La libertad de Annie, séptima parte y final
Esto ya lo viví, pensaba Annie, toda llena de encajes en la puerta de la iglesia.
-Me encantan las bodas – decía Candy mientras arreglaba el ramo de novia de su amiga . Annie no respondió.
-¿Y cuándo asistiremos a la tuya? – le preguntó Patty a Candy, mientras estiraba el velo de Annie. Candy se rió entrecerrando los ojos, con algo de vergüenza.
-Ya me casé en Las Vegas, Patty.
-Me refiero a la boda religiosa.
-La verdad es que no lo sé. Albert quiere hacernos una gran fiesta en Chicago, Eleanor quiere una fiesta en Nueva York, el duque quiere que sea en Inglaterra y que yo me vuelva anglicana, la hermana María y la señorita Pony quieren que sea en la colina y que Terry se vuelva católico, yo quiero que sea en una iglesia pequeña, y Terry la quiere en el teatro. Creo que pondremos las ideas en un sombrero y sacaremos una al azar.
El azar... el azar que logró que todo volviera al principio. Y aquí estoy, de nuevo a punto de casarme con un hombre que no me considera nada más que "la adecuada". Annie sentía la irrealidad que estaba a punto de llenarla, esa sensación de no estar ahí, o de querer despertar desesperadamente. Pero no, era el momento de casarse con Archie, y no le quedaba otra que asumir el destino. Ya no había otra salida.
Candy se había mostrado tan contenta cuando se concretó la fecha de la boda. Annie sabía que estaba preocupada por Archie. "Lo dejo en tus manos" le había dicho a Annie, y ésta pensó que no podía defraudar de nuevo a Candy.
La fecha se fijó en un restaurante, en una fiesta que Terry decidió llamar "Tratado de Versalles", pues según él era la paz después de una guerra. Archie aceptó el nombre con una sonrisa de parálisis facial. A la fiesta de "nuevo compromiso" asistieron los padres de Annie, Archie, Patty, Albert, Candy y Terry.
No se habló mucho, pues los novios no demostraban gran felicidad; pero se llegó al acuerdo de que la boda religiosa sería lo más pronto posible.
Annie quería gritar y negarse, pero Candy confiaba en que ella cuidaría a Archie.
Y además...
Además estaba lo de Peter. Él siempre había estado interesado en el dinero. El padre de Annie le había mostrado a ésta un telegrama que firmaba Peter O'Connell:
Señor Brighton: Necesito hablar sobre un problema de dinero referente a su hija. Por favor, indíqueme cuando podemos reunirnos.
-¡Así que quiere la famosa recompensa! Dale el dinero, se lo ganó... después de todo, sólo eso le interesaba de mí. Debí haberlo adivinado – exclamó Annie después de leer la nota.
No le quedaba otro camino que ser la "mujer adecuada" y casarse con Archie.
Y ahora se encontraba en la puerta de la iglesia rehaciendo el ritual de seis meses atrás. Parecía que se repetía todo. Casi podía jurar que loa invitados llevaban la misma ropa.
¿O todo había sido simplemente un sueño?
Peter... mientras caminaba por la iglesia recordó a ese hombre que, en verdad, jamás le dijo que la amaba. Pero ella pensó que así era, pues se lo demostraba con cada mirada, cada gesto.
La puerta de la iglesia se veía más grande que nunca.
-Vamos a empezar – le susurró Candy.
Las puertas se cerraron un instante. ¿O era el piso que se acercaba?
Los murmullos de la iglesia parecían reventar sus oídos. Un hombre rubio la llevaba en brazos, diciéndole algo que no entendía, pero que igual la tranquilizaba.
-...nervios de la boda! - pudo entender.
El hombre rubio la sentó en una silla en la oficina de la iglesia, y le dio un vaso de agua.
-Hola, Annie. No habíamos podido hablar hasta ahora – dijo Albert.
-Hola, señor Albert – dijo Annie, sonriendo tristemente a su salvador.
-Espera. Voy a decirle a todos que aún estás desmayada para que no nos interrumpan.
Albert salió un momento. Les dijo algo a las personas de afuera y luego entró, cerrando la puerta con llave.
-Annie, quiero que seas sincera conmigo. ¿Estás enamorada de Archie?
Annie guardó silencio.
-¿Sabes que el silencio significa aprobación?
-Él es adecuado para mí. Es mi marido ante la ley, ahora lo será ante Dios, y debo respetarlo.
-¿Pero lo amas?
Annie tragó saliva.
-Mamá dice que el amor viene con la convivencia.
