Nota: Mil sorrys por el retraso. La verdad es que estaba super atareada y con otros rollos. Además estaba el problema de que esta historia tiene 9 capìtulos y el noveno no estaba listo. Sentí que era irresponsable seguir si no estaba el final listo porque luego los podrìa dejar colgados indefinidamente. Ahora está listo, pero no significa esto que el otro domingo sin falta subiré el 8. Siempre puede ser sujeto a más modificaciones, prometo eso sí que no pasarán más de 14 días antes de la próxima acualización.

Ahora lo subo un día sábado porque mañana no estaré en casa, así que mejor les aseguro con esta actu ahora. Por si tienen pena por el final les puedo decir que tengo otro fic en producción pero no es de parejas sino que cada capítulo está centrado en una nación - como país - en forma individual dando algunas posibles pistas de relaciones, pero nada más.

Gracias a quienes leen y comentan por incentivar a mejorar. Sí, a los que no comentan no merecen que yo actualice ni deberían poder leerme, pero no me importa, por ustedes no es que escribo ni me esfuerzo (Inserte acà un infinito desprecio)


7 saltar sin mirar atrás

No faltará a todo esto quien diga que la vida debe someterse a la razón, a lo que contestaremos que nadie debe lo que no puede, (…) porque el fin de la vida es vivir y no lo es comprender. (Miguel de Unamuno – Del Sentimiento trágico de la vida)

Apenas bajabas a la cocina de nuestra casa lo primero que se veía pegado en la heladera era el cronograma de presentaciones del mes. Sólo de verlo se me ponían los pelos de punta y me daban ganas de regresarme a mi cama o a la de Heracles, dependiendo de donde haya dormido. Como sea, Eliza ya me había preparado el té y había comenzado su verborrea.

-Esta semana terminamos la gira en este sector y luego tenemos que preparar las cosas para Oxford e Irlanda… ¿Tienes listas siquiera tus maletas?-

-¿No faltan aún seis días para eso?– saludó Heracles que iba entrando perezosamente al comedor; los gatos nada más verlo se le pegaron, casi fusionándose con su pijama.

-Hombre, no sé como haces sonar la batería si eres tan vago– le molestó Roderich que comía cuidadosamente su desayuno continental.

-Es que él sabe imprimir fuerza cuando es necesario– dije en forma juguetona. Eliza me pegó un codazo y siguió con lo suyo.

Era un día tan normal que nadie nunca se hubiera imaginado quien iba a golpear la puerta. Fue Eli quien se puso de pie a atender y nosotros con mi amigo seguíamos dándonos manotones en lugares un poco privados. Un tos nos sacó de nuestro jugueteo y en ese momento la cara de mi amigo se desarmó por completo.

-¡Qué hay, nenas! Vine a ver como están las cosas en Woodstock-

Ahí estaba. Sadiq, con su cara de galán de porno mediterráneo, la barba medio crecida, una camisa de lino, el arete sobre la oreja derecha, una pañoleta a cuadros sobre el cuello y unos jeans. No había cambiado nada, seguía con esa cara que anunciaba peligro y seguía descolocando a mi amigo como siempre. No pude evitar irritarme y ponerme a la defensiva ¿Quién se cree para desaparecer por casi dos años y luego venir a revolverle la cabeza a Heracles de esta manera?

-Es de pésimo gusto decir eso, Woodstock es una jodida convención yankee y esto es el maldito Londres- nos quedamos mirando como si quisiéramos arrancarnos la cabeza, él sabía qué tipo de amistad existía entre Heracles y yo, básicamente al enterarse de ello armó un escándalo y dejó de hablarnos. Nunca entendí del todo la lógica de que Heracles no podía tener a otras personas pero él si tenía derecho a tener un harem. Había que ser muy caradura.

-¿Cómo nos encontraste?– preguntó finalmente Heracles con voz holgada y cara de póker.

-Preguntando… llame a tus padres, ellos me dijeron, no sabía que vivías con… él-

-Bueno, ya sabes, Arthur es mi mejor amigo, de toda la vida– contestó con intención de hacer daño, lo adiviné y le abracé por el costado apoyando mi cabeza en su hombro para acompañarlo en su pose de "No me importa verte, estoy mejor sin ti". Los ojos negros del intruso estaban sobre nosotros y podía adivinar que quería matarnos. Que se resintiera todo lo que quisiera, se lo tenía bien merecido.

-Yo quería hablar contigo… a solas-

Nos volvimos a mirarnos a los ojos inmediatamente, fue casi como si un diálogo silencioso hubiera tenido lugar en los cinco segundos que duró el contacto "No lo hagas…" "Pero yo quiero escucharlo" "Si lo haces va a manipularte" "Por favor".

-Vamos afuera- se puso de pie mi amigo volviéndose a verme con una expresión culposa. Troya y Esparta se volvieron hacia mí y les ordené:

-Vayan, sean buenos y cómanse al turco de mierda ese-

Eliza examinó mi molestia y finalmente soltó, maliciosa.

-¿No era que no te importaba que él se fuera con quien le dé la gana?-

-Lo siento, pero da rabia si un tipo que lo trata como mierda vuelve a manipularlo después de tanto tiempo, perdón por ser un amigo considerado-

-Es asunto de él si quiere aceptar sus explicaciones o no… no deberías meterte, en especial si nunca has estado enamorado-

Me puse de pie y comencé a dar vueltas rabioso: -Estoy harto del rollito del amor que se traen ustedes, es una estupidez– Finalmente luego de un tiempo que pareció eterno, Heracles volvió a entrar con un gesto confundido y, una vez más, culpable. Levanté mis cejas interrogante y explicó.

-Me quería invitar a salir… dice que se ha acordado de mí en todo este tiempo, que no podía sacarme de su cabeza y…-

-Y tú le creíste todo- se encogió de hombros y se sentó a seguir comiendo mientras Atenas se subía a sus piernas.

