino porque era una mentira justa.

Shacklebolt acabó de leer y sonrió satisfecho. Las últimas líneas, el golpe de efecto final, aún bailándole en los ojos.

—Bien hecho, Harry. Si quieres, me encargaré de hacérselo llegar a Croaker.

Se refería a Eloise Croaker, Directora del Departamento de Misterios y quien había azuzado a los inefables tras Harry todo este tiempo. Harry negó con la cabeza.

—Si no te importa, prefiero hacerlo yo mismo.

—Como quieras.

Diez minutos después, Harry caminaba con confianza hacia el Departamento de Misterios. Se sentía diferente y también lo eran las miradas que recibía. Después de dos semanas de horror, todo parecía volver a su sitio. Las baldosas y paredes oscuras le llevaron por un momento a quinto curso, a su incursión en la Sala de Profecías con parte del Ejército de Dumbledore. Con sus amigos.

El recuerdo no duró mucho, porque en cuanto estuvo en el hall circular, sus memorias se volvieron más recientes. Su visita a la Sala de la Muerte y el robo de la Espada de Gryffindor. El recuerdo de sus padres… Dos inefables se aparecieron junto a él antes de que pudiese concentrarse en la puerta que deseaba.

—Jefe Potter, ¿en qué podemos ayudarle?

—He venido a ver a la Directora Croaker.

—La Directora Croaker en este momento está...

Harry cortó la excusa mostrándoles el pergamino en su mano.

—Dudo mucho que después de su empeño en obtener esto de mí, no tenga cinco minutos para que pueda entregárselo.

Los dos inefables compartieron una breve mirada y fue la chica la que le contestó.

—Acompáñenos, por favor.

Le condujeron al despacho de Croaker que, como Harry sospechaba, no estaba excesivamente ocupada.

—Jefe Potter…

—Directora Croaker… Vengo a entregarle el informe que me requirió con tanta insistencia.

Harry dejó el pergamino sobre la mesa y Eloise lo cogió de inmediato.

—Se lo agradezco, era algo ciertamente necesario.

—Debía de serlo si ni siquiera ha respetado un momento personal tan delicado para mí, cuando sabe que jamás he descuidado ninguna de mis responsabilidades.

—Entienda, este caso en concreto…

—Cuando digo jamás, señora Croaker, es jamás — la interrumpió Harry con voz firme — Solo pedí un poco de tiempo, que todos me concedieron menos usted.

—Hay una investigación en curso, Jefe Potter.

—De la cual, si hubiese tenido datos relevantes los habría ofrecido de inmediato, ¿no le parece? No soy tan estúpido.

Aunque la Directora le mantuvo la mirada, no llegó a contestarle esta vez. El rubor no pudo asomarse al potente colorete de sus mejillas, pero Harry supo que estaba ahí.

—Ahora que ya tiene lo que quería, espero que los inefables dejen de rondar la Oficina de Aurores. Y de rondarme a mí.

—Los inefables hacen su trabajo, señor Potter.

—Y los aurores el suyo, pero en departamentos separados. Si desea nuestra colaboración, pídamela de manera formal.

La mandíbula de la mujer se tensó. Seguramente tenía muchas cosas desagradables que decirle pero decidió no compartirlas.

—Así lo haré. Ahora le ruego que se marche — dijo con voz tensa.

—Que tenga un buen día — fue la respuesta de Harry antes de abandonar el despacho.


Draco cruzó la red flú hasta la casa de Blaise a mediodía. Desde allí se aparecieron juntos en Los Tres Dragones y, por primera vez, en su nueva área exclusiva para clientes de oro llamada Incantatium. No solo permitía la aparición directa en su interior, sino completa discreción a todos los niveles. Draco había reservado mesa con una pequeña zona de relax, pero sabía que también había comedores enteros o incluso dormitorios. El resto de los clientes ni sabía que existía. Incantatium era el lugar perfecto para llevar una doble vida sin que nadie se enterase.

Al ser Blaise el que les había aparecido y no él, Draco no sintió ninguna alteración en su magia. Soltó el brazo de Blaise dejando una caricia en la carísima tela de su manga.

—Excelente túnica. Te sienta bien – le dijo.

—La tuya tampoco está mal.

—Gracias.

Mantuvieron esa conversación ligera mientras el encargado de Incantatium les daba la bienvenida y les recordaba que cualquier cosa que deseasen aparecería en la habitación con que solo lo ordenaran y sin que nadie les interrumpiese. Pronto estuvieron solos.

