Hola: este capítulo ya lo había publicado pero añadí una escena más al final por eso tuve que volver a subirlo (leve error de planeación de historia jeje).


LOS HERALDOS DEL DEMONIO


La noche ya había caído, lloviznaba, los restos de la capital de Alhena humeaban, antaño ciudad de comerciantes, numerosa y bellamente construida, fue reducida a escombros; Dagnir no quería llegar a eso, a él le convenía tomar la ciudad intacta pero sus enemigos habían manifestado tal oposición que no hubo otro camino más que el de la batalla, los soldados de Alhena eran numerosos y bien armados, lo que hacía ver a los xandos que aquella rebelión llevaba mucho tiempo fraguándose; sin embargo las tropas de Dagnir eran superiores en número, y gracias a Mu también en armamento, ningún soldado fue rival ni para Espica ni para el general. Lucharon durante todo el día y finalmente al anochecer capturaron a los últimos pobladores, los cuales fueron reunidos en la plaza de la ciudad que había sido el lugar menos dañado

– ¿qué haremos con ellos? – quiso saber Espica, mientras sus soldados vigilaban a los prisioneros, Dagnir les echó una mirada rápida, la mayoría eran mujeres y niños, claro, casi todos lo hombres estaban muertos a esas alturas de la situación

– haz que entreguen a los rebeldes y a los guerreros – ordenó mientras montaba – pásalos a cuchillo y libera a los demás – Espica asintió, su señor se marchó junto con los heridos y una gran escaramuza rumbo a su campamento dejándola a cargo.

Dagnir avanzaba a paso lento para no fatigar más a sus soldados, en dos días se marcharían y su querido Mu seguía encerrado en esa maldita cúpula, no había modo de sacarlo de ahí, con algo de nostalgia decidió abandonarlo aunque tal vez más adelante podría recuperarlo; a sus espaldas marchaban sus jinetes, de pronto un mensajero apareció a toda carrera, venía del lugar que recién abandonara

– general Dagnir – lo llamó – la señorita Espica lo necesita

– ¿qué ocurre?– inquirió, Espica siempre se las arreglaba sola, tal vez la gente se había sublevado o se rehusaban a entregar a los rebeldes

– hemos sido atacados – dijo el mensajero, eso era inesperado. Los jinetes con Dagnir a la cabeza se dieron prisa en regresar, costaba creer que en Alhena aún quedara alguien dispuesto a pelear, tal vez eran refuerzos venidos desde las montañas pero esa posibilidad era remota.


Los pobladores de la capital de Alhena se rehusaron a señalar a los rebeldes, más aún las mujeres se aferraron a los pocos guerreros que les quedaban tornándose escudos humanos para ellos, Espica ya esperaba una cosa así, si la situación continuaba no tendría más remedio que matar a todos; se disponía a dar tal orden cuando con un grito apagado dos de sus soldados cayeron, la atención de los xandos se fijo en ello, los compañeros cerca de los caídos se dispusieron a ayudarlos pero no había nada que hacer

– están muertos, Espica – le informaron, la joven xando sentía una presencia amenazante en el entorno

– agrúpense – ordenó, con ella quedaban unos cien soldados, suficientes para derrotar a cualquier clase de chusma que se levantara contra ellos pero no para frenar a aquellos que estaban por atacarlos

– libérenlos – gritó una voz atronadora proveniente de las sombras que aquella noche nublada por el humo de la ciudad consumida arrojaba – márchense de inmediato – añadió la voz; ningún ejército, ni jinetes, ni guerreros aparecían por ningún lado; Espica oyó a sus hombres murmurar algo acerca de fantasmas, la misma gente de Alhena parecía asustada. Espica sintió una energía que ardía y tres más de sus soldados cayeron ante sus narices. Cuatro ataques más se sucedieron, los xandos estaban verdaderamente alterados, en ningún momento lograron vislumbrar al enemigo¿cómo luchar contra algo que no podían ver, dos de los jinetes que quedaron con Espica salieron al galope, ella comprendió lo que hacían, iban por Dagnir, no confiaban que ella podría dominar la situación, se perdieron de vista y un instante después escucharon a uno de los caballos relinchar aterrado y el grito de uno de los jinetes; los xandos cerraron filas

