Nota del autor:

Y sigo con mi condena… dios esto es insoportable…. (el autor vuelve a tocar su armónica, mientras usa un overol naranja de prisionero).

Para variar un poco la narración, pondremos algo de Lux/Liech, con mucha diabetes garantizada.

La narrativa de esta historia parte de diferentes arcos argumentales que surgieron de las historias que precedieron a esta, citando a todas y cada una de las naciones que aparecieron durante las mismas en situaciones distintas que están correlacionadas entre sí por la razón antes expuesta. Obviamente seguiré con el arco argumental principal, pero incluiré algunos capítulos especiales de las parejas citadas en ambas historias, intercalando estas historias cada dos o tres capítulos.

Nota para el lector novato:

El contexto original de este capítulo gira en torno al capítulo 9 de la gran boda 1.

Advertencia médica:

El siguiente capítulo contiene escenas en extremo dulces. Leerlo puede causar subidones de azúcar, crisis diabéticas o en el peor de los casos hiperglicemia crónica o diabetes repentina. Léalo bajo su propia responsabilidad.

Capítulo 7: lo difícil de una cita supervisada.

Lausana, un día lindo de primavera…

Alois Becquerel, representación del gran ducado de Luxemburgo visitaba en ese momento una casa a las riberas de un lago, en las cercanías de una de las zonas más exclusivas de la ciudad helvética. La casa se alzaba pintoresca y magnífica, con los Alpes de fondo, y el lago Leman mostrando su esplendor matinal. Usaba un traje rigurosamente formal, una corbata de color negro, abrigo de chaqué color marrón oscuro, camisa de fondo color beige, pantalones de corte recto de color oscuro y mocasines de cuero lustrosos y brillantes. Se había acicalado y puesto gel en su rebelde cabello, peinándolo lo mejor que pudo de forma pulcra, y había seleccionado con el mejor cuidado del mundo las rosas del ramo que llevaba entre sus manos.

Tanto rigor para una cita es agobiante, pero ya se está acostumbrando.

Toca el timbre una vez. No puede permitirse tocarlo más de dos veces, si no quiere enfrentarse al cañón de una escopeta, y a un iracundo Vash Zwingli apuntándole con firmeza. A pesar de casi llevar dos años de relación con Lily aun teme que el helvético no dude en sacarlo a punta de escopeta de la casa. Por eso intenta ser riguroso en su vestir, a pesar de que su estilo es fresco y descomplicado, aunque siempre con un margen de elegancia y porte que siempre lo caracterizan[1].

"Vincent" le acompaña. No podía permitir volver a dejar al huskee albino de nuevo solo en su casa, el veterinario le había recomendado que lo sacara con más frecuencia a pasear. Pero temía que su perro cometiese una imprudencia peor, lo cual incurriría en demasiadas cargas de escopeta sobre él y su can.

—recuerda bien lo que te he dicho Vincent —le amonestaba a su perro— no ladres si no es necesario, no te atrevas a "regar" las flores del jardín, no se te ocurra escarbar en el jardín de mi "suegro" y te lo ruego, te lo suplico… no muerdas zapatos.

El can solo ladró de forma afirmativa.

Al parecer ya viene. Ruega a dios y a todos los santos para que sea su Lily… pero no. Dios no accede a sus suplicas.

—tu. —le dice el helvético de forma áspera, mirándolo con sus ojos verdes de forma intimidante.

—se-señor… Zwingli… vengo por su hermana. —contestó nerviosamente el luxemburgués de ojos color azul oscuro y cabello dorado oscuro.

—pasa. Pero tu perro se quedará en el traspatio, no quiero que haga sus necesidades en mis pisos de parqué —le recomendó Vash a Alois— resulta muy caro tener que limpiar las manchas que deja la pis de can… y eso que a veces por más que uno limpie, el maldito olor queda impregnado en la madera.

Y no era para menos. Una vez el perro del presidente federal hizo sus gracias en el piso de parqué de su casa. Y eso le costó una erogación muy profunda de sus arcas, que le dolió muy en el alma al helvético de cabellera rubia.

—Vincent es un perro educado, señor —le respondió Alois— él sabe comportarse, así que no tema por sus pisos de parqué.

Suiza se fijó en las rosas. Se notaba que eran preciosas, de un rojo intenso, como la sangre. Entre las rosas, unos cuantos tulipanes blancos armonizaban el conjunto del ramo. Debió costarle una fortuna a Alois.

