Glosario del capítulo:

**Emporion: Colonia griega situada en la costa norte del levante hispánico. Es la actual Ampurias.

**Domus: Es la casa unifamiliar romana por excelencia, equiparable al chalet de hoy en día.


Querer, poder y deber son tres cosas totalmente diferentes. Y cuando uno de ellos entra en conflicto con otro resulta ser un gran problema.

Cartago


Año 463 antes de Jesucristo, diciembre.


Roma había dicho que aquello sería una reunión sin importancia, una cena con un puñado de amigos que se aburrían si no salían de sus casas. Cartago había aceptado quedarse únicamente porque se suponía que la recepción sería sencilla y tranquila y porque Roma se había negado a que se marcharan tan pronto. Cartago sabía que Roma proyectaba hacerlos permanecer allí hasta que pasasen las Saturnales pero él no estaba dispuesto a cumplir con esa expectativa. Cuando llegara a África tendría que darle unas cuantas explicaciones al Senado y no tenía idea de qué excusa iba a decirles.

En silencio, Cartago estaba algo alejado de los vestíbulos, casi escondido de los demás mientras que Aldion sólo estaba unos pasos más cerca del arco, curioseando la llegada de cada invitado. El aire frío de la noche le hizo tiritar.

—Sigo pensando que no es buena idea que estemos aquí —musitó Cartago desde la arcada.

Aldion se volvió hacia él para mirarle, ligeramente nervioso.

—Vamos, no pasa nada, parecen simpáticos.

—Desentonamos más que un zorro en un gallinero.

—Sí y tú eres el zorro —Aldion esbozó una sonrisita pícara como respuesta al gruñido de Cartago pero no dijo nada más.

Cartago y Aldion se mantuvieron tras el pórtico del patio mientras los esclavos iban y venían con fuentes, platos, escudillas de plata, copas repletas y los invitados se esparcían por todo el espacio de la domus. Muchos de ellos notaron la presencia de Cartago y el joven púnico y comenzaron a hacer murmuraciones, sin atreverse a entablar contacto directo con ellos. No sabían exactamente quiénes eran o de dónde venían y aunque la curiosidad les estaba carcomiendo por dentro, ninguno tuvo el valor de ir. Finalmente fue una joven la que se acercó primero, seguida por una mujer mayor que parecía ser su esclava personal. Aldion retrocedió un paso sin darse cuenta, aturdido por su súbita aparición tras una de las columnas. Cartago se limitó a mirarla de reojo. La romana los observó con curiosidad, sin decir una palabra, mientras se recogía un mechón de pelo, rizado y oscuro, tras la oreja. Más parecía que tuviera miedo de hablar que otra cosa, por si acaso a ellos se les ocurría desaparecer en la noche, como cervatos asustados.

—Eres tú —susurró ella entonces. Su voz se asemejaba al tintineo dulce de una campana de plata. Clavó la vista en Cartago. Este se encaró despacio a ella, intrigado. Aldion retrocedió un poco más, sin dejar de mirar a la mujer—, eres Cartago, ¿no es cierto?

Él alzó sutilmente las cejas. Si Roma se había ido de la lengua... Los rumores se extendían como el fuego en la brea, no importaba dónde tuvieran inicio. Si el chisme de que había estado en el Lacio sin permiso cruzaba el mar tendría problemas muy serios.

—¿Quién te ha dicho eso? —preguntó en voz baja.

—Nadie —se apresuró a aclarar ella—, nadie, lo juro. Roma me ha hablado tanto de Cartago y lo ha descrito tantas veces que es imposible no reconocerlo. Al verte aquí he pensado... eres igual a como me lo imagino, tienes que serlo.

A la luz de las antorchas se podía notar el débil rubor que adornaba sus mejillas pálidas y el brillo emocionado de sus ojos castaños. No debía de tener más de dieciocho años. Cartago la observó durante largo rato. No parecía peligrosa, tan sólo interesada y emocionada.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Cartago, separándose del arco y acercándose un poco más a ella, cordial.

—Niobe —La muchacha se inclinó un poco, como si para ella fuese un gran honor estar en su presencia.

—Niobe... es un nombre griego, ¿no es así? —Cartago miró a Aldion, como si buscara confirmación de ello. El muchacho murmuró algo tan bajo que se perdió entre las voces distantes de los demás romanos.

—Mis padres son griegos, pero yo nací en Roma —Niobe desvió la vista inmediatamente hacia algunos de los demás invitados, que ya estaban disgregados por el patio a pesar del frío—, aunque a mucha gente eso le importa poco...

Cartago asintió. Sabía que, al igual que en su ciudad natal, existían fuertes prejuicios contra los extranjeros. Si Niobe tenía sangre griega y la gente lo sabía, era posible que los demás la tratasen con desprecio, por mucho dinero que pudiera tener su familia. En Roma era muy importante el estatus de sangre y el pertenecer a una familia romana con varias generaciones de antigüedad.

—Bueno, si te sientes incómoda siempre puedes quedarte cerca de nosotros —murmuró Aldion.

Tanto Cartago como Niobe le miraron. Aldion había dicho aquello de forma impulsiva, pensando que no estaría mal mostrarse cortés si ella estaba triste y desanimada. No todos los días tenía la ocasión de conocer muchachas lejos del brazo largo de sus padres. Tragó saliva y carraspeó, un poco turbado. Niobe esbozó una sonrisita y se dirigió a Cartago.

—Tu esclavo es muy amable.

—No soy su esclavo —Aldion frunció el ceño.

Se sucedieron unos segundos de tenso silencio, hasta que Cartago le colocó una mano en el brazo para hacerlo retroceder, como diciendo que no se irritara. Niobe apretó los labios, sintiéndose avergonzada.

—Lo siento, creí que... —Meneó la cabeza sin terminar la frase—. Discúlpame.

Dio la vuelta y se internó en la sala principal, perdiéndose entre varios grupos de invitados, seguida de su esclava. Aldion suspiró, culpable, observando la desaparición de joven tras el arco de entrada. Gruñó por lo bajo. No había querido parecer tan rudo pero le había molestado que esa mujer hubiese pensado que era un esclavo. Era lo que siempre lograba irritarlo, fuese quién fuese el que lo dijera. Cartago soltó al muchacho y abrió la boca para decirle algo pero en ese momento apareció Roma por el otro lado de la columna, ligeramente tenso y apabullado.