-¡Eres increíble!- bufé -¡Eres tan inteligente y eres un idiota! ¿Es que no tienes amor propio?-

-Arthur…- Comenzó Eliza que conocía de sobra mis rabietas, casi todas las rabietas las he tenido con ella por meterse en mis hábitos etílicos-

-No sé cómo haces esto... ¿se te olvida que cuando andabas como vagabundo a su sombra yo te ayudé a dejar de ser patético?-

-No tienes derecho a juzgarme, tú nunca has querido a nadie más que a ti mismo– me señaló él con ése tono neutral que yo conocía como enfado, porque así, todo inexpresivo como era yo conocía todas sus caras.

-¿Cómo te atreves a decirme eso? Tú sabes que me preocupo por ustedes…-

-¿De verdad?– se puso de pie y Eliza supo que la guerra era inminente, se apartó tapándose los oídos y llamando a voces a su novio -¿Te preocupamos nosotros o los miembros de tu banda? Lo único que te importa es tu maldita escritura, tus canciones, tu música y que yo te preste el culo para follar…-

Me sentí totalmente ofendido. Hasta ese momento nunca entendí las cosas que es capaz de decir la gente cuando está enfadada y fuera de sí. Nunca he comprendido del todo si realmente se nos salen cosas con la intención de herir o es el subconsciente en que nos traiciona soltando aquello que muy profundo en nuestra mente creemos y sentimos. De ser así ¿realmente Heracles creía que valía tan poco para mí? Hubiera querido darle alcance y decirle que estaba loco si creía eso, que no era así, que lo quería, sólo que no lo amaba como… como se aman Rode y Eli, por ejemplo; pero aún así… es mi hermano, mi mejor amigo, mi alma gemela, y no podía dejarme... Pero mi orgullo siempre fue más grande que yo y me volteé para no seguirlo viendo, no hice nada por negar sus afirmaciones y él salió enfadado sin terminar de desayunar mientras Eli nos observaba estupefacta desde la puerta.

-¿Qué te costaba sincerarte con él?– me reprendió dándome un empujón antes de salir corriendo escalera arriba.

Estuvimos unos cuatro días sin hablarnos, Eliza intercedía entre ambas partes intentando que arregláramos el asunto por el bien de la convivencia en la casa, por el bien de la banda, pero me era imposible porque yo seguía pensando que era un imbécil al abrirle la oportunidad a Sadiq y él seguía teniendo esas ideas espantosas sobre mí.

Era duro no tener con quien hablar, ver una película o mirar un afiche de una exposición y no poder avisarle; encontrar un libro en la calle y saber que le gustaría para luego recordar que "estamos enfadados" y cachetearme mentalmente por traidor conmigo mismo. Era difícil escuchar una canción, escribir algo y no tener a quien preguntarle si estaba bien, si le parecía inteligente, porque dentro de todo yo era inseguro y su juicio para mí significaba más que el de cualquier crítico o productor de la disquera.

Tenía dos opciones: seguir siendo un cabrón orgulloso, ignorarlo, comprarme otro amigo y amaestrarlo hasta volverlo inteligente y confiable – como si eso fuese posible – o tragarme la mierda e ir a pedirle disculpas terminando con este circo. Opté por la segunda y lo fui a buscar a la cafetería donde le gustaba ir a leerse sus libros. Cuando me vio sentarme a su mesa estuvo a punto de ponerse de pie pero le retuve la mano.

-Tenemos que hablar– dije y seguro soné más penoso de lo que me hubiera gustado, porque hasta me pareció ver compasión en su mirada. –No es verdad que no me importes… de hecho me enfado porque me importas– confesé –y no quiero que te vuelvas a poner como la última vez que te dejó-

-Aprendí a cuidarme ahora– me contestó como intentando tranquilizarme –y sé que lo que dije no es cierto, sé que te importo y que Eli y Rod también te importan-

-¿Seguro que puedes cuidarte?– Insistí cambiando el tema de nuevo -¿Por qué darle otra oportunidad entonces?... no creo que se la merezca-

-A lo mejor él no ¿Pero yo?, creo que si me la merezco… si no puedo dejar de pensar en él estando lejos, a lo mejor si lo dejo entrar a mi vida de nuevo, termino de desencantarme de una vez-

Tenía sentido. No me agradaba la idea, pero Heracles siempre fue inteligente y creí que se merecía un poco de crédito por eso. Nos agarramos la mano por sobre la mesa.

-Te voy a apoyar– finalmente acepté –pero si te hace algo luego de recogerte con cucharita le voy a partir la cabeza con mi guitarra-

-¿Por qué hacerle eso a la pobre "Alice"?– ironizó y nos reímos sellando el tema. Porque pude comprender que él tenía razón. A veces la vida pone oportunidades únicas, que no se van a volver a repetir y está en uno tomarlas. Podría haberle dicho a Heracles que estaba loco, que se olvidara de ese canalla promiscuo que lo había tenido sufriendo tantos años. Pero puede que no me hubiera hecho caso y si lo hubiera hecho tal vez si se arrepentiría el resto de su vida por eso.

-Y ¿Cuándo volvemos a verlo?– pregunté. Teníamos la manía de preguntar qué haría el otro en plural, como si fueranos una sola persona. Mi amigo sonrió ante el reconocimiento de nuestra broma y respondió.

-No sé… qué crees ¿Deberíamos invitarlo a vernos tocar?-

-Ya sabes lo sexys que nos vemos tocando batería-

Y ante eso decidió que esa sería la próxima cita. Le avisó que le dejaría un ticket en portería del salón de eventos y que "si te da el tiempo vienes…". El tonito indiferente era como un imán para el instinto cazador de Sadiq que apareció mucho antes que comenzara el show de las bandas. Lo observamos a través de la cortina de escenario y nos tuvimos que aguantar la risa.