—Te digo una cosa Draco, me hubiese ahorrado algún problema sentimental en el pasado si hubiese tenido este sitio a mano.

Draco resopló divertido. La botella de vino se alzó en el aire y se inclinó sobre su copa, luego le apuntó sin dirigirse a la copa de Blaise.

—Supongo que quiere que lo cates — dijo Blaise.

—Eso parece.

Draco cató el vino y, cuando dio su aprobación, la botella sirvió también a Blaise.

—¿Desde cuándo llevas el mando de esta relación, cariño? — bromeó Blaise, guiñándole el ojo.

—Desde que el cliente de oro soy yo y no tú, imagino.

—Eso va a cambiar antes de que salgamos de aquí.

—Lo suponía — admitió Draco. Blaise no era aún tan rico como él, pero desde que tenía el monopolio absoluto de las pociones legales su fortuna crecía exponencialmente a cada minuto — Al menos aquí no me miran como si fuese un apestado.

El tono de la conversación había cambiado por completo. Blaise se había quedado serio de repente y eso era justo lo que Draco pretendía.

—Dudo que gente con tan buen gusto lea El Profeta y mucho menos el otro panfleto de Lovegood — dijo Blaise, en un último intento por quitarle hierro al asunto. El primer plato del menú que habían pedido apareció sobre sus platos.

—No pienso dejar que machaquen el apellido de la familia otra vez — aseguró Draco.

—¿Qué planes tienes?

Draco le observó durante unos segundos. Había dejado los cubiertos en su plato y Blaise, al darse cuenta, hizo lo mismo para mirarle. No apartó su mirada en ningún momento, intuyendo que ésa era una especie de prueba. Enseguida sintió la incómoda sensación de la legeremancia en su mente. Cuando Draco asintió para sí mismo, Blaise supo que la había superado.

—¿Puedes conjurar un hechizo de confidencialidad sobre la habitación?

—¿Uno más? La habitación está blindada, Draco.

—No me fío del todo. Uno más.

—De acuerdo.

Blaise sacó su varita del interior de la túnica y su magia se extendió por el suelo y las paredes hasta envolverles en su hechizo. No había necesitado pronunciarlo verbalmente y Draco, que no había sido capaz ni de secar su propio pelo, sintió una ligera envidia.

—Ya sé dónde está mi padre — dijo mientras volvía a coger los cubiertos.

—¿Se ha puesto en contacto contigo?

—Con mi madre. Ella me ha pasado el mensaje, quiero ir a verle cuanto antes y para eso necesito tu ayuda.

—Cuenta conmigo, Draco. Para lo que sea.

—Necesito que me acompañes a Turquía. Cuando sepas qué fechas son más convenientes para ti podemos…

—Cualquiera. No me importa, tú solo dime cuándo e iremos.

Draco esbozó una pequeña sonrisa.

—Gracias.

—No me des las gracias — Blaise cogió su copa y bebió del vino, era francés y dejaba un gusto en el paladar exquisito — Yo también quiero pedirte algo.

Los hombros de Draco se tensaron un poco. Pero asintió de todas formas.

—Quiero saber qué ocurrió, qué te llevó a casi morir.

—No recuerdo muy bien qué paso… — comenzó a decir Draco, pero el suspiro de Blaise le hizo callar.

—Vamos, Draco, si no quieres contármelo me aguantaré, pero deja de mentirme.

—Blaise…

—No soy tonto. Has levantado tus barreras de oclumancia en cuanto te lo he preguntado, aunque sabes que soy un negado leyendo mentes ajenas.

—No eres tan negado.

—No me cambies de tema. Estoy dispuesto a ayudarte en todo lo que me pidas, solo quiero un poco de sinceridad, Draco.

Tras una pequeña lucha interna reflejada en su ceño fruncido, Draco volvió a mirarle.

—Lo recuerdo todo, pero mi padre se ha convertido en un prófugo para salvarme la vida y él es el primero que merece escuchar por qué.

—Bien, eso lo comprendo. Si no puedes contarme algo todavía, no puedes. Solo sé sincero conmigo, es lo único que te pido.

—De acuerdo.

