6:

La oscuridad del río Sumida

Las flores de cerezo fueron iluminadas por luces artificiales. Ya era de noche y la gente comenzaba a irse, pues al día siguiente regresarían a su escuela o trabajo. A una rutina de seis días.

Por más que lo hubiera intentado, Sango no recibió respuesta alguna de Kagome. Trató una última vez cuando se quedaron solas para recoger sus cosas, siendo en esa ocasión más directa. Sin embargo, no obtuvo lo que quería.

—En serio. No pasó nada —Kagome dijo, con el cansancio en cada una de sus facciones. Lucía como si su insistencia pudiera llegar a irritarle.

Aun así, Sango sintió que era algo importante discutir: —¿Entonces por qué dejaron de hablarse?

Su amiga soltó un suspiro al momento que colocaba sus recipientes dentro del bolso que había traído.

—Sí nos hablamos.

Claro que sí, pero sentía que eso no contaba como una verdadera charla. Sólo se trataron de frases básicas, nada más que palabras corteses. Esas cosas que se esperaban escuchar entre personas que a penas se conocían.

La mirada incrédula de Sango provocó que Kagome tuviera que continuar explicando.

—Es sólo que ya no supe cómo debía dirigirme a él. Ya es un adulto y de alguna forma todavía soy una niña. No quiero quedar como una tonta.

Sus cejas se retorcieron y puso una sonrisa que no llegó a ser muy sincera. Lo sabía aunque su rostro estuviera ensombrecido levemente por los tonos de la noche.

—Eso jamás pasaría. Y él es el tonto.

Sango sentía que si algo malo había ocurrido, seguramente había sido causado por Miroku. Porque, como le había dicho a Kagome, él había crecido y ya no era el mismo que antes. Se había vuelto una persona lista y con mucho potencial para el futuro —no cualquiera era un alumno de excelencia en Toudai—;de la misma forma que fue adquiriendo unas mañas y aficiones que no eran generalmente bien recibidas.

No sería difícil el imaginar si él, motivado por el aspecto atractivo de Kagome, le hubiera dicho algo maleducado, aunque hubiera sido bromeando. Y el que se lo ocultara le enfadaba bastante.

Olía la mentira entre la tenue fragancia de las flores.

Kuwashima vio una hoja arrugada en el fondo de su mochila y la hizo bola.

—Olvidó algo —ella dijo, levantándose y sólo moviendo el puño donde tenía el papel—. Regreso en un momento.

Kagome asintió como respuesta, continuando con su tarea de doblar la manta.

Miroku se había encargado de tirar la basura y el contenedor más cercano estaba en la entrada del parque. Así que ahí fue donde lo encontró, terminando de separarla para colocarla donde correspondía.

Sango lo notó muy concentrado. Entonces, sin considerarse de él, golpeó la tapa de uno de los contenedores lo suficientemente fuerte para llamar su atención.

—¿Qué le hiciste a Kagome? —fue directo al punto. No perdería en tiempo con rodeos que podrían darle una vía de escape.

—Me espantaste —el dijo, con la sorpresa adquirida por el susto y algo de molestia.

Pero él no era el único molesto, Sango se lo hizo ver con su mirada que le veía directo a los ojos, su postura rígida y la dura línea en la que se había transformado su boca. Estaba bloqueando el camino de regreso. No podía huir.

—Te pregunté algo. Respóndeme.

Miroku cerró la tapa del contenedor y se sacudió las manos para remover el polvo o una simple sensación de suciedad. Cuando finalizó ese procedimiento, volvió a ver su rostro, bajando un poco su cabeza para quedar casi al mismo tamaño. Sango agradeció eso.

Él frunció los labios un instante antes de hablar: —Le pregunté si llevaba el rosario ese día, antes de que se fuera.

Sango sabía que uno de sus problemas era el ser precipitada, la impulsividad que se mezclaba con gran facilidad a un carácter duro. Desde que fue consciente de ello, trabajó para cambiarlo, para buscar el autocontrol y a aprender que era mejor el pensar antes de actuar. Pero todo eso le falló en ese momento.

Le molestaba que Miroku le dijera que era «agresiva», y ahí estaba: demostrando aquello que se negaba a aceptar de él, tomándole del cuello del abrigo y mirándole con ojos amplios, con los rostros a una distancia significativamente cercana.

Si no se hubiera dado cuenta rápido de lo que había hecho, puede que hasta le hubiera golpeado —Sango quiso creer que no hubiera llegado hasta ese punto—.

—¿Qué planeabas haciendo eso? —ella dijo, al soltarlo rápidamente, sin disculparse. Aunque estuviera avergonzada por su actitud, aún se encontraba enojada con él. El atreverse a hacer eso podría entrar en la categoría de imperdonable.