-Te dije que picaría… es un cazador…-

-¿Cómo tú, gatito?-

-Pfff, ése es un novato…-

Luego que nos subimos al escenario y prácticamente se comió a mi amigo con los ojos nos hicimos los interesantes un rato más tras la cortina.

-Chicos… suficiente, el hombre afuera va a comenzar a morder las mesas si Heracles no sale de una vez…-

-¿Qué dices que deberíamos hacer?– preguntó él mirándome maliciosamente.

-Creo que ya le hemos castigado lo suficiente... oye– lo llamé antes que se bajara corriendo a verle –si te vas con él no le sueltes el polvo así de fácil, haz que se lo gane– me guiñó el ojo antes de salir y se fue. Me sentí como mamá gallina. Crecen tan rápido.

En ése momento no sopesé lo que significaría que mi mejor amigo y confidente se comenzara a embarcar en una relación con alguien, o al menos lo intentara. Creo que él tampoco lo comprendía del todo. La idea de no pasar todo el día juntos, de no poder estar junto a él cuando yo quisiera o de no poder comentar todo lo que veía con él me hizo darme cuenta de que tal vez nunca había necesitado enamorarme, tener una pareja y eso porque en Heracles tenía todo el apoyo emocional, todas mis necesidades cubiertas de tal modo que no dejábamos entrar a nadie a nuestro pequeño mundo. Cuando este comenzó a abrirse por su costado me sentí invadido, aunque no tenía derecho a hacerlo.

Una de las veces en que después de una tocada teníamos acordado con mi amigo ir al cine de madrugada a ver "El gabinete del doctor Caligari" fue cuando Sadiq explotó. Heracles fue al baño dejándonos solos mientras ése me perforaba con su mala sangre.

-Tienes que dejarlo ir de una vez– me dijo de repente. No me tomó por sorpresa que le molestara el hecho de no formar parte de nuestros planes privados, sino que tuviera las agallas de pedirme siquiera que me alejara de él.

-No soy yo quien lo retiene… él se junta conmigo porque quiere, no puedes esperar que de pronto dejemos de hacer nuestras cosas sólo porque has aparecido de la nada… no eres nadie-

-¡Yo soy importante en su vida!– se defendió patéticamente.

-Pues yo lo soy más…- contesté sardónicamente -Tú no estuviste allí en su primera borrachera, la primera vez que fumó hierba, el primer recital al que asistió, cuando aprendió a tocar batería… todo el tiempo en que construíamos nuestra banda, en que crecíamos juntos… Heracles y yo hemos vivido tantas cosas que serías incapaz de comprender lo que nos une-

-¿Entonces así va a ser?– Preguntó en tono amenazante -¿Vas a darme la guerra por querer recuperarlo?-

-Detente allí, primero…– Lo frené en seco -no lo recuperaras porque nunca fue tuyo, segundo… no voy a darte guerra aunque podría hacerlo… sabes que si le digo que no creo que seas conveniente para él probablemente me haría caso- pude ver un asomo de temor en sus ojos –pero la verdad es que no lo hago porque respeto su criterio y tu deberías aprender a hacer lo mismo-.

Nuestro mutuo amigo llegó a interrumpir el melodrama y nos fuimos juntos a lo nuestro, eso sí, con el compromiso que saldrían mañana ellos dos solos. Cómo si luego Heracles no me contara todo lo que se dice y se hace en sus salidas. Así supe que Sadiq le invita a salir, que le pide que anden o algo así y que mi amigo acepta con la condición de que mientras salga con él, lo haga sólo con él y no con un montón de gente más, y he de suponer que la nueva acertividad le ha impresionado porque aceptó y ahora le persigue como un perro fiel.

Me tocó aplaudirle de lejos y esperar que las cosas se dieran bien entre ellos por fin, estaba seguro que nadie se lo merecía tanto como él. Y mientras miraba a mi compañero de vida y alma gemela cumplir su sueño adolescente me preguntaba cuando seria el día que me sintiera irremediablemente atraído por una sola persona.

O si tal vez de verdad no había nacido para eso.

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Si me preguntaban qué estaba haciendo allí ese día, podía haber dicho que no tenía idea. Honestamente prefería no ser consciente de las razones. Si hurgaban en mi cabeza con cuidado podría haber dicho que tenía curiosidad, no me sentía especialmente comprometido con la causa; más secretamente podría haber admitido que igual me daba algo de envidia que la rana adicta al vino estuviera metido en algo importante y yo, que era un estudiante estrella, no formara parte de nada.

Cuando lo divisé, estaba delante de una horda de gente: jóvenes, estudiantes, profesores, gente mayor. Al lado suyo una chica tenía un enorme bulto de tela doblado en las manos y yo, escondido en el tumulto, intentaba enterarme de que se estaba hablando adelante. En un momento determinado la gente comenzó a ordenarse en "escuadrones" y François adelante tomaba una esquina del lienzo, otros compañeros le ayudaban y entonces, un impulso idiota me hizo aproximarme y tomar un trozo del enorme trozo de tela pintado con la frase "Un terme aux politiques de privatisation" Rezaba además el logo de nuestra universidad y los símbolos del partido socialista.

Me volvió a sonreír de la misma manera que lo había hecho ayer al verme en la asamblea estudiantil.

- Me alegro que hayas venido- me dijo, cómplice, acercándose a mi oído.

-Espero no arrepentirme de esto– contesté con el habitual tono grosero que usaba para dirigirme a él.

-No te arrepentirás– me aseguró desafiante dándome un juguetón codazo antes de retomar esa seriedad que recién me estaba acostumbrando a ver en su rostro normalmente bromista.

Comenzamos a avanzar en medio de gritos y consignas que nunca había escuchado. La voz de François se levantaba con bravura ahí donde estábamos, delante de todos, apoderándonos de las calles mientras un mar de gente nos seguía.