—¿Dónde os habíais metido? Os estaba buscando —siseó, molesto—. La gente no para de murmurar sobre los dos extranjeros que he traído a casa, como si fuerais una atracción.

Cartago bufó, fingiendo sentirse irritado en lugar de interesado. Aldion no le prestó atención. Apretó los puños, mordiéndose el labio inferior y se alejó de ellos en silencio , mezclándose con los romanos que lo observaban al pasar. Roma siguió a Aldion con la mirada hasta que se perdió, luego se volvió hacia Cartago, desconcertado.

—¿Qué le pasa?

—Creo que se ha prendado de una amiga tuya.

—¿Ah, sí?, ¿quién? —Roma bajó la voz, alerta. Era consciente de lo mucho que los humanos le estaban vigilando disimuladamente mientras hablaba con Cartago. No hacía falta que este le dijera lo malo que sería darles a entender que Cartago en persona estaba ahí, pasando la noche. Cualquiera podía hacer correr la voz—. ¿Sabe... sabe quién eres?

—Sí, aunque ha dejado bien claro que que no es por tu culpa, si es lo que te preocupa —Cartago le dirigió una mirada conciliadora y suave para que se tranquilizara—. Se llama Niobe.

—No me preocupaba por eso —musitó Roma, pasándose la mano por el pelo—. Niobe... —Roma hizo memoria—. La conozco, sus padres son comerciantes de telas, bastante adinerados e importantes. Solían acompañarme cuando iba a por tu tinte púrpura. A la hija le ha dado últimamente por pegarse a mis talones para que le cuente mi vida, dice que quiere escribirla —sacudió la cabeza y sonrió—. Me halaga pero, ¿te imaginas?, ¿una mujer escribiendo una historia?, nadie la leería.

—Te sorprendería saber de lo que es capaz de hacer una mujer, Roma —murmuró Cartago, desviando la vista—. Es interesante.

Cartago estiró un poco el cuello para ver si podía divisar al jovencito, sin éxito. Aldion no solía tener muchas ocasiones para conocer mujeres de buena familia en África debido a su trabajo. Cartago llevaba tiempo intentando solventar ese problema pero tampoco es que tuviera demasiadas opciones. Aldion era de origen humilde, ningún hombre de sangre púnica querría casar a su hija con él pero Aldion tampoco se merecía menos que eso por estar dónde estaba. En su cabeza, un pequeño plan comenzó a trazarse. Jamás habría pensado que una esposa de origen romano fuera buena idea, pero tenía que reconocer que poseían cierto atractivo. Pensó que Niobe podría ser una buena candidata. En cinco minutos de conversación había logrado hechizar a Aldion con su belleza y teniendo en cuenta que sus padres hacían negocios con el tinte, quizá hasta querrían pagar por permitir que su hija se relacionase con la alta cúpula púnica.

—Aunque es extraño —comentó Roma, mirando también hacia sus invitados—, no he visto a sus padres ni a Marco por aquí, ha debido de venir sola.

—¿Marco?

—Su marido. Es el segundo hijo de la familia Valeria, patricios de segunda casta. No son de alta alcurnia, pero gracias a eso, Niobe tiene la ciudadanía romana. Hizo buen negocio casándose con él. El muchacho es joven pero...

Cartago dejó que Roma siguiera con su verborrea sobre el linaje de los Valerios mientras el plan que había ideado hacía menos de dos minutos se disolvía como la niebla bajo el sol. «Habría sido demasiado fácil». Tenía que cuidar que Aldion no cometiera ninguna tontería entonces. Los romanos veían con muy malos ojos el adulterio y enredarse con mujeres casadas jamás era buena idea. Pero el muchacho se había ido, perdiéndose entre los demás, le costaría encontrarlo sin que nadie le entorpeciera el paso. Roma se calló, intrigado, al ver la expresión ausente de su amigo. De repente se levantó una ráfaga de viento helado, haciendo que un escalofrío le recorriera la espalda. Los invitados se fueron replegando hacia la gran sala del banquete, hasta que al final sólo quedaron ellos dos en el patio. Roma ordenó a los últimos esclavos rezagados que ocuparan sus puestos y atendieran sus obligaciones, volviéndose hacia Cartago luego.

—¿Cartago? —Su voz hizo que él volviera en sí—, ¿estarás bien?, ¿qué vas a decir cuando te pregunten?

—Algo se me ocurrirá, tranquilo —suspiró, pensando que tendría que echar mano de sus pequeñas dotes de interpretación para el juego de simulación ante los demás. Sólo esperaba que Niobe estuviera callada respecto a eso—. ¿Vamos? —Esbozó una pequeña sonrisa que regaló a Roma, tanto para infundirle confianza como para dársela a sí mismo.

Roma asintió en silencio, notando un hormigueo en el pecho al ver que Cartago le sonreía, aunque fuera de esa forma tan suave. Inspiró aire profundamente y echó a andar hacia la puerta, sintiendo los pasos de Cartago tras los suyos.


Aldion había perdido de vista a Cartago y a Roma durante de la cena. Había estado buscando más a Niobe que otra cosa porque quería conocerla mejor, aunque fuese sólo un poco. Le apenaba saber que cuando volviera a casa no la vería más a no ser que él se acercase a Roma de nuevo. Niobe le había gustado bastante. La gran mayoría de las mujeres que Aldion había tenido que tratar hasta ese día sólo se preocupaban por su aspecto y el dinero. Y eso no era lo que él buscaba. De vez en cuando soñaba con tener una esposa con la que poder charlar antes de levantarse de la cama, tener hijos y hacer el amor cada vez que les diera la gana. Era cierto que no muchas chicas habían querido ponderar siquiera la idea de dejarse cortejar, sobre todo por influencia de sus padres, y eso a él le frustraba. Por eso no iba a desaprovechar la ocasión.