—Sólo quería saberlo —respondió con una voz suave, acomodándose la ropa—. Fue lo único que le dije, de verdad. No tienes porqué preocuparte.

Las manos de Sango formaron dos puños a sus costados. Le estaba pidiendo que no se preocupara el mismo que causaba las situaciones de alerta, y esa no era cualquiera. Preguntar algo como eso le parecía funcionar como el botón que tenía el poder de hacer que Kagome se fuera de nuevo, eso era lo que sentía. Un paso en falso y esa semana sería lo único que quedaría.

Siempre quedaban sólo los recuerdos, y ya se estaba cansando de eso.

—No debemos presionarla. Si no quiere decirlo aún, hay que respetarlo —Sango le dijo, y Miroku asintió lentamente lo que sería tomado como una especie de pacto—. La tenemos otra vez con nosotros, eso es lo que importa.

Ella comprendía la curiosidad que Miroku debía sentir —esparciéndose por todo el cuerpo y la mente—, porque ella se sentía de igual forma. Aún así, sabía que no siempre se obtiene lo que quieres.

Por eso, si para conservar a esa persona que había significado tanto para ella tenía que sacrificar sus ansiadas respuestas, lo haría dos veces.

Sango buscó el rostro de su amigo con la mirada y le encontró perdido, observando algún punto lejano y con el ceño fruncido; con algún pensamiento reciente en su cabeza.

—¿Al menos me escuchas? —la chica dejó a un lado el sentimiento de nostalgia para volver a la molestia, alzando de nuevo la voz—. ¡Miroku!

Como hacía unos minutos, hizo que el muchacho saliera de su transe, sólo que en esta ocasión parpadeó varias veces en lugar de dar un pequeño salto, pero eso no le restó el estremecimiento.

—¿Dónde está Kagome? —soltó, con los ojos azules yendo de un lado al otro y el cuerpo inquieto.

Ella respondió con lentitud, pues estaba hablando al mismo tiempo que trataba de procesar el cambio tan drástico: —Se quedó recogiendo sus cosas...

Sango abrió los ojos conforme comprendía: porque la única razón por la que Miroku actuara así de la nada eran los mensajes que el viento le susurraba, advirtiéndole. La vez pasada ellos sirvieron de premonición para la llegada, ¿ahora sería para la despedida?

Un celular comenzó a sonar, y a Sango le costó algunos segundos el darse cuenta que era el suyo y, además, de que se trataba del tono de llamada de Kagome. Con movimientos torpes, se apresuró a responder.

—¿Estás bien? —fue lo que primero se le pasó por la mente. Sango notó que Kagome se extrañaba por esa pregunta precipitada a pesar de no haberla escuchado hablar.

Pero cuando por fin habló, supo que el haber dicho eso tal vez no fue tan incorrecto como creyó.

—No sé —su amiga respondió casi en un susurro, lo cual no hizo más que hacerle más complicado el no imitar a Miroku—. Alguien me está siguiendo.

Los vellos de la nuca se le erizaron a causa de una corriente fría.

—¿Estás segura?

Con un movimiento de mano, Miroku le indicó que pusiera el altavoz.

—Sí —la voz extrañamente ecualizada de Kagome cubrió el lugar, desde los árboles hasta los arbustos. Era como si estuviera ahí—. Primero creí que me equivocaba, pero luego lo vi cuando me puse a tomar fotos. Comencé a preocuparme, así que salí corriendo.

—¿Dónde estás? —Miroku, siendo el mayor, continuó con la conversación. Su frente estaba arrugada y miraba el teléfono que Sango sostenía como si fuera algo peligroso y a la vez preciado.

—Estoy en los baños. No sé si se atreva a entrar —Kagome intentaba mostrarse positiva, pensar que aquello sólo era un malentendido. Más había algo que la delataba.

Sentía miedo.

Su acompañante se percató también. Lo supo cuando volteó a verla.

—Quédate ahí. Vamos para allá.

Cuando la llamada terminó, ambos salieron disparados hacia el lugar donde su amiga se encontraba segura, por el momento.

Unas gotas frías caían desde el cielo. A ella no le gustó eso, porque además de que no estaban previstas en el pronóstico del tiempo, avisaban la tormenta. La gente también era desalentada por el clima, así que poco a poco se fue.

Esa noche no habría yozakura.

Sango entró apresurada a los baños, azotando incluso la puerta contra la pared. La chica que se encontraba ahí dio la vuelta, revelando el rostro aliviado de su amiga.

—¿Estás bien? —repitió mientras se acercaba a ella y la revisaba con la mirada. No habían heridas ni lágrimas, sólo tenía el cabello un poco despeinado y el rostro pálido.

Ella movió la cabeza varias veces, y con ello Sango logró tranquilizarse un poco.

—¿Sólo era uno? —Miroku preguntó desde afuera, como si se tratara de un guardián.

