Hola, hace un par de días que no subía capítulo. No es porque no lo tenga escrito, ya que tengo hasta el capítulo trece ya echo, pero estuve muy ocupada con muchas cosas del colegio y otras cosas de fin de trimestre.

Bueno. Acá va el capítulo.


Capítulo Siete: Bromas del Destino.

Camus y Megara estaban sentados en la sala de estar de Milo. Estaban en Escorpio hace más de una hora. Milo era peor que una chica en cuanto a cambiarse de ropa.

— Vamos a terminar almorzando aquí si ese no se apura. — Refunfuñó seriamente ella.

— Tenle paciencia. Sabes como es él.

— Si, peor que una chica ¿No es así? — Rió. — Aun así lo quiero mucho. — Camus arqueó las cejas y la miró. — Es una de las mejores personas que conozco. — Ella sonrió ligeramente mirando la puerta por la que su amigo había desaparecido hace mas o menos una hora.

— ¿Te gusta? — Le preguntó tontamente. Ella lo miró incrédula.

— ¿Es un chiste? — Megara lo miraba con sorpresa. ¿Qué clase de pregunta era esa? A estas alturas de su vida, él debía saber perfectamente quien le gustaba. Es decir, viven juntos desde que se conocen prácticamente, ¿Cómo puede no saberlo?

— No, te lo pregunto muy en serio. — Le respondió ásperamente. Ella rió para distender el ambiente.

— Ay no, Camus. — Ella le puso una mano en el hombro. — Milo es demasiado parecido a mí. Demasiado. Él es perfecto para ser mi amigo, mi confidente, con el que bromeo todos los días. Pero nunca me podría enamorar de él, ni él de mi. No es mi estilo de chico.

— ¿Ah no? — Preguntó encarnando una ceja. — ¿Y cual es tu tipo de chico? — Entrecerró los ojos.

— Ay… —Resopló parándose. — Ya deberías saberlo. Vives conmigo desde que tengo memoria. ¿Cómo no puedes saber eso? — Preguntó con un tono de burla, aunque le dio la espalda ocultando su expresión de enojo. — Tonto Camus… — Susurró para si misma.

Se acercó a la puerta de la habitación de Milo y comenzó a aporrearla.

— Vamos Milo, llevas más de una hora ahí. Estoy empezando a molestarme. — Gritó realmente enfadada. Por la puerta salió inmediatamente su amigo.

— Ya estoy, ya estoy.

— ¿Qué estuviste haciendo todo este tiempo? — Gritó colérica. Estaba enojada, con Camus en realidad, pero enojada al fin.

— Solo quería darles un tiempo a solas. — Le susurró al oído riéndose.

— No seas tonto. No quiero saber nada. — Exclamó dándose la vuelta, dispuesta a irse.

— ¿Pasó algo? — Preguntó preocupado.

— Nada, absolutamente nada. — Contestó mirándolo seriamente. — Vamos.

— De acuerdo.


Para cuando llegaron a la Fuente Divina el humor de Megara había cambiado. Ya estaba como siempre. A ella se le pasaba rápido el mal humor. Nunca podía estar demasiado tiempo enojada. Y menos con Camus.

Comieron sentados en el pasto. La Fuente Divina era un lugar realmente hermoso.

Había un prado verde que rodeaba todo el Recinto de las Amazonas y detrás de él, estaba la fuente. Una estatua grande de dos mujeres. Una tenía una máscara feliz, la otra triste. Le hacia acordar a las caretas de la comedia y el drama. Esa historia se la había enseñado Camus no hacía mucho.

De alguna manera representaba a las amazonas y le pareció curioso. Porque la máscara sonriente la tenía en las manos, no en el rostro. Como si fueran felices solo de apariencia.

Por lo que sabía, Daphné la antigua maestra de Aioros, la de Sagitario, usaba una máscara preciosa. Eso le había dicho Camus y Milo.

También sabía del enamoramiento que tenía con Boris, el maestro de Camus.

El lugar era realmente muy hermoso. Superlativo. Espectacular. Definitivamente quería volver algún día.

— ¿No es hermoso?

— Así es. — Contestó sonriendo de lado el acuariano.

— Deberíamos volver aquí otro día. — Comentó Milo.

— En eso pensaba. — Ella dirigió su mirada al pequeño bosquecito. Podía oír a los pájaros cantar, y las hojas volar con el viento cálido de primavera. — Este lugar llena de aire puro mis pulmones.

— ¿Verdad que si? ¿No quieres pasar por el bosque?