Aún me parece curioso, que la primera vez que encontré atractivo a François haya sido precisamente cuando no estaba arreglado como metrosexual. No estaba perfumado, no andaba con sus usuales tenidas de niño bonito. Tenía la melena agarrada desprolijamente en una coleta, una camiseta blanca con un símbolo de una mano agarrando una rosa roja - del partido en que militaba – unos vaqueros gastados, tenis y las ojeras marcadas bajo sus ojos azules violáceos. Seguro porque se había quedado hasta tarde pintando lienzos y ultimando detalles.

Alcanzamos a caminar decenas de cuadras y debo admitir que había algo poderoso en esto de formar parte de algo mayor. Lo negué por muchos años, pero reconozco que sí, grité algunas de las consignas que logré aprender en el transcurso del acto civil.

Al llegar a Rue le Sévres con Boulevard Raspali fue cuando las cosas comenzaron a salirse de control. Allí en la plaza, un grupo de manifestantes que no venían con nosotros decidieron cortar la calle. Algunos pocos policías que estaban vigilando comenzaron a discutir con ellos; fue en vano, en cosa de segundos se armó una lucha entre los jóvenes y la policía. Supe que las cosas se estaban saliendo de control cuando un grupo de menos de diez personas arrastraron un automóvil que estaba por allí estacionado y le prendieron fuego. Desde ese momento todo se convierte en un caos: comienza un grupo de gente a lanzar piedras y otros objetos encendidos. Llegan aún más policías a formar una barrera frente a nosotros y detrás de ellos, vehículos enormes como tanques de guerra. Los había visto en las noticias otras veces pero nunca había estado frente a uno en vivo y en directo. Nunca pensé tampoco que me enfrentaría a uno, pero allí estaban: los carros lanza aguas y los camiones de donde descienden los oficiales de fuerzas especiales que comienzan a arrojar gas lacrimógeno.

En ese momento mi miedo inicial a ser detenido se transforma en miedo a morir ahogado. Estábamos en el frente, así que el impacto del gas penetró directamente en mis fosas nasales provocándome un ardor que nunca antes había sentido. Quemaba, y no sólo la nariz, los ojos, la boca, y la sensación bajaba por mi garganta impidiéndome respirar. Comencé a tambalearme mientras mi vista se nublaba por las lágrimas, me llevé una mano al pecho y sentía como mi cuerpo se doblaba involuntariamente por la desesperación de estar asfixiándome. Francois soltó el lienzo y me pasó su pañoleta para cubrirme el rostro.

-Resiste Arthur…- lo escuchaba decir como si estuviese tan lejos, sus brazos me sostenían mientras seguíamos avanzando en medio del humo. Cuando llegó el primer chorro de agua hacia nosotros François levantó la tela para cubrirnos inútilmente, quedamos empapados y cerca se veían venir los camiones policiales, y los oficiales que venían a pie hacia nosotros con escudos y cascos. En ese momento la gente comenzó a correr hacia la plaza y nosotros seguimos tras el montón. Los dirigentes gritaban "¡No se dispersen!" y yo intentaba seguir el ritmo inútilmente. Me sentí un débil ahogándome mientras la policía nos acorralaba.

En ese momento François bufa desesperado y en vez de seguir la misma dirección que todos nuestros compañeros me agarró fuertemente la mano arrastrándome hacia un callejón, en el que nos internamos sin que al parecer nadie nos viese; nos agachamos bajo una escalera de incendios pudiendo entrever el escándalo que acontecía en la gran avenida. François sacó del bolso que traía amarrado a la cintura una botella de agua mineral gasificada y me echó un poco en el rostro; de alguna manera mi ardor comenzó a disminuir un poco, mojó su pañoleta y me la puso para cubrir mi nariz y boca.

-Vamos, intenta respirar– me ordenó y lo hice, aliviando en gran manera mi desesperación.

En ese momento, al disminuir mi miedo comencé a llenarme de rabia. Sabía que esto terminaría en un escándalo, me sentí especialmente idiota porque este bastardo me había prometido que no sería así y yo le había creído. Estábamos acorralados en un callejón sin salida, yo encapuchado y este idiota con su camiseta del partido: Era imposible salir sin que nos vieran.

-Ponte mi chaqueta- le obligue aún molesto, sacándome la prenda y ofreciéndosela.

François me miró enojado, como si todo fuera culpa mía. No pude evitar sentir aún más rabia y gritarle.

-Por qué tienes esa cara si estamos metidos en este lío por tu culpa… ¡sabía que esto pasaría! ¡Es inaceptable que estés metido en estos actos de vandalismo!-

-¡Oye!– Me gritó él de vuelta, fatalmente serio - No te confundas, esos alborotadores no tienen nada que ver con el movimiento, siempre se cuelan en las marchas con el único objetivo de crear caos-.

-¡Si estas a favor de toda esta locura ¿por qué estas aquí conmigo escondiéndote?– lo cuestioné, resentido.

-Porque sé lo que tu padre te haría si te hubieras desmayado o te hubieran detenido– respondió cortante como una cachetada.

Silencio. Estaba pensando en mí después de todo. Me sentí tremendamente culpable, como un rompehuelgas, quintándole su héroe a la revolución.

-¿Hubieras continuado el avance de no ser por mi?– pregunté temiendo la respuesta.

-Hubiera llegado hasta el final- contestó seguro y sin mirarme, pendiente de la batalla que se liberaba en la avenida.

-Entonces vamos– le invité, resuelto poniéndome de pie para caminar hacia la calle, aunque no tenía ni un poco de ganas de ir a meterme de nuevo a esa guerra.

-¡No, Arthur!, bajo ninguna circunstancia– me tironeó del brazo, arrastrándome de vuelta a nuestro refugio como un muñeco de trapo. Maldije mi poca resistencia al gas y mi momentánea debilidad. François tenía los ojos hinchados y las lágrimas empapaban su rostro, estaba sudando frío, pero no daba señas de desmoronamiento –Esperaremos a que se dispersen y caminaremos hasta mi casa, te cambiarás de ropa, buscaremos la moto, te iré a dejar a la tuya, fin de la historia-.