-¿Y qué me dices de Peter?
Annie enrojeció violentamente y miró amenazadora a Albert.
-¿Qué sabes tú de ese... ese...?
-Sé lo que él me contó cuando fueron a la casa a buscar a Candy. Y lo que dijo cuando nos encontramos días después.
-Pues yo también sé bastante acerca de él. Sólo estaba conmigo para cobrar la recompensa. De hecho, debe haberla cobrado para este momento y tal vez se está dando la gran vida con alguna de sus amiguitas.
-Peter no cobró ninguna recompensa. Hablas de ese telegrama que tu padre recibió, ¿verdad?
-Pero él pedía dinero...
-¿Y nunca le preguntaste a tu padre qué dinero pedía exactamente?
-No, supuse que era el de la recompensa...
-Quería el dinero que había gastado en el viaje a Las Vegas. Dijo que se sentía estafado por ti, sentía que sólo lo habías usado para divertirte mientras hacías sufrir un poco a Archie.
Annie dejó de estar roja y se puso pálida.
-¿Se sentía estafado... por mí?
-Él te ama, Annie. Lo dijo, yo lo oí.
Annie se levantó y se paseó por la oficina, retorciéndose las manos.
-¡Pero debo casarme! ¡Le prometí a Candy que cuidaría de Archie!
-Archie está bastante grandecito para cuidarse solo, Annie.
-¡Pero le prometí a Candy...!
-Candy no sabía de la existencia de Peter, supongo, o jamás te habría pedido que renunciaras a la felicidad.
-No, pero...
-Annie, no nos conocemos mucho, pero te tengo aprecio, y quiero mucho a Archie. Y te digo francamente que no me gustaría un matrimonio entre ustedes dos. No se aman, no se conocen bien, y ambos quieren a otras personas. Archie tendrá que aprender a renunciar a Candy, y tú... bueno, tú tienes que demostrarle a Peter que lo amas. ¿No crees?
Annie se mordió los labios, reflexionando. Se levantó con una luz de valentía en los ojos.
-Vamos a explicarles todo – le dijo a Albert.
-¡Bravo, Annie! - repuso él.
Y justo en ese momento se sintió la ansiosa voz de Candy:
-¿Annie? ¿Despertaste? Archie está muy preocupado...
Annie miró hacia la puerta, apretando los labios.
-Albert, gracias por tus palabras, pero me casaré con Archie. No puedo defraudar a Candy. ¡No puedo!
Y diciendo esto salió de la oficina. Albert de quedó dentro, pensando en lo débiles que eran algunas personas.
Y Annie volvió a la puerta de la iglesia, sonriendo valientemente a Candy y Patty.
Comenzó la marcha nupcial. Annie se obligó a guardar las lágrimas y fingir una sonrisa. Archie la esperaba allá, en el altar, junto a Terry y Albert. Ninguno se veía muy contento.
Todo su ser le gritaba que era un error.
Miró a Patty, que le devolvió la mirada, preocupada por su amiga. Patty también sabía la verdad.
Miró a Candy, radiante en su traje de dama de honor, feliz al pensar que su querida Annie se casaba con el hombre de su vida y que ahora Archie estaría en buenas manos.
No, no podía huir, no podía decepcionar a Candy.
Llegó sin tropezar ni equivocarse al altar, al lado de Archie. Éste le sonrió sin ganas.
-Queridos hermanos, nos hemos reunido...
Las palabras del ministro le llegaban como en un eco. No se dio cuenta de las cosas que decía, hablaba del amor, el compromiso, el apoyo...
Y ella sólo podía pensar en que Peter tenía el corazón destrozado.
Pero la alegría orgullosa de Candy la animaba. Sí, al fin podía hacer algo por Candy.
-... Archibald Cornelius Cornwell, ¿aceptas a Anna Sophia Brighton como tu legítima esposa?
-Acepto.
Listo. Nada más que hacer.
-Anna Sophía Brighton, ¿aceptas a Archibald Cornelius Cornwell como tu legítimo esposo?
-...
-¿Anna Sophia Brihton?
No podía decir esa simple palabrita: "sí".
"Fuerza, Annie", le susurró Candy.
Y de pronto, lo inesperado:
-¡Yo me opongo! - gritó él. Peter.
-Hasta que al fin llegó... - masculló el señor Brighton.
Annie se dio vuelta y vio a Peter en la entrada de la iglesia.
-Nunca te lo dije y ahora me arrepiento. ¡Tantas oportunidades que perdí! Pero aunque no sea ni el lugar no el momento, acá vengo a decírtelo, te amo. ¡Te amo, Annie Brighton! - gritó Peter.