— Pero no podemos Milo. — Comentó Camus mirándolo.

— Nosotros. Pero ella si.

— ¿No pueden pasar?

— Es solo para las amazonas o las lugareñas mujeres. Es un lugar prohibido para los hombres. Pero puedes ir. Estaremos aquí cualquier cosa.

— ¿Puedo? — Chilló emocionada.

— Adelante. — Contestó Camus girando los ojos.

Ella se adentró el bosque contenta. Era hermoso.

— ¿Por qué le metiste esa idea en la cabeza? — Dijo Acuario mirando duramente a su amigo. — ¿Y si algo le pasa y no estamos?

— ¿Qué le puede pasar? Las amazonas saben que estamos aquí. Además la conocen y la quieren, siempre la andan cuidando. Solo quería quedarme un rato a solas contigo.

— No me digas que estas enamorado de mi. — Sonrió.

— Dioses Camus, ¿Qué cosas dices? — Rió. — Yo sabía que no eras tan frió… — Hizo una mueca y luego continuó. — Solo quería preguntarte algo.

— Adelante. Dilo.

— No es tan fácil.

— ¿Por qué? Solo dilo.

— Bueno, yo solo quería saber si…bueno, si…

— ¡Solo dilo Milo!

— ¡Bueno, bueno! ¿Estas enamorado de ella? — Camus abrió los ojos por la impresión. ¿De que hablaba?

— ¿De quién?

— No te hagas el tonto Camus, sabes bien de quien hablo.

— No, no lo se, así que por favor se más especifico.

— Bueno, ¿Estas enamorado de Megara? Y dime la verdad, porque lo sabré. — Él se quedó quieto. No sabía que responder. No podía dar un si ni un no rotundo. Podía dar una respuesta temblorosa y vacilante, pero no proclamarla con seguridad. — Vamos, solo te hice una pregunta, respóndeme.

— No es tan fácil.

— ¿Por qué? Solo dilo. — Contestó él riéndose.

— ¿Acaso te burlas de mí?

— No. — Dijo, pero su risa lo traicionó. De nuevo. — Es solo que… eres muy gracioso cuando te enamoras. — Camus arqueó las cejas. — En realidad es la primera vez que te veo así, pero eres muy…

— ¿Por qué lo dices?

— Porque te dejas dominar. — Y con esta última frase rió a carcajadas.

— Eso no idiota, ¿Por qué dices que estoy enamorado de ella?

— Ay Camus… — Decía con una mano en su estómago. — Eres tan transparente. Como tus hielos, es muy fácil para mí ver como te sientes, aunque ocultes todo en una máscara invisible como las de las amazonas. Solo reconócelo. Se que ella también te quiere. — Él abrió los ojos muy grane. — Valla si he dado en el blanco. Al final parece que te interesaba el tema…

— Deja de decir tonterías.

— Solo te aconsejo… que actúes. Porque cualquiera te la puede sacar, con lo hermosa que es.

— Cállate. ¿Me das consejos de amor a mi, cuando tu no puedes decláratele a una amazona a la que le viste el rostro? — Milo abrió ligeramente la boca asombrado.

Touché. — Contestó. — Pero en serio Camus, ella es muy deseada, tienes que actuar. Se que la quieres, se que no le deseas el mal, se que la protegerías con tu alma, y con tu vida, lo se. Dile algo lindo, eres francés, ustedes saben del amor ¿No? Y ya que estamos, deberías darme una ayudita con Carly. Es difícil nuestra relación.

— ¿Por qué?

— Ya sabes. Cuando la vi… cuando realmente la vi, no pude evitar besarla. Fue un impulso. Ella me apartó enseguida, pero luego me abrazó y me besó. No hemos vuelto a hablar del tema. Ya sabes, ya te he contado la historia.

— Es una buena chica. Carly solo esta asustada. — La amazona Carly era un Caballero de Plata de Amatista, dentro de la Orden de Athena.

— ¿Tú crees?

— Es evidente. Por ley tiene que matarte y estar contigo es un pecado aquí. Lo sabes. Es compresible que tenga miedo.

— Lo se. Yo también lo tengo.

— No pasará nada. Ni Meg ni yo diremos nada.

— Ah cierto, hablábamos de Meg, entonces dime, ¿Qué sientes al respecto?

— Bueno, me parece que todo este asunto es una broma del destino.

— ¿Por qué?

— Bueno, a los once años prometí no sentir más. No quería sufrir, no quería pagar las consecuencias de amar y perder. No quería ser débil. Pero hoy, cuatro años más tarde esos sentimientos me asaltan como si nunca me hubieran dejado.