—Sí —Kagome contestó.

Sango tomó una mano de Higurashi —realmente estaba fría—, llevándola en dirección a la puerta. Ésta se detuvo cuando notó sus intenciones.

—No sé si debamos salir —el temor había regresado.

—Será mejor si llamamos a un policía —Sango mostró confianza para que a ella se le contagiara—. Alguien debe encargarse de ese loco.

No había por qué preocuparse. Ellos ya estaban ahí.

Con los brazos entrelazados, las chicas salieron y continuaron de la misma forma cuando Miroku se les unió. El pequeño grupo fue hacia el lugar donde habían dejado sus cosas.

—¿Puedes llamarle a Kato-san para que nos recoja? —Sango le tendió el celular a Miroku, después de que éste de inclinara para entregarle su bolso a Kagome, aprovechando la oportunidad para darle unas palmaditas en la cabeza que le hicieron sonreír brevemente.

El muchacho comenzó con la llamada.

—¿Kato-san? Buenas noches. No, soy su amigo…

Sango tomó su mochila, algo húmeda por la llovizna que lograba colarse entre los árboles. Después se colocó la capucha de su sudadera y le ayudó a Kagome con el pequeño paraguas plegable que ella siempre llevaba por si acaso.

—Gracias.

—De nada.

De eso se trataba: procurar estar ahí para lo que se necesitara. No volver a fallar.

—Dice que nos va a esperar en la calle Shinobazu, cerca de la estación —Miroku le devolvió el celular—. Llegará como en media hora. Kagome, ¿quieres hablar con alguien de seguridad antes de irnos?

La chica se quedó pensando antes de contestar: —Supongo que sería lo mejor.

El pequeño grupo se dirigió hacia la salida que les dejaría también en el lugar donde el chófer los esperaría —aunque ésta se encontraba aún algo lejos—, donde seguramente alguien podría asistirlos. Decidieron andar en el camino que estaba al lado del río, pues era más despejado y así sería más fácil el ver a algún trabajador.

Se reflejaban como pequeños cuerpos que andaban sobre la superficie del agua. Dos chicas que caminaban juntas, y uno que iba delante de ellas.

—Al menos será fácil de encontrar —Kagome habló a su lado derecho—. Tal vez va a participar en algún evento cerca del parque.

—¿Un evento? —Sango sintió curiosidad respecto a esa información.

La chica extendió un poco el cuello para verle a los ojos —ella misma se vio en el color café—.

—Sí. Es que llevaba ropa antigua. Era como si fuera parte de un grupo teatral.

Miroku se detuvo para voltear a ver hacia su dirección. Las chicas, al notar que no eran ellas la razón por la que les pedía que se acercaran, le imitaron. De esa forma comprendieron.

Atrás, un grupo de seis nombres vestidos con armaduras desgastadas avanzaba sin mucha prisa, sin hacer siquiera ruido. Algo en el rostro de Kagome le hizo comprender que uno de ellos era su acosador.

Sango se aferró con más fuerza al brazo de Kagome, aunque seguramente le estaba lastimando.

Miroku se puso en frente, separándolas de los desconocidos.

—¿Quiénes son y qué quieren? —se aventuró a dirigirse a ellos, aunque sin mucho resultado, pues ninguno habló. Parecían estatuas mojándose bajo la lluvia.

Miroku fue retrocediendo y ellas hacían lo mismo, hasta que, al notar como los hombres volvían a avanzar, comenzaron a correr lo más rápido que las gotas chocando contra su rostro se lo permitían.

Era demasiado extraño. Sango, como la hija del alcalde del barrio de Kita, podía imaginar la idea de que alguien quisiera raptarla para sacar algún tipo de beneficio. Pero se notaba que no venían sólo por ella. Además, sus atuendos no eran los más apropiados si deseabas que no te encontraran.

«¿Qué demonios les pasa?»

—¡Están locos! —Miroku escupió con enojo.

Kagome, costándole trabajo el seguir el paso de Sango, habló entre jadeos: —Debemos llegar hasta la salida —esa era la única escapatoria existente.

Sango sabía que estaba de más el buscar a alguien, pues ellos eran los únicos que quedaban en esa zona del parque. Y aunque gritaran, parecía como si nadie los fuera a escuchar.

El paraguas de Kagome salió volando, lo que la hizo voltear hacia atrás un instante.

—¡Ni siquiera están corriendo! ¡Si sólo están jugando, esto es muy cruel!

Pero no era porque estuvieran gastándoles alguna broma pesada, sino porque, más adelante, otro grupo de ellos los estaban esperando.

—¿Ahora qué? —Kagome apretó su mano. En poco tiempo serían rodeados, con ellos a sus costados y al frente, con el río detrás.

Y ella no conocía la respuesta.