—Bien. Yo sí quiero contarte algo. Draco… yo envié a tu padre a ver a Farrington — antes de que Draco comenzase a protestar, Blaise alzó sus manos — Quizá no de palabra pero cuando le conté que yo había visitado a esa escoria, que sabía que él podía tener la solución…

—Espera, ¿tú visitaste a Farrington?

—Sí, antes que tu padre. Estaba desesperado. Y si alguien sabía de pociones ilegales era él.

—¿Aun sabiendo que estaba deseando obtener tu cabeza?

—Preparé un traslador por si las cosas se ponían muy feas…

—Fue una locura, pusiste tu vida en peligro. Pudiste morir, Blaise.

—Lo sé. Y además para no conseguir nada. Pero se lo conté a Lucius y él hizo lo que yo no tuve el coraje de hacer.

Draco volvía a estudiarle. A Blaise le costó más mirarle esta vez. Desvió enseguida su mirada a la mano de Draco que cogió la suya.

—Si te sientes culpable de lo que le ha pasado a mi padre, también tienes la culpa de que yo esté vivo ahora mismo.

Blaise esbozó una sonrisa.

—Ésa es una culpa que puedo asumir perfectamente.

—Bien, porque mi padre habría hecho cualquier cosa por salvarme y, cuando ya no quedaba esperanza, tú le diste una alternativa. El único culpable soy yo, porque Lucius lo hizo todo por mí, por la situación en la que yo mismo me metí.

—Eres su hijo, Draco… — contestó Blaise tratando de aligerar esa culpa.

—Y él es mi padre y también pienso ayudarle.

—Y yo haré lo que me pidas.

Draco apretó su mano con cariño y luego la dejó ir. Con voz mucho más tranquila, mandó retirar el primer plato para que apareciese el segundo.

—Y Blaise, la próxima vez que quieras hacerte el suicida, procura que no sea en mi nombre.

Blaise aceptó la pulla con una carcajada. El aroma del segundo plato inundó la habitación. Era su favorito.


Cuando Harry llegó a Malfoy Manor se sintió por primera vez en semanas volviendo a casa. Entregar el informe en el Ministerio le había facilitado mucho las cosas. Estaba relajado y en control de la situación otra vez, con toda la entereza necesaria para apoyar a Draco.

Le encontró en el salón donde solían cenar. Uno que daba a los jardines y que siempre había sido de los más acogedores, pero que esa noche, con el atardecer filtrándose por los ventanales, las velas encendidas y con Draco vistiendo una de sus túnicas de gala, era aún más impresionante. Harry se acercó a él y le rodeó la cintura. Draco estaba especialmente guapo y Harry sintió el deseo despertar en su interior, después de tantos días sepultado por el estrés y las preocupaciones. Era demasiado intenso como para no buscar al menos un beso. No como los de la noche anterior, ahogados en lágrimas y en cansancio. Un beso de los que anunciaban otras muchas cosas. Draco se dejó llevar en él, hasta que se apartó de Harry con suavidad, sonriendo.

—La cena primero.

—De acuerdo, aunque vestido así me lo estás poniendo difícil — contestó Harry, quitándose la túnica de auror y sentándose a la mesa en camisa y pantalones — ¿Celebramos algo?

—Sí, que los dos seguimos aquí.

Harry no podría encontrar una razón mejor. Draco se sentó frente a él sin quitarse la túnica, y Harry, que ya le conocía, supo que no llevaba nada debajo. Esa cena iba a hacérsele eterna. Cogió su copa de vino y la levantó entre ellos.

—Por nosotros.

Draco esbozó una sonrisa y alzó su copa frente a la suya pero sin llegar a chocarla, algo que siempre había considerado cosa de muggles.

—Por nosotros.

Los elfos hicieron aparecer varias bandejas con platos distintos sobre la mesa y Draco les dijo que podían retirarse. Luego dirigió su atención a Harry.

—¿Qué tal en el Ministerio? ¿Les ha bastado el informe?

—Sí, el propio Kingsley está satisfecho.

—¿Crees que vendrán a inspeccionar la habitación?

—Podría ser, pero tengo la impresión de que no.

—Mejor.

Harry asintió. Croaker no le tendría mucha estima en estos momentos, pero por insoportable que fuese no era tonta. A esas alturas tenía que saber que si Draco ofrecía la posibilidad de una inspección era porque no iban a encontrar nada en absoluto.

—¿Qué tal tu día? ¿Te sientes mejor? — preguntó Harry.

—Sí, estoy bien.

—¿Y tu magia?