– muéstrate – gritó Espica al tiempo que desenvainaba su espada frente a una de las mujeres de la ciudad – o mataremos a toda esta gente – amenazó, la voz se rió

– ¿podrás matar a todos antes de que llegue hasta ti y te saque los ojos? – dijo la voz, Espica se rió con ganas, un desafió de los fantasmas, alzó la espada y asestó un golpe tan rápido y certero como su fuerza le permitió, la mujer gritó en el instante en que comprendió que su tiempo había terminado pero la espada de Espica no llegó a la garganta como su dueña pretendía, el golpe había sido frenado por un hombre, un joven de unos quince años, alto y delgado, sus ropas eran las de un campesino cualquiera pero los rasgos armoniosos del rostro revelaban sangre noble en él, una alborotada y larga melena de una tonalidad azulada cubría su espalda, algunos mechones vedaban los ojos, Espica se hallaba tan cerca de él que podía apreciar la mirada de ese chico, una mirada de color impreciso, entre azul y verde pero oscura

– sólo eres un hombre – dijo Espica, la mano derecha del chico, con la cual había atrapado la espada que Mu había reforzado, sangraba pero en su rostro no se leía ni un rastro de dolor

– no – dijo otra voz al tiempo que su dueño salía de entre las sombras – somos dos – una figura idéntica a la primera se dejó ver por los xandos; ellos debían ser los guerreros desterrados de los cuales Dagnir y Espica habían oído hablar, ya antes de esa noche habían matado xandos, por lo tanto no podían permitirles escapar.

Al comprobar que no eran fuerzas de ultratumba las que los atacaban los xandos de precipitaron contra los intrusos, la gente de Alhena en cambio estaba paralizada, como influidos por alguna clase hechizo causado a la vista de aquellos guerreros. Espica trabó combate contra el primero de los gemelos apoyada por sus hombres los cuales lo único que lograban cada vez que se acercaban era que el chico los derribara una y otra vez sin dejar de defenderse de Espica; antes de que pudiera notarlo estaba peleando sola; el segundo gemelo parecía más hábil que el primero, él solo derrotó a la mitad de los xandos y se interpuso entre ellos y la gente de Alhena

– huyan – les dijo al primer respiro del combate, los pobladores se cubrieron como si acabaran de ver a la muerte en persona, ninguno se movió de su sitio – ¡que esperan! – clamó el segundo gemelo con una nota de desesperación en su voz – los demás xandos no tardarán en venir, márchense – con algo de renuencia una de las mujeres que se hallaba más cerca de él se puso de pie, el gemelo se volvió hacía ella causando que retrocediera unos pasos asustada

– nos iremos si eso desean pero por favor no se acerquen más a nosotros – pidió y los demás estuvieron de acuerdo, una sonrisa amarga cruzó el rostro del segundo gemelo, se apartó de aquellos entre los que había nacido y dejó que su ira se desbocara sobre los xandos.

Tal como vaticinó el segundo gemelo, Dagnir y sus guerreros no tardaron en aparecer; el general xando se mantuvo algo apartado del combate observando la situación, los pobladores se habían dispersado pero no hizo nada por capturarlos de nueva cuenta, no tardó en comprender lo que aquellos chicos eran; por su velocidad y fortaleza sólo podía tratarse de caballeros, dejó que sus hombres atacaran al segundo gemelo y se precipitó a caballo sobre el primero para ayudar a Espica la cual estaba siendo derrotada; desenvainó su espada, negra ahora que el poder de los sapuris la envolvía gracias al lemuriano; Las armas convencionales nunca harían un daño considerable al par de desterrados que provocaron el escape de la gente de Alhena, sólo las esgrimidas por los caballeros o los sapuris podrían traspasar sus cuerpos tal como la espada de Espica había hecho al herir al primer gemelo. Dagnir arrojó su espada con el poder de su cosmos.