-¡No quiero irme a casa!– protesté como un niño pequeño. Tal vez por eso prefirió ignorarme y tomar la chaqueta que le había ofrecido minutos antes.

-¡Nos vamos a ir a casa porque yo lo digo!- vociferó dando por zanjado el asunto. Me agarró la mano y casi metiéndome su pañuelo humedecido en la boca me guió por las orillas de la calle hasta una vía donde ya no habían disturbios. Caminamos casi diez cuadras hasta su departamento, una vez que llegamos pone la tetera y se pone a buscar ropa para mí.

-Báñate para sacarte los químicos del gas, ponte esto y cuando salgas te tomas tu té a ver si se te quita la rabia.

No comprendí a qué venían tantas atenciones si hace diez minutos veníamos discutiendo como el perro y el gato, echándonos la culpa mutuamente.

-No es necesario que te hagas el amable conmigo– le escupí irritado ante lo que él respondió.

-Sólo quería ser cortés, pero por supuesto, tú tienes que ser grosero-.

Nuevamente me sentí culpable, me bebí el té con unos croisants en el más absoluto de los silencios, hasta que de pronto tuve una idea para romper de alguna manera la tensión que se había generado: -Te invito una copa– propuse, el dueño de casa me observó dudoso unos instantes y terminó aceptando. Una vez nos hubimos bebido un trago cada uno ya nos estábamos llevando mejor.

-Vamos, reconócelo de una vez, tu eras el estratega del grupo– le insistí, ya que habíamos empezado a recordar las andanzas del Bad Friends Trío.

-Te diré la verdad: es cierto que las ideas salían de mi cabeza...-

-¡Lo sabía!- exclamé triunfante.

-Yo daba las propuestas de que podríamos hacer algo para promover equis idea, pero la manera de hacerlo y los detalles técnicos de cómo montar la travesura, todo eso era cosa de Gilbert-.

-¿De verdad?-

-Él era verdaderamente el estratega y es por su cuidado que nunca pudiste pillarnos mientras montábamos todo– reconoció abiertamente, como hubiera deseado que lo hiciera hace cuatro años atrás –Ahora, la redacción de los eslogans y frases eran cosa de Toño, el siempre fue un genio con las palabras-.

-Habían frases impactantes, a veces- reconocí sintiéndome algo tonto.

-Claro... pero no estamos aquí por eso– cambió el tema levantando su copa -¡Salud, por tu primera marcha cívica!-

-Y la última– agregué -Estás loco si crees que volveré a meterme a un escándalo de esos-.

Me observó por el rabillo del ojo, muy pagado de si mismo y contestó:

-Por supuesto, mon petite lapin- me hubiera enojado, de no ser porque el ron me tenía tan contento –igual gritaste– agregó. Logrando que mi rostro enrojeciera y poniéndome a la defensiva

-Fue un lapsus, me dejé llevar por el momento-

-You should do that more often (1)– añadió con ésa sonrisa. Y ahí estaba de nuevo, con mi nivel de raciocinio en cero y él en completo control de mis emociones. Hasta que de pronto caí en cuenta.

-¡Hablaste inglés!- Chillé escandalizado –Sabes inglés... quizás desde cuando lo sabes y no te dignabas a decirme, pudiendo haberme hablado todo este tiempo...- Me regaló como respuesta una sonrisita cretina antes de responderme.

-Es que es más divertido escucharte hablar francés con ése acentito tuyo– le pegué un manotazo como venganza pero su sonrisa sólo se amplíó y entonces se puso de pie y me invitó.

-Vamos a bailar-.

-Bailar es para nenas, anda tú solo– le contesté con rudeza y volví a encender un cigarro para concentrarme en mi bebida. Sin considerar que era una descortesía dejarme solo en el mesón, se fue a la pista de baile dejándome ahí sentado frente a la barra y hubiera seguido allí muy campante de no ser porque tenía una forma desagradable de moverse que estaba llamando la atención de algunas personas aún más desagradables. No fueron celos ni nada, pero me tomé de un trago el ron que me quedaba en el vaso y entonces me acerqué a acompañarle. Le escucho cantar la pegajosa tonadita electrónica.

-Tu m'as promis le cheval ailé que j'ai jamais eu...Tu m'as promis le fil d'Ariane, mais tu l'as coupé, Tu m'as promis les notes de Mozart, pas des plats cassé, Tu m'as promis d'être ta reine, j'ai eu pour sceptre un balai... (2)

-No sabía que te iba el pop de colegiala– comenté burlón.

-No me gusta especialmente, es sólo que esta canción me recuerda cuando recién comencé a salir a fiestas… ¡que recuerdos!-

-¿Recuerdos de que?– pregunté comenzándome a sentir irritado.

-Aventuras, mon petite-

Gruñí y en un arranque posesivo pegué mis caderas furiosamente con las suyas. François pudo notar algo de mi estado anímico y de mis intenciones porque rodeó mi cintura con sus brazos mirándome fijamente.

Entonces no sólo nuestros cuerpos bailaban, nuestros labios también lo hacían. François sabía a vino, tal como lo imaginé, pero también a tabaco, a revolución, a retórica, a tratados de filosofía. En ese beso estaba la fuerza de nuestra rivalidad eterna y de esta tensión que había tomado matices en estos días.

Pero tal como inició, terminó. François me observó dudoso y lleno de temor antes de pronunciar: -Disculpa, por favor, Arthur... esto no debió suceder-.

Mi resentimiento entonces ascendió a tales niveles que le empujé gritando: -Ni tienes que mencionarlo, esto no fue nada más que un error– Me encaminé hacia la barra tomé la chaqueta, dejé un billete sobre la mesa y me largué sin darle explicaciones.