—Creo que está empezando a recuperarse.

—Eso es estupendo, Draco — dijo Harry, y con su mano libre acarició la de Draco — ¿Has pensado en qué vas a hacer cuando te sientas del todo bien?

—Si lo que quieres saber es si voy a volver a mi trabajo en el Ministerio, sí lo voy a hacer.

—¿En serio? No estaba seguro de que quisieras volver.

—Lo he estado pensando y no puedo cambiar lo que mi padre hizo. Tampoco puedo evitar que tú hagas tu trabajo. Pero al menos conseguiré que no arrastren el apellido Malfoy por el fango. Quiero volver, hacer un comunicado y seguir consiguiendo cosas que tengan que sacar en primera plana. Es lo menos que puedo hacer por la familia. Sobre todo por Scorpius.

Harry no podía estar más de acuerdo. Esa distancia con su padre sería beneficiosa para todos. No se lo había esperado y en ese momento se sentía muy orgulloso de Draco. Le pareció un momento oportuno para hablar de la única cosa que aún no había compartido con él.

—Hablando de Scorpius…

—¿Qué sucede con él?

Harry volvió a acariciar la mano de Draco que aún no había soltado.

—Es algo que descubrí mientras tú estabas inconsciente. La verdad es que no sé cómo decirte esto…

—Harry, no me pongas más nervioso. Dilo y ya.

—Vale, Scorpius y James están juntos.

Draco se enderezó en la silla y sus ojos se agrandaron.

—Scorpius y… ¿James?

—Sí. James vino aquí cuando Scorpius lo estaba pasando peor. Los vi abrazándose. No era algo evidente pero el cuidado con el que James trataba a tu hijo… He hablado con él y se hizo un poco el duro, dijo que no creía que fuese a durar y esas cosas. Pero el caso es que eso que hay entre ellos ha durado casi un año.

— ¿Scorpius y James? — repitió Draco como si no le hubiese escuchado. Harry soltó su mano.

—No me digas que vas a enfadarte.

—¿Enfadarme? No… No. Es solo que siempre creí que, si eso acababa pasando, sería con Albus.

—Albus ni siquiera lo sabe. James me ha pedido que no les diga nada a sus hermanos hasta que él decida contárselo. Y no sé lo que piensas hacer pero yo creo que no deberíamos interferir. James está sacando buenas notas y sé que Scorpius también. Están juntos porque quieren y si se lo ponemos difícil quizá provoquemos justo lo contrario.

—Harry, no voy a hacer nada. Hablaré con Scorpius, claro, no quiero que piense que no puede contarme esas cosas. Pero siempre le he dejado tomar sus propias decisiones, confío en él. Solo estoy sorprendido.

—Ya, dímelo a mí.

—¿Qué va a hacer James al acabar Hogwarts?

—Quiere irse a trabajar a Gringotts con su primo Bill.

—¿No quiere ser auror? Siempre he pensado que seguiría tus pasos.

—El que quiere ser auror es Albus. Yo ya hace años que he dejado de presuponer cosas sobre mis hijos.

Draco esbozó una sonrisa mientras removía la comida en su plato. No había comido casi nada, mientras Harry había ido devorando un poco de cada bandeja entre palabra y palabra.

—Me alegra que te parezca bien — añadió Harry, intentando conseguir una confirmación en firme por parte de Draco.

—No estoy en una posición moral deseable para decirle a mi hijo que no se involucre con un Potter.

Había un tono juguetón en sus palabras. También en la mirada que le dedicó desde el otro lado de la mesa. Era otra parte de Draco que estaba de vuelta y que hizo que a Harry le temblasen las rodillas.

—¿Ya has terminado de cenar?

—Sí. Voy a decirles que traigan el postre.

—A no ser que tú quieras, por mí no lo pidas — dijo Harry, levantándose de su silla — No te muevas de ahí.

Harry rodeó la mesa hasta llegar hasta Draco. Hizo que echase la silla hacia atrás un poco para ganar sitio y poder sentarse a horcajadas sobre sus piernas. Harry le acarició el pelo y la nuca, y los ojos de Draco brillaron de esa manera que Harry conocía tan bien, justo antes de besarle. Al beso se unieron las caricias de sus manos y el movimiento ondulante de su cadera sobre el regazo de Draco. Cuando desabrochó los primeros botones de su túnica supo que su teoría era cierta, Draco no llevaba nada debajo.