Con un suspiró un poco triste alzó su copa y se la llevó a los labios, terminando con el poco vino que le quedaba. Inmediatamente después, un esclavo volvió a servirle. Se encontraba de pie, cerca de una de las salidas al patio interior. El ambiente estaba muy caldeado y sopesaba el salir a respirar un poco de aire fresco. Le daba igual el frío, sólo quería despejarse. Oteó de nuevo por toda la habitación buscando a Cartago, aunque no logró divisarle. Se preguntó dónde se habría metido. Sabía que su compañero no era muy amigo de ese tipo de reuniones y siempre que podía, solía escabullirse antes de tiempo. Pero le extrañó no ver a Roma tampoco. ¿habría pasado algo?

Durante la cena principal, muchos de los invitados más atrevidos -mujeres principalmente- se habían arremolinado en torno a Cartago, haciéndole preguntas sobre cualquier cosa. Una matrona viuda incluso bromeó sobre la posibilidad de casarse con él cuando abandonara el período de luto y Cartago le había sonreído afable. Aldion había pasado bastante más desapercibido por alguna extraña razón, quizá debido a que él no poseía el aura de las naciones que irremediablemente atraía a los humanos como moscas a la miel. Dio gracias a los dioses por ello, porque no habría soportado una presión tan dura. Después de despachar a un par de mujercitas y a un muchacho curioso, Aldion suspiró, resignado.

—Hola.

El joven se sobresaltó un poco al oír de repente a alguien tan cerca de él. Estuvo a punto de atragantarse pero dejó la copa en manos del esclavo que había permanecido junto a la puerta y se volvió.

—Niobe —Aldion se sintió torpe. Había pensado en abordarla cuando estuviera preparado pero ella le había encontrado antes. Se maldijo por su ingenuidad.

—Siento haberte asustado.

—No me has asustado... —Él se fijó en que ella estaba sola. Su esclava no parecía andar cerca, lo cual le resultó raro—. ¿Va todo bien?

Niobe asintió despacio, mirando luego en derredor. Al igual que él, parecía sofocada.

—Te he visto aquí solo y pensé que no estaría mal tomar el ofrecimiento que hiciste antes —dijo, aludiendo a que se quedaría cerca de ella si lo necesitaba—. La verdad... no sé por qué he aceptado venir —suspiró—, conozco nidos de víboras mucho más agradables.

—¿En serio? —Aldion siguió la dirección de su mirada y observó a los romanos. Parecían tan amables y normales...

—Desde fuera todo es muy bonito, pero... —Niobe hizo una mueca disgustada—, si no hubiera sido por Roma, me habría quedado en mi casa, repasando los libros de cuentas de Ma... de mi padre —la joven se mordió la lengua. A punto había estado de decir el nombre de su esposo, aunque al final no lo hizo, como un acto reflejo. Por alguna razón no quería que Aldion supiera que estaba casada.

Aldion esbozó una sonrisa.

—Eso no suena demasiado entretenido —dijo.

—No lo es, pero si me ahorra miradas por encima del hombro vale la pena. Tú has tenido suerte, a los romanos nos gusta ver gente de fuera.

—Mientras no se quede uno a vivir aquí, ¿verdad?

Niobe sonrió ante su broma y desvió la vista hacia el suelo, coqueta.

—Cierto...

Aldion deslizó disimuladamente la vista por la curvatura del cuello de ella y la forma del cuerpo que se adivinaba bajo el vestido. Apartó la vista antes de que Niobe se diera cuenta.

—Estaba pensando en salir a tomar un poco el aire, ¿te gustaría acompañarme? —preguntó el muchacho entonces.

Ella pareció pensar durante un segundo, aunque si tenía que elegir entre salir con él un rato y quedarse allí con personas que probablemente luego hablarían mal de ella a sus espaldas, la respuestas era obvia. Además, su esclava ya no estaba allí para reprenderla si cometía alguna «imprudencia». La había despachado para que se fuera a casa durante la cena con la idea de poder disfrutar a solas de la fiesta. Estaba segura de que luego se llevaría un reproche, pero tenía la intención de regresar de día a su domus.

Cómo pasaría la noche... ya no lo sabía.

Salió con Aldion al patio interior y caminaron bajo la arcada, en silencio. Niobe inspiró profundamente, dejando que el aire frío le inundara los pulmones, y se tranquilizó un poco, sintiéndose cada vez más calmada. Era la primera vez que se sentía plenamente a gusto sin Marco fuera del hogar. Meneó la cabeza, desechando los pensamientos sobre su marido. En ese momento no tenía por qué amargarse con su recuerdo.

—¿Sabes? —comentó ella dando un pasito hacia uno de los escalones, como si bailara, poco después de alcanzar el otro lado del patio—, quería disculparme por lo de antes, por haberte confundido con un esclavo, fue una conclusión precipitada.

Aldion observó sus movimientos gráciles, embebiéndose con ellos, y se apoyó en una columna, mientras ella se adelantaba un poco hacia la fuente.

—No lo hiciste a propósito, no te preocupes.

—Pero aún así —Se volvió hacia él—, lo siento, Aldion.

Pidió perdón de forma tan suave y sincera que el muchacho no pudo seguir insistiendo en que no importaba. De nuevo, la luz de las antorchas se reflejó en sus ojos y en su piel y Aldion aguantó la respiración sin querer mientras la miraba, cautivado y hechizado. Niobe se dio cuenta de eso, notando las mejillas calientes. Un cosquilleo le acarició el vientre y a pesar de la brisa invernal, se sintió acalorada y lánguida. Aldion se contagió de ello con una sensación de tensión en los músculos extraña y casi desconocida. Se le secó la boca y la garganta y al pasarse la lengua por los labios los encontró calientes en lugar de fríos. Niobe se quedó quieta, presa de un repentino ataque de nervios. Aldion se había separado de la columna y la miraba con una intensidad que sólo había visto en los ojos de otro hombre antes que él... y la imagen de su esposo se superpuso a la de Aldion por un momento.