El segundo gemelo mandó por los suelos a sus atacantes, ya no quedaban cautivos cerca, todos se habían dispersado dejando a los hermanos solos, percibió el destello de energía causado por el cosmos encendido de Dagnir; y como si el ataque hubiera sido dirigido a él sintió que la carne de su espalda se desgarraba y un intenso dolor lo dobló, se enderezó, a varios metros de él su hermano yacía en el suelo, lo habían atacado por detrás, un acto cobarde que sólo guerreros oscuros realizaban

– ¡no!– gritó cuando aquel que había derribado a su gemelo desmontó de su cabalgadura con claras intenciones de rematar a su enemigo. Dagnir y el segundo gemelo se miraron, el chico ante él lucía varias heridas insignificantes y en el momento en que alzó el rostro orgulloso hacía Dagnir sus ojos refulgían con un odio que no parecía poder ser contenido en su cuerpo; había una promesa en la insolente mirada, si Dagnir se atrevía a dañar más al primer gemelo moriría. Mientras se medían con los ojos los xandos que aún estaban en condiciones de ello rodearon al chico

– ¿doy la orden para atacar? – inquirió Espica, algo avergonzada por su derrota

– no, no podrán con él – la atajó Dagnir, se inclinó para levantar al chico caído ante sus pies, alzó la voz para que el hermano de éste lo oyera con claridad

– soy Dagnir, general de los xandos, señor de Ascella y ahora también de Alhena¿quién eres tú?

– mi nombre es Saga; y aquel contra el cual haz atentado es mi hermano Kanon, somos aquellos que la gente de estos lugares llama "heraldos"

– ¿heraldos de quién?

– de un demonio – respondió Saga – entrégame a mi hermano – ordenó como si tal cosa, los xandos a su alrededor se agitaron indignados

– no puedo, debes comprender que deben ser castigados por interferir en nuestros asuntos – Saga sonrió

– si no lo entregas por las buenas, debes saber que perderás a tu ejército aquí reunido y esa sería una deshonra muy grave para un general – su amenaza alteró aún más a los hombres a su alrededor, que sin embargo permanecieron firmes en su sitio

– puedes intentar eso – sostuvo a Kanon con un brazo y le tendió la mano libre a Espica la cual puso en ella su espada – pero degollaría a tu hermano antes de que alcances a terminar con mis hombres¿quién pierde más? – la tensión aumentaba, Espica no veía a donde quería llegar su señor con esa situación; no sabía que al ver el poder de Saga su general había pensado en Mu inmediatamente

– luchemos entonces, tú y yo, si pierdo tendrás a tus dos enemigos en tus manos para castigarlos, si gano me dejarás marchar con mi hermano – Dagnir se negó

– tengo una misión para ti, una vez que la cumplas te devolveré a tu hermano–.

Dagnir no hizo nada por perseguir a la gente de Alhena, el ejército xando volvió a su campamento, Kanon viajaba inconsciente y sangrando sobre la grupa del caballo de su captor, Saga iba a pie cerca de él. Una vez en su tienda de campaña Dagnir le explicó a Saga lo que quería: era su deseo que marchara a las cercanas ruinas de Mesharthim donde hallaría una barrera tornasol hecha por la voluntad de alguien que le era muy valioso

– destruye la cúpula y trae a la persona que encontrarás en su interior, no la lastimes – le indicó – una vez aquí haremos un intercambio, tu hermano a cambio de esa persona–.

Una vez que Saga se hubo marchado Espica no pudo evitar cuestionar el plan de su maestro, al darse cuenta que todo aquel teatro era por Mu se había molestado mucho, añadiendo a eso su derrota a manos de Kanon se encontraba realmente enojada cuando se dirigió a Dagnir

– ¿por qué¿por qué estás tan obsesionado con ese chiquillo inútil?

– ¿inútil?– masculló Dagnir al tiempo que se quitaba su armadura – él fue quien reforzó la espada que ha logrado herir a este hombre– le dijo señalando con la cabeza a Kanon

– no entiendo¿por qué enviar a un enemigo por él?– Dagnir se rió, una mueca burlona

– querida Espica, si no puedes entender mis motivos ¿cómo te atreves a cuestionarlos? – zanjó la conversación con ello, irritando aún más a su segunda al mando; como echándola de su tienda le ordenó se llevará a Kanon, lo hiciera encadenar y vigilar, amenazó con un terrible castigo si el chico escapaba

– no irás a dejarlos con vida, ya viste cuan peligrosos son

– no te preocupes, sé que lo que deseas es la muerte de quién te derrotó, la tendrás te lo aseguro–.