Me sentía profundamente avergonzado y sobre todo descolocado al recordar la mirada arrepentida y lastimera que me puso al apartar sus labios de los míos. Pude ver que parecía sentirse culpable, y eso era novedoso porque nunca lo había visto sinceramente arrepentido de sus actos. El Arthur Kirkland adolescente, presidente del consejo estudiantil, se estaría regocijando al verlo con ese rostro afligido. Pero el Arthur que era yo en ése momento era otro, era mayor, era menos infantil y menos vengativo. Y estaba enamorado de ese francés de mierda.

Me hubiera gustado jugar a ser frío y poner un acto frente al mundo pero me era insoportable ver a François todos los días, en especial desde que volvió a ser el mismo monigote magnético y coqueto que había sido siempre ¿Cómo podía besar todas ésas bocas libremente después de haberme besado a mi? Es que daba lo mismo para él cualquiera. ¿Yo era igual a todos? Seguro era eso y lo más deprimente es que para mí no era igual.

Así que comencé a imitarle de cierto modo, no ofreciéndome a cualquiera, pero sí aceptando la invitación a Phillipe, porque no tenia nada que perder y porque guardaba la estúpida esperanza de que a François sí le afectaría en algo verme con otro del mismo modo en que a mí me carcomía verlo. De todos modos, y por mi salud mental también comencé a cancelar nuestras citas de estudio porque tenía que demostrarle de alguna manera al muy bastardo que no me importaba lo que hiciera, que estaba bien sin él. Aunque no lo estuviese.

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No entendía cómo es que mis brazos continuaban moviéndose con normalidad luego de llevar una maratón de cinco días escribiendo sin parar en la computadora. Alfred decía que era un exagerado, que no era como para contraer tendinitis en tan poco tiempo, y bueno, me lo decía quien seguro había desarrollado musculatura de tanto darle al joystick durante toda su vida.

Seguí tecleando mientras abría y cerraba libros, buscaba en el océano de fotocopias manchadas de marcadores de colores, separadores y post-it. Me rascaba la cabeza desesperado, copiaba citas, las explicaba, contrastaba distintas posturas

"Aunque algunas posturas tradicionales respecto a la memoria, señalaban que esta era como un espacio mental de almacenaje infalible, estudiosos de las ciencias cognitivas señalan que nuestras memorias son construcciones intencionadas, y que nuestra mente codifica las memorias acorde a los prejuicios y conocimientos previos para que sean coherentes con nuestra forma de pensar. De modo que lo que recordamos nunca es efectivamente lo que sucede, y lo mismo pasa en la literatura, al escribirlo todo se transforma…"

Ahora que releía lo que acababa de escribir me daba cuenta de que ése era el origen de todos los malos entendidos entre las personas. Que todos percibimos de forma distinta, todos construimos una situación distinta en nuestra cabeza y al hacerlo podemos enfrascarnos en discusiones sin sentido sobre quien tiene la razón, cuando en el fondo no la tiene nadie.

Dejé caer mi cabeza sobre el escritorio buscando un respiro, o una idea brillante que se sacudiera con el golpe. Lo único que se escuchaba era sonido de la guitarra electroacústica con la que se entretenía Alfred sentado en su cama. Su cuarto era un reflejo perfecto de su personalidad: Posters de Star Treck, otro de Link corriendo por un campo, un banderín de Stone Temple Pilots, un marca de extensil pintada en la puerta que simulaba la figura de Kurt Cobaín y en su repisa se podían ver, tanto sus textos de cálculo, como sus cómics DC y sus figuritas de colección colocadas con mucho esmero. En el altar, él último eslabón de la repisa: La Master réplica de la espada de Darth Vader. Me sentía en casa frente a todo esto pese a que no compartía muchas de éstas cosas; había aprendido a aceptarlas y hasta les había tomado cariño.

Ya que teníamos tan poco tiempo para vernos, nos habíamos hecho la rutina de estudiar juntos en su habitación o la mía, aunque fuesen cosas distintas y ni habláramos al respecto. El sólo hecho de compartir el metro cuadrado y tomar los descansos de cinco minutos juntos nos era suficiente.

Este exceso de cotidianidad le había dado la confianza de hacer cosas como estas: andar andrajoso como cuando era niño con las camisas de franela, los jeans gastados, el pelo desordenado y las manos callosas de tanto darle a la guitarra que había aprendido a tocar en uno de los talleres extracurriculares de la universidad.

Agradecí internamente que fuera bueno y tuviera una voz aceptable, si no, sería una tortura a la que no me atrevería a poner fin porque me había jurado nunca más ofenderlo ni tirarle una crítica negativa. Nadie sabía como podría tomársela.

If I had to lose a mile
If I had to touch feelings
I would lose my soul
The way I do

I don't have to think
I only have to do it
The results are always perfect
But that's old news.

Would you like to hear my voice
Sprinkled with emotion
Invented at your birth?

Me tardé casi siete años en darme cuenta de que esa música que lo hacía mover la cabeza frenéticamente mientras jugaba sentado a mi lado era la misma a la que yo me había acostumbrado a oír durante mi adolescencia. Era el sonido de Seattle, el sonido de la apatía, de la rebeldía inmóvil que lleva a despreciar a dios, a la familia, a las normas, el compromiso. Nosotros ya no éramos tan pesimistas; de alguna manera habíamos aprendido que las cosas podían mejorar, que después de todo si había un futuro, sólo bastaba levantarse un poco y buscárselo.

Levantándome del escritorio decidí que era hora de un descanso. Una porque quedarme encerrado cinco días consecutivos escribiendo hasta que no me daba e cuerpo, era una locura; segunda porque no podía nada más pretender que Alfred se quedara arrastrado por mi apatía en esa habitación un día viernes por la noche.