Marco había sido el primero en hacerla sentir como una mujer hermosa a la que admirar y adorar como si fuera una diosa. Recordaba el día que se vieron por primera vez, en el atrio de la domus de los padres de Niobe. Marco y su padre eran clientes de la familia de la muchacha y siempre compraban en su tienda. Ese día habían ido a arreglar algunas cuentas sobre varios pedidos futuros y Niobe no había querido perderse la transacción porque decía que algún día ella se encargaría del negocio familiar -cosa que su padre tomaba como una broma- y no estaría mal que pudiese aprender del trato con los clientes. Tras ese día, las visitas de Marco en solitario se sucedieron cada vez con más frecuencia. Muchas veces compartían bromas y anécdotas sobre lo que querían hacer en el futuro mientras paseaban por el jardín de Niobe. En otras ocasiones tomaban una copa de vino aguado o comían juntos, siempre bajo la supervisión de los esclavos de ella. Y cuando comenzaron a dejarlos solos, Marco la besaba furtivamente, sentados bajo la sombra de los melocotoneros del jardín.

Siempre dirían que fue amor a primera vista, una flecha de Cupido.

Pensar en su marido hizo que se sintiera culpable por desear a otro hombre. Hacía casi un mes que Marco se había ido de viaje con su padre a Emporion, y la espera se hacía terriblemente dolorosa y aburrida. Muchas noches de esas últimas semanas se había aliviado sola, con el calor de su propio cuerpo y el recuerdo de las manos de Marco sobre la piel como única compañía.

Ahora sin querer se veía atraída por ese joven y guapo extranjero de piel morena y ojos oscuros. El exotismo de Aldion era estimulante y embriagador y quería culparlo a él por su debilidad. Por más que trataba de ejercer control sobre su deseo, la voluntad le fallaba y daba un paso más hacia él, insegura. La figura de Marco se difuminó totalmente cuando ella alzó los dedos y rozó el brazo de Aldion, pasando las yemas despacio, notando la tersura de los músculos como si fueran cuerdas apretadas unas contra otras. Se estremeció cuando Aldion le rodeó la cintura con el otro brazo. Él no sabía nada de Marco y era normal que no tuviera reparos en querer besar a una joven doncella durante una fiesta aun si no estaba pasado de copas. Pero Niobe tenía sobrados motivos para alejarlo y decirle que no. Cualquier esclavo podía verlos allí afuera y los chismes no tardarían en florecer como amapolas. Aunque fuera un inocente y simple beso, si es que no pasaba nada más, el castigo por cometer adulterio era muy severo. Se deshonraría ella sola por unos minutos de placer efímero, Marco la repudiaría y sería considerada una mujer de baja casta.

Sin embargo, todos los pensamientos sobre el deber, la familia, el honor y Marco se esfumaron cuando sintió los labios del muchacho, calientes y húmedos, sobre los suyos, arrebatandole todas las fuerzas. La mano sobre el brazo de Aldion subió tocando el hombro y rodeó el cuello, a la vez que la otra acariciaba el pecho arriba y el vientre abajo. Aldion estrechó el abrazo y con su mano libre acarició la espalda de ella, emitiendo un gruñido satisfecho al sentir que Niobe se apretaba más contra él, suspirando en sus labios al separarse. A la sombra del pórtico, Niobe vio el brillo mortal de la lujuria en los ojos del joven, que prometían noches sin final y placer eterno al alma. Ni siquiera el lejano ruido de la fiesta que provenía del otro lado del patio consiguió que despegara la vista de la oscuridad de Aldion, queriendo bailar otra vez a su son, dejándose llevar por un capricho pasajero del cual luego seguramente se arrepentiría.

—Podrían vernos —Fue lo único que susurró como excusa para poder decir que había intentado resistirse al encanto del muchacho.

Aldion deslizó los labios por su barbilla y la mejilla antes de descender al cuello, arrancándole un gemido débil a Niobe, que en un segundo perdió de nuevo la poca fuerza que le quedaba. Él suspiró en su oído y lamió el arco de la oreja hasta el lóbulo, murmurando después:

—Vayámonos entonces, no nos verán, están todos ocupados con la recepción.

No se había sentido tan encendido y ardiendo en su vida. No sabía si era el alcohol o el olor a lavanda de ella. Niobe era exquisita, una fruta madura, una flor abierta y en su apogeo. No quería esperar a nada, la tenía allí para él y ella no parecía molesta. Le mordió unos cuantos besos más antes de que ella gimiera un poco más alto. Niobe no pensó, Aldion era tan guapo, joven, vigoroso y viril que no lo hizo. Con un débil asentimiento, Niobe relajó los brazos en torno al cuello de él y se lo mordió, juguetona.

—Los cuartos de los esclavos están por ese lado —ronroneó—, seguro que hay alguno vacío.

Aldion rió en voz baja y la besó de nuevo. No sabía en qué se estaba metiendo, para él era una oportunidad de oro el pasar la noche con esa mujer hermosa, lejos del batiburrillo de romanos que se concentraban en la otra sala. Por un instante pensó fugazmente en Cartago otra vez, pero el tirón de Niobe mientras lo guiaba hacia su destino hicieron que se olvidara por completo de él.

Al cerrar la puerta del cuarto tras comprobar que estaba vacío, con la oscuridad pesada y densa sobre ellos, atrajo a la muchacha contra su cuerpo y deslizó los dedos a través de su cuello y el pecho, notando los pezones duros y erectos por el deseo bajo las uñas. El susurro de la ropa al caer se mezcló con los gemidos y las risitas de ambos. Niobe se abandonó al placer.

No importaba nada salvo él, su cuerpo y sus ansias de sentirlo dentro de sí.


Roma estaba borracho.

Aunque no era algo fuera de lugar porque a esas horas de la velada quien no lo estuviera es que tenía un aguante increíble. Como Cartago, por ejemplo. Cartago sólo podía presumir de estar ligeramente ido.

Roma también estaba celoso. Pero él no era consciente de ninguna de las dos cosas. Sólo seguía bebiendo una copa tras otra, hablando con algunos de sus invitados medio sobrios mientras vigilaba de reojo a las arpías que, según su diluido punto de vista ebrio, estaban demasiado cerca de Cartago para su gusto. En cierto modo no le importaba. Entendía que la curiosidad era muy fuerte e incluso que las mujeres se le colgaran del brazo con una sonrisita boba y angelical que decía: «Puedes hacer conmigo lo que quieras, no me importa. Soy tuya, hijo de Dioses».