En cuanto la mujer hubo desaparecido para cumplir su encargo, Dagnir se dispuso a descansar, estimaba que Saga volvería al amanecer con Mu, o quizá no volvería nunca. El muro de cristal del joven lemuriano era muy fuerte, Dagnir no se atrevió a atacarlo cuando estuvo en Mesharthim, si su cosmos no resultaba suficiente para quebrar el muro resultaría gravemente herido por su propio poder. Para no arriesgarse a sí mismo fue que decidió enviar a Saga, si el chico lograba quebrar el muro tendría a Mu de regreso para continuar el viaje a Elnath, si no, resultaría malherido facilitando la tarea de asesinarlo junto con su hermano; como fuera él ganaba de cualquier modo.


Saga se adentró en Mesharthim con cautela, no confiaba en Dagnir, no podía creer que la tarea encomendada a cambio de la vida de su hermano fuera tan sencilla, presentía un engaño. Las piedras caídas del antaño templo de la diosa lo embargaban con un extraño sentimiento de nostalgia; se concentró, no podía permitirse distracciones cuando su hermano estaba en peligro.

Kanon era todo en el mundo para él, no tenían familia, ni siquiera un lugar al cual pertenecer, la gente los repudiaba desde que eran unos niños. Su padre murió un par de meses antes de nacer ellos, su madre era frágil y no les duró mucho tiempo, apenas unos cuatro años, tras su muerte los enviaron a vivir con su abuela la cual los vio hasta los nueve, por ese entonces a oídos de los gemelos empezaron a llegar rumores insidiosos acerca de una maldición que había caído sobre su familia, se decía que un demonio vivía en su sangre, el demonio fue asociado con ellos y cuando su abuela dejó éste mundo ningún pariente quiso recibirlos bajo la certeza de que aquellos que se relacionaban con ellos morían. Habían vagado por las calles de Alhena pobres y la mayor parte del tiempo hambrientos, lo único bueno de ser considerados malditos era que la gente no se metía con ellos. Al crecer lograron conseguir un trabajo en el mercado local, cargaban bultos, hacían entregas, llevaban provisiones; fue un periodo de paz relativa que no les duró mucho, al cumplir catorce la gente casi había olvidado los rumores acerca del demonio excepto cuando no había ningún chisme nuevo que comentar.

Una noche, dormían en el cobertizo junto a la casa de su patrón cuando lo oyeron gritar, Kanon salió de prisa a ver que ocurría, un ladrón había entrado en la casa y al ser descubierto había matado al hijo mayor de su patrón, en un impulso Kanon se interpuso entre su patrón y el ladrón para recibir la estocada de la espada de éste en lugar del hombre que les diera trabajo, la hoja se rompió contra el cuerpo de Kanon, cuando Saga llegó vio a su hermano golpear al ladrón, la fuerza del golpe no concordó con el tamaño y complexión del chico esmirriado que lo asestó, el criminal cayó a los pies de su aterrado patrón, muerto.

Al día siguiente por todos lados se comentaba lo ocurrido, la gente imputó a Kanon la muerte no sólo del ladrón sino también del hijo de su patrón, Saga aunque no había hecho más que contemplar la escena fue culpado de las acciones de su hermano también. Como resultado los echaron de su trabajo y trataron de encarcelarlos acusados de asesinato. Saga no olvidaría nunca el día en que la misma gente con la que convivían a diario los persiguió, el resultado fue otro muerto cuando ambos chicos se volvieron para defenderse; fue ahí cuando empezaron a llamarlos heraldos, la gente los evadía; le temían a la fuerza sobre humana que poseían y al final fueron desterrados, hubieran podido negarse pero Saga decidió que ya habían ocasionado suficientes problemas y tomando a su hermano dejó la capital.

En los villorios circunvecinos tampoco fueron bien recibidos, en algunos lugares los retaban a duelos, los cuales Kanon nunca rechazaba si había un buen premio de por medio, como provisiones ó dinero, no volvieron a matar a nadie hasta que se toparon con un grupo de xandos que saqueaban uno de los villorrios una semana antes de conocer a Dagnir; pero los rumores decían lo contrario, de todo lugar donde pasaban surgían locas historias de crueles asesinatos cometidos por ellos. Harto ya de ello Saga optó por evitar a la gente aunque al ser gemelos la mala reputación que Kanon se buscaba cada vez que se adentraba en los villorios recaía también sobre él; llegó a pensar que en verdad estaban malditos, sólo así podía explicarse la mala fortuna que los perseguía; su hermano desdeñó tal idea

– no estamos malditos, tenemos este don y la gente es tan estúpida como para no apreciarlo– había dicho. Poco después de su destierro los xandos aparecieron en la región, no tardaron mucho en dominarla. Lo que ni Kanon ni Saga sabían era que la leyenda del demonio en su sangre era cierta, y no lo sabrían hasta el funesto día en que uno de los dos cayera en la oscuridad.

