Algo nuevo, algo viejo, algo prestado y algo azul

Estaba amaneciendo cuando finalmente hubo terminado. Estaba exhausta, pero orgullosa de su trabajo. Se levantó del sillón donde había pasado todo la noche y se miró al espejo poniéndose el traje por encima. Las horas en vela habían dado resultado. El viejo vestido con el que se casó con Albert lucía más hermoso que en su día. Había hecho algunos retoques aprovechando su buena mano con la costura. Los vestidos de novias eran caros y no podía permitirse comprarse uno nuevo pese a que tenían bastante ahorrado. Menos mal que había habido suficiente para el traje de Toby y algunos hilos y retales.

Lo dejó sobre el sillón cuidando que no fuese a coger arrugas. Le echó el último vistazo contenta antes de dejarse caer sobre la cama, donde quedó dormida antes de tocar la almohada.

***

Si Toby no la hubiese despertado pasado el medio día, quizá no hubiese llegado a la ceremonia.

Corrió al sótano y llenó dos cubos de agua que puso a calentar en el horno vacío. Nunca lo apagaba, era más sencillo mantenerlo así que volver a encenderlo.

Subió a su habitación y rebuscó en el cajón la pastilla de jabón. Esa en particular era para ocasiones especiales. La había comprado hacía bastante tiempo y ya era hora de estrenarla. Para lo único que le había servido esos años era para perfumar la ropa del cajón.

Nada más salir de la habitación tuvo que volver a entrar por la toalla. Estaba demasiado nerviosa para pensar con claridad.

Al bajar, el agua ya estaba bien caliente, así que la vertió toda en el barreño. Dejó la pastilla y la toalla cerca en el suelo y comenzó a desnudarse deprisa antes de que se enfriara y tuviera que volver a calentarla.

Suspiró una vez dentro. Adoraba bañarse y lamentaba no poder hacerlo más a menudo.

Hundió la cabeza por completo, dejando las piernas sobresalir por el borde. Cuando no pudo contener más la respiración, volvió a la superficie y entonces sí pudo meter las piernas flexionadas en el agua. Reposó la cabeza con los ojos cerrados, dejándose ir. Era una sensación que la hacía olvidarse de todo, incluso de que dentro de unas horas tenía la cita más importante de su vida. Su cabeza vagaba sin rumbo y su cuerpo entero se destensaba. Nada de lo que sucediera en el exterior le importaba en ese momento.

Cuando por fin salió de su letargo y volvió a la realidad, el agua ya estaba fría. Se incorporó tanteando con una mano el suelo, en busca del jabón.

Aquella noche quería estar limpia solo para él.

Al terminar, se enrolló una toalla alrededor del cuerpo mientras se recriminaba a sí misma haberse permitido estar tanto tiempo en el agua. Y debían de ser cerca de las tres y tenía que darle tiempo de ponerse guapa.

Recogió el montón de trapos que era su ropa que tiró sin mirar al baúl nada más subir a su habitación.

Buscó en uno de los cajones del tocador ropa interior. Recordaba tener una aún sin estrenar. No se equivocaba. La encontró cuidadosamente guardada al fondo a la derecha. Había comprado aquel conjunto únicamente porque le parecía hermoso con aquel blanco roto.

Algo nuevo, pensó sonriendo.

No era muy supersticiosa. No pensaba que esas tonterías que la gente hablaba fuesen ciertas. Ella nunca había roto un espejo y había sido muy desgraciada. Hasta ahora, que realmente era feliz.

Se desprendió de la toalla para poder secarse, y se puso los paños menores.

Volvió a sonreír. Le quedaba muy bien, aunque estuviera feo que lo dijera ella. Apretó un poco el corsé para que su figura resaltara más si podía ser posible. Se encargaría de que el Sr. Todd la viera así.

Rió nerviosa al solo imaginarse el encuentro, donde ella estaría semidesnuda.

No era la primera vez que pensaba en esas cosas, pero sabía que esa sería completamente real. Podría sentir sus manos en su cuerpo, sus labios contra los suyos…

Se percató de que temblaba, por lo que se obligó a pensar en otra cosa menos excitante.

Dedicó la siguiente hora y media a arreglarse en pelo, que no fue tarea fácil. Después de probar diferentes peinados, bastante elaborados, optó por uno donde recogía el pelo en la parte de atrás de la cabeza, dejando sueltos varios tirabuzones auténticos.

-¡Señora! ¡El Sr. Todd dice que un carruaje la recogerá a las cinco y media! –oyó la voz de Toby detrás de la puerta.

-De acuerdo. Gracias, amor. ¿Por qué no te vas vistiendo ya?

-Sí, Sra. Lovett –los pasos del muchacho se alejaron por el pasillo, obediente, pensando que era todavía un poco pronto.