Lo que no soportaba era verle a él tan plácido, satisfecho, cortés, dispuesto y comprometido con las damas... Se le subía la bilis a la garganta cuando sonreía para ellas de esa forma tan sutil, suave y sensual, como si les invitara de verdad a acostarse con él. No aguantaba ser el único al que no le daba ese tipo de atención. No estaba racionalizando cuando pensaba eso, porque lo que quería únicamente era que él volviera la cabeza, le mirase y le sonriera igual, aunque fuese sólo una vez. Creía que se lo merecía, como un gesto entre amigos cómplices y de confianza. Ese deseo inocente mutó en otra fantasía mayor mientras paladeaba el vino especiado de su copa y le observaba disimuladamente de reojo. Sentía los celos como un veneno, como una hiedra creciendo en torno a su cuerpo, entrangulándole la mente poco a poco.

Cartago podía parecer concentrado en sus nuevas amigas pero en realidad se daba cuenta de las miraditas que Roma le echaba cada dos por tres, como si en cualquier momento fuera a lanzarle un cuchillo. Cartago fingió que no era consciente de eso hasta que empezó a sentirse verdaderamente irritado por esa la actitud. No lograba comprender su comportamiento, no estaba haciendo nada malo. Durante toda la noche había sido el viajero más educado, complaciente y servicial del mundo y la mentirijilla sobre su supuesta condición humana había resultado satisfactoria. Nadie sospechaba nada. Por eso la mala cara de Roma ya le estaba sacando de quicio. ¿Qué más quería que hiciera?

Llegó un momento en que la situación se le hizo insoportable. Se inclinó hacia las señoritas que rodeaban su triclinio y murmuró una disculpa, que necesitaba despejarse un poco, que volvería enseguida. Un suspiro colectivo desilusionado se elevó como una nube sobre el grupo de mujeres pero le dejaron ir. Cartago se levantó casi con parsimonia. Divisó a Aldion cuando el muchacho se acercaba a una de las puertas que daban al exterior pero siguió su camino en lugar de reunirse con el joven. Abandonó la sala con unas cuantas zancadas, sorteando algunos cuerpos caídos y dormidos y perdiéndose por el pasillo que conectaba aquella estancia con el resto de la casa. Estaba seguro de que Roma saldría corriendo detrás de él para refunfuñar y no quería que se armase un escándalo en caso de que la conversación se torciese. Por eso le encararía a solas.

Roma observó su repentina marcha y se sonrió, terminándose de un trago lo que le quedaba en la copa. Se relamió los labios y se levantó como una exhalación, sintiéndose mareado al hacerlo tan deprisa. Siguió la estela de Cartago caminando con algo de dificultad y la visión borrosa hasta encontrarlo parado en el segundo pasillo.

Estaban solos.

Cartago meneó la cabeza débilmente para sí en cuanto lo oyó -había sido tan predecible que hasta le hacía gracia- en la penumbra. Cuando apenas estuvo a dos pasos de él, Cartago se dio la vuelta despacio, provocando que Roma se detuviera en seco.

—¿Tienes algún problema? —preguntó Cartago, tranquilo.

Roma se cruzó de brazos y se balanceó sobre los talones, con el ceño fruncido.

—No, ¿y tú?

Su voz sonaba tan pastosa que a Cartago le sorprendía que Roma pudiera articular nada. ¿Cuánto había bebido?. La respuesta se le hizo insoportable. Podría deberse a que estaba achispado porque por lo general no solía perder la paciencia tan rápido.

—Deja de mirarme —musitó, molesto.

—¿Te molesta que te mire? —Roma se acercó un poco más, burlándose—. Pensaba que estabas acostumbrado a eso, a que te miraran.

—¿De qué estás hablando?

Roma soltó una carcajada cínica, como si no se creyese la pregunta.

—¡Que de qué estoy hablando, dice!, ¿bromeas?

—Baja la voz.

—¡No me da la gana, es mi casa y hablo tan alto como quiero!

Roma se tambaleó al gritar. Cartago le sujetó por los hombros para que no se cayera y al hacerlo, Roma apoyó la frente en su pecho, tiritando, como si estuviera cansado.

—Odio que te hagas el inocente —murmuró, sonando triste y angustiado.

Cartago notó su repentino temblor y se sintió algo desconcertado por ese cambio de humor. Le sostuvo contra su cuerpo sin abrazarlo totalmente, con un suspiro resignado. Tras un breve lapso silencioso en el que ninguno de los dos dijo nada, hundió los dedos en el pelo de Roma para acariciarlo despacio. Por eso no le gustaba que la gente se pasara con el alcohol. Provocaba ese tipo de situaciones desagradables que tanto quería evitar.

Roma era muy joven aún, aunque no lo pareciese, y sin naciones no hostiles cerca que le ayudaran a madurar conforme al ritmo que su condición necesitaba, sus conflictos emocionales se habían ido acumulando. Crecer rápido manteniendo una mente infantil era muy peligroso.

Cartago había crecido a la sombra de su madre primero y bajo la protección de su hermana mayor, Útica, y algunos de sus tributarios africanos después. Jamás había estado solo cuando había necesitado que alguien le escuchase, cuando había tenido un problema o remordimientos de conciencia. Nunca había sucumbido a la locura de la soledad de la niñez o al deseo de ostracismo, ni siquiera a la idea de suicidio que siempre, en algún momento de la vida, se les pasaba por la cabeza los seres como ellos. Roma no conocía lo que era sentirse plenamente querido por alguien similar a su persona porque desde su nacimiento únicamente le habían cuidado e instruido los humanos, criaturas frágiles que morían rápido y dejaban un vacío en el corazón que costaba mucho curar. Cartago sabía que el apego que Roma necesitaba lo estaba buscando en él desde hacía muchos años inconscientemente y el negarselo contribuía al desarrollo de un carácter sin corazón, susceptible a la ira, a la violencia y al dominio. Cuando Roma le exigía por los sentimientos que necesitaba para sentirse pleno, Cartago -y en realidad cualquiera- no debía decirle que no.