Saga volvió a la realidad al toparse con el muro de cristal, percibía un cosmos apacible emanando de él, no se sentía agresivo como el de Dagnir. Durante su tiempo de exilio había aprendido a controlar su don, ignoraba aún que se llamara cosmos pero sabía emplearlo con eficacia, dejó que éste se encendiera y se dispuso a golpear la barrera pero se detuvo en el último instante, el muro reflejaba la luz de las estrellas de una manera tranquilizante; Saga extendió su mano para tocarlo, no sabía que ésta le devolvería cualquier ataque realizado en su contra, su tacto era como poner la mano bajo agua, de pronto su extremidad atravesó la cúpula limpiamente. Saga se sobresaltó y retiró la mano, no estaba herido, al comprobar ello avanzó con decisión y la barrera le permitió entrar.

Estaba en el corazón de Mesharthim, un lugar que en un pasado olvidado se había considerado centro de espiritualidad sagrado; como sacada de otra época una estatua de unos tres metros se erguía reluciente bajo la tenue luz de la luna que se filtraba a través de la cúpula. Saga se acercó, algo en la deidad representada en mármol, le inspiraba respeto y una vaga sensación de orgullo, se plantó ante la efigie de rostro sereno, desconocido para él

– ¿qué es este sentimiento? – se preguntó mientras una emoción crecía en su pecho hasta llevarlo al borde de las lagrimas, un ruido tenue pero claro lo sacó de sus pensamientos, se giró alerta, en el suelo atrás de la estatua había un niño, preguntándose si era esa la persona que Dagnir deseaba de vuelta a su lado Saga fue hacía él.

Le recordó a un animal herido, el chico frente a él se veía desfalleciente, tenía una larga cabellera lila que en ese momento parecía gris, la cual se hallaba muy enredada; sus ojos verdes parecían apagados

– ¿quién eres? – le preguntó Saga inclinándose junto a él pero el chico no respondió nada – ¿estás herido?– recibió silencio en respuesta nuevamente – ven, te sacaré de aquí – le dijo tomándolo de un brazo pero aquel a quien trataba de ayudar negó con la cabeza, señaló la estatua junto a ellos; el gemelo entendió el mensaje, hubiera deseado llevar consigo algo que ofrecerle al chico para que se llevara la boca, los labios resecos de éste le indicaban a Saga que no había probado bocado probablemente durante días; a pesar de ello el chico le sonrió y se medio incorporó, escribió algo en el suelo junto a él

– ¿cómo entraste?– leyó Saga, no supo que responder a ello, simplemente había caminado, no había hecho nada impresionante para llegar hasta la estatua, su confusión pareció aclararle ese punto a la criatura, su mano volvió a moverse sobre el suelo – ¿cuál es tu nombre?

– Saga – dijo

– yo soy Mu – escribió el chico, el gemelo reparó por primera vez en los extraños rasgos de la persona junto a él, sus finas facciones lo hacían parecer una chica por momentos, la forma de los ojos y la ausencia de cejas le daban un extraño aspecto aunque armonioso, andrógino, fue la palabra que le pareció a Saga lo describía con mayor fidelidad.

Mediante trazos rápidos Mu le explicó a Saga que había sido su deseo el restaurar y guardar la estatua de la diosa, asimismo se había aislado de los xandos a través de la cúpula que en esos momentos los cubría; Saga concluyó que Mu debía despreciar tanto o más que él a Dagnir si prefería quedarse en aquel desolado lugar y morirse de hambre antes que volver al lado de éste, no sería justo que lo entregara como precio por su hermano. Empezaba a amanecer cuando Saga decidió que era hora de irse

– ¿dónde?– escribió Mu al verlo levantarse, tiró del brazo de su acompañante para que leyera su pregunta

– al campamento de Dagnir, los xandos tienen a mi hermano – Mu se levantó también, las piernas le temblaban un poco, no hizo ninguna señal para comunicarse con Saga el cual se despidió sintiendo pena por aquella criatura, se dio la vuelta y no había dado más que unos pocos pasos cuando sintió el cosmos de Mu creciendo a sus espaldas, volteó, la cúpula sobre ellos se torcía, Mu señaló con la mano la estatua que había restaurado, el muro de cristal se rompió y sus pedazos volaron como atraídos por un imán adhiriéndose a ella, los primeros rayos del sol iluminaron a la deidad que ahora brillaba con los colores tornasol de la cúpula que había desaparecido para dar lugar al firmamento azul.