Él estaba todo sudoroso, con el pelo desordenado y los lentes chuecos. Se veía más feo que nunca pero para Annie fue una aparición divina.
-¡Peter! - exclamó, feliz.
-¡El mafioso! - gritó Neil y salió corriendo como alma que lleva el diablo.
Albert miraba a Peter con aprobación.
Archie tomó posesivamente el hombro de Annie y la obligó a darse vuelta.
-Di que aceptas. No volveré a quedarme solo en el altar.
-Oye, deja que la tímida decida – repuso Terry.
-¿No fue suficiente haberme quitado a Candy, aristócrata presumido? Ahora no te metas – gruñó Archie.
-Estamos en la iglesia, yanqui. Ubícate.
Peter caminó rápidamente por el pasillo y tomó la mano de Annie.
-Aún no dices que aceptas. Y no me has respondido.
-No me has preguntado nada – dijo ella, sonriendo.
-¿Te vas a casar conmigo, Annie? No te ofrezco mucho, pero...
-Oye, amigo, estás interrumpiendo una boda – dijo Archie.
Annie miró tristemente a Peter.
-Peter, no puedo, le hice una promesa a Candy. Nunca he hecho nada por ella, así que...
-¿De qué estás hablando? - interrumpió Candy, que había seguido toda la escena con el corazón en la mano - ¡Nunca te he pedido que hagas algo contra tu voluntad, Annie! Si te pedí que cuidaras a Archie es porque creí que eso era lo que deseabas... que aún lo amabas. Nunca me contaste nada de...
-Mi nombre es Peter O'Connell, señora Granchester. Mucho gusto – dijo Peter.
Peter le sonrió a Candy, le guiñó el ojo y se la echó al bolsillo para siempre.
-Encantada – respondió Candy, con una risita tonta que dejó algo molesto a su marido.
-¡Oigan, creo que yo también tengo algo que decir de esto! - reclamó Archie. Pero nadie le hizo caso.
-Jovencito, usted y yo tenemos que hablar – dijo muy disgustada la señora Brighton -. Es de muy mala educación que usted interrumpa así una boda...
-Perdone, pero nunca pensé que la hermana de Annie fuera tan bella – dijo Peter, besándole la mano.
La señora sonrió toda chinchosa, y también cayó bajo el encanto de Peter.
-Supongo que hablaremos en mi oficina de los detalles. Usted sabe que Annie debe esperar una anulación... - dijo el papá de Annie, que desde hace días había caído en el bolsillo de Peter.
De hecho, él fue quien le dijo dónde y cuándo era la boda. Y quién le sugirió la idea de interrumpirla de esa forma.
En el fondo, el señor Brighton era un romántico.
Comienza el recuerdo...
Hace cuatro días, el señor Brighton había decidido recibir a ese tal Peter O'Connell, que exigía dinero relacionado con Annie.
-Señor Andley – le dijo a Albert, que estaba de visita – Le pido que me acompañe a enfrentar a ese truhán, ya que aparentemente usted lo conoce de antes. No quiero quedarme solo con él. Parece una persona violenta. Además, el joven Neil Leagan asegura que es un peligroso delincuente.
-No le creo una palabra a Neil, señor Brighton – repuso Albert – Y le aseguro que ese joven merece más crédito que el que se le da. Pero lo acompañaré si usted gusta.
Peter llegó muy digno, con un traje pobre pero muy limpio, aunque tenía restos de tiza en las mangas.
-Asiento, joven. ¿Viene del trabajo?
-Sí, señor Brighton. Soy profesor y hoy comenzaron las clases verpertinas. Por eso no pude venir en otro horario. Lamento si esto es un inconveniente para usted.
-¡Profesor! Vaya... yo también comencé como profesor, claro, hasta casarme con Alice. Debí renunciar para hacerme cargo de los negocios de mi suegro – comentó el padre de Annie.
-Pues yo nunca dejaría la educación – dijo Peter -. De hecho, viajaré pronto a Las Vegas a fundar una escuela. Me parece que allá me necesitan más que acá.
-Vaya, vaya... ¿y para eso quiere los diez mil dólares de recompensa que ofrecí por mi hija Annie?
Peter se envaró, indignado.
-¿De qué diez mil dólares me habla? ¡Es una burla!
-¿Encuentra poco diez mil dólares? Bueno, que sean veinte. Mi hija dice que usted se ganó bien el dinero.
-Su hija piensa que todo se arregla con dinero, ¿verdad? Pues no. Y yo no estaría acá si no fuera porque necesito el dinero para viajar. Acá está todo anotado.