-Oye- lo llamé desde mi silla volviéndome a él que de pronto rompió a medias su interpretación de "My girl, my girl, don't lie to me, tell me where did you sleep last night…". Me observó a través de su flequillo escandalosamente largo y me puse de pie para, compulsivamente, comenzar a peinarlo, pasando mis dedos por sus hebras rubias como si fueran una peineta y chasqueando la lengua desaprobatoriamente al descubrir que podía hacerle una coleta en el cabello sin problemas debido a lo largo que estaba.

-Sé lo que estás pensando y la respuesta es no, no me arrastrarás a "Super cuts" ni a ninguna otra peluquería– sentenció incluso antes de que yo comentara algo, quitándome las manos de donde las tenía.

-No te iba ofrecer ir a la peluquería a esta hora… ¿Qué clase de persona crees que soy?- Alfred me observó con esa cara que quería decir "Really?" –Ya, como sea, te iba a decir que fuéramos al bar ese que querías conocer el otro día-.

-¿El antro gay?- preguntó a bocajarro. Odiaba cuando hacía eso.

-Sí, sí– contesté nervioso.

-Vamos, que no te de pena, somos gays… eso es lo que hacemos, ir a antros gays a alocarnos al ritmo de Gloria Gaynor– bromeó poniéndose de pie de un salto.

-Oh no, tienes que estar bromeando…-

-Vamos, anímate, si no vamos a ser solteros por siempre– y al decir eso no supe a qué se refería ¿Quería ir a ligarse gente a un bar? Sería lógico, que yo sepa no ha salido con nadie en serio y lo mismo yo.

No sé si eran ideas mías, si siempre había sido así, pero me fijé que un viernes en la noche, en el otro de Manhattan lo que más se puede ver es gente de nuestra edad, arreglada, sin bolsos ni libros, como listos para apoderarse de la noche ¿Qué había hecho yo todos estos años aparte de trabajar, estudiar, y comerme la indecisión de decirle a Alfred lo que sentía por él? Nada.

La primer anota mental que tomé fue que las luces de neón de fuera del lugar eran muy coloridas, luego noté los murales de distintas cantantes y bandas de electrónica que habían en las paredes, estaba lleno de hombres, la mayoría con ropa ajustada y muy 'de revista'; sonaba una canción que parecía ser de Britney Spears y…

-Oh, Dios… la bartender es un travesti– comenté apuntándola incrédulo. Alfred miró en la dirección señalada y se soltó a reír.

-Vamos, no me digas que no te lo imaginabas– mi cara de desconcierto debió responderle, entonces me agarró del brazo y comenzó a girarme, dejándome frente a un cubo de madera encima del cual se movía un chico delgaducho con ropa ajustada y una boa de plumas rojas en el cuello -Mira, más allá tenemos el típico caso de un chico afeminado, un día es como nosotros y mañana, será una de ellos– implicó moviendo su cabeza para señalarme a otras travestis. Cuando estaba recién asimilando a la población que formaba parte de mi 'comunidad', comenzó a sonar "Young hearts run free" y parece que les hubieran puesto un propulsor en el cuerpo a todos, porque se aventaron a la pista para moverse frenéticamente y con una soltura que creo que no lograré ni en mil años.

-No creo que esto sea bueno– le indiqué a mi amigo –creo que no pertenecemos a esto, creo que…-

-Deja de reclamar y vamos a la barra– me cortó arrastrándome hacia donde estaba la primera travesti que nos pasó una carta color rosa. Los tragos tenían nombres rarísimos y explicaban los ingredientes bajo de cada uno. No podía imaginarme a qué sabía un cocktail que tuviera salsa de tomates, Worcestershire sauce, vodka, salsa tabasco y otras cosas. Alfred sonrió burlonamente antes de llamar a la bar woman y pedir:

-Quiero un Sex on the beach-

La tipa se sonrió y agregó.

-Los que quieras cariño- guiñándole el ojo cargado de pestañas postizas antes de volverse a mí, y con la misma coquetería preguntar.

-¿Y para ti, corazón?-

-Eh... yo…- tenía mi dedo puesto en el último trago que había estado leyendo y entonces dije sin pensar - Un Bloody Mary-.

-Oh… por supuesto que quieres uno, Little brit– y en seguida comenzó a prepararlos. Me volví a Alfred que estaba divertidísimo con la situación farfullando.

-¿Es que no puede simplemente tomar las órdenes y preparar los tragos sin tener que hacer todo eso?– señalé haciendo muecas y gestos exagerados.

-Es parte del juego– explicó bajándole la gravedad al asunto. Cuando nos trajeron los tragos, por los ingredientes que había leído y por cómo se veía esperé algo verdaderamente asqueroso, así que me sorprendió gratamente que no lo fuera. No era un sabor convencional, pero a mí nunca me habían gustado las cosas convencionales así que.

-¡Esto es grandioso!– Exclamó Al contenido sorbeteando la pajilla de su trago color rosa, con frutitas y un paraguas, luego le habló a quien los había preparado diciéndole –Tu "Sex on the beach" es fenomenal-.

-Y espera a probar el de verdad– contestó lanzándole un beso antes de seguir atendiendo a otros clientes. Me pasé la mano por la cara en un gesto de vergüenza, Alfred sonrió con su gesto derretidor de icebergs y luego llevó los ojos en la pista.

-Bueno, es temporada de caza…- declaró recorriendo con la mirada todo lo amplio que podía -¿Qué dices? ¿Ves a alguno que te guste?-

Entendí a lo que se refería y me molesté bastante. Casi pude bajar la mitad de mi trago en tres segundos mientras lo veía barrer la superficie del salón hasta que se detuvo en un punto fijo.

-Mira ése– Y me apuntó a un moreno no muy alto que usaba una boina y bailaba solo.