Preservación era el nombre de la técnica que Mu acababa de emplear, en el santuario se usaba para defender los edificios y templos del paso del tiempo. Al sellar el objeto que se deseaba proteger con el cosmos no podría ser dañado ni por la erosión, ni por mano humana alguna mientras aquel que lo hubiese sellado viviera. Protegida la efigie Mu se dispuso a seguir a Saga, este se había quedado atónito unos instantes y luego continuó su camino, Mu lo alcanzó

– ¿a dónde crees que vas? – inquirió mientras marchaban de vuelta al campamento, Mu señaló esa dirección – Dagnir te quiere de vuelta, si te acercas los xandos te capturaran – Mu se encogió de hombros como si no le importara, había comprendido finalmente

– tú destino se encuentra junto a la diosa que refleja tu alma – pensó, pues bien, junto a la estatua, rota como él, halló a Saga, había captado la indirecta. Aunque no sabía de donde había salido el joven de cabellos azulados, ni quien era no podía desconfiar de él; hasta donde sabía nadie podía atravesar el muro de cristal a menos que su creador se lo permitiera, no se explicaba como había ocurrido que Saga cruzara pero eso sólo reforzaba su idea de que a su lado hallaría un destino que cumplir – Mu, no seré yo quien te entregue a los xandos – dijo Saga cuando las tiendas de campaña de Espica y compañía estuvieron a la vista – lucharé por mi hermano, eso debí hacer desde un principio – Mu tomó a Saga de un brazo, se agachó a escribir algo, tenía una idea.


Uno de los guardias del campamento entró a la tienda de Dagnir, llevaba una noticia que sin duda agradaría a su señor

– el gemelo ha vuelto – anunció – trae consigo a Mu – terminó la frase, Dagnir se incorporó de inmediato, estaba desayunando en ese momento

– haz que traigan al prisionero y avisa a Espica que la quiero aquí – ordenó; el soldado se marchó, no tardó en volver con la segunda al mando y Kanon. Dagnir tenía sus propios planes, matar a los gemelos y quedarse a Mu.

Un par de guardias escoltaron a Mu y a Saga al interior de la tienda de su general, éste se mostró consternado por el mal aspecto del joven lemuriano

– aquí está tu encargo, entrégame a mi hermano – dijo Saga sujetando de un brazo a Mu. Kanon estaba consciente, observaba la escena encadenado y con la espada de Espica en su cuello. Dagnir le tendió una mano a Mu el cual la tomó con aire sombrío, pero luego en vez de ordenar la liberación del primer gemelo hizo una señal a sus hombres los cuales desenvainaron y rodearon a Saga; empuñaban las armas reforzadas

– Dagnir, haz faltado a tu palabra – dijo Saga, los soldados atacaron, el segundo gemelo los burló con agilidad. Espica decidió que ya había esperado lo suficiente para matar a Kanon, iba a degollarlo pero no le dio tiempo de golpear, Mu se había soltado de su amo y la había atacado en un parpadeo; tal acción tomó desprevenidos a todos los xandos en esa tienda, el lemuriano alcanzó a Kanon y lo liberó de sus ataduras, rompiéndolas con su cosmos.

A pesar de hallarse malherido el primer gemelo no dudó un segundo en unirse a la pelea. Dagnir encendió su cosmos y encaró a Saga con fiereza, a éste le costó mucho esquivar los ataques del general, su velocidad y agilidad superaba por mucho a sus hombres; se vio forzado a retroceder al punto de salirse de la tienda. Afuera, los soldados presentes en el campamento en esos momentos tomaron sus armas para ayudar a su señor.