—Detesto eso de ti, que hagas algo y luego no admitas que sabes lo que provocas... —Continuó balbuceando Roma, sin dejar de apoyarse en Cartago, aferrándose a su túnica como podía, como si temiera que él se fuera y le dejara ahí solo.

—¿Te provoco?

Roma cerró los ojos, suspirando y notando un nudo en la garganta. Las lágrimas le estaban quemando en los ojos pero no quería llorar. Incluso estando como estaba se negaba a querer parecer un niño.

—Sí —Un susurro se elevó y disolvió antes de que pudiera siquiera oírse. Entonces Roma levantó la cabeza y se separó de Cartago con una sacudida de hombro—. No lo entiendes, ¿verdad? Tienes la cara dura de fingir que nada te importa y que eres perfecto porque el sinvergüenza soy yo, ¿no es así?

Cartago alzó las cejas, pillado por sorpresa. Sabía que el alcohol velaba a las personas y a veces les hacía decir cosas que sobrios jamás dirían. Existía un dicho popular que rezaba: Los borrachos no mentían. Pero esperaba que eso no fuera cierto porque aquello le había dolido. Nunca se había considerado perfecto y tampoco que Roma fuera un sinvergüenza. ¿Quién le había metido eso en la cabeza para que se lo reprochara con tanta acritud?

Tenía que calmarle.

—Escucha…

—¡No quiero escuchar, cierra la boca! —Enfadado, Roma le empujó en un arrebato.

Cartago dio con el hombro contra la pared del pasillo y aunque Roma era más débil que él, el golpe había sido lo suficientemente fuerte como para que se le durmieran los dedos del brazo durante unos segundos. La respiración acelerada de ambos era lo único que se oía en el corredor. Cartago se llevó la mano sana al brazo golpeado y palpó el hombro, despacio, con los ojos fijos en la figura recortada contra la luz distante de las antorchas que amenazaba con atacarle de nuevo. ¿Iba a golpearlo? Cartago tensó los músculos, alerta y se despegó de la pared en cuanto vio a Roma moverse hacia él alzando el puño. Antes de que le alcanzara, le sujetó de la muñeca y apretó hasta que abrió los dedos e inmediatamente después le clavó el puño en el estómago, provocando que Roma soltara todo el aire de golpe y se inclinara con una arcada mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas. Cartago se ladeó y lo sostuvo con firmeza nada más comenzar convulsiones. No lo soltó hasta que no terminó de vomitar.

—Te... odio —dijo Roma con un hilo de voz, dejándose caer al suelo y limpiándose la boca. Escupió y soltó un gemido de dolor sin dejar de sollozar—. Y tú también me odias.

Cartago bufó y puso los ojos en blanco, dejando que se fuera tranquilizando de poco en poco. Luego le llevaría a su cuarto a que se durmiera. Por la mañana tendría un bonito dolor de cabeza que los dos tendrían que soportar.

—Tonterías —replicó.

—Cállate... —Roma se intentó poner de pie pero se bamboleó peligrosamente. Cartago volvió a sujetarlo—. Suelta...

—No puedes siquiera mantenerte erguido, no seas cabezota y deja que te ayude.

—No quiero que me ayudes —Roma no lo miraba, tenía los ojos clavados en el suelo.

A lo lejos oyeron algunas voces, como si varias personas estuvieran caminando de aquí para allá. Cartago rodeó la cintura de Roma con el brazo e hizo que él le pasara el propio por los hombros y el cuello. Cartago no contestó porque sabía que era otra mentira de pacotilla. Roma siempre estaba pidiendo ayuda, quisiera o no. Roma refunfuñó y le insultó de varias formas, sin conseguir que le dejara. Comenzó a caminar con él, mucho más calmado. No habían transcurrido ni quince minutos desde que abandonaron la recepción pero casi le había parecido una eternidad.

—¿Adonde me llevas?

—A la cama.

—Así que ese era tu plan, ¿eh, bribón?

—¿Bribón? —La palabra sonaba hasta divertida—. No me refería a tener sexo contigo.

—... demonios, eres un aburrido.

La queja le hizo tanta gracia que Cartago esbozó una sonrisa. «Lo siento, Roma, pero estás borracho. Y aunque no lo estuvieras, tampoco lo haría. Planteármelo quizá, hacerlo... no, no puedo».

Cuando llegaron al final del pasillo, Cartago se detuvo, indeciso. No recordaba hacia donde debía ir. A ambos lados se abrían más pasillos que llevaban a otras habitaciones y puertas.

—¿Por dónde es? —preguntó.

—¿El qué?

—Tu habitación, ¿por dónde se va?

Roma entornó los ojos, apoyado en el hombro de Cartago, pensativo. Barruntó algo que apenas se oyó y estiró el cuello para mirar a la izquierda.

—Creo que es por ahí...

—¿Crees?

Iba a seguir caminando para probar suerte cuando tres esclavas aparecieron por el recodo de la derecha, asustándose al ver a su señor y a Cartago, el primero borracho y el segundo cargando con él. Roma las saludó como si realmente no pasara nada, queriendo entablar una animada conversación sobre la forma de las nubes pero Cartago le hizo callar y se puso a repartir órdenes para que limpiaran el estropicio del pasillo y trajeran agua a la habitación de Roma.

Una de las muchachas le guió hasta el cuarto de su señor en completo silencio, ignorando como podía los balbuceos obscenos que Roma le dirigía. Cartago le dejó caer en la cama de forma brusca y despidió a la joven. Enseguida otra trajo el agua junto con unos cuantos paños. Pidió disculpas por algo que no había hecho y, cerrando la puerta tras de sí, prometió que nadie les molestaría en toda la noche. Cartago se preguntó a qué venía eso último pero no se volvió hacia ella. Fue a encender una pequeña lámpara de aceite que había sobre una mesita, después colocó el cubo encima de la misma.

—Eh, Cartago —llamó Roma con un tono de voz bastante animado, incorporándose sobre el lecho.

—¿Qué? —Cartago metió uno de los paños en el cubo y dejó que se empapara del todo. Luego lo sacó y lo estrujó un poco.

—¿Vas a perderte la oportunidad de estar en la cama con alguien como yo, en serio?

Cartago arrugó la frente y le lanzó el trapo a la cara. Roma ahogó una protesta y al quitárselo le fulminó con la mirada.