Miroku se le adelantó: él, una persona a quien no le gustaba recurrir a la violencia, comenzó a golpear al hombre más cercano, haciendo que cayera a un lado y continuado con el siguiente.

Sabía que él era bueno en los deportes y que poseía habilidades atléticas, incluso alguna vez había escuchado que tuvo un enfrentamiento contra alguien; pero esto le resultaba tan fuera de lugar para ella, también para su amiga que sólo podía contemplar, anonadada.

—¡Sango, cuida a Kagome! —le gritó, sacándola de su estado de sorpresa.

—¡Pero tú…! —no pudo terminar, pues él le interrumpió.

—¡Las alcanzó en un momento! ¡Apúrense que no sé cuánto pueda durar! —más que sus palabras, el rostro desesperado del muchacho fue el que demostró sus intenciones.

Por más que Sango no estuviera de acuerdo, sabía que no tenía otra opción: no estaba sola, así que no debía mostrarse imprudente en una situación tan crítica. Aunque le dolía sólo el pensar en ello, ambas utilizaron el tiempo que Miroku les había dado para escapar.

—Debemos hacer algo. ¡No podemos dejarlo solo, Sango! —Kagome estaba diciéndole lo mismo que su cerebro. Dos voces eran más difíciles de ignorar que una sola.

—Lo sé —pero primero debía ponerla en un lugar seguro. Después saldría corriendo por él. Y ya no estaban tan lejos…

Sango soltó un grito cuando alguien la jaló del cabello, tan fuerte que la hizo caer. Su cabeza se sintió atontada a causa del golpe, y lo único que pudo ver fue a Kagome golpeando a su agresor con su bolso.

—¡Déjala en paz!

Extrañamente, y aún conociendo el peligro en el que estaban, esa escena le resultó graciosa.

Ella no era quien debía ser protegida.

Kuwashima se levantó, dando después un salto para patear al hombre que le había arrancado el bolso a su amiga. Él cayó, inconsciente.

—¡Atrás de mí, Kagome! —ella le obedeció con el asombro en su rostro, a pesar de que eso significaba ignorar la pequeña valla y adentrarse a la orilla del río, donde el agua llegaba hasta los tobillos.

Otro hombre se acercó y Sango se puso en guardia. Primero le arrojó la mochila directo a la cabeza, pues a pesar de su protección eso serviría para distraerle. Acto seguido, lo tomó del brazo y lo lanzó al aire. El tipo chocó contra la tierra, al lado de su compañero.

Estaba preparada para ir contra cualquiera que intentara de acercarse, cuando su cuerpo se entumeció de inmediato al escuchar el grito de Kagome.

Volteó a verle sólo para encontrarla muy lejos de donde estaba hacía sólo unos segundos, extendiendo los brazos y tratando de aferrarse a algo inexistente, pedía cualquier cosa que le impidiera el ser arrastrada.

—¡Sango!

Su nombre en medio de la desesperación le hizo descongelarse e ir por ella.

Nadó lo más rápido que sus brazos y piernas le permitieron. El agua estaba congelada y cualquier persona o cosa que se llevaba a Kagome era veloz. Sus músculos le pedían que se detuviera, pero ella pasó del dolor para continuar y al mismo tiempo extender el brazo.

—¡Dame la mano! —la garganta le ardió, al igual que sus ojos, aunque estos eran por las lágrimas contenidas.

Kagome obedeció, y sus manos se entrelazaron. Después soltó una carcajada nerviosa.

Entonces algo jaló de la pierna de Sango, haciéndola soltar los dedos temblorosos de Kagome, quien desapareció dentro del agua después de gritar por última vez su nombre.

Pateó, sintiendo algo suave, puede que un rostro. Con el agarre deshecho, vio hacia atrás, buscando desesperada a Miroku. Estaba rodeado por esas personas y sólo le vio cuando éste cayó, chocando contra la gravilla. Después de eso, no se volvió a levantar. Uno de los hombres lo cargó en su espalda y otro apuntó hacia su dirección.

Su pecho subía y bajaba tan rápido que resultaba doloroso, la energía que la adrenalina le brindó se estaba yendo y su cuerpo se tornó pesado y frío.

Luego, dando una última bocanada de oxígeno, Sango fue llevada dentro de la oscuridad e inconsciencia del río Sumida.


NOTAS:

-Yozakura: lo mismo que hanami, sólo que la contemplación es de noche.


Un nuevo capítulo que intenta tener algo de acción. Espero que el nivel de ésta sea bueno, o al menos entendible porque este fic también tendrá enfrentamientos y hasta "batallas".

Agradecimientos especiales: Fer y Ley1030, por sus reviews. Todos ellos me dan energía y ánimos. Gracias por tomarse el tiempo de leerme.

Entonces, nos veremos la próxima semana.

Loops Magpe.