La piel blanca, sin rastros de aquellos trazos negros, estuvo a punto de recordarle toda aquella angustia que habían sufrido, pero un pequeño mordisco de Draco en su cuello le devolvió de nuevo al deseo palpitante que tenían entre manos.

—Habitación — consiguió decir Draco entre los labios de Harry, al mismo tiempo que agarraba su culo y le empujaba contra él. Y Harry les apareció justo allí, cayendo enredados sobre el colchón de su cama.

—La ropa… fuera… — volvió a decir Draco mientras mordisqueaba su oreja, y Harry agradeció que para algunos hechizos ya no necesitase su varita. La había dejado en el salón junto a su túnica. Se concentró en el hechizo y no pudo evitar gemir al primer roce de piel contra piel.

—Merlín, Draco… Esto va a ser vergonzosamente rápido.

—No importa, no importa Harry…

No parecía importar cuando Draco se restregaba contra él como si quisiese correrse solo con eso. Pero para Harry no era suficiente. Sería rápido, pero él tenía muy claro lo que quería y lo que necesitaba volver a sentir cuanto antes.

Por suerte, la varita de Draco estaba sobre la mesilla. Harry estiró el brazo para cogerla y pronunciar con ella un hechizo de limpieza y otro de lubricación. Y después entró en Draco con un cuidado que Draco se encargó de anular empujándose contra él hasta acogerle por completo.

Ambos gimieron a la vez.

Harry aprovechó esos escasos segundos de adaptación e inmovilidad de sus cuerpos para acariciar la mejilla de Draco y besarle de una forma que resumiese todo lo que estaba sintiendo. Draco abrió los ojos tras el beso y esbozó una sonrisa aturdida, llena de emoción.

—Muévete, Harry. Vamos… —dijo, alzando las caderas desde el colchón. Y fue todo lo que hizo falta para que la pasión que había entrado en pausa se desatase de nuevo.

Apenas unas embestidas después, Harry se corrió en el interior de Draco y éste le siguió casi de inmediato, clavando los dientes en su hombro. Luego se quedaron desmadejados el uno sobre el otro.

Harry sentía el sudor enfriándose sobre su piel y el semen resecándose entre sus cuerpos. Tenía que moverse y probablemente dejar respirar a Draco, pero sintiéndose de nuevo un adolescente idiota, estaba quedándose dormido sin remedio.

El tintineo de la magia fue una bendición. Sus cuerpos, las sábanas que se movieron hasta cubrirles, incluso el aire de la habitación, eran limpios y frescos. Harry suspiró acunado por esa magia que sabía que era la de Draco, otra vez estable y poderosa. Se sintió feliz de que las cosas volviesen a ser como antes. Sonrió cuando recibió un beso en el pelo y cerró los ojos, murmurando un yo también cuando escuchó el te quiero.

Y ya estaba dormido cuando Draco devolvió la varita que acababa de usar al mismo sitio discreto bajo la cama, teniendo cuidado de esconder bien la cabeza de serpiente.

Continuará...


María: Aquí más. Uy, secretos aún nos quedan unos cuantos... Paciencia ^^ ¡Gracias por leer y comentar!

Murtilla: Ésa pregunta que me haces es la clave del fic y no puedo contártela... Todavía ;) ¡Gracias por leer y comentar!

Dan: El amor XD Aquí hay un poco más de eso. La pareja de irlandeses me parece genial y les escogí los nombres con mucho cariño. Me alegra que si no te gusta el Ron/Hermione, al menos aquí te convenzan. A mí sí me gusta escribirlos y son un gran apoyo para Harry. Yo también quiero a Draco, pero tienes razón, ser Harry ahora mismo es difícil. ¡Muchas gracias por leer y comentar!

Yuuki: ¡Bienvenida a Profanadores! Gracias por decirme que estabas por aquí y encantada de tenerte como lectora. Además me encantan los comentarios largos. Eres de las pocas que está de parte de Draco a estas alturas de fic. Lo que comentas es interesante, si Harry está o no preparado para una relación con una persona como Draco. Pero es verdad que Draco se mostró muy diferente hasta ahora, Harry no tenía motivos para pensar que las cosas iban a ponerse así. Pero todo tiene una razón de ser ;) Lucius y Blaise son dos de mis debilidades, me alegra que te gusten. Actualizo cada domingo, así que ¡nos leemos!