— Pero Camus, no eres un robot. Es obvio que tienes sentimientos.

— ¡En serio tienen que ver este lugar! — Gritó la voz femenina de su amiga. Camus dio un saltito en su sitio asustado. Milo rió por lo bajo.

— Me gustaría, dicen que es hermoso. — Contestó parándose. — ¿Qué tal si nos vamos?

— De acuerdo. — Camus se levantó y guardó las cosas dentro del canasto de mimbre. — ¿Nos vamos?

— ¡Si! — Gritó Megara corriendo detrás de ellos.


Milo se quedó en Escorpio descansando, mientras ellos atravesaban las escaleras que llevan el Templo de Sagitario.

Camus miraba caminar a Megara mientras ella simplemente observaba algunas flores que se había traído consigo.

Entraron en la casa de Sagitario. Pasar por ahí siempre le traía un dolor punzante en el corazón. Había pasado mucho tiempo en ese lugar con Daphné y con Milo, Antares, Boris y Aioros.

Se detuvo a mirar un cuadro que seguía estando en la pared. Sonrió con una mueca de tristeza. Ese cuadro lo pintaron las maravillosas manos de Daphné. Era una excelente pintora.

Era un paisaje nocturno de su natal Francia. Sonrió.

Se planteó llevárselo a su templo, pero era como profanar ese, por lo que decidió que permaneciera ahí, donde ella lo dejó.

— ¿Cómo me queda? — La voz de Megara a un lado lo sobresaltó. Sacudió la cabeza alejando los pensamientos pesimistas y tristes de su mente y volteó a verla.

— ¿Qué cos…? — Empezó pero al verla se quedó mudo. Ahí estaba ella, Megara de Sagitario, con la máscara de Daphné puesta. — ¿De donde sacaste eso? — Preguntó acercándose a ella.

— De la recámara. — Contestó. — ¿Qué ocurre? Es muy bonita, ¿Será de…? Ohhhh. — Exclamó comprendiendo. — ¿Esta era la máscara de…?

— Si. — Solo pudo articular un monosílabo, porque la imagen delante de él lo tenía asombrado. La máscara con dos espirales violetas girando alrededor de los ojos lo tenía absorto en recuerdos. Tenía un brillo especial, como si Daphné recién se la hubiese sacado, y no como si hubieran pasado siete u ocho años. — Te ves tal cual la recuerdo.

— ¿En serio? — Le preguntó con la voz algo quebrada.

— Si ella se fue sin su máscara significa que Boris la vio… entonces… quizás ellos…

— ¿Pudieron estar juntos? — Él sonrió algo emocionado y asintió.

— ¿Puedes decir algo?

— ¿Cómo?

— Puedes decir algo en francés. Es solo para recordarla.

— De acuerdo. — Sonrió. — Dime.

Chérie, Je t'aime.

Chérie, Je t'aime. — Pronunciando con dificultad logró decir la frase completa. Y Camus al escucharla se permitió pensar que era Daphné. Definitivamente esto era una broma del destino. — ¿Qué significa? — La pregunta lo sobresaltó, aunque luego le sonrió calidamente.

— Cariño, te amo. — Contestó él con simpleza.

— Ohhh… — Megara emitió solo esa onomatopeya porque no se esperara que Camus le haga decir eso. — ¿Eso solía decir Daphné?

— No. — Contestó divertido mientras ponía una mano en el borde dorado de la máscara. — Eso lo digo yo. — Y él pudo verle los ojos llenos de sorpresa cuando le quitó el metal de la cara y lo dejó a un lado. Por primera vez se sintió como Milo, cuando vio el rostro de Carly, y como Boris, cuando quería en secreto a una amazona compañera suya.

Camus la tomó entre sus brazos y la besó. En un comienzo ella no reaccionó presa del asombro, pero luego rodeó su cuello con sus brazos, uniéndose a ese beso cálido con sabor a recuerdos viejos y a nuevas vidas.

Se sintió como Boris cuando por las noches susurraba el nombre de Daphné, y sintió en lo más hondo de su corazón, que la historia volvía a repetirse.

Otra broma del destino, pensó.


Espero que no les haya sonado demasiado romántico. Es que quiero darle otro aire a Camus, quiero mostrarlo como una persona insegura, que solo quiere demostrar convicción, cuando ni el mismo sabe lo que pasa.

Espero que les haya gustado.

Un abrazo a todos!