-Muy bajo– lo descarté de inmediato, sin pensarlo mucho, sólo disparando al primer defecto posible y esperando a que eso desanimara a mi acompañante. La verdad es que me era insoportable la idea de verlo bailar con cualquier otra persona ¿Eso me hacía egoísta?

-Bueno, bueno…veamos– siguió escaneando y señaló otro –Pelirrojo… no está nada mal– Lo observé y la verdad estaba bien, tenía el torso definido y todo, se veía algo tostado y la manera en que movía las caderas bailando era prometedora, me quedé pegado mirándole sin saber qué decir para eliminarlo.

-Oh, no– comenzó el mismo Alfred –sería como follarse a tu hermano ¿te imaginas?-

-Qué asco- le di la razón asintiendo profusamente con la cabeza. Y bueno, si este era un juego yo también podría jugarlo.

-Otro moreno- indiqué a un chico que estaba lejos, alto, delgado, cabello liso y negro con un flequillo –Parece un latino, me agrada– indiqué esperando lo que tenía que decir Alfred quien de pronto tenía el ceño fruncido. En eso se acerca un rubio de ojos pardos, con un rizo bastante divertido a abrazar al moreno, que luego de forcejear un rato, se dejó hacer.

-Qué pena… tiene novio– señaló Alfred, sin sonar muy afligido, la verdad. -¿Te gustan más los morenos?– preguntó de pronto poniendo cara de circunstancias, la primera respuesta que se me vino a la mente fue "No, me gustan rubios, altos, atléticos, de gafas y ojos azules, con sonrisas idiotas, un poco frikis, algo así como tú…"

-Me da igual– respondí dándole otro sorbo a mi trago que no sé quien se lo había tomado, porque yo no recordaba haberlo hecho.

-Bueno ahí hay otro– indicó con un gesto cansado y desinteresado a un castaño vestido de negro, parecía ido y la verdad es que…

-Ese está drogado– le informé a mi acompañante con un gesto de suficiencia- Soy de la facultad de letras así que veo seguido este tipo de cosas, este se ha echado una pastilla encima.

-¿De verdad?– preguntó incrédulo fijándose en la mirada perdida del observado.

-Si no me crees anda e intenta entablar una conversación con él, probablemente no pueda porque tiene demasiadas ganas de bailar y de tener algo de acción-.

Aunque tal vez no debí mencionar eso de que los drogados con éxtasis estaban especialmente dispuestos a tener una noche alocada. Me arrepentí al instante mientras esperaba estático que mi amigo tomara la oportunidad y me dejara tirado en la barra con la versión travesti de Victoria Beckham.

-Si no me hubieras dicho no me doy cuenta– señaló vaciando su vaso con un último tragó; luego estiró la mano hacia mí y propuso.

-Bueno, ya que no hay nadie aceptable al menos bailemos entre nosotros a ver si hacemos que la noche valga la pena– entonces sonreí por primera vez desde que habíamos llegado al lugar y nos fuimos a meter en el océano de colores y cuerpos danzantes.

Una vez buscamos un punto específico donde nadie nos empujaba y donde no estaba tan apestoso a cigarrillo, nos acomodamos para poder movernos. Entonces caí en cuenta de algo: Se sentía bien bailar con Alfred, tal vez si no le hubiera ofendido cuando éramos chicos hubiéramos podido hacerlo varias veces, hasta hubiéramos ido al maldito baile de graduación juntos. Imaginando que me hubiera gustado ir.

A nuestro alrededor las parejas eran algo más atrevidas, se restregaban juntos, se corrían las manos por todos lados, algunos estaban contra la pared atracando y otros en un rincón con las manos perdidas dentro de los pantalones. Me comenzaron a dar verdadera envidia, yo seguro estaba bailando con uno de los más guapos del lugar y no me atrevía a hacer ningún movimiento comprometedor. Habían pasado años desde la última vez que nos besamos en mi cama la noche de nuestra graduación y sin embargo, a mí, Alfred me seguía pareciendo el sueño americano adolescente. Era imposiblemente guapo y no podía creer que aun estuviera solo y sin novio. Se lo dije, seguro empujado por el bloody, Bloody Mary.

-Es porque estoy esperando a una persona– admitió de pronto –llevo años esperándola y sé que algún día Arthur, te vas a dar cuenta que he estado aquí todo el tiempo-.

Y ahí estaba, ésa oportunidad que se daba una vez en un millón. Estaba declarándose, se había lanzado al vacío sin más y me observaba expectante, ahora dependía de mí: o le aceptaba o me jodía para siempre.

Así que me colgué de cuello para besarle como si no hubiera un mañana.

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(1) Deberías hacer eso más seguido.

(2) Tú me prometiste el caballo alado, que yo jamás tuve, Tú me prometiste el hilo de Ariadna, pero lo cortaste, Tú me prometiste las notas de Mozart, no platos rotos, Tú me prometiste ser tu reina y yo tenía de cetro una escoba... - Esto es de la canción de In Grid: Tu es foutu.


Bella: Uy no sabes que gusto leerte por estos lados, de verdad. Pensé que lo tuyo era solo el spamano y el gerita. Finalmente entendiste la idea de este fic, mi vida favorita también es la de Francia, por la revolución! Es más interesante así ¿o no? Bueno te contesto lo que me preguntaste si seguiré haciendo Gerita y Spamano: El Gerita no me gusta mucho la verdad, si escribí uno fue porque pensé que era necesario y porque me lo pidieron, pero no creo que vuelva a escribir otro. El Spamano es otro cuento, me encanta. ME ENCANTA ROMANO! te puedo decir que seguiré escribiendo RomanoxEspaña y RomanoX Inglaterra ( me encanta esto! estoy escribiendo uno en inglés de hecho, pero tal vez me anime a escribirlos en español tambièn)

Si te algo puedes estar segura es que a Romano e Inglaterra no los dejaré jamás porque son mis favoritos (corazones! muchos corazones para ellos!) Un abrazo!