—Vamos, era una pregunta seria.

—Lo dudo mucho.

—Nunca me tomas en serio —masculló Roma antes de tumbarse otra vez, tirando el trapo hacia un lado. Lanzó un suspiro derrotado mientras Cartago lo observaba en silencio.

—Eso no es cierto —murmuró este poco después, acercándose pero sin mirarle—, sí que te tomo en serio... algunas veces.

—Pues no sé cuando...

—Roma...

Cartago sonó tan cansado que Roma volvió a incorporarse. Por un momento se quedó embobado mirándolo, fijándose en la tersura de la piel morena y en sus ojos oscuros que apenas podían distinguirse en la casi oscuridad del cuarto. En un instante recorrió su cuerpo entero con los ojos, pensando de repente en cómo sería el tenerlo encima... o debajo. Una sensación cálida y asfixiante le atenazó la boca del estómago imaginando a Cartago acariciándole el cuello con los labios, mordiéndole la mandíbula o susurrándole al oído con esa voz suya grave y ronca. Se estremeció de puro gusto, excitado. Cartago no vio ese gesto pero le inquietó su silencio. Por eso volvió la vista hacia él, intrigado. Y por eso le pilló mientras le miraba de esa forma, logrando que por un segundo se sintiera vulnerable y perdido.

—¿Qué pasa? —preguntó en voz baja sin querer.

—Nada —Roma negó con la cabeza, sonriendo despacio—, sólo te estoy mirando, ¿no puedo?

Cartago tragó saliva, inquieto.

—Es que... es como sí...

Al ver que no continuaba, Roma se levantó, aunque con algo de dificultad, y dio dos pasos hacia él sin tambalearse.

—¿Como si qué?

Cartago deseó haberle dejado durmiendo y haberse ido ido hacía un rato. Estaba parado en terreno peligroso y lo sabía, porque tenía la sensación de estar a punto de hacer una estupidez en cualquier momento.

—Como si quisieras que te follara.

A la poca luz que emitía la lámpara de aceite que había encendido al entrar, Cartago vio que Roma entornaba los ojos, como si estuviera sopesando eso de verdad.

—¿Y si es eso lo que quiero?, que me folles, ¿no lo harías? —Soltó una risita. Y como no le respondía, siguió hablando—. Estamos solos, ¿sabes?, puedo hacer lo que me de la gana contigo si quiero. Y quiero, créeme...

—Una cosa es que quieras tú —Cartago frunció el ceño—, y otra muy diferente que quiera yo.

Pero Roma no tenía ni idea de las ganas que tenía de sujetarle por la cintura, empotrarlo contra una pared y hacer que gimiera como un animal

—Venga ya —protestó Roma. No se creía eso—, claro que quieres, todo el mundo quiere.

—¿Por qué estás tan seguro?

Entonces, como si de repente sufriera un arrebato de lucidez, Roma le miró serio y dijo:

—Porque eres como yo, tú y yo somos iguales. Y no soy capaz de creer que no quieras besarme cuando yo me muero por quitarte el aliento a mordiscos.

Cartago quiso replicar que no tenía que ver una cosa con la otra y que dejase de decir tonterías pero no lo hizo. Se quedó en blanco, con los ojos fijos en los de Roma, notando como el deseo de hacer cumplir sus palabras le subía por la garganta.

—Nadie querría besarte después de haberte visto echar la cena —musitó un segundo después.

—¿Ah, no?

Roma miró en derredor por toda la habitación, tomó el cubo que estaba encima de la mesa con las dos manos y se lo llevó a los labios, decidido, sorbiendo agua. Cartago observó incrédulo cómo Roma se enjuagaba la boca, hasta que dejó el cubo en el suelo y se irguió despacio, secándose la cara con otro de los paños.

—¿Y ahora? —Roma sonrió, lanzando el trapo por encima de su hombro.

Cartago meneó la cabeza, pensando: «No tienes remedio». Besarle después de todo no sería lo más erótico del mundo pero... pero...

Suspiró.

—Ahora... —Le atrapó de la muñeca y tiró de él. Roma terminó casi pegado a su cuerpo—... voy a olvidarme de todo menos de ti.

«Está borracho, no lo recordará, ¿verdad?... ».

Nunca hubiera pensando hasta ese momento que le había echado realmente en falta. En cuanto le besó después de tantos años, una nostalgia ciega le nubló la mente. Cartago sintió las manos de Roma acariciándole el pecho y el cuello, sus dedos en la nuca, exigentes, sus dientes mordiendo, su lengua dentro de la boca, intenso.

—Me perteneces —murmuró Roma después de lamerle la barbilla. Luego le empujó y le presionó contra su cuerpo y la pared como si quisiera hacerlo entender de forma física. Cartago dejó que lo hiciera, embriagado por su sensualidad—. Me perteneces, eres mío...

Me perteneces, eres mío. Esas palabras se repitieron una y otra vez mientras Roma le empezaba a morder el cuello entero y en serio, haciéndole gemir sin control. Uno de sus mordiscos le dolió y oyó su risa cuando él le separó con un gruñido, besándolo otra vez con fuerza. Gimió fuerte en su boca al retenerlo bien sujeto de la cintura y frotarlo contra sí. Roma jadeó buscando aire, con los ojos oscurecidos por la lujuria. Bajó los brazos apretando los dedos por la piel de Cartago y los llevó a su cintura. Cartago le lamió la oreja y le chupó el lóbulo.

—¿Qué haces? —susurró ronco.

—Quitarte la ropa —contestó Roma.

El cinturón tintineó al caer al suelo. Roma se detuvo al ver que Cartago le hacía retroceder un poco y se quitaba la túnica, desnudándose por completo. Roma no le quitó los ojos de encima mientras lo hacía, contemplando su cuerpo con éxtasis. Se olvidó de respirar cuando Cartago se volvió para mirarle, de una forma totalmente desenfrenada y le subió un escalofrío de placer por la espina dorsal al besarle otra vez, sintiendo su calor a través de la ropa, quemándole por dentro, y su miembro erecto apretado contra el vientre.

Cartago le desnudó en cuestión de segundos...