Bueno, ella no podía detenerse, aún le quedaba el maquillaje.

Puso mucho empeño en ello, más de lo que había puesto cuando se casó con su Albert. Había sentido mucho cariño hacia su difunto marido, pero jamás lo había amado como al Sr. Todd.

Suspiró con los ojos cerrados, dejando los polvos sobre el tocador. Cuando los volvió a abrir estaba sonriendo. Entonces se percató de que no había dejado de sonreír en todo el día, y ella no veía razones para no seguir haciéndolo el resto de su vida.

***

Estaba preparada. Su reflejo se veía realmente bonito.

El vestido blanco caía hasta sus pies, donde llevaba unos zapatos del mismo color y, como todo lo que llevaba ese día, era para ocasiones especiales.

Dio una vuelta radiante.

El vestido se ajustaba perfectamente a su cuerpo, como si los años no hubiesen pasado por ella. El escote terminado en encajes dejaba ver solo lo preciso. Las mangas eran cortas, cerradas en un perfecto lazo alrededor de sus brazos. Una gruesa cinta la rodeaba desde debajo del pecho hasta su cintura, terminada en un gran lazada que caía por detrás, dejando las puntas casi rozar el borde del vestido. El resto era liso hacia abajo, con volumen.

Parecía mentira que hubiese tardado tanto en un vestido tan sencillo, pero lo había hecho con mucho cuidado y dedicación, fijándose en cada detalle.

Tomó del joyero el colgante que su madre le había regalado en su lecho de muerte cuando solo era una niña. Era una de las pocas cosas valiosas que poseía y la única que había ocupado siempre su vacío joyero. Apenas contaba con unos cuantos colgantes y el anillo de bodas de Albert. Nunca se ponía nada. La que realmente era importante para ella era aquella, y no quería ensuciarla con su mala reputación y deshonra. Pero esa ocasión quería llevarla puesta, como un recuerdo a su difunta madre.

La cadena era tan larga que dio para esconderlo entre su vestido. Lo prefería así.

Algo viejo.

Era casi la hora, así que decidió que sería mejor salir ya.

Se encontró al muchacho sentado en el sofá, perfectamente arreglado, mirando fijamente la chimenea apagada. Volvió la cabeza a oírla entrar.

-¡Qué hermosa! –exclamó levantándose, y haciendo que la Sra. Lovett se sonrojara.

-Tampoco es para tanto –respondió quitándole importancia- Tú también estás muy bien, querido –le arregló la chaqueta y el pañuelo nerviosa.

-Lo digo en serio –replicó.

Le pasó la mano por la cabeza con cariño, dedicándole una sonrisa. Después, su mirada se dirigió a la cortina semi abierta, buscando al cochero. Aún no había rastro.

-Eh… ¿señora? –dijo un poco nervioso tratando de volver a captar su atención- Me gustaría, si quisiera, solo si quisiera, bueno… -sacó un lazo negro del bolsillo de la chaqueta, indeciso- Verá, este es mi, digamos, pañuelo de la suerte. Cuando lo llevo encima me pasan cosas buenas casi siempre. Lo encontré el día que la conocí y desde entonces todo va bien. Sé que es una estupidez, pero me gustaría que usted lo llevase hoy, para que le fuese bien en su matrimonio –tendió el pañuelo un poco dudoso. Ella le miró tiernamente- Claro que si no quiere, no tiene por qué hacerlo –repuso rápidamente retirando la mano.

-No, no –se dio prisa en contestar ella- Claro que quiero llevarlo, cielo. Para mi es todo un placer poder hacerlo. No dudo de su capacidad –sonrió tomándolo.

Él apartó la mirada mientras ella se levantaba un poco la falda y lo ataba el pañuelo a una de sus ligas con un buen nudo para que no se perdiera.

Algo prestado.

Se terminó de poner bien el vestido de nuevo, cuando distinguió el coche de caballos aparcando ante su puerta.

-¿Qué hora es? –preguntó emocionada mirando el reloj de pie. Daban las cinco y media en punto-. ¡Ya! Debemos irnos para no llegar tarde –dijo dándose prisa en ir hacia la puerta.

-Espere –exclamó Toby persiguiéndola-. ¡Su ramo!

Estaba tan emocionada que había olvidado eso. Menos mal que las flores la esperaban en el mostrador de la tienda, sin duda alguna, dejadas por el Sr. Todd.

Se paró un momento a mirarlo mientras lo recogía. Era bonito, no excesivamente cargado, pero tampoco vacio. Las flores eran azules.

Algo azul, rió. Lo había conseguido todo sin pretenderlo.

Montaron el carruaje y saludaron al cochero, que inició la marcha una vez ellos dentro. Media hora más tarde se encontraban frente a la iglesia de St. Mary puntualmente.