¡Ya vine, estúpidas!... Ah, no. Las (los) amo, no se crean.
Capítulo seis.
Po sintió una caricia fría lamerle la espalda. Lenta y suave, como el fluir de un río.
Sus piernas temblaron cuando volteó, pero no por el dolor, ni siquiera por la torpeza propia de sus heridas. De hecho, no sabía por qué todo él temblaba. El bastón le fue innecesario, más se negó a soltarlo. Lo utilizó para calmar la tensión en su cuerpo, presionándolo en sus manos.
Ella estaba frente a él, a un palmo de distancia. Alta, imponente, oculta bajo una capa negra y pesada. Y en medio de las penumbras de la capucha, dos rubíes envueltos en llama. Más ardientes de lo que recordaba la última vez.
Rubíes y una sonrisa.
Supo que estaba sonriendo. ¿Cómo? Eso se quedó en un misterio. Solo lo sabía y ya.
—Vaya, pero ¿Qué tenemos aquí? —La voz de ella era un gruñido suave, susurrante. Una caricia al oído—. No me has respondido, Guerrero del Dragón.
A Po le temblaron los labios.
De repente, ella estaba… y al segundo ya no.
Volteó. Los rubíes estaban a sus espaldas.
Se movía tan rápido como los furiosos vientos de las tormentas…. Pero no había violencia en sus movimientos. Su postura no resultaba amenazante. Cuando ella se detuvo nuevamente frente a él, demasiado cerca tal vez, Po vio alegría en sus ojos.
—Y tú no me has dicho tu nombre —replicó.
—Mi nombre no te incumbe.
—¿Qué me has hecho?
—Ya te lo dije, panda tonto. —Ella se apartó, solos unos milímetros—. Te salve.
Po la miró.
Ella caminaba lentamente y la capa se arremolinaba a sus pies con gracia. Parecía flotar. Como un fantasma. Como algo que puede desaparecer de un segundo a otro, sin dejar rastro de su existencia… y algo le decía que así era.
—No… no, no, no —repitió, con la voz temblorosa—. Tú… Tú me hiciste algo.
Silencio.
Ella le miraba, expectante.
Y entonces, de entre los bordes de la cama, ella sacó una zarpa. Flaca y huesuda, de largas garras curvas y maltratadas, entre las cuales se enredaba un finísimo hilo gris opaco.
Po siguió el resto del hilo, que caía al suelo y trazaba un camino hasta su propia mano. Se enredaba entre sus dedos, tal cual como en las garras de la hembra, y se sentía caliente y palpitante contra su piel. Intentó quitárselo con su otra mano, pero a medida que intentaba quitárselo, este parecía enredarse aún más.
—¡Oye!
—Ssshhh…
La hembra alzó la zarpa en el aire, abierta… y entonces, de un rápido movimiento, juntó todos sus dedos.
El dolor atravesó el pecho de Po como un relámpago. Rápido, contundente, insoportable. Le quemó el estómago y le cegó por completo, dejándolo en la oscuridad. Supo que hubo caído cuando la tierra le raspó la cara.
Un alarido se quedó atorado en su garganta. Sus pequeñas garras se enterraron en su propia piel, en un vano intento por calmar tan tortura.
Alzó la mirada, manchada de estrellas, y ella seguía allí frente a él. Imperturbable. Sus ojos parecían fuego puro; ardiente y flameante. Fuego vivo y real.
—¡Ya basta! —suplicó—. ¡Detente!
—¿Entiendes lo que hago, panda?
—¡Detente!
Escuchó risa. Ella reía y cuando volvió a hablar, Po sintió su frío aliento acariciarle la mejilla.
—No te imaginas el regalo que te he dado, panda —murmuró—. Te he dado vida.
—Ya basta….
—Pero quien da puede quitar. Este es el hilo de tu vida… ¿Ves que opaco está? —Ella río, con los labios pegados a la mejilla de él. Una risa carente de humor, de vida—. Eres un muerto caminando entre vivos. No te olvides de eso.
Po no supo en qué momento el dolor cesó.
Su cuerpo quedó tirado en el suelo, agarrotado, inmóvil. Su corazón latía despacio, lento, y sus pulmones se llenaban con todo el aire que podían soportar. Las estrellas desaparecieron de sus ojos y en aparecieron en el cielo. Estaba mirando al cielo y estaba solo.