«¿Vamos a hacerlo de verdad?, ¿voy a acostarme con él después de tantas vueltas?», pensó entonces, empujando lentamente a Roma sobre la cama y lamiendo su cuello. El roce de sus dedos era una completa delicia, mejor que los sueños porque era de verdad. Podía volverse loco si quería, respirando una y otra vez de su piel, lamiendo su cuerpo por completo. Pero de repente la realidad le golpeó y sufrió una pequeña conmoción. Se quedó quieto, desconcertado y por un momento cerró los ojos, intentando tranquilizarse. No podía ponerse nervioso ahora. Roma estaba ahí, bajo su cuerpo, ardiendo con él. ¿Por qué tenía que volver a sentir remordimientos de conciencia?

—¿Qué pasa? —preguntó Roma, acariciándole el pelo.

Cartago le besó despacio, mucho más dulce que antes, dejando que los sentimientos fueran los que movieran su cuerpo.

—No debería estar aquí contigo —murmuró después con un hilo de voz, deslizando los labios por su pecho—, eso pasa...

Roma jadeó débilmente, con los ojos cerrados, tocando las cicatrices que surcaban la espalda de Cartago, trémulo.

—¿Por qué no?

—Es complicado...

—No me gustan las cosas complicadas.

—Lo sé... —Cartago le mordió la curvatura del vientre, incorporándose un poco para mirarle.

Una expresión suave se le formó en el rostro, mezcla de amor y afán de protección. Deslizó los dedos muy despacio por la mandíbula de Roma, el cuello y la clavícula, apretando ligeramente las yemas al llegar al lugar en donde bombeaba su corazón.

—Si fuera humano sería más fácil... —arrastró los dedos hacia abajo, presionando débilmente a su paso, dejando atrás marcas de guerra que, como él, Roma ostentaría para siempre.

—Cartago... —Roma se dio cuenta de que sonaba triste.

—Calla —siseó Cartago suavemente, empezando a masturbarle con firmeza.

Rezaba para que por la mañana Roma se levantase con una resaca lo suficientemente fuerte como para haberse olvidado de lo que estaban haciendo ahora. No era bueno que tomara conciencia de ello, o que empezase a desarrollar cualquier tipo de sentimiento afectivo fuerte. Aunque él estuviera enamorado, aunque Roma pudiera llegar a corresponder esos sentimientos, no debían. No podían adivinar cuantos años más seguirían siendo aliados. Cartago sabía que en algún momento de sus vidas algo quebraría y se rompería entre ellos y no les quedaría más remedio que ser enemigos. Dido se lo había dicho una vez cuando era pequeño y sus palabras, murmuradas antes de que ella se arrojara a las llamas, jamás se le habían ido de la memoria: «Ten cuidado con aquel que nazca en el Lacio. Le amarás como yo he amado a Eneas y ese amor será el fuego que te consumirá en el odio».

Roma jamás estaría preparado para ese tipo de sufrimiento. De modo que Cartago haría todo lo posible para que al menos, llegado el momento, sólo fuese difícil para si mismo.

—Cartago, ¿puedo... —Roma profirió un gemido involuntario cuando Cartago movió la mano más rápido—… puedo... ?

—Tócame —Aunque parecía una orden, Roma supo que se trataba de una súplica—, no muerdo —susurró con una risita ronca.

—Y una mierda.

Pero valía la pena que le mordiera si podía oírlo jadear en su oído, sentirlo embestir contra su cuerpo, mirarle a los ojos o clavarle las uñas en la espalda por culpa de la intensidad del placer y arrastrarlas por toda su piel, dejándole marcas que no desaparecerían con el alba...

Cartago ahogó los coletazos del orgasmo tendido boca arriba, al lado de Roma, con las gotas de semen todavía resbalando por sus dedos. Se sentía agotado y satisfecho al mismo tiempo.

—¿Sabes qué? —Oyó preguntar a Roma débilmente, entre el sonido irregular de los jadeos de ambos y el frenético latido de su corazón en las sienes.

—¿Qué?

Roma, tumbado también boca arriba mirando al techo con los ojos empañados, se ladeó y acurrucó contra Cartago, pasando una pierna por encima de las de él, un brazo en torno a su cintura y escondiendo la cara en el hueco del hombro, hocicando suavemente con la nariz en su cuello.

—La próxima vez pienso hacer que grites mi nombre.

Cartago tragó saliva, aprisionado. Se giró sin que Roma consintiera quitarle la pierna o el brazo de encima y le miró en la penumbra. «Oh, no, Roma, no habrá próxima vez. No debe haber próxima vez... ». Le acarició tenuemente la piel sudorosa de la espalda y terminó por abrazarle contra sí, pensativo. No, al menos aprovecharía el poco tiempo que le quedase antes de que él se durmiera y luego... luego ya pensaría en las medidas. No tenía idea de si la borrachera se le había pasado un poco pero en caso de que por la mañana mantuviera algún recuerdo de eso, debería dejarle claro que había sido algo puntual e impulsivo y que realmente no quería volver a repetirlo, por mucho que le doliera mentir así.

Roma cerró los ojos, acomodándose un poco mejor y emitiendo un tenue bostezo.

—Cartago —llamó, somnoliento.

—¿Hm?

—Cántame algo.

—Eh... no conozco ninguna canción en latín.

Roma rió bajito, moviéndose ligeramente para dejarle un beso en la garganta.

—No importa, canta, me gusta oírte cuando hablas en púnico...

Cartago habría pagado cincuenta talentos de oro para que repitiera eso estando sobrio. Sonrió suavemente y le acarició el pelo, despacio, mientras empezaba a entonar una antigua melodía que su madre le había cantado varias veces para que se durmiera cuando era muy pequeño. Los tonos bajos y graves y las palabras surgidas de lo más profundo del pecho adormecieron aún más a Roma y para cuando Cartago hubo terminado de cantar, ya se había dormido por completo. Cartago lo contempló en silencio, sumido en el duermevela anterior al sueño profundo.

Arrullado por la respiración pausada de Roma, Cartago cerró los ojos y se dejó acunar por la sensación de sosiego que, como una larga y suave manta, le arropaba dulcemente bajo el peso de la oscuridad.