Peter le pasó al señor Brighton un papel manuscrito.
-Alojamiento en Las Vegas, cinco dólares; pasaje de bus, cuatro dólares; alimentación, dos dólares. Dinero perdido por huir de ciertas personas, cincuenta dólares. Pantalón arruinado por el vómito de la señorita Brighton, un dólar... Total, setenta dólares – el señor Brighton dejó de leer y miró con sorpresa a Peter.
-Y sólo aceptaré efectivo – dijo Peter.
El señor Brighton se sintió confundido.
-Espéreme un poco, joven... ¿usted quiere los setenta dólares aparte de los veinte mil?
-¿Y quién quiere veinte mil? - preguntó Peter – Yo sólo quiero los setenta dólares que gasté en el viaje a Las Vegas, cuando tuvimos que huir de ese tal Neil que la quería devolver a su casa... claro, era cuando yo creía que se había escapado para estudiar, no para darle una lección a su noviecito y divertirse por ahí.
-¿Y quiere sólo setenta dólares?
-¡Es una cuestión de principios! Ella se rió de mí, y no estoy dispuesto a que me deje en la ruina sólo porque me creí caballero andante.
El señor Brighton, callado, hizo el cheque y se lo alargó a Peter.
-¿Puedo preguntarle algo? - dijo.
-Supongo.
-¿Usted ama a mi hija?
-¿A ese ratoncillo tímido? Señor, cualquiera que ame a su hija está loco de remate. Es celosa, increíblemente tímida, le da miedo la oscuridad, no sabe cocinar bien y a veces no se le escucha lo que dice.
-¿Pero la ama?
-¿Amar a esa chica anticuada? He conocido chicas que no se dejan rogar medio año para recibir un beso.
-¿La ama usted?
-¡Sí! Debo estar loco, pero sí. La amo, y ella se va a casar con otro, así que hasta aquí no más llegamos.
-Creo que tengo algo que decir a ese respecto – repuso Albert, sosteniendo a Peter para que no saliera de la oficina – Tú no viste la cara que puso Annie cuando Archie la tenía abrazada aquel día. Y no has visto su expresión de desconsuelo todo el tiempo.
-Si mi hija se casa con Archie, es sólo porque se siente obligada. A Annie hay que presionarla, es demasiado tímida.
-¿Y a mí qué? - dijo Peter.
-Si usted ama a mi hija, interrumpa la boda. Dígale lo que siente. El sábado a las siete de la tarde en la Catedral Central.
-¿Por qué me dice eso?
-Algo me dice que usted hará más feliz a mi Annie que cien Archibalds Cornwell. Lo siento, señor Andley, sé que ese joven es parte de su familia, pero lo creo así.
-Yo estoy de acuerdo con usted, señor Brighton – dijo Albert.
Fin del recuerdo
-Cuando usted diga iremos a su oficina, señor Brighton - dijo Peter – lo único que quiero es casarme con Annie, si ella me acepta. No me has respondido, Annie.
-Pues creí que la respuesta era obvia para un hombre tan inteligente como tú.
-¡Oigan! ¿Yo estoy aquí pintado, o qué? - reclamó nuevamente Archie.
-Vamos, Archie – dijo Patty, acercándose a Archie para rescatarlo de la difícil situación -. Es hora de irnos.
-¡Pero si es mi matrimonio! - protestó Archie.
-Sí, pero me siento mal y un caballero como tú no dejará que la novia de su difunto hermano pase incomodidades, ¿verdad? - y Patty lo miró con tanta simpatía que Archie se dejó convencer, le ofreció su brazo y caminó lentamente con ella hacia la salida.
El ministro, confundido, balbuceó algo acerca de deberes morales y se escabulló antes de que pasara algo más.
Peter abrazó a Annie e intentó besarla, pero ella no se atrevió.
-¡No delante de todas estas personas! - susurró. Peter sonrió y le dio un suave beso en la frente.
FIN
Nota de la autora: Por fin!!! Cuando empecé con este fic, pensé que sería cortito, lo planeé como un fic cortito, se supone que la Annie la pasaba mal en la gran ciudad, pero lograba sobrevivir y decid{ia irse a otra ciudad para estudiar, y Archie se quedaba solo. Obvio. Pero de repente apareció Peter y me inspiré.
Ojalá que les agrade el final, chicas, muchas gracias por haber leído esta historia, y a las lectoras amables que han dejado su hermoso review, muuuuchas muchaasss gracias!!!
Chao!