Lo hizo pasar a la sala. Sencilla, pero encantadora. En la mesita de la sala, unos cuantos ejemplares de revistas deportivas, prensa de hace tres meses, todo organizado de forma rigurosa. Se sienta en una de las poltronas, Vash le mira fijamente. A pesar de los años, no confía en Alois Becquerel, y en especial con la "linda familia" que el flamenco tiene. Su hermano tenía obviamente un estilo de vida algo "disipado" y su otra hermana andaba de arriba para abajo con cierta húngara con unos raros gustos que se pueden expresar en que les gustaba ver a "hombres con hombres, mujeres con mujeres, de mismo modo pero en el sentido contrario". Así que no eran infundadas sus sospechas, aunque el trato de Alois para con Lily, y viceversa era poco menos que cortés y caballeroso.

Paranoia o no, total era que no confiaba en Alois Becquerel.

—espere aquí, Lily bajará en cualquier momento —le dijo el suizo de forma seca.

Repentinamente, aparece la susodicha. Vash se aparta, y se retira de la sala, aunque no puede evitar espiarlos. Ella está feliz y radiante, no es para menos. Alois es cortés, es gentil, es caballeroso… aunque se nota que le incomoda la rigurosidad extrema del hermano de su prometida.

—te traje unas flores —le dice Alois de forma tímida— espero te gusten.

Le pasó las flores a Lily, ella degustó el aroma de las rosas y los tulipanes.

—gracias Alois… son preciosas.

Lily naturalmente se sonrojó. Y en un momento como ese, le tocó una mano al luxemburgués. Y desde la escalera, el helvético no pudo evitar irritarse,… celos de hermano mayor, supone el.

—si quieres podemos salir un ratito al parque conmigo y con Vincent. —le invita la representación del gran ducado— hace ya tiempo que el pobre no sale y me da un poco de pena dejarlo en casa solo.

Vincent simplemente lo mira con un aire de leve reproche. A Lily le encanta ese perro, tan fiel y tan educado como su amo, aunque se notaba que también le incomodaba la rigurosidad extrema de su vida. Ella se arrodilla y lo acaricia.

—claro que me gustaría —le responde Liechtenstein— aunque creo que hay una pequeñita dificultad…

Y tenía nombre propio. Vash Zwingli.

Al helvético en cierto modo la desconfianza le era demasiado evidente, rayando en lo enfermizo. Y no era para menos, no quería que Lily sufriese por culpa de un mal amor. Por eso era que al menos, les había dado el permiso a Alois de que pudiera hacerle las correspondientes visitas supervisadas debidamente por él como un "chaperón". Y ya cuando Alois quería llegar a unas circunstancias mucho más cercanas hacia Lily, como un beso o una caricia, Vash no dudaba en atajarlos a ambos, dedicándole al pobre de Becquerel una mirada de advertencia que sin más ni menos le decía: "si te atreves a tocarla, te mato".

Y claro, durante los dos años de "noviazgo supervisado" solo se habían dado un par de besos muy castos y muy parcos en la mejilla de cada quien, y a escondidas del helvético. Era el primer noviazgo de Lily, el tercero de Alois. Y a ella todo eso le resultaba nuevo, y algo emocionante.

—obviamente le podemos pedir el correspondiente permiso a tu hermano —le dijo Alois.

Tomó una de sus delicadas manos entre las suyas. Las manos de Lily eran tan delicadas, de una piel tersa y blanquecina, como si fueran de delicada porcelana. Al menos entendía por qué Vash se empeñaba en sobreprotegerla de una forma obsesiva.

Lily por su parte, llamó a su hermano. Sabía bien que los estaban espiando, pero a ella le importaba poco, aunque a Alois le incomodase.

—hermano, ¿podrías darnos permiso a mí y a Alois para salir con Vincent por el parque?

Lo miró con esos ojos verdes. El suizo no podía resistirse a esa mirada, y no era para menos. Tal vez, era demasiado infalible en ese instante.

—bueno… pero solo 15 minutos, ni más, ni menos. —sentenció la confederación Helvética— si se pasan del tiempo, los iré a buscar.

Dicho esto, los dos se despidieron con afecto, Alois se despidió de su posesivo cuñado. Un firme, pero algo doloroso apretón de manos, y una advertencia gestual nueva.

"si le pasa algo a Liechtenstein, te amarraré a un poste y practicaré tiro al blanco contigo".

Tragó saliva. Aun así, Vash no dejó de advertirle en ese momento lo que podría pasarle si algo.

—tengan cuidado con los extraños y los animales salvajes —advirtió el helvético— y en especial con ciertos holandeses y belgas que anden por ahí.

Las advertencias a fin de cuentas sobraban.

En el parque, unas cuantas horas más tarde…

La feliz pareja caminaba bajo el sol radiante del mediodía, en medio del fresco verdor del parque cercano a la casa de Suiza. Las flores con su vivo colorido, el azul prístino del cielo, el reflejo del lago, las nevadas montañas de fondo, el ambiente festivo y tranquilo del parque en sí, todo era una armonía perfecta y sublime, una sinfonía de colores, olores, sonidos y sabores nuevos y revitalizantes.