Kanon salió tras su hermano después de ocuparse de los guardias en el interior de la tienda, se encargó de quitar del camino a los soldados que en montón buscaban respaldar a Dagnir, recibió un par de heridas más en los brazos, las espadas de los xandos estaban increíblemente afiladas.

En el interior de la tienda sólo quedaron Espica y Mu; la segunda al mando de Dagnir sabía cuan importante era el lemuriano para su señor pero no podía pasar por alto una oportunidad como aquella para matar a esa pequeña rata que tanto odiaba

– te atreviste a atacarme, nunca pensé que tendrías las agallas para hacer eso – le dijo antes de caer sobre él dispuesta a acabar con su vida. Mu estaba demasiado débil, haciendo un gran esfuerzo logró quitarse de encima a Espica, trató de huir pero Espica le alcanzó de su larga cabellera y lo obligó a volverse, dio un puñetazo con su puño izquierdo de lleno en el rostro de Mu, haciendo que la nariz de éste empezara a sangrar, alzó la espada negra que llevaba en la otra mano y golpeó con furia, Mu la esquivó y alcanzó a golpear la muñeca derecha de Espica, provocó que la espada saliera volando; el lemuriano lanzó una mirada rápida a la tienda, empleando su telequinesis hizo que las espadas de los dos guardias inconscientes volaran hacía la xando, dieron contra ella derribándola.

Saga se las veía con Dagnir, el cual era el enemigo más fuerte que hubiese enfrentado, los golpes del xando eran tan cerrados y rápidos que no podía más que defenderse o burlarlo; no había espacio para un contraataque. Un tajo de espada lo alcanzó abriendo una herida en su pecho, Saga se fue hacía atrás, en eso el general xando fue atacado por la espalda. Había sido Kanon quién le devolvía la cortesía que tuviera Dagnir hacía él en la capital de Alhena. Cercado entre dos flancos los gemelos parecían tener una oportunidad, falsa ilusión, Dagnir pudo con ambos; los dominó y derribó con facilidad.

Mu apareció en ese momento para tomar el relevo, se interpuso entre Dagnir y sus presas

– no voy a pelear contigo – le dijo su amo – apártate del camino – pero Mu permaneció en su sitio, más aún, se inclinó hacía los gemelos sujetando a ambos – me estoy hartando Mu¡obedece! – una triste sonrisa se dibujó en el rostro del discípulo de Shion, iba a intentar una de las técnicas que su maestro le enseñara pero que no había logrado perfeccionar; miró desafiante a Espica que se acercaba a espaldas de Dagnir claramente enfurecida y entonces, desapareció llevando consigo a los gemelos.


Al despertar lo primero que los ojos de Kanon vieron fue una mujer blanca de rostro sereno enmarcada por los rayos del sol que caían sobre ella, algo en su interior se agitó al contemplarla, se incorporó para contemplarla mejor, estaba ante una estatua, en eso los recuerdos de los xandos regresaron a él, se volvió en busca de su hermano y del extraño jovencito que los había ayudado a escapar, ambos yacían sobre el suelo a sus pies

– Saga – llamó a su gemelo, se inclinó sobre el niño que era quien tenía más cerca y lo sacudió – despierten – dijo, el chico se estremeció y abrió los ojos, Kanon lo contempló intrigado más tiempo de lo que sería cortés – ¿quién eres? – preguntó.

Cuando Saga se incorporó vio a su hermano hablando con Mu

– ¿una diosa? – decía Kanon – sirves a una diosa muerta – Mu parecía ofendido – aunque tú también pareces medio muerto, supongo que es lo adecuado

– ¿Mu, hablas? – inquirió Saga, quien le respondió fue Kanon

– no, leo sus labios –. Se encontraban en Mesharthim, muy cerca del campamento xando para gusto de los gemelos por lo que dejaron las ruinas y avanzaron hasta el anochecer a través del páramo. Se detuvieron para descansar un poco, haciendo retazos con su ropa Saga y Kanon vendaron su heridas, la más grave era la que Kanon tenía en la espalda resultado de su primer encuentro con Dagnir, herida que por supuesto los xandos no atendieron mientras lo tuvieron cautivo

– duele – se quejó Kanon, el clima era frío, no tenían alimentos y el terreno no ofrecía ningún sitio seguro para dormir

– me preocupa – comentó Saga – podría infectarse

– tu también tienes heridas graves – de pronto Mu se acercó a ellos, sorpresivamente posó sus manos en el pecho vendado de Saga y dejó fluir parte de su cosmos, Saga solamente sintió algo cálido que lo envolvía y en el acto todo rastro de dolor se borró, el chico hizo lo mismo con las demás heridas de Saga y las de Kanon, los gemelos parecían muy sorprendidos por esa capacidad que Mu acababa de demostrar

– ¿cómo lo hiciste? – preguntó Kanon pero el chico no respondió de ninguna manera, se tambaleó y se desplomó, Saga lo atrapó evitando golpeara contra el suelo

– estás muy débil – dijo ayudando a Mu a sentarse

– ¿hace cuanto no comes algo? – quisieron saber, Mu extendió las manos

– ocho días – dijo Kanon. Ambos hermanos cruzaron miradas de preocupación, fue lo último que Mu supo porque vencido por el cansancio se fue de lado sobre la hierba y se durmió.

Despertó al día siguiente, su cuerpo se encontraba adormecido

– iremos a los villorios – le dijo Kanon – nosotros no somos bien recibidos en este territorio de gente supersticiosa, sin embargo por cerradas que sean sus mentes estamos seguros de que no negarán ayuda a nadie en un momento de necesidad, te guiaremos hasta el poblado más cercano, ahí podrás recuperarte del todo y seguir el camino que elijas

– habrá que tener cuidado, este es ahora territorio xando – añadió Saga; y así los tres se pusieron en camino. Mientras caminaban Mu no dejaba de mirarlos con creciente aprehensión, de acuerdo a lo que sabía Dagnir dejaría Alhena en un par de días a lo sumo, su ejército se fusionaría con otro que le aguardaba y además, y era eso lo que más lo mortificaba, llevaban consigo las armas que él había reforzado. Tras encerrarse bajo la cúpula de cristal en Mesharthim su corazón había salido del letargo en que se encontraba, conforme la conciencia acerca de quien era y el deber que tenía se fue acrecentando en su ser comprendió la magnitud de su crimen; así que mientras avanzaba junto a los gemelos lo que más deseaba era correr hasta Elnath para prevenirlos y luchar contra Dagnir para redimirse, sin embargo también estaba la predicción de Carim, no podía separarse de Saga.

– ¿En que piensas? – le preguntó aquel que haría su destino una vez que obtuvieron algo de comer en una aldea alejada de Mesharthim, Mu le miró y tomó su rostro con ambas manos sorprendiéndolo con ese acto, el lemuriano le hizo mirarlo fijamente

– deseo algo de ustedes – leyó Saga en sus labios, el jovencito parecía muy angustiado, el gemelo no sabía que en el interior de Mu había una tormenta que sólo él podría apaciguar

– dime que es – le dijo dispuesto a ayudarlo en lo que fuera, después de todo Mu le había permitido recuperar a su hermano, los había ayudado a escapar a ambos y además había sanado sus heridas. Kanon se acercó a ellos para enterarse de la petición de Mu, una petición que se convertiría en el primer paso para hundir a los tres en las tinieblas.

Tres días después los gemelos y Mu avanzaban tan rápido como sus piernas les permitían rumbo a Elnath, no tenían caballos ni provisiones, únicamente su cosmos, Mu les había enseñado el nombre de esa misteriosa energía y también les había mostrado como usarla para evitar sentir hambre o cansancio. Su petición había sido simple

– vengan conmigo a Elnath – ambos se rehusaron en primera instancia, no deseaban marcharse de Alhena, ahora que el dominio xando era absoluto las cosas se volverían especialmente difíciles para su pueblo; y pese a la aversión que la gente les tenía no podían abandonarlos, su deseo era combatir a los xandos hasta la muerte

– eres muy poderoso, en cuanto te recuperes puedes perseguir a Dagnir – le dijo Kanon pero Mu se negó, señaló a Saga y con toda seriedad explicó que no se alejaría de él. Ninguno de los dos gemelos halló lógica en eso, pero la resolución del lemuriano era absoluta

– ¿por qué? – quiso saber Saga pero lo que Mu explicó a continuación lo dejó aún más confundido; al final su odio compartido hacía Dagnir y la intriga que Mu les sembró por la orden y la diosa fue lo que los convenció de partir.


Continuará