—Si quieres voy y te compro un helado —le dijo Luxemburgo gentilmente a su pareja.

—no, tranquilo… estoy bien así —respondió Liechtenstein apenada.

—insisto.

Se acercaron a un puesto de helados. No advirtieron la presencia de Vash, quien los vigilaba desde un banco, cubierto por la prensa. Saludaron al vendedor, Lily de verdad estaba algo apenada, aunque complacida con la cortés amabilidad de Alois.

—¿Qué sabores tiene?

—en este momento tengo de fresa, vainilla, limón, naranja, chocolate y ron con pasas.

—¿podría servirnos dos?, uno de chocolate para la dama, y otro de vainilla con fresas. —pidió el luxemburgués de ojos color avellana, con posterioridad, preguntó el precio.—¿Cuánto por los dos?

—son 2 francos con 20 céntimos.

Y no dudó en pagarlos. No escatimó en el precio, e incluso dejó que el heladero se quedara con el cambio. Él le ofreció el helado a ella. Sonrojada, y de forma tímida Lily aceptó el helado, que se aprestó a pagar. Aun así, Alois se adelantó y pagó por él.

Y aun así, Vash seguía desconfiando terriblemente de Alois.

Siguen caminando. Los dos charlan de sus vidas, de sus deberes y obligaciones. Lily cuenta un par de anécdotas que sacan una sonrisa de Alois. El hace lo propio, lo cual le arranca una sonrisa a Lily… aun así, Vash los sigue espiando desde un arbusto cercano. Posteriormente ella se fija en el reloj del luxemburgués, no quiere hacer enojar a su hermano. Vash hace lo propio, se acercan al tiempo límite del plazo.

—ya es demasiado tarde—exclama Lily— tenemos que regresar.

—no creo que se moleste porque nos tardemos unos cuantos minutos.—responde sonriente Alois.

Aun así, ella insiste, y a paso rápido se dirigen a la casa. Vash se les adelanta, y precipitadamente se cambia la ropa de calle. Se sienta en el mismo sofá en el que estaba, intentando disimular la agitación de la carrera. Aun así, por alguna razón se pregunta si él hubiese tenido que pasar por una situación similar si su relación

con Gabriel la conociese el abuelo de su "amante-protegido y lo que sea que fuera", bueno, si en este caso el viejo Roma viviera.

Alois y Lily ingresan a la casa, en medio de sonrisas y jadeos de cansancio. No era para menos, Lily había arrastrado a su novio prácticamente hacia la casa para evitar algún reproche o regaño de parte de "onni-sama".

Aun así, Vash los mira. Parece estar indiferente, pero los mira con un leve reproche.

—se tardaron dos minutos —le dice el helvético de forma seria.

—lo siento mucho, hermano… no quise.

Los verdes ojos del suizo se fijan en los ojos avellana del luxemburgués. Inevitablemente, se aterroriza. Aun así, toma valor.

—Lily, ¿podrías retirarte unos momentos?, necesito hablar a solas con Alois.

Ella obedece de forma presta.

—dime, ¿Qué es lo que pretendes con mi hermana?

—no pretendo nada malo, señor Zwingli —exclama el luxemburgués algo nervioso.

Vash quería poner a prueba a Alois. Y no era para menos, no cualquiera se atrevía en ese momento a pretender pasar por encima suyo para poder tener una relación con su hermana de forma abierta.

—han pasado ya dos años, y aun espero el día en el que Lily se dé cuenta de lo hipócrita y cínico que eres —le dijo el suizo— porque a pesar de todo, desconfío de ti.

Por primera vez Alois Becquerel no pudo evitar sentirse algo dolido por la ciega desconfianza de Vash Zwingli. Y no era para menos, pues no sabía cómo ganarse la confianza y comprensión de su cuñado.

—lo que siento por su hermana es sincero, señor Zwingli… —le respondió el luxemburgués— se lo he demostrado día a día.

Silencio. Vash era un desconfiado en extremo, rayando en lo obsesivo-paranoico. Y a veces, un enfermizo sobreprotector. Aun así, Alois intentaba amablemente arañar esa hostil cáscara que había levantado entre él mismo y el helvético de cabellera rubia. Pero temía también perder a Lily en el proceso: no deseaba por nada tenerla que obligar a escoger entre el, y su hermano. Porque sabía bien que ella escogería sin dudar a Vash Zwingli, en vez de a él. Y de eso claramente era consciente Alois Becquerel.

—voy a decirle una cosa, señor Zwingli. —empezó el luxemburgués— su hermana le tiene un enorme aprecio y cariño, y sabe todo lo que le debe a usted después de que la ayudara en tan semejante tragedia después de la primera guerra mundial. Sé que apenas tengo dos años de relación con ella, pero respeto ese cariño que Lily tiene hacia usted y no pretendo alejarla de su lado.

Él lo oía impasible. Notaba la sinceridad en sus palabras, la necesidad de ser aceptado. Y si, tenía que aceptar que se había comportado de forma demasiado fría con el luxemburgués, cuando él siempre se comportaba de forma amable y cortés.

—no quiero que le rompan el corazón a Lily —le dijo el suizo— ella es muy sensible, es su primer vez en una relación sentimental y temo que se desilusione y sufra.

—pero tiene que confiar en ella, soltarla poco a poco —respondió Luxemburgo— no va a perder una hermana… quizás con el tiempo, gane un hermano más.

Tenía que reflexionar en ese instante su posición frente a la relación que tenía con Lily, si, el tiempo lo había vuelto demasiado sobreprotector. Alois era de confianza, pero aun así el miedo a que a su dulce hermana le hicieran daño estaba patente. No cualquiera se atrevería a consentir que hicieran y deshicieran a su antojo con ella.

—la amas sinceramente. —le dijo Suiza— y veo que a pesar de tus nervios, eres muy valiente como para decirme todo esto.

Sin previo aviso, saca una escopeta que tenía escondida entre los almohadones del sofá. Certeramente le apunta al prometido de su hermana. Vash lo mira fijamente, a través de la mira. Alois está aterrado, pero hace acopio del poco valor que tiene.

—entonces dime… —le dijo la representación de la confederación suiza, de forma serena mientras le apuntaba— ¿tú estás dispuesto a dar tu propia vida por mi hermana, si es necesario?

Tragó saliva. Aun así, no supo de dónde sacó la serenidad para decirlo.

—sin dudarlo ni un segundo, señor Zwingli —respondió escuetamente su colega del gran ducado.

Bajó la escopeta. Alois se relajó, no era para menos. Si hubiese dicho otra cosa, perfectamente un tiro de escopeta podría encajarse en la juntura de sus cejas. A pesar de todo, Alois deseaba preguntarle algo a Vash, debido a ciertos rumores que circulaban por ahí.

—¿usted ama a alguien?

Ja. —le dijo el suizo— pero nadie lo sabe, porque si alguien se llegara a enterar, se armaría un escándalo.

Miró la cruz de balso que reposaba en una mesita cercana. Tantos años, recordaba las esencias fragantes del incienso, la cera de abejas de los cirios, el tenue olor floral de los aceites episcopales que rodeaban a su amante la primer vez en la que se encontraron, siglos atrás en el Castell Sant'Angelo. El primer encuentro clandestino, apenas recién cien años pasados de su contrato, la pasión atrapada entre ambos, el persistente aroma de incienso tan atrapante y tan hipnótico que se entreconfundía con su propio olor corporal de sudor y pólvora, las ansiosas caricias y besos de aquella primer vez.

—comprendo.

—a veces, es difícil mantener una relación en secreto, en especial si tienes a media Europa espiándote las espaldas —extrañamente sonríe— llevamos trescientos años ocultándonos de medio mundo, y nos amamos como si fuera el primer día.

No era para menos. Aun así, Luxemburgo decide tantear el terreno.

—comprendo. Pero, si aquella persona especial tuviese hermanos, que se opusiesen a la relación entre él y usted, ¿Qué haría?

—lucharía sin dudarlo.

—yo optaría por conciliar —le dijo Luxemburgo a Suiza— con pelear no sacaríamos nada y todos al final sufriríamos y nos haríamos daño.

Era sabio, y evidentemente prudente. No era para menos, Lily parecía haberse fijado en el chico indicado.

Repentinamente, ella baja. Nota algo extrañada como su hermano y su novio están tranquilamente hablando en el sofá. Sonríe, al parecer las cosas marcharán bien por el momento.


[1] Según el headcanon original, en un CD drama de los bálticos Estonia menciona que Luxemburgo es un "chico sencillo, pero cortés y elegante". Otro dato está en el especial de navidad del 2011: Bélgica llama a Luxemburgo para que asista a la celebración de navidad pero él dice que no puede "porque tiene un cerro de trabajo pendiente". Inclusive "Vincent" (su perro, que por cierto no es su nombre oficial, sino un nombre que le he dado de acuerdo a un diseño de Himaruya) se queja ante Luxemburgo por el hecho de que no lo saca lo suficiente, y él se disculpa con su mascota prometiéndole "que el domingo lo sacará a pasear". Basándome en este headcanon, logré definir una personalidad propia para Alois, definiéndolo como un poco tímido, reservado pero directo al hablar, de pocas palabras, con un tantico de controlador y prudente. Solo el tiempo dirá si sale en esta temporada, aunque lo dudo (pero hay posibilidades de que salga Rumania, Australia y Nueva Zelanda).